martes, 26 de julio de 2011

El Mar desde la Azotea (2)


Estamos a principios de Diciembre, pero la claridad lo inunda todo. Hoy nada más abrir los ojos me vestí de un salto y mientras mi abuela preparaba el desayuno subí corriendo a la azotea, de dos en dos volé por los escalones. No tenía mucho tiempo, menos de 10 minutos, porque es día de colegio y la abuela prepara el colacao con madalenas en un tiempo record.

Cuando abrí la portezuela de madera verde y salí al exterior me quedé con cara de bobo, observando ese Sol que parecía un globo naranja gigante y recién levantado, como yo, sentado tranquilamente sobre las montañas negras de África, y me decía mirándome fijamente a los ojos, atravesando la densa neblina del Estrecho: “Pablo, hoy la profesora de Religión te va a dejar tranquilo”. 

Y es que me tiene frito, es cien veces peor que mi madre y mi abuela juntas. Eso es lo malo de tener una profesora de Religión en un pueblo tan chico, que te la encuentras por todos lados, a la vuelta de cualquier calle, en el mercao, en la plaza más escondida donde te crees que no te va a ver nadie justo cuando estás con los amigos cometiendo pecados. 
Y Doña Virtudes, con casi sesenta y cinco años y soltera de siempre, no tiene nada que hacer por las tardes, justo cuando yo más ocupado estoy. Y luego se lo chiva todo a mi abuela cuando viene a tomar café por las tardes y se sienta en el patio con carita de santa.

La otra tarde nos pilló en la plaza de San Martín, estábamos entreteniendo a Antoñita delante de su casa, mientras Juan y yo le contábamos cosas increíbles y ella se recolocaba las gafas desconfiada, Fermín le robaba tres plátanos de las cajas de frutas que pone sobre el empedrado delante de su portón añil para vender a los turistas. Y que casualidad que en ese momento pasaba doña Virtudes vestida de negro como un grajo, que hasta la nariz la tiene de pájaro grande, vaya por Dios que esa tarde iba a oír misa a la Iglesia de San Francisco y no a la de San Mateo, a donde va siempre. Me mintió el Sol, con esa carita redonda y la sonrisa naranja, la próxima vez subiré a la azotea de noche y miraré a la Luna.

Que me estoy pensando escaparme del pueblo e irme a vivir al Lentiscal, donde mis primos no tienen profesor de Religión y por las tardes se dedican a pescar (y a pecar también), se tiran por la Duna y se esconden por las ruinas romanas. Y luego no tienen remordimientos de ná.

Esperanza, la vecina
la del número catorce
controlando la calle
por su mirilla de bronce,
siempre de morado 
con cara de envidia
y oliendo a pescao. 

3 comentarios:

  1. Al final me voy acabar enganchando a esta azotea que tan bellas vistas al mar ofrece. Esta entrega es muy superior a la otra, José María, rebosa de detalles claros, y está escrita con mucho sentido del humor sin dejar de lado la ternura de la mente de los niños. También me ha parecido muy divertido los pensamientos del "pecar" del niño con el encuentro de la señorita de religión, a veces da la sesanción que se peca solo por jorobar a doña Virtudes. Lo del final es genial. Con esa edad e ideando rutas y planes para hacer las trastadas que eso, sí, parece que en los pueblos pequeños son más complicadas de mantenerlas en secreto, y si no, allí estará doña Virtudez con su ojo avizor.

    Y el poema no tiene desperdicio, continuando con el primero, dejas el ambiente del chismorreo muy claro. En ese pueblo pequeño de gran actividad pesquera.

    Muy bien, director, así vamos bien, el jefe da ejemplo de participaciómn y llena el blog de historias que siguen pidiendo continuación.

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  2. Este es mi Jose, abriendo la espita de su alma artista a la belleza de las cosas sencillas de la vida, que son las que hilan, con hilo de oro, la felicidad.
    La descripción del sol genial. La narración fluida y vívida, se puede ver, oír y sentir. Has conseguido no solo dar vida a las personas, sino que te toquen el corazón, despertando sentimientos de cariño hacia ellas. Has creado la magia que atrapa al lector. ¡Bravo! Un abrazo. Isabel

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  3. Muchas gracias por vuestros comentarios, que espero que sean sinceros...eso me anima a seguir escribiendo capítulos de este relato. De hecho tengo varias escenas en la mente. Yo disfruto escribiendo estas cosas e intento que sea todo muy natural y no forzado.

    Cuando me publiquen y se empiece a vender como churros me acordaré de vosotros y tendré un detallito (con Juanjo e Isabel).
    Nos vemos esta noche en el Tanguito, un beso!

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