jueves, 25 de agosto de 2011

La servilleta de lino (Final 3)

Carlos se dirigió a la puerta con pasos largos, atropellados, se paró ante ella en un momento de indecisión que sacudió con un gesto brusco al abrir la puerta.

-¡María y… Marta!- La sonrisa se congeló en su cara, dando paso a un gesto de estupefacción- ¿Qué….?

-Hola querido-Marta se adelantó, entrando erguida, los labios apretados en una línea, los ojos grises convertidos en un cielo de tormenta.

María la siguió con un andar tranquilo y elegante, dedicándole una sonrisa corta al pasar a su lado unida a una mirada en la que se encerraba una ironía sutil y una chispa de diversión.

Después de unos momentos que le parecieron siglos, se hizo dueño de nuevo de sus músculos y las siguió hasta el salón donde dos pares de ojos fijados en él, lo esperaban.

Carlos, sentado en el sillón, acaricia con mirada ausente las rugosidades del cuero, que se han vuelto ásperas con el paso de los años, como sus recuerdos de aquel día. Aún puede verlas, apoderándose con su presencia del salón y con sus palabras de su vida, todavía se le coge un nudo en el estomago y el corazón se le enlentece para echarse a correr como un caballo desbocado y sigue sin entenderlas, sin reconocer a aquel hombre del que hablaban y sigue, como entonces, sin poder explicar sus razones, la cabeza le estalla cuando intenta comprenderlas y comprenderse y desiste y sigue con su vida que como su sillón de cuero se desgasta y se llena de asperezas.

2 comentarios:

  1. Carlos recuerda sus juegos con el fuego y visto las asperezas que acaricia en ese viejo sillón, termnó por quemarse en la hoguera de la soledad.

    Esa mirada pícara y divertida de María refleja bien el estado de confusión que causó la presencia de sus dos muñecas, que terminaron por volverse contra él y condenándolo al sillón de asperazas. He advertido una pizca de esa maldad femenina, que golpea sin hablar, o con un simple "hola querido", que humilla sin palabras en ese andar erguido de Marta y esa sonrisa de María. Parece quedar manifiesto que las dos disfrutaron volviendose contra el hombre que las confundió con muñeca de juegos de niños.

    Un final que queda abierto, que nos deja a Carlos en una situación de soledad que él mismo provocó. Me ha gustado Isabel, te felicito por ello.

    ResponderEliminar
  2. Yo también te felicito por este final, Isabel, muy bién conseguido el relato, ese movimiento de mujeres alrededor del protagonista, esas miradas fulminates e irónicas, muy bién Isabel. Un abrazo, José María

    ResponderEliminar