viernes, 2 de septiembre de 2011

Servilleta de lino (final 5)

María y Carlos olvidaron cualquier resquicio de racionalidad que pudieran haber pretendido conservar cuando se vieron de nuevo, tras un tiempo que ninguno de los dos recordaba. La habitación se convirtió en la matriz del instinto más salvaje y primitivo que los dos llevaban en su interior. Carlos había preparado su dispositivo de música con las canciones más románticas que él era capaz de digerir por si acaso Mría decidía aparecer. Apareció. Y no hubo palabras, reproches o recuerdos del tiempo perdido. Solo deseo. El sistema de reproducción aleatorio del dispositivo de música, contagiado por el aliento del instinto, reprodujo "Que no se rompa la noche" en el momento en el que los dos cuerpos chocaron. Sentían que la materia de los cuerpos buscaba fundirse con la del otro y un deseo infinito de devorar, con el ansia contenida, cada segundo de tiempo robado y perdido. Ninguno de los dos reocrdó lo que había decidido hacer tras el encuentro hasta que no quedó un solo poro de la piel sin recorrer y el fuego del instinto se hubo consumido satisfecho.

Cuando lo pudieron recordar, las fuerzas fallaron y quedaron dormidos, abrazados. Los ojos se abrieron en la penumbra del dormitorio y Carlos buscó en el cajón de la mesilla de noche una caja pequeña y cuadrada con la esperanza de que lo que contenía su interior, hablara de sus intenciones. La apretó con dulzura. Su mano izquierda se deslizó para acariciar la piel de María... Solo halló vacío.

4 comentarios:

  1. Vaya final explosivo e intenso, muy bueno sinceramente. Es corto y mejor así, cerrar la historia con algo asi de terminante y tajante me ha gustado.
    Solamente no entiendo lo de la caja cuadrada y cuadrada, puedes dar alguna pista ? o quizá retocar el relato para que se entienda ese detalle?...
    Un abrazote Juanjo

    ResponderEliminar
  2. A mi también me ha gustado mucho, Juanjo.
    Pero todos somos muy malos, no les damos la más mínima oportunidad a ésos dos pobres antiguos amantes.
    Entiendo que en la caja habría una joya para
    compensar los 20 años de cochina ausencia (típico de los hombres sin imaginación).
    Para mi, éste final junto con el de Isabel, son los mejores.

    ResponderEliminar
  3. Gracias jefe. La caja cuadrada, que cabe en una mano, esconde algo que debe hablar de sus intenciones para con María a partir de ese momento, cuando la cordura empieza a gobernar el desgobierno que el instinto había impuesto. José Luis, ha hecho bingo ^_^.

    Un relato corto e intenso, como un paralelismo de la intensidad de la pasión de los dos protagonistas y la brevedad con la que se esfuma todo... en el vacío. Como decía Neruda: "Es tan corto el amor y tan largo el olvido". Carlos tiene una eternidad para pensar en todo lo que hizo mal...

    ResponderEliminar
  4. José Luis, quizá es que nos hayamos convertido en jueces morales dispuestos a hacer la justicia del ojo por ojo, diente por diente. Efectivamente, nos hemos olvidado del merecimiento de las segundas oportunidades, pero "veinte años de cochina ausencia" endurece el corazón más blandito. Y más en estos tiempos que corren, donde no se da un minuto a la reflexión, más aún es difícil el perdón.

    Creo que veinte años es mucho tiempo, y que la empatía no alcanza a abarcar todo el daño que se ha podido producir a la largo de ese tiempo. De cualquier modo, y como aún quedan compañeros que deben subir su parte, quiero pensar que existen un corazón que es capaz de olvidar el pasado de borrasca en pos de un futuro de luces. Que la imaginación siga funcionado...

    ResponderEliminar