miércoles, 5 de octubre de 2011

EL AMULETO (9 Carolina)

     Sin duda alguna, para David, aquella mañana era completamente diferente a todas las anteriores. Se despedía del hogar que había compartido con sus abuelos desde los trece años pero también, le decía un adiós a su pasado.

     Conducía sin prisas a la casa de su novia. Tanto Ávila, la ciudad de su abuelo materno y donde había decidido casarse en menos de dos semanas, como su amada, que seguramente aguardaba la llegada de David con la típica ansiedad que suele soportar todo aquel que cede su alma ciegamente a la boca antojadiza del destino, podían esperar. “Con calma”, había decidido. Fue así también, el fluir de los pensamientos en su cabeza dejando poco a poco mudo, todo lo que envolvía la bajada de Mijas Pueblo a la costa: la canción de la radio y el eco monótono que dejaban tras de sí los coches y el chirrido inagotable de los grillos.
     “Veinte años”, pensó. Veinte años escuchando una y otra vez lo mismo, que liberara al niño que tenía dentro, tanto de boca de psicólogos como de otros que jugaban a ser psicólogos. Convencidos de que eso le ayudaría a aceptar y perdonar a una madre enferma y a superar su propio trauma, el que, parece ser,  le impide socializar como debiera.  “Claro”, recordaba con cierto sarcasmo, “a una madre se le perdona todo, quizá no a la madre asesina pero sí a la madre enferma”. Orgulloso quedó el psicólogo que un buen día  logró hacer ver a David que no fue su madre la que asesinó a su padre y que deseaba el mismo final para él; no, no fue ella sino su “trastorno mental”.

     David continuó descendiendo por las curvas con tranquilidad. Concentrado en su diálogo interno, se encogió de hombros. “En fin, si eso es lo que quieren que crea…pero sigo manteniendo que si me hubieran escuchado ellos a mí, habrían comprendido la verdad”.
   De pequeño, sus padres, Luis y Rebeca, frecuentaban fiestas de la alta sociedad y viajaban mucho pero sin él; adoraban a la niñera, era perfecta: ocultaba la soledad de David con las palabras que sus señores querían oír y de este modo, Luis y Rebeca trabajaban su popularidad con una conciencia más limpia, más tranquila.

     Terminaron las curvas y apareció la costa y poco después, la casa de su prometida. Media hora más tarde, David volvía a la carretera pero ahora con el maletero más lleno y ya no estaba solo. Ella, su acompañante adorable, le recordó que quedaba una última parada por hacer antes de partir hacia una vida nueva, juntos. Sí, efectivamente, a David le quedaba por resolver un asunto; para él, todo un reto, para ella, un alivio: despedirse de su madre, de Rebeca.
   Llegó a la clínica privada donde su madre vivía los últimos veinte años. Lo que más fastidiaba a David era el ascensor, demasiado lento. Había pedido a su novia, ajena a todo lo que tuviera que ver con el pasado de su amado, que le esperara en el coche y ella lo comprendió. Al ascensor le quedaba muchos pisos aún por visitar y mientras, David pensaba. Insistía en preguntarse el por qué se habían empeñado en enfocar tan erróneamente  su tema ocho psicólogos diferentes. ¿Realmente se les hacía tan difícil el escuchar?. Si lo hubieran hecho, habrían comprendido que él sólo quería jugar, nada más, pero nadie jugaba con él por eso buscó. Y un día, lo encontró. Era su vecino, cuatro años mayor que él. Con doce años David había aprendido a jugar todo tipo de videojuegos violentos y macabros con su vecino, otro solitario como él. Y cuando ya no podía más de sueño, volvía a casa por donde había escapado, por la ventana de su cuarto. Excepto aquel día de septiembre, cuando David ya había cumplido los trece años. La niñera libró ese día y no volvería hasta la noche. Según los psicólogos que  trataron a David entonces y justificando el silencio de su paciente durante las primeras sesiones con la confusión, le quisieron convencer del hecho que aquel día él  había vuelto por la mañana. Entró, como siempre, por la ventana de su cuarto en la segunda planta de la casa. Bajó por las escaleras hasta la cocina para beber algo y cuando salió por la otra entrada de la cocina, vio a su padre sentado y atado a una de las columnas interiores de la casa. En su pecho tenía clavado el amuleto favorito de su madre y del que ella nunca se separaba, un abrecartas en forma de espada de plata con la empuñadura embellecida por siete cristales, todos transparentes excepto el primero cerca del pomo, que era del color de la sangre. Alrededor suyo varias velas encendidas, también cerca de las ventanas aún con las cortinas sin abrir. Recordaron a David, aunque no fuera eso lo que él recordara, que corrió hasta su padre, muerto, y le arrancó el amuleto del cuerpo con todas sus fuerzas y que justo en ese instante, apareció su madre completamente ida quien le arrebató el arma de la mano con intención de clavárselo a él también. A David le encontraron completamente encogido debajo de un árbol a varios metros del incendio de su casa que habían causado las velas. Logró escapar de su madre y de las llamas y también dedujeron, los entendidos, que su madre, encolerizada  y asfixiándose por el humo saltó por una de las ventanas de su dormitorio. Parte de la casa quedó intacta gracias a la eficiencia de los bomberos. No encontraron el arma, el amuleto, sí el cadáver carbonizado del padre de David.

     Sin darse apenas cuenta, había llegado al piso. Salió del ascensor. Llamó, suspiró y entró. Como en visitas anteriores, fue atendido por el doctor de su madre. Éste le informó que Rebeca había estado muy nerviosa e inquieta desde el día anterior. Que había pasado una de las peores noches desde que estaba ingresada en el centro; con pesadillas, con gritos, con llantos.”Debe olerse que me largo para siempre”, pensó David. Como en las otras ocasiones, el doctor lo acompañó hasta la habitación de su madre y luego dejó solos a los dos, madre e hijo, con su pasado y su presente; y para que, en privado, protagonizarán la última escena.
     La madre, desfigurada, muda e invalidada físicamente por aquel  fuego de hace veinte años pero que mentalmente, conservaba intacta la verdad, miraba por la ventana en su silla de ruedas. El hijo, sentado a su derecha y muy cerca de ella, la miraba desafiante. Ella sentía cómo le clavaba los ojos en la nuca tal y como lo hiciera aquel día en el que quedó clavado su amuleto en el pecho de su marido, y sintió miedo. No sonaron las palabras en la tensión sí el latir de unos recuerdos que no podían hablar ; los recuerdos de ella, de Rebeca.
     Las pesadillas de la noche anterior habían sido las peores. Las imágenes habían vuelto a mezclarse pero con más intensidad; lo real, lo imaginado, la verdad, lo no gritado: la mañana fría de septiembre, sentada frente a su mesa de trabajo con su bata roja que a veces hacía de túnica endiablada en sus sueños, escribiendo como lo solía hacer con un refresco, olía a vela, bajó las dos escaleras hasta el salón, vio a su marido que  a veces confundía con el semblante de su hijo, muerto, arrastrado y atado a un pilar por aquella figura cubierta con un hábito oscuro, con capucha; gritó, la figura arrancó el amuleto del cuerpo y fue a por ella, hubo un forcejeo porque a pesar de ser el encapuchado bajo, era corpulento. Ella recuperó su amuleto ensangrentado y escapó por las escaleras hasta su habitación. Cerró con llave. Quiso esconder el arma para evitar ser la próxima víctima de aquel condenado que susurraba palabras extrañas, como si de un rito se tratara y jugara a ser una especie de héroe, como el de los videojuegos que siempre pedía su hijo y ella se negaba a que lo jugara. Con rapidez lo ocultó bajo un complicado peinado. Al otro lado de la puerta, los golpes, que abriera la puerta. También el fuego llamaba para entrar.
     Jugaban las imágenes entre ellas en los sueños, en las pesadillas, apareciendo los paseos placenteros con su padre y su abuelo por los bosques de un pueblo de Ávila, de diferentes capillas de la zona, del río de su infancia, de la caja que le entregaba su abuelo, una pequeña de madera y triangular con una figura grabada pero que no pudo ver con claridad qué representaba y que dentro, hallaría el amuleto. De repente, el sueño volvió a dar otro giro y aparecía el arma sobre la roca donde ella cayó tras ser empujada por la figura asesina. Sintió frío, no se pudo mover, todo el cuerpo dolía. Sus ojos vendados con algodón empapado en un líquido para aliviar su escozor. Rebeca confundía en estos sueños a los enfermeros de la ambulancia y a sus vestimentas y voces con más siluetas encapuchadas, con sus túnicas manchadas de sangre y sus gritos. Rezó y lloró. Volvió a su memoria la caída desde la ventana de su dormitorio, el fuego, la asfixia y de repente, aparecieron las imágenes de ella de niña y de sus padres y de conocidos queridos y de desconocidos en Manhattan. Y la luna creciente que asomaba por la ventana de otra ambulancia, la que la trasladó a otro hospital más lejano, más cerca del mar. Pasó por el cartel que indicaba dónde quedaba su pueblo desde aquel punto. Y la mano fría del encapuchado que mató y que escapó entre la confusión de los vecinos, los bomberos y la ambulancia no sin antes sonreír, no sin antes arrancarle del pelo el amuleto. De nuevo llegaron las imágenes de ella con su hijo, meciéndolo, preguntándose qué había hecho mal, por qué la miraba de aquella manera, desconfiado, furioso; ¿quién era ese niño que tenía entre sus brazos?.

     David se levantó con brusquedad. Ya había cumplido con la media hora de visita. Rebeca continuaba mirando por la ventana cuando de repente, sintió como su hijo se inclinaba hacia ella. “Vuelvo a ser feliz, madre - le susurró al oído- después de veinte años vuelvo a ser yo”. Con un movimiento inesperado, agarró con las fuerzas que le quedaban el brazo iquierdo de su hijo. Era la primera vez que veía su rostro en mucho tiempo. Y con la mirada aún sin cicatrizar, con las venas de un alma destrozada, con los labios sellados por el dolor rogaba a su hijo que se perdonara.

     “Diferente”. Fue la única respuesta que obtuvo la novia de David cuando le preguntó cómo había reaccionado su madre a la despedida. Llevaban dos horas de viaje y habían decidido parar. El lugar era el idóneo, decidió David, para entregar algo muy especial a su prometida. Hizo que se tapara los ojos con las manos y ella le obedeció con una sonrisa divertida. Cuando pudo mirar, David le mostraba una caja pequeña de madera triangular con una figura grabada, la de un doncel de pie sobre una torre y con un hueco en el lugar donde debiera estar grabado el corazón. A ella le extrañó ese detalle pero le quitó importancia cuando descubrió encantada el regalo que guardaba dentro: un abrecartas en forma de espada de plata con la empuñadura embellecida por siete cristales, todos transparentes excepto el primero cerca del pomo, que era del color de la sangre.

Carolina

6 comentarios:

  1. Madre mía, así de pronto y tras leer toda la entrada, no puedo más que aplaudir a esta mente tuya Carolina.
    Que bien resuelto y entretejido, no has dejado nada suelto y has aportado detalles de cada una de las entregas, dotándolas de una lógica aplastante.

    Tendría que volver a leerlo, pues este final me descoloca .. seguro que he leído rápido y se me ha escapado algún detalle.
    Ya que ¿como tiene David el amuleto? ummmm eso me da que pensar y por eso quiero volver a leerlo con más detenimiento, pero lo haré por la noche que tendré más tiempo e quizás también haya comentado alguien más y entonces entre la lectura de la entrega y los comentarios, me aclaren ese punto.
    Pero te felicito eee vaya vaya, se ha hecho esperar pero ha valido la pena .. que cabeza la tuya.

    Ten una hermosa tarde de miércoles .. besitos azules muasssssssss

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  2. Genial Carolina, has dado sentido al relato y has hecho creíbles todos nuestros trozos "inconexos".
    Es un final digno de un relato de calidad.
    Aunque tal vez Raelynn, si se atreve, lo podría redondear con un buen epílogo. (ahora es un reto, lo sé).
    Me encanta el nivel que va tomando el blog y la cada vez mayor aportación de todos. Enhorabuena.

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  3. Muchas gracias Kanet y José Luis por vuestros comentarios. Kanet, David tiene el amuleto porque ¡es el asesino!, ja,ja,ja,... y no su pobre madre.

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  4. Carolina, enhorabuena por haber podido resolver el enigma y dar solución a un relato que tenía dificil final. Has hecho un trabajo increible de remodelación de la historia. Gran imaginación y has dejado todos los cabos bien atados.
    Desde mi punto de vista, el relato no necesita continuación. Un trabajo formidable.
    Espero que todo haya ido bien y que te veamos en la proxima reunión.

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  5. Carolina, me ha gustado, ha sido inquietante leerlo y has sabido transmitir intriga y además has aunado elementos de anteriores relatos, desde el primero hasta el último ¡¡

    bss (estaba en madrid.....)

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  6. Muchas gracias a vosotras también, Elena y Kika, por vuestras observaciones. Elena, todo ha ido bien, gracias, ahora le toca el turno a la paciencia. Besos a las dos xx

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