miércoles, 30 de noviembre de 2011

Liberación

A la once de la noche vino a verme
me acarició la cara
buenas noches
Soñar

Esta mañana temprano me la encontré
esperándome sobre el mar
luz naranja apacible
Calma

Suavemente me empujaba al pedalear
mientras yo la miraba
en el cielo 
Flotar

En casa me esperaba trabajando
con una gran sonrisa
pelo dorado
Besar

Al abrir las cortinas de mi despacho
allí apareció otra vez
estoy contigo dijo
Calidez

Se pasea conmigo por la avenida
me coge la mano
tomo café
Sonrisa

Yo sé que me la encontraré
 siempre va conmigo
soy feliz
Felicidad
 

martes, 29 de noviembre de 2011

Súbete al Tranvía

Súbete al tranvía de color azul
contaremos las estrellas del rio
son de colores que nunca viste tú
te sientas a mi lado, me miras, me rio.

Este tranvía no llegará al mar
bajaremos en la próxima estación
donde nos podamos sentar, contemplar
una orilla plácida, la perfección.

Un buen libro, un iphone, una canción
no importa donde viajemos, qué más da
perdón, solo quise hacer el amor
te mentí, solo quería tu calor.

Te perdono si lo pides con pasión
yo se que este tranvía no va al rio
es un velero blanco que va al mar
si me quieres, no me vuelvas a engañar.

Vamos a navegar en mi velero
a componer poemas y a soñarlos
un cuaderno rojo, un lapicero
poemas azules, poemas blancos.

Léeme ese buen libro por favor
mándame un beso con tu iphone negro
cántame esa canción de surf y de amor
me lees, me cantas, como me alegro.


En el barco de mi imaginación
tú estás a estribor, te vas a enamorar
fondearemos mas allá en altamar
bucearemos hasta el fin de tu alma
salta a la arena de una isla nueva
sal, viento, orilla, agua azul y en calma.

sábado, 26 de noviembre de 2011

La estrella luminosa


Vienen las penas cantando

no se que coplas mordaces,

yo les pido que se vayan

y ellas se vuelven audaces

y se me enredan al alma

y me gritan y se placen

en sacudirme la entraña

en envolverme en sus ayes.

Abro los ojos y veo,

allí lejos sobre el mar

una estrella luminosa

que no se quiere alejar

y que al sentir mi mirada

tan cuajada de pesar,

se sacude toda ella

y me salpica al pasar

borrando todo lo oculto

quitando la oscuridad.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Siento una Ciudad sin Sentimiento

Siento la ciudad sin sentimiento, la oigo rumorear por las noches y levantar la voz por las mañanas, la veo triste y húmeda, nublada y perdida. Esta ciudad enrejada, con rejas azules como el palacete de la señora duquesa, Las Cañas, ese que cuidaba Manuel, mi jardinero. “Tiene mandanga la Señora” decía cuando yo era pequeño, yo no lo entendía, con ese acento ya perdido aquí, ahora si lo entiendo. Tampoco entendía bien a los taxistas de la Avenida del Mar cuando se quejaban de las pelotillas que caen de los plátanos que cubren esta ciudad.
El palacete de la Duquesa sigue con sus rejas azules cerradas, como la jaula de un pájaro árabe, Altäir quizá. Y ahora un poeta canalla contempla Marbella con extrañeza, con falta de familiaridad, y para inspirarse el poeta se acerca a la única fuente que no fue tocada, superviviente a tanto mármol y dinero. Al poeta le duele hacer esto, hace un gesto de queja, porque le duele abrirse, como a las rejas.
Hoy la ciudad se recorre a si misma, dando vueltas como un mendigo solitario que lleva chanclas y una especie de sudario, una extranjera enjoyada que nunca mira hacia atrás y pasea la gran avenida de cartón piedra que sólo se recorre de ida, y por fin, el poeta.
Si esas torres altas cayeran y nos dejaran ver el mar, si el tranvía volviera a tener una parada junto a la orilla, si las piedras de hierro volvieran a volar en canastas sobre la ciudad, si la gente volviera a hablar de aquella manera, si los abogados corruptos no se reflejaran en las lunas llenas, si Don Alfonso apareciera por sorpresa debajo del arco del Marbella Club. Entonces la duquesa volvería a abrir sus rejas azules, quizá.
Quizá entre el mendigo con sudario y el loco que se viste de legionario, quizá entre el monaguillo que sube al campanario y lo hace sonar, y el poeta que viene y va, podremos tirar esas torres y forzar las rejas azules, entonces por la bocana del puerto veré un gran velero blanco de los de antes, que saldrá a navegar por un mar picado de levante.

José María Sánchez Alfonso. Noviembre de 2011

jueves, 24 de noviembre de 2011

SOPHIE MEYER


La Bicicleta Roja:
En su bicicleta roja
cruzaba a diario Berlín
con zapatos de tacón
y su gabardina gris.
No había puente,
ni tranvía que la parase,
pedaleaba sin descanso
hacia Fassanen Strasse.
Esa calle de arbolitos
y tiendas elegantes,
me buscaba a mí
En el Café del Wintergarten.
Para mi pequeña Sophie, Papá.”

Eso decía la nota manuscrita por su padre, se la entregó esa tarde antes de fallecer. Se la metió cariñosamente doblada en el bolsillo de su abrigo. La leyó mientras bajaba las escaleras del hospital hacia una avenida atestada de gente en hora punta, andaba aturdida buscando la parada del tranvía amarillo, buscaba ese color, con la mirada nublada, sólo quería llegar a casa, llamar a Peter, que le diera un abrazo. Y también quería gritar.

-Ni idea de que escribía, no sé cómo le ha salido esto- dijo entrecortada a su íntimo amigo-. y sus últimas palabras fueron: “nada es lo que parece Sophie, vive con tu intuición, busca la poesía…la encontrarás.”, no pudo decir más. No lo entiendo Peter, no entiendo nada- dijo, ya sollozando y derrumbada.
-Tómate unos días querida, sal de la ciudad, no sé chica, falta de la Escuela de Yoga unos días, te parece?.- Peter tuvo que respirar hondo para simular entereza-.

Se deshizo de todo lo que dejó su padre, el coche, la ropa, del pequeño piso en el barrio de Kreüzberg, no quedó nada. No quiso ni el dinero, se quedó con una pequeña parte y el resto lo colocó en un depósito en el banco y se olvidó. Pero se quedó con la bicicleta, oxidada ya, maniática y ruidosa. En ella se movía hace años su madre por la ciudad. Ahora le tocaba a ella.

En unos meses terminó las últimas asignaturas de Bellas Artes, y siguió con su pasión de pintar, pero ante la falta de perspectivas olvidó su proyecto de galería de arte, siguió como instructora de Yoga, y se mudó a donde siempre quiso estar, su hogar sería la comuna de okupas de Tacheles, en la parte oriental.
La comuna ocupaba un edificio destartalado y sin ventanas, una siniestra mole de ladrillo oscuro, tiznado por la contaminación y la lluvia, que se elevaba con sus 8 plantas sobre el resto de edificios del antiguo barrio judío de Oranienburger, las distintas fogatas que calentaban agua para la cocina y los baños, y el gran fuego del patio alrededor del cual se reunían, daban al edificio un aspecto de monstruo deforme y humeante. Eran algo más de cien personas, de todas las procedencias y pelajes, eran ya un icono de la ciudad, como un gran barco pirata varado en el centro de Berlín.

Se repartían por todas las habitaciones, huecos y despachos de esa antigua comisaría central de la temida Polizei de Alemania Oriental, se mantenían vendiendo bisutería en el imponente hall de entrada, de un Café instalado en la calle, pero eran famosos por dar espectáculos de teatro alternativo y música étnica a los que acudían hasta los turistas, todo estaba perfectamente organizado, eran hippies, sí, pero alemanes.
A cambio de poder dormir en un rincón en el suelo de la sexta planta, Sophie dirigía la compra diaria de alimentos y productos de higiene y limpieza, aparte de colaborar en la parte decorativa del teatro y los conciertos.

Cuando caía el sol, el edificio era una inmensa figura deforme y fantasmal, luces de todos los colores e intensidades salían por los huecos y ventanas, de modo que visto desde cualquier punto del barrio era como un edificio mágico, irreal y con vida propia.

Hacía casi un año del fallecimiento de su padre y Sophie volvía a disfrutar de la vida, como antes, con los colegas de la comuna, con sus alumnos de la escuela de yoga, de el ambiente alternativo del barrio, y se reía a diario con su inseparable amigo Peter, gay y diseñador de joyas, con quién compartía divertida el café de las 9 en su segunda casa, el Oranien Cafe, era él con quién compartía confidencias, y daba paseos interminables por las orillas del Spree.

Pero una noche, cuando todos dormían y el monstruo respiraba lenta y pesadamente, a Sophie le recorrió un temblor por el cuerpo, tuvo una sensación extraña, era una intuición –pensó para si misma-, abrió los ojos despacio a una oscuridad completa. Ya no pudo conciliar el sueño, a las 8 de la mañana bajó las escaleras hasta la planta baja y desayunó lo que pudo pillar del almacén. Estaba terminando cuando se le acercó el compañero con rastas y aros en las orejas encargado del teléfono móvil de la comuna y le dijo que tenía al aparato una funcionaria “muy simpática” preguntando por ella.

-Sí? – preguntó Sophie medio dormida.
-Señorita Meyer? – dijo una voz seca al otro lado de la línea.
-Si, soy yo…
-La llamo del Departamento de Urbanismo del Ayuntamiento de Berlín, soy Berta Gatzke.
-Y que ocurre, pasa algo?.- Preguntó algo aprensiva.
-No ocurre nada señorita Meyer, nunca pasa nada a esta hora por favor!. Pero mañana a las 10 en punto tiene que estar aquí, es urgente, tiene una cita con el Concejal encargado del Departamento.- dio por terminada bruscamente la conversación.,
-Ehh, un momento, puede decirme de que….- la línea estaba ya cortada.

Inmediatamente marcó el número de Peter, estaba confusa, necesitaba una voz amiga que le dijera que no pasaba nada.
-Escucha, necesito verte urgentemente. Algo raro pasa y tengo un presentimiento, no sé...
-Querida, tranquilízate-contestó su amigo al otro lado de la línea-, respira hondo tres veces chica y alinea tus chakras, como hacemos en la escuela, hoy estoy hasta el moño de compromisos, pero mañana te acompaño a esa oficina, ciao bela!.

A las 9 y media de la mañana ya estaban los dos pedaleando a través de FriedrichStrasse, cruzando el puente sobre el rio, esquivando peatones, coches y tranvías, era justo la hora de apertura de las Galerías Lafayette y Quartier 3 y 5, la avenida estaba a reventar. Les comía la ansiedad.

A las 10 menos cinco estaban encadenando sus bicicletas a una farola delante de la mole nazi de oficinas reconvertida en Ayuntamiento, en el ancho Bulevar Unter den Linden, y cinco minutos después la señora Gatzke tocaba rudamente con sus nudillos la sólida puerta de madera del despacho del concejal.

-Buenos días señorita Meyer, siéntense por favor- dijo algo serio, mirando de reojo a Peter.
-Buenos días señor…..
-Bensen, Erich Bensen- esbozó una discreta sonrisa que alivió algo el nerviosismo de Sophie.
Sophie se frotaba las manos en el terciopelo del enorme sillón, intentando quitarse el sudor, o al menos que no se le notara. Estaba apabullada por la enormidad del despacho y la altura de los ventanales y las cortinas. “al menos da para treinta de la comuna bien repartidos en colchonetas, y este tío no para de mirarme a los ojos”-pensó.
-Usted dirá señor Bensen, para que estamos aquí?- se atrevió por fin a preguntar.
-Verá señorita, usted hizo una solicitud al Ayuntamiento hace unos años….-dijo el concejal, canoso, elegante y con pinta de alto funcionario a punto de jubilarse, sin levantar la vista del expediente.
-Pues que yo recuerde, nada de nada, nunca he pisado este edificio.
-Señorita…hace tres años usted se puso en lista de espera para ocupar en alquiler uno de los locales de Hakesche Höfe.-dejó soltar como si nada su interlcutor-
-No recuerdo haber hecho eso, no sé, no entiendo nada, me puede enseñar esa petición?- contestó confundida.
-No le dé más vueltas- dijo resolutivo Erich Bensen-, mañana le entregaré yo personalmente las llaves, le hemos concedido el local 5 del patio número 9, es el patio más solicitado, por si no lo sabía….nos vemos a las 11 en punto de la mañana. Adiós señorita Meyer.
Cuando aún no habían dejado el despacho, aprovechó que Peter estaba embelesado con la decoración de la estancia y se acercó discretamente a Sophie y en voz baja le dijo:
-Eres tal y como me esperaba Sophie- se le notaba una contenida emoción- : los ojos verdes, melena negra, esa piel clara….
-Y usted por que esperaba verme así?- contestó susurrando y con la cara colorada. Temblaba levemente, no sabía por qué.
-Hasta mañana señores, si no les importa, tengo una agenda muy llena hoy….


Esa noche Sophie, se fue sin dudar a casa de Peter, estaba tan nerviosa que no podría pegar ojo en el corazón del monstruo de Tacheles, de todas formas en casa de Peter tampoco pudo dormir, el sueño de hace varios años se presentaba de repente delante de sus narices, hecho casi realidad. Era imposible soñar más. Pasaron horas hablando y tomando café, no entendían nada, estaban confusos, y a la vez eufóricos, les daba la risa tonta sólo de nombrar la palabra galería.

Los patios de Hakesche Höfe eran lo último en Berlín, un laberinto de pasillos y trece patios interiores que horadaban toda una manzana del extremo este del barrio de Oranienburger, edificios de piedra roja que fueron residencia de la comunidad judía, ahora llenos de restaurantes y cafés de moda, librerías alternativas, tiendas de antigüedades y joyas, y galerías de arte afamadas….
A las once en punto Sophie y Peter entraban por el acceso norte del complejo, y ya podían oír un murmullo lejano, que iba subiendo de volumen cuanto más se acercaban, les temblaban las piernas, y cuando vieron el patio número nueve se quedaron de piedra: eran algo más de cien personas. 

Con rastas y coletas, anillos colgando de los orificios nasales y pantalones vaqueros rajados pero hoy limpios y planchados para la ocasión, bebiendo botellines de cerveza barata, pero todos bien colocados y disciplinados, eran hippies, sí, pero alemanes. Y Erich Bensen estaba en la puerta del local número cinco, con una sonrisa de oreja, se acercó a una Sophie de gelatina y le entregó las llaves del local, le aconsejó que se sentara en el banco de teca delante del escaparate.

-Sophie –dijo, algo emocionado -, es todo tuyo, pero tengo algo más…..toma –y le entregó un sobre.

Obedeció, cogió la mano a Peter y se sentó, la multitud de hippies les rodeaba, como esperando una orden. Abrió el sobre, se olvidó de las llaves, leyó una nota manuscrita que decía:

La bicicleta roja:
En su bicicleta roja
cruzaba a diario Berlín
con zapatos de tacón
y su gabardina gris…….”

No pudo leer más, se derrumbó de felicidad, ahora entendía las últimas palabras, los piratas iniciaron el asalto, Erich Bensen le sonreía feliz mientras le giñaba, Peter le apretaba fuertemente la mano.

(Nota del narrador: Sophie tuvo más temblores en su vida, pero eso son otras historias que ya se contarán, esta se acaba aquí.)

José María Sánchez Alfonso. 25 de Noviembre de 2011.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Dos Cielos


Dejas el ruido atrás, el bullicio de sus calles donde personas ocupadas y desocupadas, tristes y alegres, felices e infelices, españolas y extranjeras, pasean sus vidas, unas con prisa y otras arrastrando los pies.

Dejas atrás, la Puerta de Alcalá, El Retiro, El Paseo de la
Castellana, La Cibeles, El Barrio de las Letras, los Museos del Paseo
del Prado, La Puerta del Sol y la Plaza de Santa Ana.

Vuelves al claro cielo azul, a la buena temperatura, a quitarte el abrigo, al Paseo Marítimo, La Plaza de los Naranjos, El Mercado, el Taller de Narrativa y El Blog de los Poetas Urbanos.

Son dos vidas, dos sentimientos y dos lugares que abrazar.

martes, 22 de noviembre de 2011

Momento urbano

La plaza de Los Naranjos habla inglés y huele a sobremesa.
Me sirvo la coca-cola y la espuma desborda el vaso,
siempre me ocurre lo mismo.
Qué pesada la mosca.
Andando despacio, cruza una chica muy morena,
con un trozo de África prendido en su mirada.
También pasa mi amigo José María en su bicicleta roja.
El camarero limpia con un trapo la mesa de al lado.
No hay pájaros en los árboles, debe ser porque un niño
está llorando en un lenguaje incomprensible.
Las campanas de La Encarnación dan las cinco,
y a pesar de todo, me siento feliz.

UNA NOCHE DENSA


UNA NOCHE DENSA
Una mañana clara,
Nos separan 9 calles, 3 parques y un motor.
Es domingo, la ciudad respira.
No ví tu habitación.
Sospecho que duermes
Ni un ruido en el interior
Restos de fiesta, cigarros y alcohol
Sospecho que duermes
Una puerta ingrata
No quiero llamar
Y surge la duda: ¿me fui yo la última?
Deslizo mi cuerpo en el interior
Ya es otro escenario
No hay música, no hay humo, tampoco hay alcohol
Me orienta tu olor
Empujo la puerta y se alivia mi duda
Mi blusa en la silla, mi falda en el suelo
¿Aún duermes y sueñas?
Me gusta tu olor
.

lunes, 21 de noviembre de 2011

VIDA DE LUJO

Vivo en este edificio de la calle Serrano desde hace 25 años y ningún vecino ha sospechado nunca cual era mi profesión. Ni siquiera Matías, que como buen conserje todo lo olisquea, podría barruntarlo.

Considero que he sido una mujer afortunada, si me comparo con mis compañeras de oficio en la actualidad.

Vine a España de vacaciones, exactamente a Torremolinos, a finales de los años 60. Y viniendo de Suecia, nunca pensé que acabaría viviendo en un país donde libertad y apertura eran palabras desconocidas.

El clima, la vitalidad de la gente y el exotismo de los pueblos del sur me cautivaron. Pero, sobretodo lo que me atrapó fue el contrato de artista que me ofreció aquel productor de cine que conocí en el Hotel Pez Espada.

Nunca había trabajado como actriz y pronto demostré no tener cualidades, pero aquello no suponía un problema. Con 22 años, tenía un cuerpo espectacular, media 20 cm más que cualquiera de las mujeres españolas de la época y una melena rubia que me gustaba exhibir. Además, yo no había sido educada en la castidad gazmoña de las enseñanzas religiosas, y no tenía inconveniente en mostrar aquellas partes de mi cuerpo que todos deseaban ver. Fui un descubrimiento para el equipo técnico y artístico. Y todos los directores se enamoraban de mí. Me daban papeles junto a unos grandes actores bajitos y con bigote, que representaban al latin-lover reprimido, ávido por tirarse a la sueca. Y de fondo, siempre estaban la sangría, los toros y el flamenco.

Con la llegada de la democracia, aquellas películas dejaron de interesar y yo, acostumbrada a un ritmo de vida de lujo, me quedé sin trabajo y con pocos amigos. Me resulta difícil recordar como llegué a entrar en este mundo de placeres. Pero no había un solo día que no me llamasen para acompañar a algún empresario depravado, un político voyeur o un diplomático vicioso.

Ahora, a mis 65 años, ya retirada, desde el mirador de la tercera planta de mi piso de lujo en el número 48 de la calle Serrano, veo pasar ante mí relatos inexplorados de vidas ya devastadas, que solo yo podría desvelar.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Cuesta de los Gatos

Vengo de dar un largo paseo
de la mano de la Soledad
hoy sólo llueven poemas 
pero no veo a la Poesía
he ido al colegio electoral
también solitario
y con humedad,
por la Cuesta de los Gatos he subido
"ahí sube otro solitario"
"ahí va otro huido"
decían de mi esos felinos.
Sólo al bajar la vi,
un naranjo chorreando
unos muros duros
y llovía, y llovía,
ahí estaba mi Poesía. 
 

sábado, 19 de noviembre de 2011

Un canto a Marbella

Quiere mi hombre que escriba
un poema a su Marbella.
Quiere que cante a sus montes,
a sus aguas,
a sus colores cambiantes
a sus jardines y flores
a los murmullos del viento
cuando corre entre sus calles
arremolinado en blanco
y verde y azul y granate;
cuando se mira en el cielo
para en la arena volcarse,
que se arrastra suavecita,
hasta una mar muy grande,
que tan solo se alborota
cuando la nieve se yace
allá lejos en las sierras,
las sierras que son sus madres.
Quiere que enseñe las tardes
cuando el sol se agarra al cielo
y se estruja
desparramando naranjas,
rosas, lilas, sueños, ayes.
Pero cómo voy a cantarle
si ha enamorado a mi hombre
y los celos no me dejan
que le admire
que le cante.


viernes, 18 de noviembre de 2011

Flaneur en Marbella

Ocho de la mañana, silencio y oscuridad, un poeta que calla camina de la mano de una obediencia ciega, con una libreta roja, un puente de madera, una bicicleta de plata, allá va.

Erase una gran nave encallada, un escritor canalla, una dama encanallada, paraíso sellado, un jardín sin setos, un estanque envenenado, un escaparate imposible, una fuente solitaria. La fuente de la Alameda, no la grande y de mármol sino la pequeña y encalada, me confiesa una noche con un susurro de agua, José quédate un rato, que la gente pasa y me da de lado, tu eres fiel y me visitas desde que eres un chaval, entonces la oí llorar.

Y le digo: veo la ciudad llena de poses urbanas y gestos manifiestos, detalles cotidianos que no me interesan nada, conversaciones indiscretas, palabras repetidas hasta la saciedad y mucha gente operada.

Paciente y flaneur, desde el sofá escribo un falso relato, una historia banal, Marbella es una gran mentira superficial, una prosa poética y patética, son farolas que se encienden a destiempo, por falta de presupuesto. Es una negra perspectiva, un qué pasará, una desazón, un complejo de lujo resultado de la corrupción. Todo me es confuso, es un magnate ruso saliendo de la notaría?, es un notario sin complejos frotándose las manos?.

No, no, es un Fiat descapotable, rojo cereza, conducido por una señora de la realeza que se desliza suavemente hacia Banús. Es un Lamborgini azul, con dos italianos borrachos, que vuelve a las 7 de la mañana de una noche loca en el Marbella Club. Un Audi negro, que sale de un parking de Ricardo Soriano, y en sus lunas tintadas se refleja la figura de un abogado siniestro, en el Iphone teclea “que hay de lo nuestro?”.

Marbella es una puta vieja y arrugada, que me echa una mirada cansada, harta ya de subir por el escalafón, y me mueve los labios rellenos de botox. Unos capos ostentosos, amos de la verdad, vuelven de comer en la Fonda, en su patio han brindado con la Política. Mientras mi barbero musulmán, me cuenta las bondades del Corán y me acerca la navaja al cuello. Yo le doy la razón al profeta y me perdona, sólo porque soy…. un poeta.

Marbella es una fila de desnudos maniquíes devorados por una manada de Saudíes, que como una jauría cruza la acera para arrasar la joyería, es una gran dama recostada sobre una montaña de oro falso, una minusválida deforme que cruza la avenida todas las mañanas, digna y conforme. Un portero de mirada oblicua me corta el paso, me mira de arriba abajo, váyase usted al carajo!, miles de baldosas sueltas cantando chof chof clack clack mientras las tiendas cierran de par en par y una mujer con mucho boato pasa la tarde en Mercadona probándose perfumes baratos.

Silencio, oscuridad, ocho de la mañana, la bicicleta de plata atraviesa limpiamente la ciudad, el puente de madera tiembla, los cinco secretos de Marbella son: dos adolescentes, un murmullo, un beso, un orgasmo..y una traición.

Las bocas de riego.

Como tantas veces había hecho de niño quiso volver a la ciudad de su infancia y hacer el mismo recorrido de su antigua casa a la escuela.

A la misma hora, con el mismo entusiamo, en la misma soledad de las mañanas frías de escarcha.

Y descubrió los cambios de unas calles lejanas y ya desconocidas, donde lo único que había permanecido eran las 11 bocas de riego, que obsesivamente había contado y pisado cuando era niño.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Dime.




Dime cómo se cura este desgarro
del alma, corazón hecho ceniza.
Cómo paro el amor que se desliza,
si las palabras se llenan de barro,

palabras que se olvidan en un jarro
de agua de estrellas que ya no hipnotiza
y mi alma se volvió resbaladiza,
y el dolor elimina lo bizarro.

Dime si volverá a ser como antes,
en la arena de playas apagadas,
bajo un cielo de lágrimas vacantes,

si saldrán de estaciones distanciadas,
las almas a rozarse en los instantes
que extrañan las mañanas olvidadas.

martes, 15 de noviembre de 2011

BUSCANDO A SU DUEÑO


La bicicleta circulaba con dificultad por el camino de grava que iba de su casa al pueblo siguiente.

Tomás, con el instrumento musical colgado de la espalda pensaba en el poco éxito que había tenido al tratar de averiguar qué tipo de instrumento era ese que había encontrado dos días antes abandonado a un lado del camino sin dueño y ninguna pista para encontrarlo.
Ahora le esperaban treinta y cinco kilómetros de pedaleo hasta el pueblo siguiente, donde buscaría al Señor Eugenio, el maestro.
El le diría qué era y hablaría con el Jefe de Policia del Cuartelillo, Leocadio, para incluirlo en objetos perdidos.
En su aldea solo contaban con cincuenta y ocho habitantes casi todos, mayores de cincuenta años, nadie había sabido informarle sobre qué tipo de instrumento era aquel y su nombre.
La gente joven, había dejado el pueblo años atrás marchándose a la ciudad y no había escuela ni por lo tanto Maestra, que pudiera ayudarle en ese menester.

Lo había encontrado ayer, tirado a un lado del camino, cuando ya se recogía por la tarde con su rebaño de ovejas. Bajaba del monte ya con prisas pues el sol se estaba acostando. Era una tarde fría del mes de octubre y su cabeza solo pensaba ya en el chato de aguardiente que se tomaría con sus amigos en el bar. Pero esa extraña guitarra, mucho más grande
que las guitarras que él conocía, le hizo detenerse en el camino.

Estaba ahí, tirada, con su panza boca arriba, y su color miel brillante. No sabía qué nombre tenía. Alguna vez por televisión lo había visto en alguna orquesta de programas musicales, pero desde luego, en la orquesta del pueblo no tenían de esos. Solo el tambor del Excelentísimo Alcalde y dos trompetas, las de Rigoberto y Fermín, dos hermanos que regentaban el supermercado más grande del pueblo.

Se acercó y sin atreverse a tocarla, miró y remiró girando la cabeza buscando a su dueño. Con
cuidado, la tocó percibiendo la suavidad de su madera y rasgó las cuerdas, arrancándoles un extraño sonido. Tras un buen rato allí mirando el camino, esperando que apareciera el dueño del misterioso instrumento, comprendió que allí no volvería nadie.

Si la gran guitarra había tenido dueño, este lo había abandonado. Retomó su rebaño, y
siguió su camino. Volvería a buscarla. Y eso era lo que estaba haciendo ahora.

Siguió pedaleando con el instrumento clavado a su espalda.
Kika Perez-Solero

El interior de las vidas

Acababa de dejar su refugio de sábanas de lino frescas y sin sudor y se había asomado a la ventana. Casi todos los toldos estaban ya cerrados, las pocas luces encendidas que quedaban detrás de las ventanas parecían más tenues y los tintineos de vasos en las terrazas ya no se oían. Era el fin del verano y por fin podía sentarse de nuevo en su terraza y disfrutar de un atardecer leve y fresco junto a una taza de café bien cargado, antes de volver a su rutinario trabajo de medianoche.

Tras un verano de ilusiones y horario diurno, la vuelta a empezar se le hacia cuesta arriba. Esos minutos de paz antes de que el sol diese la vuelta a la esquina le resultaban reconfortantes.

Desde su terraza, podía ver las vidas del interior de algunas viviendas y el interior de las vidas de sus habitantes.

Hoy estaba la joven del tercero en su habitación. Una luz intensa pero acogedora. Se movía lentamente, del armario a la cama, al baño, abría un cajón, lo cerraba. se miraba en el espejo. No tenía prisa, quizás buscaba algo por hacer . ¿O tal vez esperaba una llamada de teléfono?
Empezó a sacar ropa del armario y la colocaba cuidadosamente sobre la cama, tras una minuiciosa revisión. Parecía como si estuviera clasificándola en montones diferentes.¿ Lo haría por colores? Los pantalones marrones con lo beige, los rojos con lo rojo. Los jersey azules con los pantalones grises. A veces se acercaba la ropa a la cara y la olía echando su larga melena hacía atrás, como si ese olor a jersey la embriagara y le recordara aquellas máñanas frías en las que caminaba descalza sobre el lecho de hojas caidas de los castañales.

Castañas, ya había castañas. Lo había olvidado por completo.

Mañana, al salir del trabajo, pasaría a recoger a su hijo y le llevaria a comer castañas asadas junto al parque. Luego darían un paseo y jugarían a descifrar los dibujos que forman las nubes en su lento movimiento.
Como tantas veces había hecho de niño, pulsó todos los timbres del portal del edificio de enfrente.

Esta vez, no salió corriendo, como en el pasado.

Simplemente esperaba una respuesta, una invitación, o aunque tan solo fuera, unas palabras de reproche o desaprobación por parte de algún vecino.

Pero, en el bullicio de la calle, lo único que escuchó fue el sonido metálico de cerrojos.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Le robé una flor, le regalé un diamante.



Todas la mañanas, en mi paseo al trabajo, pasaba delante de una cancela olvidada, que hacía años que no se abría. No era la única en Granada, pero era la que yo siempre miraba. Verde oscura, oxidada. Detrás, un jardín oscuro. Y detrás, una casona abandonada. Con sus torres y sus celosías. Y un patio helado.



Una mañana de escarcha, del invierno del 88, con la ciudad todavía cubierta por la bruma que baja de la Sabika, esa bruma cargada de olor a ciprés y que trae el murmullo de las acequias hasta Puerta Real, me detuve ante mi cancela verde.

Ahí estaba creciendo sola, entre un arrayán y un canalillo de agua, vigilante la fachada, celosa de su tesoro la celosía. Empujé la cancela con temor y llenando mis botas de tierra oscura llegué hasta ella. Era blanca y anaranjada, no era flor de la media luna, era extraña. Quién la plantó en este jardín?.  Unos ojos negros me escrutaban, desde la torre.


Ese día no pude arrancarla, se resistió.

Un juego sutil comenzó

Ella me temía, yo la olía

Yo la cogía y ella se soltaba

Flor de Granada no era

Que si no ya la habría visto

Por las placitas del Realejo.


La dejé crecer libremente, dentro de esos muros ocres y agrietados, en el silencio de un jardín vigilado, en un paraíso cerrado. Donde el grito de los niños no entra y los balcones abiertos no miran.

Poco a poco la fui mimando, y cada día tiraba de ella, hasta que en la primavera del 89 se soltó y, antes de que los ojos celosos bajaran de la torre, me la llevé.


Y al huir

dejé mis huellas en la tierra negra

sin pensar en volver

a ese jardín ya olvidado

tanta bruma, tanto frio.

Se que alguien me vio

pero corrí con mi flor

por el camino de Santa Fé

y seguí corriendo hasta el mar

hacia un jardín con palmeras

abierto al poniente y al levante.


Dieciocho años después, no pudiendo soportar más ese murmullo del canalillo, los pesados muros ocres, esa torre vigilante, los ojos oscuros de celosía elevada, le regalé a Granada un diamante.


Un tesoro comparable

a los de su gran palacio,

un diamante con grandes ojos azules

que asombrados recorren

esa ciudad de arrayanes y fuentes,

piedra preciosa que algún día

construirá un precioso puente

para cruzar el Paseo de los Tristes

sobre tristes jardines y patios cerrados

sobre azulejos y mocárabes

diminutivos, entrañables

si, pero que helados y distantes,

todavía no me lo han agradecido,

sigo en mi jardín que mira a levante

me duele la pena, retengo mi flor, si,

pero lloro por el diamante!.

Cuidar lo que sueñas


Voy camino del silencio
de un ejército de estrellas
bajo la noche de mi alma
y la música soltera.
Mis ojos se han cerciorado
que eres de otro compañera,
y el dolor es tan intenso
como duras son las piedras,
porque es a él a quien abrazas,
porque es a él a quien tú besas.
Es tan necio hacerse el fuerte
cuando sólo quedan penas
que me duele hasta el bolígrafo
que dibujan estas letras.
Y si antes fue imposible
abrazarte de emergencia,
ni siquiera ahora puedo
dibujarte en esta arena
para abrazarte dormida,
bajo tu piel de sirena,
para tenerte a mi lado,
para cuidar lo que sueñas...


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viernes, 11 de noviembre de 2011

Reflexiones Metafísicas de una Puta Cubana


En Cuba era doctora en Filosofía Marxista de la Universidad Revolucionaria de La Habana, me llamaban “la comandanta” y los tenía a todos a mis pies, y a veces hasta en la entrepierna. Como el juaniquiqui no me llegaba ni pa pagar el carro, de vez en cuando me daba mis paseítos por los soportales de la Plaza de España, pa pescar algún guajiro despistao, aunque prefería los morenitos con su fongo gordo y madurito!.

Tiene mandanga la cosa, ahora estoy jodida y del revés, en Madrid, en una esquina del Paseo de la Habana, y pa pagar la hipoteca tengo que dar clases de Filosofía Clásica en una Universidad católica, arrebúllanse cristianos, que la Existencia viene empujando fuerte por detrás.

Aquí le presto servicio de calidad a esos pájaros encorbataos, que vienen pacá en taxis desde el barrio de Salamanca, con gafas de sol y bigotes postizos los muy gansos. Son malas hojas estresaos de tanto trabajar, y con esas mujeres que son grillos y no saben quibar, llevan el kiwi recalentao como el carburador de mi Cadillac, pero no paran de rezar el rosario y se reúnen pa merendar galletas maría con colacao, (y quién sabe si hacen tortillas también), pero luego no saben hacer felices a sus papitos en el pimpampum.

A estas alturas una no hace asco a na, que esto son cuatro días, con el Madoff estafando, el DSK metiéndole mano a to lo que se menea y la prima del riesgo disparatá, ¡ay compadre que aquí estamos pa disfrutar!. Yo les armo un despelote que en eso soy la primera, ya en la Habana por la calle me gritaban: “dicen que en Cuba no hay carne, lo que no hay es lata pa’envasarla” y me tenían contenta, aquí estos pijos lo único que saben decir es “buenas tardes chica, como estás?”, ¡Ay!  yo les retuerzo mi bemba, me bajo el ajustador y se ponen a temblar! , cuando les veo la pinga les digo: !oiga chico que cosa más grande caballero! y me meo de la risa. Arrugaita la tienen de no usarla pero yo les planto un buen mate y unos mordisquitos bien daos y se van pa sus despachos en la guagua colorá!.

Aquí con el Capitalismo Explotador se adoctrina una que da gusto, ya he apredío a cobrarles de más a estos comemieldas; adelanto el reloj unos minutos y cuando estamos en plena faena les digo: vamos papi que se te queman los frijoles!, y después de un ratito les grito: ¡que te quedan tres minutos so güevón, mariconaso, y si no te corres ya te cobro el doble!.

Redactado por Juana “la Comandanta”, no por José María Sánchez Alfonso.

Diccionario de términos cubanos:

Juaniquiqui: dinero
Carro: coche
Guajiro: campesino, despectivamente
Fongo: plátano
Arrebúllanse: es un término que usan mis parientes cubanos cuando me escriben, creo que significa      organizarse, ponerse en camino.
Pájaro: maricón, igual que Ganso, pero peor.
Malas Hojas: que no saben hacer el amol.
Grillos: mujeres flacas y malas
Kiwi: pues el kiwi…
Quibar: hacer el amol.
Pimpampum: el catre, la cama.
Bemba: los labios
Ajustador: sostén
Pinga: órgano sexual masculino
Mate: beso
Guagua: autobús
Comemieldas: tontos, estúpidos

jueves, 10 de noviembre de 2011

Abismo



Mi helado corazón llora en la cueva
del inmenso vacío de la vida
y la esperanza se vuelve suicida
si llegas a sentir que en tu alma nieva.

Mi pesimismo cruel ríe y se eleva
cuando siento mi lágrima caída
en el inmenso abismo que no olvida
que este viento hasta mis sueños se lleva.

Y se lleva también tu voz, mi vista
dejando sólo escarcha en mi recuerdo
y mi locura no encuentra los frenos.

Me quedo en el invierno del artista,
jamás has sido mía y hoy te pierdo
y entre tristezas, yo te echo de menos.


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La que faltaba


!Hola a todos¡ Por fin he podido entrar...Un fuerte abrazo..

Mi vision de la Tierra


El tiempo que pasé en la Tierra, que estaba dividido en años, meses, horas, minutos y segundos cuando llegué a ella, se me hizo eterno.

Las cosas sencillas no me interesaban y las interesantes no las comprendía.


Se me concedió una cantidad definida de años de vida pero desconocida para mí, asi que no sabía como organizarme. Tuve que vivir día a día, sin programación.


Pronto supe que todo era limitado, hasta la felicidad, pero no sabía cuanto duraba, así que la derroché en los primeros años de vida. A partir de ahí. tuve que inventarmela todo el tiempo. Pero esa felicidad inventada resultó ser intermitente y me costó mucho acostumbrarme.


Afortunadamente, tuve la suerte de nacer en esa parte del mundo donde las mujeres son relativamente bien consideradas, porque había lugares en donde se les mutilaba nada más nacer sin que nadie se sintiese concernido.


La inteligencia, parecía ser imprescindible para triunfar y hasta la mitad de mi vida no supe que era modificable, moldeable y versatil. Me enseñaron que era algo innato e inalterable otorgado divinamente, asi que no hice el mínimo esfuerzo por cambiarlo. Me limite a utilizarla para sobrevivir, pero sin derrocharla, por miedo a consumirla, como la felicidad. Cuando aprendí que la inteligencia estaba relacionada con las emociones, me desmoralicé, yo era una ignorante emocional. Además era demasiado tarde, ya tenía la vida resuelta y no tenía suficientes años por delante para aprovechar esa inteligencia enriquecida.

Costumbres

Como tantas veces había hecho de niño, volvió a mirar debajo de la cama antes de acostarse.

Esta vez no lo hizo por miedo, ni por desconfianza.

Tan solo esperaba rellenar su soledad.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

DESDE EL BURDEL

            Querida mamá:
         He estado muy atareada pero suerte que al fin puedo escribirte.  Me encuentro requetebien de salud y me acuerdo mucho de ustedes. Este es un país muy lindo y tal como me lo prometieron tengo un buen trabajo y mi jefe aunque chinchoso es muy atento y me trata de pinga. Dentro de poquitito podré empezar no más a enviarte plata. Le das muchísimos besos a mis hijitos y diles que su mamá se acuerda de ellos todos los días y que está deseando verlos.
Tu hijita que te quiere
                                      Lucrecia

Bueno, ya está. Voy a esconder la carta y mañana seguro encontraré a alguien que me la pueda poner en el correo.
Tengo que aguantar como sea. Hoy he conseguido hacerlo sin vomitar, no quiero que el jefe me vuelva a dar una paliza.
Debo apresurarme, dentro de poco subirá otro cliente. Espero que no sea como el último de ayer, aquél gordo sudoroso que olía a tabaco y alcohol, y me obligó a hacer todas ésas cosas horribles.
Si,  tengo que ser fuerte, esto no puede durar para siempre. Virgencita de Agua Santa, ¿Cómo me ha podido pasar esto a mí?. No sé ni dónde estoy, no me dejan salir, no conozco a nadie aquí…
Oigo voces en el pasillo. ¡Dios mío, padrecito, ayúdame por favor!.

martes, 8 de noviembre de 2011

Juro que he visto a William Stock

Hay hoy en la ciudad una tranquilidad sospechosa, de esas que dan que pensar. A primera hora de la mañana asistí a clase Anusara Yoga, un yoga inusual, que incluye cantos en Sánscrito y alineamiento de chakras. Éramos muy pocos hoy en la clase, hubo mucho silencio y hasta el profesor hablaba en voz muy baja.

Al terminar voy directamente a tomar un café para reconectar con la realidad, para forzar a mi mente a salir de las placenteras ondas Alpha. La cafetería está tranquila, también, muy pocos clientes, muchas mesas vacías, el silencio solo se interrumpe violentamente por el sonido de la máquina de café. El Sol inunda horizontalmente toda la estancia de modo que se ve el polvo flotando libremente, y mi mente hace un esfuerzo por pasar a las ondas Betha. Me siento pequeño en este enorme sofá de tres plazas de terciopelo rojo y beige. Tomo el primer sorbo, comienzo a leer los titulares del El País, y ahí está...
Alguien levemente familiar ocupa una mesa cercana, con un MacBook de tapa blanca, con pelo canoso y denso, gafas de leer pasadas de moda, unos sesenta años de edad y barba de dos dias. Tiene un aspecto intencionadamente descuidado, de profesor universitario o de escritor, pretendiendo darse un aire de intelectual, cruza las piernas en un movimiento planeado de despreocupación. Viste un chaleco de punto marrón claro sin mangas, una camisa blanca demasiado planchada y un pantalón sport marrón oscuro, una combinación realmente anticuada, parece salido de una novela.
Tengo que hacer un esfuerzo para no detenerme más de 3 segundos mirándolo cada vez, pretendo leer el periódico pero no me entero de nada, bebo el café a sorbos lentos y en cada sorbo lo escruto y no acabo de creérmelo.
Con razón me resulta familar, se trata de William Stock, el protagonista de mi relato "Una Ventana al Exterior", acaba de pedir un Croissant con jamón y queso en un español bastante bueno pero con acento inglés americano, sonríe y se coloca el MacBook sobre las rodillas cruzadas, otra pose largamente estudiada,  yo tengo que reprimir un intento de incorporarme para ir y saludarle, que menos que decirle que encantado de conocerlo en la realidad y preguntarle qué demonios hace en Marbella cuando yo lo hacía en Manhattan contando farolas y bocas de riego.
Todo esto es ridículo, no puede ser real, en ese momento se sienta a su mesa una señora de mediana edad, elegante, rubia y clásica, lleva un foulard de Fendi blanco y gris alrededor del cuello, me llevo un chasco: no puede ser su ex porque en el relato se odian y aquí se hablan con naturalidad, pero tampoco es Peggy la camarera del Zack's porque no es pelirroja y no enseña la pechuga descaradamente.
La situación se despeja en un instante al pedirme la señora de al lado El País, "¿lo ha terminado ya?", no señora pero da igual, cógalo. Estoy muy afectado por lo ocurrido, William Stock en Marbella, tomando café en Lekune, frente a mi, con su MacBook sobre las piernas, todo esto me crea desazón, subiendo para mi despacho pienso si no será esto la neurosis de la que nos hablaba Álvaro García en su curso de escritura creativa ?.........creo que si. Hasta en esto tenía razón el condenado.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Una ventana al Exterior (3). Cappuccino Doble



Por fortuna ese inútil deformado ya andaría a la altura de la antena del Chrysler Building, y subiendo imparable hacia el Espacio Exterior.
William giró hacia la izquierda al salir del portal, tenía claro lo que quería hacer en ese momento. Lo que llevaba meses deseando, ir a ver a su segunda psicóloga, la camarera del Zack’s Corner, donde servían el mejor cappuccino doble del barrio, Hell’s Kitchen, la Cocina del Infierno. Prefería esta psicóloga a la de pago, hablaba con ella de lo él quería (y no ella), y no necesitaba cita previa.

A pesar de ser cuatro de noviembre, hacía una mañana luminosa en la Isla, una temperatura soportable y el viento no bajaba por el Hudson. “perfecto” se dijo, “el día perfecto para no suicidarse” y aceleró el paso como impulsado por una perspectiva brillante. Ánimo, adelante. 

Como de costumbre desde que se desveló el affair de su ex mujer con su editor, fue contando las farolas, las bocas de riego, las ruedas de los coches aparcados (y estas a su vez las iba multiplicando por dos), las parejitas jóvenes con carrito de bebé (y estos a su vez los multiplicaba por tres) y no entraba en el Zack’s hasta que no llegaba a un mínimo de 150, aunque tuviera que dar tres vueltas a la manzana. Ese día al menos se ahorró la mofa del inútil con mirada desquiciada apoyado en el portal de su edificio, “señor Stock, creo que se ha pasado, yo llevo ya 170, jaja”.

Algo raro pasó cuando iba por el 123, le pareció ver de reojo una carcasa blanca de ordenador portátil, posada encima del toldo de la frutería de los griegos, pero no le pudo dedicar mucho tiempo porque en ese preciso instante llegaba a un poste de parada de taxis, el 124. Solo 26 más para pedir el café a su psicóloga.

-Buenos días Peggy, vaya día bonito, eh?, te veo preciosa hoy, sabes que no me llegué a suicidar? Ha sido todo un mal sueño. Me tiré detrás de mi MacBook pero todo fue una pesadilla, fruto de la imaginación recalentada de escritor de éxito, pero nada real, tú como me ves?

-Yo le veo muy real hoy señor Stock, pero que muy real, no le veo nada suicidado, y el cappuccino doble o normal?

-No me metas prisa Peggy, sabes que he tenido que contar hasta 168 para llegar a esta barra? No crees que es suficiente para un tipo que podría estar muerto ya? ¿Sabes que mi alma podría estar subiendo ahora mismo en paralelo a la del cerdo ese, el marido de mi portera, la señora Lock?, venga chica, pónmelo doble hoy, con nata y canela en vez de chocolate, que uno no vuela desde una planta 38 todos los días.

-Enseguida Sr. Stock, quiere tostada con mantequilla o prefiere primero digerir su intento de suicidio?, espere, acaba de aparcar un coche en la puerta, eso hace 172, si no me equivoco, ¿por cierto, cómo le va el curso de escritura creativa?.

-No va mal, Peggy, a eso voy cuando termines de analizarme, le voy a enseñar a ese mequetrefe del profesor quién fui yo en el mundo de la literatura, le voy a presentar un relato encadenado sobre ventanas que abren al exterior, que se va a quedar temblando, no sabes que pinta de progre hipotecado, ja, sabes que nunca se quita el jersey a rayas?. 
-Señor Stock, le recuerdo que hoy toca un poco de terapia de choque, de confrontación con la realidad, emm, ayer vino a desayunar por aquí su ex, con el Señor Goldrich, el dueño de la editorial.

-Que les den por culo a los dos, Peggy

-Así me gusta señor Stock!, vamos progresando, le veo más suelto, sabe?.



jueves, 3 de noviembre de 2011

El Baile

Pasión arrancada de su alma y arrojada a las fauces de la danza que, hambrienta, devoró todo lo que no fueran giros, pasos, saltos y movimientos hechos con gracia y elegancia. Obsesionada, absorbida, embrujada, poseída. A todo había renunciado Ana por el baile.

Encorvada hacia el suelo, dio comienzo a su propio espectáculo. Alzó lentamente los brazos en arco, mostró con un giro suave su rostro y al Adagio, sonrió. Ana empezó a bailar. Cada giro, cada salto, cada desafío agrandaban un ego arrasador en una sala repleta de espejos y en los que ella nunca se miraba. No lo necesitaba. Sabía que sus movimientos, cada uno de ellos, eran, simplemente, perfectos.

Él la observaba. Desde la ventana contemplaba la belleza de aquellas formas que a ratos parecían perderse en una locura profunda. Parecía que había alquilado aquel piso desde hacía un año sólo para dejarse seducir cada mañana de un domingo por aquella representación. Antón no podía tocarla así que, siempre en la distancia, acariciaba su cara fina, sus ojos soñolientos y apagados, su expresión de triunfadora, con la mirada.

Suspiró. Volvió a ajustar las lentes de los prismáticos a la vista y esperó. Pronto llegaría su parte favorita, el final de la función. En la sala, sólo ella, los espejos, una bolsa y un bastón; en el fondo, la conocida música, la misma coreografía y la pasión. Ana comenzó a despedirse ante los aplausos de un público imaginario. Primero, se dirigió a la derecha, colocó el pie detrás y dobló la rodilla en reverencia. A continuación, hizo lo mismo pero a la izquierda. Y vuelta al centro, Ana alzó su cara como siempre lo hacía, con una sonrisa radiante. Al fin, llegó el momento que Antón había aguardado con tanta calma y resignación. El momento en que ambas miradas se encontraban. Ella no podía verle. Antón ajustó el silenciador al arma, apuntó, inspiró y apretó el gatillo. Y tras el disparo, el silencio.

Volvió a observarla. Cómo la odiaba. Desde la ventana Antón contempló un rostro ya sin color pero aún con la misma sonrisa y cuyos ojos, fijos hacia donde estaba él, parecían brillar por primera vez. Se estremeció. “Imposible,” pensó. Estaba muerta y de todos modos, aún quedara vida, era ciega.

Cerró la ventana. Hacía un año que soñaba con aquello. Quedó destrozado, humillado cuando Ana, su esposa, le había abandonado por aquella obsesión. Ahora, muerta, es mujer de nadie, ni de él ni del baile ”.