jueves, 3 de noviembre de 2011

El Baile

Pasión arrancada de su alma y arrojada a las fauces de la danza que, hambrienta, devoró todo lo que no fueran giros, pasos, saltos y movimientos hechos con gracia y elegancia. Obsesionada, absorbida, embrujada, poseída. A todo había renunciado Ana por el baile.

Encorvada hacia el suelo, dio comienzo a su propio espectáculo. Alzó lentamente los brazos en arco, mostró con un giro suave su rostro y al Adagio, sonrió. Ana empezó a bailar. Cada giro, cada salto, cada desafío agrandaban un ego arrasador en una sala repleta de espejos y en los que ella nunca se miraba. No lo necesitaba. Sabía que sus movimientos, cada uno de ellos, eran, simplemente, perfectos.

Él la observaba. Desde la ventana contemplaba la belleza de aquellas formas que a ratos parecían perderse en una locura profunda. Parecía que había alquilado aquel piso desde hacía un año sólo para dejarse seducir cada mañana de un domingo por aquella representación. Antón no podía tocarla así que, siempre en la distancia, acariciaba su cara fina, sus ojos soñolientos y apagados, su expresión de triunfadora, con la mirada.

Suspiró. Volvió a ajustar las lentes de los prismáticos a la vista y esperó. Pronto llegaría su parte favorita, el final de la función. En la sala, sólo ella, los espejos, una bolsa y un bastón; en el fondo, la conocida música, la misma coreografía y la pasión. Ana comenzó a despedirse ante los aplausos de un público imaginario. Primero, se dirigió a la derecha, colocó el pie detrás y dobló la rodilla en reverencia. A continuación, hizo lo mismo pero a la izquierda. Y vuelta al centro, Ana alzó su cara como siempre lo hacía, con una sonrisa radiante. Al fin, llegó el momento que Antón había aguardado con tanta calma y resignación. El momento en que ambas miradas se encontraban. Ella no podía verle. Antón ajustó el silenciador al arma, apuntó, inspiró y apretó el gatillo. Y tras el disparo, el silencio.

Volvió a observarla. Cómo la odiaba. Desde la ventana Antón contempló un rostro ya sin color pero aún con la misma sonrisa y cuyos ojos, fijos hacia donde estaba él, parecían brillar por primera vez. Se estremeció. “Imposible,” pensó. Estaba muerta y de todos modos, aún quedara vida, era ciega.

Cerró la ventana. Hacía un año que soñaba con aquello. Quedó destrozado, humillado cuando Ana, su esposa, le había abandonado por aquella obsesión. Ahora, muerta, es mujer de nadie, ni de él ni del baile ”.

3 comentarios:

  1. Caray Carolina!! ufff que me has tenido sin respiración hasta el final.
    Vaya relato. Apasionado y enfermizo era el hombre ese, pero por desgracia más actual el caso de lo que nos gustaría.
    Muestra como la obsesión lleva a un desenlace trágico, donde se destruye uno mismo y a lo que más ama, aunque ese amor lo canalice como odio. En realidad es muy compleja la mente humana y sería un debate sinfín.

    Besitos azules de buenas noches, muasssssssssssssss

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  2. Has sido valiente al publicar este relato. Tiene mucha fuerza, es poético y a la vez crudo y potente, Engancha al lector. Tiene un final dramático pero realmente es dramático todo el relato, dramático y poético.

    Es tu estilo , no? o uno de tus estilos, como ya hemos hablado en una ocasión, tendrás más facetas, pero el relato poético te sale de dentro.

    Muy bién Carolina! un beso de poeta, es decir, con la jeta

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  3. Que tremendo, Carolina, que estando muerta, le brillaran los ojos por primera vez.
    Éso nos dice como era ella.
    ¡Que es que no se puede uno tomar el trabajo tan a pecho, coño!

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