martes, 8 de noviembre de 2011

Juro que he visto a William Stock

Hay hoy en la ciudad una tranquilidad sospechosa, de esas que dan que pensar. A primera hora de la mañana asistí a clase Anusara Yoga, un yoga inusual, que incluye cantos en Sánscrito y alineamiento de chakras. Éramos muy pocos hoy en la clase, hubo mucho silencio y hasta el profesor hablaba en voz muy baja.

Al terminar voy directamente a tomar un café para reconectar con la realidad, para forzar a mi mente a salir de las placenteras ondas Alpha. La cafetería está tranquila, también, muy pocos clientes, muchas mesas vacías, el silencio solo se interrumpe violentamente por el sonido de la máquina de café. El Sol inunda horizontalmente toda la estancia de modo que se ve el polvo flotando libremente, y mi mente hace un esfuerzo por pasar a las ondas Betha. Me siento pequeño en este enorme sofá de tres plazas de terciopelo rojo y beige. Tomo el primer sorbo, comienzo a leer los titulares del El País, y ahí está...
Alguien levemente familiar ocupa una mesa cercana, con un MacBook de tapa blanca, con pelo canoso y denso, gafas de leer pasadas de moda, unos sesenta años de edad y barba de dos dias. Tiene un aspecto intencionadamente descuidado, de profesor universitario o de escritor, pretendiendo darse un aire de intelectual, cruza las piernas en un movimiento planeado de despreocupación. Viste un chaleco de punto marrón claro sin mangas, una camisa blanca demasiado planchada y un pantalón sport marrón oscuro, una combinación realmente anticuada, parece salido de una novela.
Tengo que hacer un esfuerzo para no detenerme más de 3 segundos mirándolo cada vez, pretendo leer el periódico pero no me entero de nada, bebo el café a sorbos lentos y en cada sorbo lo escruto y no acabo de creérmelo.
Con razón me resulta familar, se trata de William Stock, el protagonista de mi relato "Una Ventana al Exterior", acaba de pedir un Croissant con jamón y queso en un español bastante bueno pero con acento inglés americano, sonríe y se coloca el MacBook sobre las rodillas cruzadas, otra pose largamente estudiada,  yo tengo que reprimir un intento de incorporarme para ir y saludarle, que menos que decirle que encantado de conocerlo en la realidad y preguntarle qué demonios hace en Marbella cuando yo lo hacía en Manhattan contando farolas y bocas de riego.
Todo esto es ridículo, no puede ser real, en ese momento se sienta a su mesa una señora de mediana edad, elegante, rubia y clásica, lleva un foulard de Fendi blanco y gris alrededor del cuello, me llevo un chasco: no puede ser su ex porque en el relato se odian y aquí se hablan con naturalidad, pero tampoco es Peggy la camarera del Zack's porque no es pelirroja y no enseña la pechuga descaradamente.
La situación se despeja en un instante al pedirme la señora de al lado El País, "¿lo ha terminado ya?", no señora pero da igual, cógalo. Estoy muy afectado por lo ocurrido, William Stock en Marbella, tomando café en Lekune, frente a mi, con su MacBook sobre las piernas, todo esto me crea desazón, subiendo para mi despacho pienso si no será esto la neurosis de la que nos hablaba Álvaro García en su curso de escritura creativa ?.........creo que si. Hasta en esto tenía razón el condenado.

3 comentarios:

  1. Muy original y muy irónico, y además está perfectamente escrito. Me quedo en tu blog.
    Saludos.

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  2. Presi, me gusta esta mezcla de realidad y ficción. Bueno no es que lo sepa ciertamente, pero intuyo que aquí has mezclado las dos cosas.

    Buena entrega esta, veremos en las próximas como se desarrolla la historia y por donde nos sales jeje

    Besitos azules muassssssssssss



    PD: solo decirte que aquello ya no existe, desapareció del todo.

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  3. Lo único que puedo decir es que me encanta como has revivido a tu protagonista. Y la historia mantiene la tensión hasta el final, y además te quedas con ganas de una tercera entrega. Asi que genial! Que la historia continue....



    Juanjo, se te echa de menos en el blog y en todas partes.

    Besos a todos

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