jueves, 24 de noviembre de 2011

SOPHIE MEYER


La Bicicleta Roja:
En su bicicleta roja
cruzaba a diario Berlín
con zapatos de tacón
y su gabardina gris.
No había puente,
ni tranvía que la parase,
pedaleaba sin descanso
hacia Fassanen Strasse.
Esa calle de arbolitos
y tiendas elegantes,
me buscaba a mí
En el Café del Wintergarten.
Para mi pequeña Sophie, Papá.”

Eso decía la nota manuscrita por su padre, se la entregó esa tarde antes de fallecer. Se la metió cariñosamente doblada en el bolsillo de su abrigo. La leyó mientras bajaba las escaleras del hospital hacia una avenida atestada de gente en hora punta, andaba aturdida buscando la parada del tranvía amarillo, buscaba ese color, con la mirada nublada, sólo quería llegar a casa, llamar a Peter, que le diera un abrazo. Y también quería gritar.

-Ni idea de que escribía, no sé cómo le ha salido esto- dijo entrecortada a su íntimo amigo-. y sus últimas palabras fueron: “nada es lo que parece Sophie, vive con tu intuición, busca la poesía…la encontrarás.”, no pudo decir más. No lo entiendo Peter, no entiendo nada- dijo, ya sollozando y derrumbada.
-Tómate unos días querida, sal de la ciudad, no sé chica, falta de la Escuela de Yoga unos días, te parece?.- Peter tuvo que respirar hondo para simular entereza-.

Se deshizo de todo lo que dejó su padre, el coche, la ropa, del pequeño piso en el barrio de Kreüzberg, no quedó nada. No quiso ni el dinero, se quedó con una pequeña parte y el resto lo colocó en un depósito en el banco y se olvidó. Pero se quedó con la bicicleta, oxidada ya, maniática y ruidosa. En ella se movía hace años su madre por la ciudad. Ahora le tocaba a ella.

En unos meses terminó las últimas asignaturas de Bellas Artes, y siguió con su pasión de pintar, pero ante la falta de perspectivas olvidó su proyecto de galería de arte, siguió como instructora de Yoga, y se mudó a donde siempre quiso estar, su hogar sería la comuna de okupas de Tacheles, en la parte oriental.
La comuna ocupaba un edificio destartalado y sin ventanas, una siniestra mole de ladrillo oscuro, tiznado por la contaminación y la lluvia, que se elevaba con sus 8 plantas sobre el resto de edificios del antiguo barrio judío de Oranienburger, las distintas fogatas que calentaban agua para la cocina y los baños, y el gran fuego del patio alrededor del cual se reunían, daban al edificio un aspecto de monstruo deforme y humeante. Eran algo más de cien personas, de todas las procedencias y pelajes, eran ya un icono de la ciudad, como un gran barco pirata varado en el centro de Berlín.

Se repartían por todas las habitaciones, huecos y despachos de esa antigua comisaría central de la temida Polizei de Alemania Oriental, se mantenían vendiendo bisutería en el imponente hall de entrada, de un Café instalado en la calle, pero eran famosos por dar espectáculos de teatro alternativo y música étnica a los que acudían hasta los turistas, todo estaba perfectamente organizado, eran hippies, sí, pero alemanes.
A cambio de poder dormir en un rincón en el suelo de la sexta planta, Sophie dirigía la compra diaria de alimentos y productos de higiene y limpieza, aparte de colaborar en la parte decorativa del teatro y los conciertos.

Cuando caía el sol, el edificio era una inmensa figura deforme y fantasmal, luces de todos los colores e intensidades salían por los huecos y ventanas, de modo que visto desde cualquier punto del barrio era como un edificio mágico, irreal y con vida propia.

Hacía casi un año del fallecimiento de su padre y Sophie volvía a disfrutar de la vida, como antes, con los colegas de la comuna, con sus alumnos de la escuela de yoga, de el ambiente alternativo del barrio, y se reía a diario con su inseparable amigo Peter, gay y diseñador de joyas, con quién compartía divertida el café de las 9 en su segunda casa, el Oranien Cafe, era él con quién compartía confidencias, y daba paseos interminables por las orillas del Spree.

Pero una noche, cuando todos dormían y el monstruo respiraba lenta y pesadamente, a Sophie le recorrió un temblor por el cuerpo, tuvo una sensación extraña, era una intuición –pensó para si misma-, abrió los ojos despacio a una oscuridad completa. Ya no pudo conciliar el sueño, a las 8 de la mañana bajó las escaleras hasta la planta baja y desayunó lo que pudo pillar del almacén. Estaba terminando cuando se le acercó el compañero con rastas y aros en las orejas encargado del teléfono móvil de la comuna y le dijo que tenía al aparato una funcionaria “muy simpática” preguntando por ella.

-Sí? – preguntó Sophie medio dormida.
-Señorita Meyer? – dijo una voz seca al otro lado de la línea.
-Si, soy yo…
-La llamo del Departamento de Urbanismo del Ayuntamiento de Berlín, soy Berta Gatzke.
-Y que ocurre, pasa algo?.- Preguntó algo aprensiva.
-No ocurre nada señorita Meyer, nunca pasa nada a esta hora por favor!. Pero mañana a las 10 en punto tiene que estar aquí, es urgente, tiene una cita con el Concejal encargado del Departamento.- dio por terminada bruscamente la conversación.,
-Ehh, un momento, puede decirme de que….- la línea estaba ya cortada.

Inmediatamente marcó el número de Peter, estaba confusa, necesitaba una voz amiga que le dijera que no pasaba nada.
-Escucha, necesito verte urgentemente. Algo raro pasa y tengo un presentimiento, no sé...
-Querida, tranquilízate-contestó su amigo al otro lado de la línea-, respira hondo tres veces chica y alinea tus chakras, como hacemos en la escuela, hoy estoy hasta el moño de compromisos, pero mañana te acompaño a esa oficina, ciao bela!.

A las 9 y media de la mañana ya estaban los dos pedaleando a través de FriedrichStrasse, cruzando el puente sobre el rio, esquivando peatones, coches y tranvías, era justo la hora de apertura de las Galerías Lafayette y Quartier 3 y 5, la avenida estaba a reventar. Les comía la ansiedad.

A las 10 menos cinco estaban encadenando sus bicicletas a una farola delante de la mole nazi de oficinas reconvertida en Ayuntamiento, en el ancho Bulevar Unter den Linden, y cinco minutos después la señora Gatzke tocaba rudamente con sus nudillos la sólida puerta de madera del despacho del concejal.

-Buenos días señorita Meyer, siéntense por favor- dijo algo serio, mirando de reojo a Peter.
-Buenos días señor…..
-Bensen, Erich Bensen- esbozó una discreta sonrisa que alivió algo el nerviosismo de Sophie.
Sophie se frotaba las manos en el terciopelo del enorme sillón, intentando quitarse el sudor, o al menos que no se le notara. Estaba apabullada por la enormidad del despacho y la altura de los ventanales y las cortinas. “al menos da para treinta de la comuna bien repartidos en colchonetas, y este tío no para de mirarme a los ojos”-pensó.
-Usted dirá señor Bensen, para que estamos aquí?- se atrevió por fin a preguntar.
-Verá señorita, usted hizo una solicitud al Ayuntamiento hace unos años….-dijo el concejal, canoso, elegante y con pinta de alto funcionario a punto de jubilarse, sin levantar la vista del expediente.
-Pues que yo recuerde, nada de nada, nunca he pisado este edificio.
-Señorita…hace tres años usted se puso en lista de espera para ocupar en alquiler uno de los locales de Hakesche Höfe.-dejó soltar como si nada su interlcutor-
-No recuerdo haber hecho eso, no sé, no entiendo nada, me puede enseñar esa petición?- contestó confundida.
-No le dé más vueltas- dijo resolutivo Erich Bensen-, mañana le entregaré yo personalmente las llaves, le hemos concedido el local 5 del patio número 9, es el patio más solicitado, por si no lo sabía….nos vemos a las 11 en punto de la mañana. Adiós señorita Meyer.
Cuando aún no habían dejado el despacho, aprovechó que Peter estaba embelesado con la decoración de la estancia y se acercó discretamente a Sophie y en voz baja le dijo:
-Eres tal y como me esperaba Sophie- se le notaba una contenida emoción- : los ojos verdes, melena negra, esa piel clara….
-Y usted por que esperaba verme así?- contestó susurrando y con la cara colorada. Temblaba levemente, no sabía por qué.
-Hasta mañana señores, si no les importa, tengo una agenda muy llena hoy….


Esa noche Sophie, se fue sin dudar a casa de Peter, estaba tan nerviosa que no podría pegar ojo en el corazón del monstruo de Tacheles, de todas formas en casa de Peter tampoco pudo dormir, el sueño de hace varios años se presentaba de repente delante de sus narices, hecho casi realidad. Era imposible soñar más. Pasaron horas hablando y tomando café, no entendían nada, estaban confusos, y a la vez eufóricos, les daba la risa tonta sólo de nombrar la palabra galería.

Los patios de Hakesche Höfe eran lo último en Berlín, un laberinto de pasillos y trece patios interiores que horadaban toda una manzana del extremo este del barrio de Oranienburger, edificios de piedra roja que fueron residencia de la comunidad judía, ahora llenos de restaurantes y cafés de moda, librerías alternativas, tiendas de antigüedades y joyas, y galerías de arte afamadas….
A las once en punto Sophie y Peter entraban por el acceso norte del complejo, y ya podían oír un murmullo lejano, que iba subiendo de volumen cuanto más se acercaban, les temblaban las piernas, y cuando vieron el patio número nueve se quedaron de piedra: eran algo más de cien personas. 

Con rastas y coletas, anillos colgando de los orificios nasales y pantalones vaqueros rajados pero hoy limpios y planchados para la ocasión, bebiendo botellines de cerveza barata, pero todos bien colocados y disciplinados, eran hippies, sí, pero alemanes. Y Erich Bensen estaba en la puerta del local número cinco, con una sonrisa de oreja, se acercó a una Sophie de gelatina y le entregó las llaves del local, le aconsejó que se sentara en el banco de teca delante del escaparate.

-Sophie –dijo, algo emocionado -, es todo tuyo, pero tengo algo más…..toma –y le entregó un sobre.

Obedeció, cogió la mano a Peter y se sentó, la multitud de hippies les rodeaba, como esperando una orden. Abrió el sobre, se olvidó de las llaves, leyó una nota manuscrita que decía:

La bicicleta roja:
En su bicicleta roja
cruzaba a diario Berlín
con zapatos de tacón
y su gabardina gris…….”

No pudo leer más, se derrumbó de felicidad, ahora entendía las últimas palabras, los piratas iniciaron el asalto, Erich Bensen le sonreía feliz mientras le giñaba, Peter le apretaba fuertemente la mano.

(Nota del narrador: Sophie tuvo más temblores en su vida, pero eso son otras historias que ya se contarán, esta se acaba aquí.)

José María Sánchez Alfonso. 25 de Noviembre de 2011.

1 comentario:

  1. Largo recorrido para pedalear. Quién no conozca Berlín, corre el riesgo de extraviarse.
    Merece la pena visitar los lugares descritos y descifrar la historia de Sophie.

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