miércoles, 14 de diciembre de 2011

Caía ya la tarde

Caía ya la tarde en una ciudad encogida de frio, la niebla empezaba a bajar desde las colinas cercanas, y se colaba lentamente por los pórticos, de donde no saldría hasta la mañana siguiente, Bologna se hacía inhóspita si que te dieras cuenta.

En la Piazza de Santo Domenico ya no había casi luz y las farolas todavía no estaban encendidas, la fachada de la basílica apenas se distinguía y se imponía por su enormidad y su color ocre oxidado por los siglos, en las enormes losas del suelo de la plaza se reflejaba la luminosidad de la decoración de Navidad de la cercana Via Garibaldi. Se me hizo irresistible entrar en la iglesia.

Tras empujar la pesada puerta de entrada y oír el crujido de los goznes, entré en un espacio oscuro y de una enormidad que cortaba la respiración. Silencio absoluto, algunas velas de ofrenda encendidas por beatas eran la única señal de vida, la danza de las diminutas llamas, provocada por mi paso cercano, creaba un ambiente fantasmal en la nave y hacía que los santos y los apóstoles me miraran de forma siniestra, lo cual no ayudaba nada. Pero yo avanzaba.

Pude llegar cerca del altar después de unos pasos que se me hicieron eternos, “esto no es un relato, ni una novela” – pensé - , “aquí no va a aparecer mi protagonista de Berlín, ni siquiera mi mujer, que está tan tranquila en la cafetería del hotel”. Ahí dentro la oscuridad y mi cobardía iban de la mano, yo solito me había metido allí y sin ayuda tendría que salir.

De repente algo sucedió que me hizo girar la cabeza hacia lo que parecía una capilla lateral con una escultura inmensa de la Madonna que me observaba fijamente, mi garganta tragó saliva y mi cuerpo se pegó a una columna de mármol helado; un resplandor surgió de la nada e iluminó una figura cubierta de un sotana blanca, como un ángel muy anciano.  La figura levantó una mano que irradiaba claridad, “estoy presenciando un milagro” – pensé - “esto no me lo puedo creer”, me aferré más a la columna y pude ver como el anciano abría los ojos con espanto mirando al resplandor y dijo algo en italiano como “¡ mio Dio, mio Dio, incredibile !”.

Conseguí despegarme de la columna y atravesé la nave de la basílica como perseguido por el mismo diablo, empujé la doble puerta con rabia y ya sobre las escaleras de piedra, en una piazza completamente oscura, respiré hondo.

“¡ joder que susto con el fraile ! – dije en voz baja- y el tio tiene conexión directa con….no puede ser, no puede ser”. Me metí por los pórticos, con la piel erizada por la posibilidad que tuve de mirar la pantalla de ese teléfono y haber memorizado el número de donde procedía el mensaje…..

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