sábado, 29 de diciembre de 2012

MI TIEMPO


El tiempo avanza sin mirar atrás, sin ver si lo necesitas, sin devolverte nada

Ahí está, imparable, inmortal, no ha encontrado un adversario más poderoso que él

 Le temen, le torean y él se deja,  se revuelve como un toro bravo,  enfrentado a la muleta en campo abierto, 
 
Pero él sonríe, sabe que en su caso,  nunca conseguirán rematar la faena

Y sigue su curso, su camino, sin mirarte, sin detenerse ,  sin devolverte nada
 
 
Kika PSolero
Diciembre 2012

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Noche en El Estrecho.





-¿Sabes lo que te digo?, ¿sabes lo que te digo?
Alfonso escuchaba tras la barra, mientras apagaba la máquina de café.  Hacía bien, una, porque ya era hora de cerrar y, dos, porque: ¿quién busca la lucidez del café a la una de la mañana de un jueves?
- Alfonso, ¿sabes lo que te digo?-repetía el cliente con su insistencia etílica. -¿Sabes lo que me dio mi madre? Tristeza, eso es lo que me dio mi madre, tristeza. Bueno, tristeza y las tres casas y punto. Tristeza, eso y bueno, el campo también me lo dio, si el campo con los animales y eso. Tristeza, eso me dio y bueno, si, la casa del pueblo también…
-¿En dónde has estado? -preguntó Alfonso- porque yo no te serví alcohol.
-En todos lados, en ninguno, no sé. ¿Sabes de qué estoy borracho Alfonso? De mi mismo, de eso estoy borracho.  De ser siempre el mismo, de tener las mismas ideas, de ir a los mismos lugares, de que todo el mundo me conozca por lo que fui y no por lo que soy o por lo que voy a ser…
-Estoy borracho de la parienta Alfonso, de que no quiera que vea el futbol, y es que Alfonso, te juro, que sólo veo los partidos del Madrí.  Bueno y los de la Roja, claro, y los del Barsa y alguna que otra vez que veo al Málaga…
Luego, un silencio, el de la noche, entrecortado por los latidos del Bar que se prepara a cerrar.
-Estoy borracho de la rutina y de mí, Alfonso, y del pescaíto…
-Del pescaíto seguro que no va a ser -dijo José, el camarero, que apuraba la limpieza para cerrar para siempre, al menos por ese día, el local.
Alfonso aprovechó para preguntarle al cliente: ¿Sabes volver, Paco?
-Sí Alfonso, si ese no es el problema. El problema, es que no sé perderme.

Gustavo.

Reflexiones de una unañera



Estoy correteando por toda la casa de los abuelos mientras mamá y la tía están pegando papeles blancos en un espejo. Hace poco que han adornado el árbol y las lucecitas están parpadeando.

Me encantan las lucecitas.

En esta casa puedo correr porque es muy grande, no como la mía que en seguida se acaba. Lo malo es que se empeñan en cerrar todas las puertas del pasillo y Kosh y yo no conseguimos entrar en la cocina que es la habitación que más nos gusta porque siempre huele muy bien.
Se piensan que somos tontos, pero hemos estado al loro y en cuanto se han descuidado, nos hemos colado los dos en la cocina. Kosh ha encontrado algo por el suelo. Yo ya no cojo las cosas del suelo porque estoy harta de que me digan: ¡No, no, eso no!

El otro día, en mi casa, conseguí ponerme de pie y estaba apoyada en la barandilla de ese parque infantil en que me tienen aprisionada. “Podrán poner rejas a mi cuerpo, pero no a mis ideas” ¿En dónde he oído yo eso?...
Papá y mamá estaban sentados en la cama, mirándome con cara de bobalicones, con una sonrisa de oreja a oreja.
Llevaban toda la mañana poniendo adornos navideños por las paredes y colgando bolas del arbolito, mientras me miraban de vez en cuando para ver qué cara ponía.
Los pobres se piensan que no me entero de nada.

Luego cogieron una pandereta y se pusieron a cantar un villancico.
¡Estaban adorables! Son tan infantiles…  Kosh nos les hace ni caso, claro, él es mayor que yo y ya debe estar harto de estas tonterías.

Les he oído hablar de unos tales Reyes Magos que por lo visto traen regalos. Estoy deseando que vengan, a ver si es verdad.

En fin, es mi primera Navidad y la verdad, me está gustando. 


(Este es mi cuento navideño, dedicado a mi nieta Lidia)

lunes, 24 de diciembre de 2012

Más vale tarde que muy tarde


Hay que tener muy poca vergüenza para aparecer de repente y enima anunciarse y promocionarse. Da la casualidad que respondo al perfil de aquellos que han optado por independizarse del sistema.

Algunos que me conocéis más o menos bien, sabéis que esto que muestro aquí, debería haber estado disponible en el mes de junio. Y nos hemos ido a finales de diciembre. Por si acaso el mundo contaba su día último. Roberto, permíteme una broma. Esperar tanto ha sido como un símbolo del renacer, ¿verdad? 
Hablando algo más en serio, aunque desconozco si me será posible, se ha hecho todo lo que se ha podido para cumplir al menos las condiciones. Toda espera tiene un final y la de este capítulo de la serie del circo ambulante, ha llegado.

Hago esta entrada para informar de que la novela que no me he podido resistir a sacarla yo mismo, Ojalá fuese así, se puede encontrar en la Librería del Zoco. Prefiero que solo haya un espacio donde ir, pues así creo que es más fácil para todos. Lo lamento por José María y por Kika, ya que "DeLibros", su librería preferida, no trabaja con la autoedición. Y la Fnac tampoco se entuasismó mucho. Desde aquí le mando un saludo afectuoso a Ismael y lo felicito por la velocidad con la que responde los correo. Isma, sí, aún estoy esperando desde abril, ¿mantengo la esperanza o desisto de una vez? Tardas más que yo en responder los mails, y eso es tener mucho mérito, créeme.

He recibido críticas diversas. Y las tengo en cuenta para el ejercicio de la escritura. Aunque en este ejercicio no lo he tenido en cuenta, sí lo haré en el futuro. Este libro es algo especial, porque me toca de lleno; hay mucho de mí en sus palabras. Aunque también hay ficción. La historia que se cuenta aquí es muy, muy complicada llevarla con la naturalidad de los protagonistas y, mucho menos, con su inteligencia. Cuando dos personas ya no pueden vivir juntas, se pueden arruinar la vida entre ellos, pero que dejen en paz a los niños. Y aún habiendo muchas personas que lo han llevado muy bien, hay otros tantos donde se ha hecho daño a un inocente por castigar, quizá, a otro inocente. Y más o menos, es lo que aquí se cuenta. Y ojala fuese así, ojalá pudiera ser así. Ojalá el daño pudiera minimizarse hasta hacerlo desaparecer...


Con esta entrada, suponiendo que la lean, doy aviso de la disponibilidad. Que luego las palabras "¿Por qué no me has dicho nada?" sientan mal. Además, no me gusta llamar o escribir mails con estas cosas. Me da la sensación de que se obliga a algo. Haciendo una entrada, lo dejo para el conocimiento general. Y cada uno que elija con libertad y anonimato, si le quieren dar una oportunidad. El correo está visible y aunque contactar conmigo es difícil, mis compañeros lo saben bien, una vez que he terminado con este episodio, intentaré dar respuesta a todos los que comentarme algo; sí, las cosas malas también, por favor ^_^.

Gracias.




sábado, 22 de diciembre de 2012

Anything goes







Glenn y Rose son felices. La crítica había dicho de esta obra que sería la mejor de 1934 y a tenor de las caras del público, no se habían equivocado. Sin embargo, el estreno del musical Anything goes tiene un significado más íntimo y desconocido. Ha sido el broche final perfecto para celebrar que Glenn y Rose vuelven a estar juntos de nuevo. Tras los largos aplausos del público, este comienza a levantarse y a abandonar la sala en dirección al hall de entrada. Solo se quedan rezagados algunos pequeños grupos de conocidos. Glenn y Rose esperan a que se despeje un poco la sala antes de salir.
-        ¿Te ha gustado Rose? –pregunta mientras se levanta del asiento.
-        Mucho, cariño. Ha sido estupenda y me ha hecho revivir nuestra última vez. Te acuerdas, ¿verdad?
-        Claro. Ya verás como todo vuelve a ser como antes –promete mientras se pone el abrigo negro.
-        Querido, tengo que decirte una cosa acerca de nuestra separación –le dice sin levantar la mirada del suelo, al tiempo que se pone en pie.
-        No, calla, por favor. No importa lo que haya pasado en estos meses. Corramos un oscuro velo sobre ese maldito tiempo y retomemos nuestras vidas donde las dejamos. ¿Querrás?
-        Claro que sí, mi amor –levanta la cara y con los ojos muy abiertos se cogen las manos.
-        Fui un estúpido al irme. Pero no volverá a suceder, jamás. Ya nada podrá volver a separarnos. No me di cuenta lo que tenía hasta que te perdí.
-        No, por favor. Recuerda lo que hemos acordado. Miremos juntos hacia el futuro y no hacia el pasado.
-        Gracias, Rose.

Ambos se abrazan y en sus ojos brillan con intensidad las luces del teatro. Tras unos momentos, Glenn le indica a Rose que haga el favor de esperarle en el Hall de entrada, ya que tiene que ir al baño. Le da un beso en la mejilla y se marcha. Dejándola sola.

Mientras tanto, una mujer sentada en el palco de la primera planta no ha dejado de observar la escena. Oculta tras el resumen impreso que dan en la entrada, apretaba la mandíbula, al tiempo que no dejaba de mirar fieramente a Glenn. Cuando los ve separarse, abre su bolso de mano y comprueba que el pequeño revólver que lleva está cargado y listo para usarse. Lo vuelve a guardar dentro. Se levanta, coloca su abrigo azul sobre el brazo y sale del palco.

Atraviesa el enmoquetado pasillo, quién no puede retener el sonido de su paso firme y decidido. Baja por la escalera, deteniéndose al llegar al final, y con mirada fría y rostro severo busca a su alrededor hasta encontrar a su objetivo. Camina sigilosamente hacia su espalda, ocultando el sonido de sus pasos entre la charla de los presentes. Se acerca tanto que cierra los ojos y aspira lentamente su aroma. Entonces saca su plateado revolver y, oculta bajo su abrigo, lo apoya contra la negra tela.
-        Alto. No te muevas que te estoy apuntando con un revolver ¿Lo notas?… Eso es. Ahora dirígete lentamente hacia la derecha, lejos de la gente... ¿De verdad creías que me quedaría quieta? ¿Qué te dejaría irte sin luchar? ¿Tan poco he significado para ti todo este tiempo? –su voz se quiebra sutilmente -. Nunca te pedí nada, ni te controlé, y aún así, me abandonas para volver a su lado... ¡Pues no pienses que voy a permitírtelo! –aprieta fuertemente el revólver contra la espalda-. Nadie me abandona y menos aún así. Si no estás conmigo no estarás con nadie –y dispara varios tiros que resuenan por todo el teatro.

El sonido de la detonación resuena tanto en el hall, que las pocas personas que quedan en la sala se vuelven para saber qué ha sido ese sonido, dándose cuenta entonces de la extraña escena. La mujer que sostiene aún el humeante revolver, observa con mirada satisfecha, casi lasciva como otra mujer se retuerce sobre la moqueta granate. Algunas personas han salido a llamar a la policía, que instantes más tarde, irrumpe en el hall del teatro revólver en mano.
Entre los gritos y carreras de los presentes aparece Glenn, que con cara de sorpresa mira a su alrededor intentando saber qué han sido esos disparos. Al ver a su esposa tirada en el suelo sobre un charco de sangre, duda un instante y tras sobreponerse de la impresión, corre hasta su lado, sin importarle la desconocida que sujeta y apunta aún, ya al descubierto, un revolver hacia ella.
-        ¡Rose! –se agacha y le coge la cabeza, al tiempo que con un pañuelo blanco sacado del bolsillo intenta inútilmente taponar la sangre. No se ha dado cuenta que la herida está en la espalda y no en el estómago.
-        Perdóname, cariño –intenta decir Rose.
-        ¡Tú, canalla! ¿Por qué has tenido que volver? Ojalá te pudras en el infierno con ella –y apunta el arma para dispararle.
-        ¡No, Denis! –grita Rose con su último esfuerzo, mientras Glenn la protege con su cuerpo.

Varias balas impactan contra su cuerpo, haciéndole perder el equilibrio y caer al suelo, junto al cuerpo moribundo de Rose. Los agentes se acercan apuntando aún sus revólveres hacia el desangrado cuerpo de la asesina. Una persona, que se había identificado como médico, se agacha y le toca el cuello. Niega con la cabeza a los agente y cierra definitivamente los intensos ojos verdes de la mujer. Los agentes guardan sus armas mientras ponen un poco de orden en la sala.
Glenn acaricia la mejilla de Rose y con un beso recibe su último aliento, al tiempo que sus lágrimas limpian el rostro de su esposa. El médico vuelve a agacharse, ahora junto a ella, y repite la misma operación que con la asesina: con igual resultado. Glenn se levanta a duras penas, mientras la policía tapa los cuerpos de las dos mujeres.

Es entonces cuando se da cuenta que, con el alboroto, los agentes no han retirado aún el revólver, que sigue en un rincón de una columna cercana. Tras limpiarse las lágrimas se apoya en la columna y deja caer su pañuelo. Al recogerlo envuelve el arma para comprobar, con cuidado que no le vean, que aún le queda una bala.



Relato basado en el cuadro Dos en el patio de butacas, de Edward Hopper.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Nyoshul

Me llamaban Nyoshul, que significa el Retiro de las Lluvias, tenía 15 años cuando vivía recogido en la Shangha de la pequeña ciudad de Bodh Gaya, en el valle de Mahabodhi, en Birmania.

Era el año 827 y yo me encargaba de la limpieza de las celdas y la cocina, y del lavado de las túnicas, que con el tiempo aprendí a teñir delicadamente de azafrán.

A cambio me daban de comer y podía dormir tranquilamente en un rincón del patio, cogía el sueño mirando a las estrellas.

Un día la paz del monasterio tembló por la llegada de un extraño que no se esperaba. Ante la insistente vibración de la campanilla del zaguán, nuestro Rimpoché salió cauteloso a abrir.

Ante el asombro y silencio de los monjes, apareció como de la nada un hombre extremadamente delgado, y sucio, vestido con ropas de campesino de las montañas al sur del Mahabodhi. Pero sonreía.

Hablaron con él en susurros y, agarrándolo suavemente del brazo, lo condujeron a la cocina, y ya a la tarde le dejaron una alfombra vieja junto al pozo, para dormir. Le enseñé a mirar a las estrellas.

Al día siguiente desayunamos juntos en la soledad de la cocina, solo se oía el canto de los primeros mantras de la mañana. Se llamaba Ghatikara y tenía 42 años. Le pregunté por qué sonreía tanto y por qué vino a la Shangha, me contó.

“Yo era campesino y pobre, tenía lo suficiente para vivir, mis padres vivían en la misma aldea y mi mujer estaba embarazada. Me gustaba escribir poesía antigua, y un día, mientras leía poemas a los niños de la aldea, entraron a robar en mi casa. Los ladrones se llevaron lo poco que tenía, hasta los alimentos y los útiles de cocinar, ni siquiera dejaron los animales del corral”

Ghatikara sonreía. Le pregunté por su mujer. “la mataron también”. Cerró los ojos brevemente pero no le salió una lágrima. Le pregunté entonces por qué parecía contento. “porque me han dejado el Sol durante el día y la Luna en la oscuridad y desde entonces me dedico a mendigar”.

Ese día dormimos plácidamente, el silencio del patio de la Shangha fue testigo de una noche clara, con eco de rezos interrumpidos por la gran campana. A la mañana siguiente le lavé sus ropas, y del fondo de un bolsillo de su pantalón saqué un pequeño papel. Era un haiku:

El ladrón ha dejado atrás,
la Luna
en la ventana.


Desde ese día yo sonreí también.
Nyoshul.


(Este es mi cuento de Navidad y lo dedico a mis compañeros del Club de los Poetas Urbanos, felicidades a todos)

lunes, 17 de diciembre de 2012

Retazos de una tarde inolvidable

Érase una vez, en un pasado cercano, una reunión de un grupo de personas que convocaron un acto literario para hablar de una ciudad, de cuyo nombre no quiero acordarme.

La hora llegó rápido. A las seis de la tarde comenzaba el ensayo de empinar el codo. Y fue un éxito rotundo. Y a las ocho, dio comienzo el recital de relatos que tocaron muchas de las tradicciones y riqueza histórica del lugar. También su geografía, microclima y oferta hostelera. 

El ejercicio de empinar el codo fue un bálsamo para los nervios, porque el grupo dialogaba unos con otros y otros con los demás y los demás con todos. Los rostros se mostraban sonrientes y relajados a pesar de la expectación que aumentaba directamente proporcional al número de personas que iban ocupando las sillas escasas vacías que quedaban. La terraza donde se desarrollaría el acto se iluminó con luces pequeñas que atenuaba la oscuridad de la noche urbana.

Me situé detrás de todos, para tener una visión amplia de lo que iba a suceder en la esquina donde habían ubicado la mesa que servía de púlpito oratorio. Y desde allí la visión de la actuación era excelente. No así el sonido.

El presidente del grupo tomó la palabra e hizo una presentación general y una pregunta que no recuerdo. Un autobús pasó en ese momento y ahogó su voz. Varias personas miraron hacia la derecha, maldiciendo el motor de varios cientos de caballos. Aunque creo que preguntó que qué ocurriría si el Corte Inglés se llenará de poetas, o algo así. Sinceramente, si esa era la pregunta, la respuesta es que algo grave ocurriría. La bohemia que se le supone a un escritor de versos hace difícil imaginar una escena semejante. Poco tiempo después del autobús, dos motos competían por ver cuál de sus conductores era mas estúpido y volvió a ahogar el sonido de la voz del que intentaba hablar. La sonrisa se empezaba a esfumar y en una muestra de la educación exquisita que existe en ninguna parte, un teléfono móvil sonó para terminar de desconcetrar al que hacía los honores de presentar al grupo. Si hubiese echado espuma por la boca, la niña del exorcista se hubiera quedado en pañales a su lado, pero por fortuna, las palabras acudieron a su auxilio y el acto continuó...

Qué razón tienen aquellos que dicen que el silencio es el andamio de la concentración. Porque supongo que esto lo ha dicho alguien. Miraba a mis conocidos que lo estaban haciendo muy bien. Nos describieron la Plaza de los Naranjos, el Barrio antiguo, parte del Mar... También nos contaron conversaciones de padres e hijos sobre la pesca y una leyenda que se inventaron para acojonar a los niños y a los no tan niños y que resultó ser que un amante clandestino necesitaba ocultarse entre unas sábanas de los chinos para cometer sus fechorías. También hablaron de un balcón donde la Virgen aguantaba estoicamente a que los clientes ruidosos de los bares se fueran a dormir y reinara el silencio. 

Pero algo no iba bien... Los coches, motos, autobuses y demás objetos del mobiliario urbano no iban a permitir una audición adecuada. Hasta los chuchos que acompañanaban a sus dueños dando un paseo parecían querer participar de la vida. La concentración del público, en caso puntuales, se centraban en el rojo de la fachada de enfrente. La señora de mi lado contemplaba el muro con la devoción con la que se contempla la figura del redentor en una iglesia gótica. Pero bastaba el ladrido de un chucho o el rugido de un motor para que el cuello girara e intentará ver hacia el exterior. Y sin embargo, daba la sensación de que si le dabas un golpe centero, su vista no cambiaría de dirección y continuaría embriagándose del color rojizo de la fachada de en frente. Un par de filas por delante, un par de hombres parecían inmersos en una clase de meditación trascendental, hasta que los sonidos semejantes a ronquidos, me indicaron que simplemente, se habían quedado dormidos. Es algo que menciono porque es de mérito dormirse en medio de tanta algarabía motorizada y chuchorizada. 

Los relatos se sucedieroy los que escuchaban y estaban pendiente al grupo de los literatos, pudieron disfrutar de una compilación de relatos en prosa y en verso variada e interesante. Escucharlos no era imposible, por mucho que los chuchos y los motores se empeñaran en silenciar sus voces. Estuvieron sueltos en el escenario y las miradas atentas de otros que no mostraban interés por fachadas rojas ni por sueños atrasados no los intimidaron. Quizá el simulacro de espuma que apagó el sonido del móvil que quiso interrumpir el comienzo del acto, borró todo resquicio de nerviosismo que pudiera haber. Los literatos leyeron sus textos sin más incidentes que el ruido ambiental; los que quisieron escuchar, escucharon y el público estalló en un aplauso largo y sincero.