martes, 6 de marzo de 2012

Amante infiel.

Acaba la jornada en el local de John Paddington. Casi es hora de cerrar y aún sigue con la misma monótona música de country. Los clientes comienzan a marcharse y Brian se ofrece para acercar a Shannon y Sarah a sus casas. Atraviesa lentamente la oscuridad de la ciudad, hasta la primera hilera de casas del Brayhead.

-          Gracias por haberme acercado, chicos. Hasta mañana, Sarah, Brian –se despide Shannon.
-          Hasta mañana –responden al unísono. Brian espera a que Shannon entre en casa. Cuando esta cierra la puerta, vuelve a ponerse en camino.
-          ¿Qué tal tus clases, Sarah? –pregunta Brian.
-          Bien, pero creo que no voy a seguir más con el full-contact. Voy a aprovechar ese tiempo para preparar un master en Derecho Comunitario. Las legislaciones nacionales se están adaptando a pasos acelerados para unificar criterios básicos, antes de que se pueda aprobar el tratado de Constitución  Europea… Oye, estas Navidades apenas me has llamado –se gira Sarah.
-          No, no había buena cobertura. Ten en cuenta que estaba en medio de la montaña.
-          Aún así te veo distante. Cuando antes te besé no noté el calor de otras veces.
-          Ya hemos llegado –evita continuar.
-          Me sentiría mejor si me acompañaras, Brian.
-          Claro -Brian busca un hueco para aparcar. Luego, comprueba que todo está en orden y acompaña a Sarah hasta la puerta.
-          Pasa. Lo necesito, por favor.
-          Yo también –responde tras un par de segundos.

Brian cierra la puerta tras de sí y, envuelto con la tenue luz que atraviesa la cristalera de la puerta, abraza a Sarah. Ambos se besan, poco a poco al principio, pero ganando intensidad a medida que recorren los escasos metros hasta la escalera. No miran por donde pisan y cada escalón es un tropiezo, un aferrarse al cuerpo del otro más fuerte, si aún cabe. Quince peldaños no son nada, o pueden representar un mundo. Un camino, sin duda, donde dejar muchas cosas, besos, pasión, ropa… Por fin, la cima de la escalera, la planta del dormitorio. El enmoquetado suelo está bañado por la luz de una farola cercana, y como en la película “De aquí a la eternidad”, Brian y Sarah se tienden y besan mutuamente, envueltos por luminosa nocturnidad. La tersura del cuello, la suavidad del cabello entre los dedos… giros correspondidos. Ya sobran los jerseys, que son lanzados por el suelo. Se vuelven a juntar, besar y recorrerse con las manos. Ya no hay parada posible.

Recorren como les es posible los metros que les separan de la cama. Cuando llegan, Brian suelta a Sarah sobre el colchón, con las piernas fuera. Se inclina sobre su pecho para abrirle la camisa burdeos. Lentamente, casi acariciándolos, va separando los botones centrales, palpando con sus fríos dedos la parte baja del sujetador. Sarah se estremece. Rodea con sus piernas la cintura de Brian. Este continúa hacia abajo, abriendo más y más la camisa, hasta llegar al cinturón. Sarah tiene la piel de gallina, resultado del frio y la excitación, y no deja que Brian se lo quite, sino que se incorpora y le abre la camisa de par en par. Dos botones caen a la moqueta resultado de la violencia del arrebato. Ha sido menos considerada y como premio, ahora está besando el suave pero duro pecho de Brian, embriagándose con su aroma, sintiendo el latir de su corazón encabritado. Brian no puede defenderse pues la camisa a medio quitar le retiene los brazos en la espalda. Sarah sigue recorriendo centímetro a centímetro el territorio ganado, jugando con la forma de sus pectorales. Besa cada pezón, cada lado del cuello, muerde cada lóbulo, mientras sus manos invaden el pantalón de Brian. Este, mientras tanto, se ha zafado de su prisión y le termina de quitar la camisa y luego el sujetador. Los pechos de Sarah, robustos, firmes y fríos, se mantienen expectantes.

Sin la parte de arriba, se tienden en la cama, pecho contra pecho, piel contra piel, calor contra calor, sintiéndose el uno al otro. Reconociéndose con los dedos, saturando cada sentido. Nuca, espalda, cadera… caen los pantalones. Ahora son dos cuerpos desnudos que se buscan en la noche. Mostrados sus deseos. Brian se sienta encima y masajea suavemente la espalda de Sarah con recias manos abiertas. Ella puede notarlo todo en él y su masaje la excita aún más. Sin posibilidad de darse la vuelta, Brian le coge los brazos y se los extiende hacia delante, esposando las muñecas con sus manos y besándole el cuello y la zona alta de la columna. Sarah ya no lo soporta y empieza a pedir que no la torture más, pero Brian hace oídos sordos a sus ruegos y sigue… Con un movimiento brusco, Sarah se libera y le derriba, para reinar sentada sobre la entrepierna de Brian. Desde su posición de dominio, recorre con sus manos, de arriba abajo, su fibroso estómago, abajo, abajo, siempre abajo, hasta sentarse sobre el deseado objeto del deseo. El juego ha terminado para dar comienzo a la lucha...

El sol penetra en la habitación desde hace bastante rato, cuando Brian se despierta. Sarah aún duerme. Gira la cabeza y observa los restos de la batalla nocturna repartidos por el suelo. Los recoge y se dirige al baño. Allí se mira en el espejo y se da cuenta de la cantidad de chupetones que tiene. “Uf, menudo aspecto. Esto reventado… y qué frío.” Se vuelve a meter de nuevo en el calor de las mantas, de Sarah. Sigue con el dedo índice la línea de la columna, la musculatura que la rodea y la besa suavemente, como quién toca una pompa de jabón y tiene miedo que se rompa. Se queda de la lado, con la cabeza apoyada en la almohada y pensando en el contraste entre el intenso pelo negro y la espalda blanca como la nieve. Blanca como la de… Shannon. Se vuelve hacia la ventana. Brian intenta convencerse a sí mismo que todo esto no tiene nada que ver con Shannon. Qué ha sido solamente un buen rato y punto. “No tengo que dar explicaciones a nadie, ni nadie tiene por qué enterarse. Además, Shannon y yo, no somos pareja. Pero ojalá no se entere. ¿Cómo voy a pedirle que salga conmigo? Tendría que dejar a Sarah y eso la destrozaría”. Sabe a ciencia cierta que lo de anoche fue por ella necesita estar con él. No importa que la ame o no. Simplemente necesitaba su calor, sus caricias, su cariño. Contra esa actitud es difícil luchar. Y cuando más enfrascado está en sus pensamientos, Sarah se vuelve, le rodea con sus brazos y le pregunta: “¿Qué te apetece desayunar, cariño?”

Fanathur.
Historias que nunca ocurrieron.

9 comentarios:

  1. Ohh!! vaya Daniel, que poema más erótico te ha salido, no deja lugar a dudas de la trama de "la película" pero sin caer en obscenidades y vulgaridades que le restarían esa belleza que quieres mostrar entre dos personas que disfrutan del momento.

    Vaya giro están tomando algunos autores, pues acabo de comentar en el de José María que se me había pasado por alto y ahora este. Caray!! que nivel hay ee

    Que tengas una hermosa tarde, besitos azules muassssssssss

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  2. Este relato demuestra que fuiste una buena incorporación al club, queremos más gente como tú !!! que buen relatista y cuenta historias eres chico, tu vas a acabar publicando novelas y yo quiero ser tu agente literario.
    Ahora en serio: son buenos dialogos, describes bien los lugares y los movimientos íntimos de las personas, su psicología.
    Felicidades Daniel. Y me debes un café.

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  3. Daniel, qué dificil es entrar en temas erotícos y no caer en lo vulgar. Has conseguido que quiera seguir leyendo para llegar al final.

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  4. Una escena de alcoba apasionadamente íntima, un relato sugerentemente contagioso.
    Todo un ambiente country de la verde Irlanda, cuna de los "paddies", a propósito, el nombre Shannon se usa indistintamente para chicos y chicas,
    ¿original infidelidad?

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  5. Je, je, Hugo. Eso lo dejo a la imaginación.

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  6. Consigues relatar de un modo muy preciso el erotismo con un lenguaje empuja a la imaginación a una visión nítida de la escena de entrega son profundizar en detalles. Y dejas abierta la puerta de un debate que puede dar mucho juego en literatura. El valor de afrontar los deseos propios y no dejarse llevar por la compasión de no dañar. La vida como guerra, en la visión de Brian envuelto en un dilema por su cobardía o por hacer bueno ese dicho de que los hombres piensan con el centro de su cuerpo. "Es que lo necesitaba..." Seguro que sí, que lo necesitaba...

    Daniel, ya ves que me voy por las ramas con frecuencia y suelo ver en los textos cosas que no tienen nada que ver con las intenciones del autor. Solo decirte, para terminar, que este relato lo encuentro muy rico en matices y conceptos, que se introducen tópicos de una forma muy sutil y casi imperceptible y abres una interpretación doble de maneras de afrontar las relaciones que no quieren saber nada sobre los compromisos. Y todo ello constituye la riqueza enorme que tiene este relato.

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  7. Vas bien encaminado, Juanjo. Ver mas allá del texto requiere un perspicacia de la que, me temo, adolezco, pero que, en cambio veo en tus comentarios. Otro día te dare otra muestra más de la relación que mantiene "el pobre" Brian. Hasta entonces, saludos.

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  8. Escribir erotismo no es fácil.

    Me ha gustado, Daniel. Refrejas bien los momentos de pasión y deseo.

    A seguir, seguir escribiendo.

    Miguel

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