jueves, 15 de marzo de 2012

Donde se acaba el olivar


Recuerdas con una sonrisa esas claras mañanas de invierno en las que bajabas con tu padre del pueblo a la almazara, en la furgoneta citröen dos caballos que heredaste de tu abuelo, por esa carretera con precipicios a los lados y el río en lo hondo, con escarcha en el parabrisas y los dos callados.

Abajo el valle era amplio y te gustaba ir mirando las laderas con casas blancas y almendros, olivares interminables más arriba y allá en lo alto las siniestras peñas.

En el pueblo solían decirte que a esas rocas nadie sube, que cuidado con los cortijos abandonados, siempre oíste que a donde terminan los olivares no se va y menos al atardecer. Y como te estremecía ese dicho de que “no quieras ver las sombra de un olivo viejo bajo la luna de invierno”. Todas esas cosas las sabías, ¿por qué subiste esa tarde?, ¿por qué no te quedaste en el pueblo con la abuela?

Ella te contaba junto a la chimenea esa leyenda de la viuda que vive sola en un cortijo abandonado, en la Peña, donde nadie se atrevía a subir. Y los viejos del pueblo repetían en el bar aquella historia de una ciudad de grandes piedras funerarias de varios siglos de antigüedad, rodeada de una pradera de hierba todavía sin pisar. Tu padre te contaba poco, lo de tu madre casi lo enmudeció.

Una tarde acompañé a mi padre y mi primo mayor en su cacería, las perdices subieron a las lomas altas del olivar, yo perseguía una liebre y me cambié de calle, de repente sonó un estruendo de escopeta y oí gritos. Salí despavorido, huyendo ladera arriba, los pies hundiéndose en la tierra arcillosa, hasta que encontré el camino que bordea el monte, y maldita sea, lo tomé en sentido equivocado. Entonces el sol cayó sin crepúsculo.


-Dime cómo te llamas.
-¿Para qué?
-Para no olvidarte.
-no me acuerdo ya.
-Da igual, te quedas conmigo.
-¿Dónde estamos?
-En el cortijo de la Peña.
-¿ese del que hablan en el pueblo?
-Sí - y me clavó una mirada negra.
- ¿y usted vive aquí sola?
-No me repliques más.
-¿Cuándo puedo volver al pueblo?
-Me suena tu cara, niño, yo creo que conocí a tu madre.
-¿puedo salir un momento fuera?
-Claro que sí, pero vuelve pronto, que la noche es un laberinto.

El silencio era inmenso, sólo el aire pasaba entre las piedras. La peña era una gran terraza dominando el valle, pero no distinguías la carretera allí abajo, ni había casas cerca del río, y tampoco veías el pueblo encaramado a tu derecha, ni el castillo detrás, Alla Agoreum.

6 comentarios:

  1. Me parece a mí que se acabaron los paseos por las peñas y las laderas en los dos caballos del Citroën. Me ha gustado especialmente la conjugación de lo rural, de ese aire a viejo, a campo, con lo siniestro de la noche cuando se apodera del cielo. Las historias de fantasmas y leyendas "prohibidas" han alimentado las noches de los campos junto a hogueras desde tiempos que casi no se pueden recordar. Y este relato es una compañía magnífica para esas noches de fuego y estrellas.

    Veo que te desenvuelves bien en cada registro que tocas, José María, al menos es mi opinión. Me ha enganchado desde el comienzo este relato y su lectura ha sido un deleite completo. Enhorabuena.

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    1. Ay Juanjo qe me pones la cara colorada con tus comentarios de elogio, no eres objetivo creo, eres un buen amigo más bien.....pero yo te agradezco mucho tus comentarios porque viniendo de alguien que se toma la escritura tan en serio como tú pues....

      Yo he pasado muchas horas de chimenea en el campo toda mi vida, escuchando historias de cortijos, de olivares, del pueblo, eso se debe de notar en algo, ¿no?. Me alegro de que hayas disfrutado de este relato, creo sinceramente que tenía que haberle metido la tijera más, para contar menos y sugerir más. Pero como cuesta meter la tijera!

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  2. No puedo evadir ni evitar la nostalgia que me evoca el 2CV ("patito feo" o "citroneta") en el que aprendí a conducir, además de color verde.
    En un relato coinciden distintas visiones, perspectivas y versiones.
    Muy nítida tu visión y versión, idílico o nostálgico reflejo de tu infancia
    que perdura y madura en tu escritura.

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    1. Gracias por tus palabras, estas suenan mejor, buen fin de semana.

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  3. Me ha gustado mucho. Sobre todo ese ambiente rural. Sin embargo, al final me he perdido. No sé si la señora es la famosa viuda o la niña del comienzo.

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    1. JAJA Daniel ! pero que niña?, el relato es una alegoría que habla de la muerte sin hablar de ella (es es una alegoría según nos explica el profesor de escritura). Me alegra que te haya gustado.

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