domingo, 29 de abril de 2012

¿A qué huele un recuerdo?

Azahar: Flor de naranjo, aroma de Sevilla, llave de mis recuerdos.

Al calor del sol de primavera, la calle entera se llenaba del embriagador azahar, tapizando el suelo con su nacarado color. Los naranjas, rebosantes en sus copas, hacían de munición en nuestras guerras de cuento, donde, de paso, alguno que otro nos sollabamos las rodillas con el duro albero.

Recuerdo que cuando esto pasaba, subía lentamente las cuatro plantas que había hasta mi casa, con cuidado de no rozar la herida con el pantalón. Sí, cuatro plantas y sin ascensor. Eran otros tiempos, claro. Al llegar, mi madre ya estaba esperándome en la puerta.
-       Ay, Diós mío –imploraba mi madre-. ¡¿Qué te ha 'pasao'!?
-       'Ná'. Que me 'e caío' –respondía con lágrimas contenidas. Pero contenidas, porque los machotes no llorabamos, ¿eh?
-       Anda, tira 'pá entro' –y me arrastraba hasta el baño.

Para llegar hasta él, tenía que atravesar el hall, el salón-comedor y el pasillo interior, en resumen, un interminable camino. Sin embargo, ahora que ya no soy un niño, veo que solo eran 6 o 7 metros. Cuestión de perspectiva… o de años.

Ya en la sala de curaciones traumáticas, me ponía alcohol, yo gritaba y siempre, siempre, siempre, me respondían: “No seas quejica.” Ah, el baño. Qué lugar tan interesante. El único de la casa donde nunca me molestaban. La de horas que he pasado allí leyendo tranquilamente, ya fuera la enciclopedia Espasa de 12 tomos o las novelas de mi hermana. Un sitio pequeño, sí, pero completito. Tanto, que hasta tenía un altillo para meter las cosas de la playa. ¿Cuántas veces abre soñado con esconderme dentro?

Sin embargo, el eje de mis recuerdos, era el cuarto de mi hermana. No, no, por favor, no piensen mal. Es que tener una hermana diez años mayor, tiene el beneficio que cuando se casa, luego te deja su habitación, que suele ser la más grande. Pues eso, cuando me tocó el turno, pude tener mi propia habitación... ¡qué gustazo! Me había dejado el tocadiscos, por lo que podía escuchar tranquilamente el único que era mío. A veces, cuando llegaba el verano y caía el sol, me acostaba con la ventana abierta, escuchando la dulce melodía de los Dire Straits y su Money for Nothing. Estaba tan a gusto, que incluso el ruido de fondo del tráfico sonaba como los coros.

Y allí estaba yo, tendido sobre mi cama, con la cálida brisa veraniega, mirando las estrellas por la ventana abierta y pensado en cómo sería el futuro.

Fanathur.
"Historias que sí ocurrieon."

jueves, 26 de abril de 2012

Humanidad perpleja


Hace unos días cené con un extraordinario personaje, que me confesó que no soñaba, simplemente cuando llega la noche se acuesta, cierra los ojos y se adentra en la Nada.

Me dejó tan perplejo que todavía me pregunto cómo es posible no soñar, y no es que dude de la veracidad de su confesión, porque si este amigo tiene una cualidad es su honestidad y transparencia. Por tanto llego a la conclusión de que es un ser tan puro y noble que la mente no le rescata recuerdos ni le adelanta el futuro, que eso son los sueños.

Vive en paz consigo y con su entorno, se nota en su mirada azul, quién puede pedir más.

Esta mañana atendí a un cliente antiguo en mi despacho, y durante la reunión me hizo llorar.

Su esposa era su mejor amiga, no tienen hijos, y falleció hace dos meses. De repente me dijo: “José, ¿tienes cámara de video?”, “no” le contesté. “Deberías comprar una cuanto antes, y grabar todo lo que puedas de tu mujer y tus hijas” me dijo.

Me extrañó ese consejo y le dije que me parecían suficientes los álbumes de fotos, que teníamos muchos. Entonces al cliente se le saltaron las lágrimas y entrecortado me pudo decir: “sí, son bonitas, pero yo llevo dos meses intentando recordar la voz de mi mujer”, y después de unos segundos de llanto añadió derrotado: “y no puedo, José…”. Y me derrumbé con él.

Hace una hora, tumbado boca arriba, en mi rincón secreto de esta ciudad, rodeado de estanques de agua, silencio y rocas viejas, contemplaba unos estorninos, que ajenos al temporal que entra por el oeste, jugaban dando vueltas a una nubecita muy baja, entre el cielo y yo. 

A veces la vida se nos presenta tan rara, tan dulce y a la vez tan cruel, que nos deja perplejos. Creo que este fin de semana me compraré una cámara de video, e intentaré ser más honesto.

miércoles, 25 de abril de 2012

EL PASILLO


Aquél largo pasillo de mi casa condicionó mi infancia.
Todo ocurría allí. Mis juegos en las interminables tardes
de lluvia, las frías mañanas de domingo leyendo tebeos,
la pelota que iba y venía rebotando en la pared del fondo.
Mi abuela, con la fuente de croquetas en las manos, hacía
equilibrios sorteando los indios y vaqueros en permanente
lucha, ¡José, a comer!.
Yo amaba aquél pasillo durante el día, iluminado por la luz
que se filtraba desde la ventana del patio, meciéndose en
las baldosas con las sombras de la ropa tendida.
Pero por la noche, el pasillo era la cámara de los horrores.
Como no me dejaban encender la luz, la turbia oscuridad
se convertía en monstruos despiadados que me perseguían
implacables desde el baño hasta mi cama, arañándome la
espalda con su gélido aliento. Pero nunca me alcanzaron.

Cuando muchos años más tarde tuve la oportunidad de
visitar de nuevo la casa de mi niñez, el pasillo se había
convertido en dos metros de parquet que conectaban la
cocina con el salón. Simplemente.
Y ya ni el suelo estaba frío.
Y ya no había monstruos.
(Chiiiist… ahora los tengo en mi armario).
  

En la nostalgia de la noche II


En una noche sin luz ni sombra,
sin amor ni pena, solo nostalgia
como una luna ingenua y solitaria.


Se desvanecen las horas
 en el cielo nocturno,
en una niebla incorpórea
con origen tu recuerdo.


Yo tumbado sobre la tierra y tú en la distancia
entre estrellas lejanas como los sueños
que colisionan súbitas, al unísono
en un estallido brillante de fugaces blanquecinos,
de luceros tiritantes nacidos de la nada
-Se parecen a tu dulce sonrisa-.


Mi silencio imita las líneas de tu cuerpo
y la suave textura de tu piel
en una noche sin luz ni sombra,
sin amor ni pena, solo nostalgia.


Como una luna ingenua y solitaria...






Por: Jorge Villalobos Portalés. 
LA CASONA COLOR CIELO



La casa estaba pintada   de azul claro, ligeramente desteñida por la lluvia y el paso del tiempo. Siempre que a Noemí le invadía la nostalgia, subía arriba de la colina, al lado del bosque de castaños y desde allí  podía entrever el color reconfortante y la alta chimenea escupiendo un denso humo blanquecino. Seguía esas formas imprecisa y temblorosas como si fueran las siluetas amadas de los suyos hasta que se fundía con la vegetación lejana. Luego regresaba lentamente a casa preguntándose cuando podría por fin volver, aunque fuera de visita...

 Era una caserón humilde, de campesinos. La parra americana, con sus tonos ferrosos, se elevaba enroscándose en la pared de la entrada principal. Lo hacia  con ternura como si la estuviera envolviendo en un intenso abrazo de amante. Crecía muy deprisa y ahora casi había llegado a los postigos del los 3 dormitorios. En la planta alta estaba la gran cocina y la chimenea siempre encendida. Ese era el lugar donde realmente se vivía, era el único lugar caliente de la casa. Allí se cocinaba, se comía,  se rezaba, y raramente se hablaba. A la derecha un salón amplio con una larga mesa de nogal que solo se utilizaba en bodas y funerales. Diminutos dormitorios, encalados cada primavera; en las paredes  toscos crucifijos y ramitas de olivo. La sonrisa de la abuela desgranando habas y guisantes para la menestra de la cena. Plato único con pan negro recién horneado y un vino bermellón para los mayores, que dejaba un resabio agreste. Postigos de madera de pino que se quejaban al abrirlos. Cada noche el rosario en absoluto silencio y en una  penumbra reconfortante, solo las ascuas del hogar refulgentes como una deidad pagana.

En el corral una veintena de gallinas pardas, un gallo muy orgulloso y unos cuantos conejos ajenos a su  inexorable destino. La huerta  siempre con  nuevos brotes de vegetales atravesando tímidamente la tierra, húmeda, agradecida;  como queriendo mirar a las alturas.

 Una casa color cielo: el lugar de la infancia perdida.


lunes, 23 de abril de 2012

Don Quijote de la Mancha

Vuela el tiempo en la búsqueda de gloria,
y entre letras cabalga el caballero
que consigue llegar siempre el primero
a la luz que alimenta la memoria.

Llena campos con manchas de la euforia,
contagiando con ella a su escudero
que llenó con su humor y con su esmero
cinco siglos que alumbran nuestra historia.

Caballero en locuras de marea
levanta y muestra tu Triste Figura
que tu genio luce alto en la azotea.

En el mundo hace falta la locura
que lo lanzó a buscar a Dulcinea,
que borró tantas manchas de amargura.

sábado, 21 de abril de 2012

Se me va.

Sentados frente a frente, ella majestuosa y callada, yo insignificante y queriendo contarle todo, todo. Pero seguramente me tiene que contar más ella, así que espero paciente, más, mucho más tendrá que contar y por eso espero. 
Todas sus historias pasadas y futuras me tendrá que contar, y yo solo tengo mi presente.
¿Por qué no me habla, entonces?, porque siempre estuvo callada. Es su manera de estar, de permanecer.
Con sus faldones verdes y grises, como un gran traje de faralaes, con manchas blancas de tanta humedad de noches salinas y de tanta lluvia mojada.
Yo le quiero contar que me gusta mirarla,que me gusta su melena oscura y revuelta, como un bosque mediterráneo, que me vuelve loco su torso erguido, monumental, rocoso e imponente. Y sus caderas firmes como laderas desparramadas, con surcos como valles descarnados, abiertos a todos los aires. Y sus entrepiernas boscosas en la umbría.
Cómo me gusta verla, posada con suavidad, finalmente, en los ríos y en las cascadas de su intimidad callada, de su llanura.
Y yo la contemplo mudo y pequeño, sintiendo que no soy nada, ni quizá lo quiera ser frente a ella. Hay intentos banales por decirle que la quiero, pero Dios sabe si me escuchará, si estará interesada en mis cuentos.
Y desde este banco de madera que me soporta y me aguanta miro a un norte casi oscurecido, el último rayo anaranjado se cuela por una higuera de olor tímido, es abril ya y el día dura algo más, y los pinos de cara lavada bailan junto a mi.
El cielo se cruza de nubes transparentes en forma de alas, y ella se oscurece poco a poco, pero no me dice que se va, pero me va dejando, se me va. Las últimas gaviotas se vuelven hacia el mar, de una noche que temen, huyen de ella, que se vuelve fría y oscura.
Se va de mi mirada, se vuelve gris frente a mi, se esconde tan altiva, no me necesita, y no me da las buenas noches. Sierra Blanca

viernes, 20 de abril de 2012

La primavera II

Hoy siento la primavera
explotando en mi interior
con calores de arco iris
con ebullición de amor.
Oigo como se aparea
la naturaleza toda
y eso enaltece mi sangre
y emborracha mi memoria,
me hace sentir como Eva
atrayendo lo que toca
con su mirada que encierra
el embrujo de la aurora.



jueves, 19 de abril de 2012

José Manuel Caballero Bonald


Marbella se adelantaba a una oscuridad de invierno tardío, con una débil luz de literatura grande, vieja, apabullante. También final y acabada, jurada como su última novela.
Todo se redujo entonces al valor de unas palabras de mujer, valor de gestos y escritos, de emociones, y de la poesía, y de la Palabra. En una sala contenida de murmullos secretos, de silencios ahogados, de furiosos aplausos, porque la poesía es el único arte que crea, que se cree el mundo, que fabrica algo nuevo con cada poema.
Hay tantas preguntas que se hace el Hombre, tantas dudas en su público también, tantas vivencias que se pueden leer en su vida de papel, que se puede empezar por cualquier capítulo. Pero solamente hay una explicación a sus poemas: releerlos, como lo hizo él. El poeta.
Y el silencio se hizo en la sala, después de la oscuridad, cuando habla el poeta se impone la reverencia callada, su voz contundente, suave, y la música cadencial. Su habla potente, rítmica y vieja ya.
Voz callada de experiencias y viajes olvidados, llena de metáforas y música. Llena de geografía de Cádiz, de ciudades árabes en fila de Oeste a Este. Poesía de mar, de mástiles, del Coto de Doñana al caer la tarde.
Aventuras en un Madrid de miseria, en escombreras de humanidad, de muros imposibles de soportar.
Huidas del tupido negrario de los sueños, y al final.. al final otra vez el silencio, la absoluta verdad de un poeta que se va, la breve lágrima de una mujer , la voz majestuosa que habla de Libertad, que habla de los espejos deformados de la felicidad, de cosas tan hermosas que hacen llorar, de libros fatigados de contar tantas historias.


A José Manuel Caballero Bonald, que nos regaló su poesía, ayer.

miércoles, 18 de abril de 2012

Una calle de voces, risas y ladridos




UNA CALLE DE VOCES, RISAS Y LADRIDOS.

A la entrada de la calle un ciego con datáfono me ofrece un cupón, - la niña bonita - me dice. No llevo monedas y además no quiero entretenerme.  Dos filas de aparcamiento en línea no impiden a los coches circular sin temor a rozar retrovisores y carrocerías, como si estuvieran participando en una yincana. Tampoco temen a los peatones que se detienen distraídamente en la calzada mientras esperan la salida de los alumnos.

Enfrente, un rótulo con pintura negra y letras en mayúscula, que dice " Kebab K Viene", enmarca el dintel de la entrada a un bar. Apoyado en el umbral, un hombre con bigote negro y barba de 3 días se limpia las uñas con su navajilla. A estas horas parece que hay más que van y menos que vienen.

La calle sigue siendo estrecha. Una hilera de edificios de dos plantas bordea las aceras. Por la ventana abierta del balcón del primer piso, una canción de Sabina nos recuerda los años ochenta:" ...busco acaso un encuentro que ilumine el día" y apoyado en la barandilla un hombre  fuma su primer cigarrillo del día, el del café, ese que te abre el apetito, el apetito del placer. 

Pasan los minutos y la calle se despierta. Entre ruidos de voces, risas y ladridos se escucha el chirrido metálico de las rejas plegables de las tiendas al abrirse, el frenazo de las vespas al aparcar, el tintineo de llaves."...el barrio donde habito no es ninguna pradera" continúa la canción.

Y él sigue allí recostado en el balcón, esperando que aparezca, como todos los días, con su bolso morado y sus botas de tacón. Hace años que vive de una ilusión,  de una historia de amor, de un sueño roto que nunca sucedió. Pero  ha decidido terminar con este ritual que  ya hace tiempo que no le va. Busca un lugar donde huir de esa mujer que con paso decidido y optimismo enfila la calle todos los días para abrir esa tienda de ropa interior entre sexy y cándida que un día inauguró justo enfrente de su salón.

" quiero mudarme hace años al barrio de la alegría..." 

Aquel día no llevaba las botas de tacón. Era verano. Tan solo unas sandalias de tira naranja que dejaban ver la belleza de sus pies. Parecía algo estresada, era su primer negocio. Pero eso no le impidió ir hacia él con aquella sonrisa de gata que le enloqueció. 

" ..pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía" 

Desde dentro unas voces de niños reclaman su atención. Con parsimonia se vuelve hacia el interior. La ventana se ha cerrado, ya no se escucha a Sabina. Y yo me pregunto si no será esta calle de voces, risas y ladridos donde vive la alegría, como dice la canción.


martes, 17 de abril de 2012

En el amanecer.

Entonces, cuando las velas
son recuerdos fundidos con el tiempo,
me abrazas y yo desnudo -y tú desnuda-,
juntos tú y yo, por siempre, en el amanecer.


Entonces, cuando se desvanece la noche,
relucen en el futuro como luceros tiritantes
las noches aún por vivir, pendientes, infinitas
hasta que -sin nosotros- pierdan sentido.


Entonces, cuando tu dulce voz, imprevisible,
viene a visitarme tras tanta sábana y almohada
cómo un pájaro que se depara a cantarme,
me arrebata una sonrisa como recompensa.


Porque sé que te tengo conmigo, sin miedo.
Nada se escapa a nuestros sueños, libres de todo
y somos nosotros mismos nuestros propios dueños.
Juntos tú y yo, por siempre, en el amanecer.




Por: Jorge Villalobos Portalés. 

lunes, 16 de abril de 2012

Por qué salen moscas cuando abres la boca.


Estoy sentado en el balcón con mis gafas de sol nuevas, relucientes. He querido preguntarme por qué me gusta hacer esto, dejar que el sol bañe mi figura, sentir el aire de la ciudad. He deseado fervientemente averiguarlo. Pero no lo he hecho, porque a veces la verdad resulta apabullante. En realidad creo que no me gusta sentarme en el balcón de mi casa, lo confieso, pero no ante nadie especialmente, ninguna persona necesita saberlo, y no se trata de un secreto, es difícil guardar un secreto hasta la muerte, qué sentido tendría, muchas veces resulta placentero desvelarse ante una persona, se experimenta cierto regusto en el interior de la médula, pero sí es cierto que provoca un alivio más intenso revelarse ante la verdad, y ante ella me confieso.
Quizás lo haga sólo por costumbre, o por esa regla de la genealogía que hace que uno actúe según las hábitos de otros. Correr la cristalera, dar el primer paso. Todo comienza cuando tomas conciencia de cada movimiento, te preguntas cuánto tiempo hace que adoptaste esa rutina. Ni siquiera me dedico a observar las calles, tampoco las paredes de ladrillo que se alzan ante mí. Me coloco las gafas, cierro los ojos y sólo me siento estar ahí aunque bien pudiera hallarme en cualquier otra parte, pese a que mi cuerpo, todo lo que el tiempo ha hecho de él, se encuentre aquí, en éste mismo balcón del piso que perteneció a mis padres, y antes que a ellos: a mis abuelos.
Casi siempre me quedo dormido. Es un sueño profundo, como los conductos ocultos que carcomen el subsuelo de esta ciudad, de pronto me despierto, salgo a la superficie y percibo el cielo, amoratado por la boina de polución. Cuando uno está sólo a veces no tiene más remedio que elevar la mirada al infinito por si todo hubiera podido ser de otra manera.
Esta ciudad es bella, elegante. A veces, al recorrer sus calles, uno experimenta esa sensación de juventud que se desvanece al pasar frente a una escuela o la propia universidad. Uno siente que se hace mayor, pero que sin embargo, la ciudad va creciendo con él, que los años no pasan inútilmente como podría hacerlo el sonido de los cláxones allá en las grandes avenidas.
¿Por qué continúo haciéndolo, por qué permanezco atado a esta sordidez inacabable? Por la mañana he regresado a casa con el periódico y la barra de pan bajo el brazo y cuando he ido a abrir la puerta de la calle para entrar se me ha ocurrido pensar por un instante si no sería capaz esta vez, por algún casual, de adivinar que saldría al balcón antes de que tal acción fuera ya irremediable. Difícilmente me creí capaz de hacerlo y, no obstante, he de admitir que no he sentido remordimiento alguno por mi parte. Todo está donde tiene que estar, incluso he llegado a pensar que a estas alturas de mi vida, muy probablemente, cualquier quebranto en la rutina a la que me someto como si de un tratamiento para curarme en salud se tratase, podría resultar subversivo.
No. No es éste el problema. Uno llega ya a una edad en la que no le estorban los días monótonos; enciende la televisión, se traga cierto programa sobre trucos de magia, sobre un joven que produce sombras chinas, una pareja que realiza grandes ilusiones y escenas de escapismo o un experto en ventriloquia seduciendo a su público con marionetas estúpidas. Es lo mismo. Saber disfrutar de las cosas pequeñas de la vida, como por ejemplo, salir a tomar el sol al balcón, ir a misa de una... Uno ni siquiera se pregunta si disfruta por hacerlas o si haciéndolas, simplemente es feliz.
Pero los días suceden a los días y luego a más y más días, y los meses a los meses también, hasta puede que pasen unos pocos años. Y como a mi difunta esposa allá en el cielo, también llegará el momento en que, al contrario que ahora, uno no tenga más remedio que inclinar la mirada abajo por si algo en este mundo que vivimos hubiera cambiado sin que se haya dado cuenta.
Llegado a este punto, podría reparar en que un balcón no es mal lugar para vivir. Al fin y al cabo, uno puede elegir mirar hacia arriba o mirar hacia abajo o, simplemente, no mirar (quedarse dormido).

domingo, 15 de abril de 2012

El pistacho.


“Sobre el frío y duro suelo de mármol yace la cáscara de un pistacho. Vacío ataúd que aún guarda el calor de la mano que lo derrotó.”


El Sr. Eckermann era un hombre rudo, que se había formado a sí mismo desde su adolescencia, tiempo en el que comenzó a fumar, y cuyo hábito no dejó hasta hace poco y solamente por prescripción médica: “Si no lo dejas, no pasarás de seis meses”, le atemorizó el doctor.

Puesto que ya no podía acallar su nerviosismo con cigarrillos, lo ahogaba con pistachos. Bolsas que compraba a diario en el quiosco de la esquina de su oficina. Si antes se fumaba dos paquetes al día, ahora se los comía.

Incluso cuando estaba hablando, ya fuese por teléfono, o en persona, seguía comiendo pistachos. Los masticaba de manera compulsiva. Cogía un puñado de la bolsa de su primer cajón y los depositaba en un pequeño recipiente ancho de cristal. Luego, depositaba las cáscaras en el cenicero. Donde antes se acumulaban cantidades insanas de colillas, ahora lo hacían cáscaras de pistacho. Cuando estas empezaban a rodar hasta el suelo, cogía el recipiente y lo vaciaba en la papelera, y vuelta a empezar.

Cierto día estaba tan liado contestando al teléfono y llenando de saliva y restos de pistacho la pantalla de su ordenador, que no se dio cuenta que su corbata estaba llena de babas y sobras. Puesto que más tarde tenía una reunión, decidió ir al baño para limpiarse un poco.

Se levantó y cogió un puñado de pistachos para el camino de ida y vuelta al servicio. Al sobrepasar su escritorio pisó una cáscara de pistacho y cayó, con un sonido seco y grave, dando con su rechoncho cuerpo contra el suelo. Intentó moverse, pero se dio cuenta que no podía. Sencillamente su cuerpo no le respondía, ya fueran las piernas, las manos… o incluso la boca. Notó como el pistacho que se estaba comiendo comenzaba a resbalarse por su inerte garganta. Poco a poco, fue sintiendo el ahogo y la falta de respiración. Intentaba, sin resultado, escupir el mortal elemento, que seguía taponando la única vía que le unía a la vida. Sus ojos se hincharon de tanto esfuerzo. Inútil.

Al final, solo queda un cuerpo que yace en el suelo, frio como el mármol, con una cáscara de pistacho aplastada a sus pies.

sábado, 14 de abril de 2012

Dejame morir en paz
No quiero ver mas tus labios
Dejame morir en paz
Y olvidar tu recuerdo
Dejame morir en paz
Quiero huir de tus besos
Asi quiero acabar´
renegando y huyendo

ROJO (Naturaleza IV)

He vivido siempre contigo.
Tus sentimientos han sido los míos.
Era veloz cuando te asustabas,
lenta cuando soñabas,
vertiginosa cuando amabas.
He llorado con tus lágrimas,
he reído con tus risas
y he teñido de rojo tus dolores.
He sufrido con tu soledad
y me he vuelto loca con tu alegría.
No puedes vivir sin mí.
Y no necesito soñar contigo.
Te acompañaré hasta la muerte.
    

viernes, 13 de abril de 2012

Palmeras enamoradas del cielo

Te presentaste como la luz 
de un mar lejano, 
ella apareció 
como una piedra de río, 
tibia y mojada. 
Llegaste una mañana, 
por avenidas adoquinadas, 
como un gran capitán 
pasando revista a una formación 
de palmeras enamoradas del cielo. 

En tu viejo coche de capota rajada.

Un invierno para descubrirla,
dos otoños de miradas
tres patios con sus galerías
cientos de mentiras verdaderas
miles de subidas a su despacho
eras el Mediterráneo secándose
en esa antigua tabacalera.

VALENTINA


Querida Valentina:

No sabes cuántos años llevo escribiendo esta carta... toda una vida en realidad. Te pido indulgencia porque mis manos ya no son las de antes, nada es como antes. De repente se quedan como agarrotadas, entonces no puedo seguir sosteniendo mi Montblan, tengo que pararme, tomar mis medicinas y concentrarme en la respiración...

Esta técnica la aprendí en mi juventud, antes de tu "llegada", en un curso para ser profesor de yoga. Fue en Nassau en Las Bahamas, pero la verdad que solo duré unos días. Eso parecía una secta: demasiados horarios, ayunos y rezos... pero bueno, algo positivo me ha quedado.

¿Por donde iba? Ah. Si, te estaba diciendo que todos estos años mis pensamientos han sido colmados por tu "presencia". Fuiste, mejor dicho, pudiste ser lo más valioso de mi existencia. Lo que pasa es yo entonces era muy ingenua, muy cobarde, inexperta... tuve miedo... entonces tomé la decisión equivocada.

No ha habido noche en la que no aparecieras en mis sueños. Siempre vestida de azul y sosteniendo en tus manos una vela encendida. Yo luchaba por retener esa imagen, luchaba con todas mis fuerzas, pero nunca lo conseguía. Me despertaba llena de sudor y con mucho frió, entonces me levantaba y iba al estudio porque allí había un grabado de Picasso donde aparecía una niña portando flores y una vela, igualita que tu... Dios, ¿Cómo se llamaba ese cuadro? Si justo anoche lo tuve delante de mis ojos.

Lo peor de llegar a vieja es esto de la memoria, y lo de las manos y lo de tener que moverme como una tortuga, una tortuga cuyo caparazón se ha quebrado para siempre.

Perdóname hija, pero no puedo seguir.

-Mamá, mira lo que he encontrado en el sótano, es una carta de la abuela. ¿Quién era Valentina? ¿Una hija secreta? ¿ Entonces...tienes una hermana?

-Te he dicho mil veces que no hurgues en mis cosas.

-La he encontrado en la novela que tengo que leer, Madame Bovary. No sabía que tú la tenías.

-A tu abuela le pasó lo mismo que a Emma, de tanto leer novelas malas confundía la ficción con la realidad.

miércoles, 11 de abril de 2012

No paraba de llover

Al cuarto octubre se derramó todo
como en una cascada, 
las charlas en la cafetería del rectorado, 
palabrerío del atlántico, 
un cielo de plomo 
atravesando las cristaleras del patio, 
miradas lanzadas 
por la biblioteca de la facultad. 

Y sí que llovía, 
no paraba de llover,
y tú matriculándote
una y otra vez,
suspendías y ella suspiraba,
para seguir lloviendo después,
y te sonreía,
como sonríe la lluvia al caer,
más idas y vueltas
por pasillos de piedra,
más subidas y bajadas
por escaleras de emperador.

Ella
tu borrachera de madrugada,

su desahogo por un fracaso,
tanta oscuridad de procesión
tanta mirada de soslayo
tanta subida a su cátedra
por si acaso.

Y al quinto cristo del silencio llegó,
notable en Derecho penal,
ocurrió una noche mojada,
con el río dibujando
una luna de mentira,
se rindió al capitán
y claudicó a tus pies.

Y al amanecer ya corrías
por la A-92,
por el espejo retrovisor huían
el ruido de campanas,
los bailes en casetas de hipocresía
y la falsa cera derramada.
Con la capota abierta,
pisaste el acelerador
de tu viejo dyane 6.

Aire
sol
abajo por fin el mar,
la torre de la catedral,
la linea de la costa
y al fondo,
Gibraltar

martes, 10 de abril de 2012

El Lenguaje de la Astucia I


    De pronto, uno se despierta en mitad de la noche y trata de volver a dormirse. Después de dar un cierto número de vueltas sobre el colchón, aparece ante el espejo  envuelto en la sábana como un capullo de gusano que metamorfosea en mariposa. Entonces, se da cuenta de que le resulta prácticamente imposible volver a dormirse, que uno ya no vuelve a pegar ojo cuando le faltan ideas para soñar.

De: El Lenguaje de la Astucia.

Dos milongas, una para amar, otra para matar


Mientras suena el Proyecto Gotán en el local, me advierten que beba o me echan, pero yo solo vine a tomar notas, solo un campari me advierte el chulo, no me apetece le insisto, que solo vine a escribir, pero él quiere montar un cristo, es lo suyo. El cristal sucio no me impide ver esos besos canallas en la calle, y ese navajazo que penetra en la carne sin tocar hueso, debe ser un demente que la ama con locura, hasta con furia diría yo, debe ser por la milonga que escucharon agarrados, el corre ya por el paso de cebra, ella abrazada a la farola, el viento de lado levanta la chaqueta del criminal y descubre el metal, es barata de los chinos, pero entra hasta el final, qué más da, peor diría yo, escuece más porque es barata, lo veo en la mueca de esa cara de muñeca, y la mafia no remata mal. Parece que soy transparente en este rincón, entre la columna y la ventana, el chulo se me acerca otra vez, ¿vio usted algo?, le juro que no, yo no sé nada, póngame una cerveza si acaso y seguiré escribiendo sin meterme en nada, a mi no me engañas, cabrón, que ya te he visto merodeando por el barrio en otra ocasión, le juro otra vez que no he visto nada, que solo entré en el restaurant por equivocación. Le enseño mi cuaderno de notas garabateadas sin orden, estoy acojonado ya, el chulo me lo nota y me sonríe con un diente de oro podrido de tanto parmesano. Trago saliva y el tipo se echa la mano al bolsillo derecho de su pantalón, un bulto alargado amenaza mi estancia en este mundo, en este local, el abismo se presenta barato y en el local no faltan putas, no es mal plan, al final. El tipo me ignora por fin, merodeo con cuidado, demasiadas luces apagadas para una pizzeria barata, demasiadas paredes de terciopelo viejo, unos choques de manos, tratos sucios, policías colocados cobrando su comisión, palmadas a la espalda en un rincón, un barman con mirada de pirata, una ojeada ya lejana a mi mesa, el cuaderno sigue allí junto a la cerveza y brilla mi lápiz de plata. Todo al carajo me digo, incluida mi reputación de escritor, entro en el pasillo que me advierte “privado no entrar”, un perfume barato me atraviesa el estómago, unos labios rojos cristal me enganchan y unos pechos desbordados me empujan al cuartito de la administración, y allí mismo en el sofá del capo cayó, fue rápido y sin respirar, con un solo gemido final, y de fondo otra milonga, ahogada en un orgasmo de pura sed, de placer, pero joder, de pronto se abrió la puerta y brilló el maldito metal.

domingo, 8 de abril de 2012

BLANCO (Naturaleza III)

De nuevo he vuelto a soñar que era un hombre.
Ya estoy harto. No me sienta bien.
Esta última vez me he despertado con las piernas
heladas y una gélida sensación por todo el cuerpo.
Además, esos pequeños diablillos no hacían más
que correr a mi alrededor, gritando como cafres.
No, no me sienta bien, espero no volver a tener
más veces esa terrible pesadilla.
Y para colmo, me he despertado con un fuerte
dolor cuando una pequeña y malvada cría humana
¡Me ha clavado en la nariz una zanahoria!.
  

En la nostalgia de la noche.

Que tierna sabe tu piel, dulce
mar de rosas cristalinas que
en la distancia
se funde hasta ser tu más pura esencia.


Surco con mi alas los límites
interminables
del oro pulido en tus labios de porcelana.


Será que cada noche
me limito a retratar en el aire
cada línea de tu cuerpo
que revivo
tan solo por el deseo de recordarte.


Única como la luna de mis sueños
así te pienso, así te quiero, así eres.




Por: Jorge Villalobos Portalés.

sábado, 7 de abril de 2012

Lídice

Este relato está basado en un hecho histórico real, salvo por algunas licencias que me he tomado para que sea más completo el relato. Los acontecimientos que se narran son duros, por lo que pido perdón de antemano, por si alguna persona se sintiera ofendida. Gracias.


A veces me despierto en mitad de la noche y sigo viendo sus ojos. Mi padre luchó en la Gran Guerra y sus pesadillas duraron años, pero las secuelas duraron hasta su muerte. A mí, las pesadillas me perseguirán hasta mi muerte, y las secuelas… las padecerá mi país durante mucho, mucho tiempo. A veces me despierto en mitad de la noche, porque veo de nuevo, mirándome fijamente, aquellos ojos llenos de miedo y espanto. Aquellos ojos, en ese maldito día.

Tenía 16 años cuando me alisté en el Cuerpo de Ingenieros. Como mi padre no le tenía mucho afecto al Führer, me dijo que solicitase entrar en la Wermatch y no en las S.S., como deseaba mi madre. Por aquel entonces la guerra era buena y no nos iba nada mal… aún. El día que unos rebeldes Checos asesinaron al Coronel de las S.S. Reinhard Heydrich, en Praga, yo estaba destacado con mi regimiento en una localidad de la alta Silesia llamada Auswitch. La noticia corrió como la pólvora por nuestro campamento y el enfado general, especialmente de los mandos de las S.S. fue monumental. Yo sabía que la muerte del Coronel Heydrich tendría una respuesta muy dura por el Führer. Esta no se hizo esperar. El 4 de junio movilizaron a mi regimiento cerca de Praga, a unos 30 km al sur. Allí me encontré con la 12ª Panzer y la 43ª y 22ª de artillería. La cosa pintaba mal. Por todos lados corría el rumor de un escarmiento histórico a los checos, y viendo toda aquella concentración de fuerzas, la verdad, no me extrañaba en absoluto. Se lo tenían merecido por el asesinato. El Coronel era una buena persona que castigaba a los rebeldes y saboteadores, mientras premiaba el trabajo y el esfuerzo. ¿Dé donde, sino, iban a tener estos checos la calidad de vida que les brindaba el Reich?

La mañana del 12 de junio nos levantamos con la orden de ponernos en camino hacia una población llamada Lídice. Recuerdo aquel día perfectamente. Me tocó patrullar la zona. Mi única misión consistiría en recorrer una parte del bosque para evitar que escapara nadie al cerco. Ojalá hubiera sido tan sencillo. Comencé a caminar por la zona que nos habían asignado. Ese día mí compañero se llamaba Gunter, un veterano de 34 años que había servido ya en Polonia y Argel, y que había obtenido un traslado más cerca de casa. Después de un rato, hicimos un alto para fumarnos un pitillo y entrar en calor. Era un claro en la alta arboleda de viejos abetos, desde donde se podía ver la plaza del pueblo, la calle principal, el puente, y al fondo, el prado que daba a los pies de una alta y empinada colina.

A las 8:00 entraron en el pueblo los camiones que transportaban a las tropas de asalto. Tomaron la plaza del pueblo y empezaron a llamar por megafonía a los habitantes hasta reunirlos a casi todos en la plaza. Los dividieron en hombre, mujeres y niños. Luego se los llevaron en los mismos camiones. Las tropas que se quedaron en el pueblo, empezaron a registrar casa por casa, buscando rezagados y personas que se hubieran ocultado. Fue entonces cuando comencé a oír los primeros disparos. Los estaban matando directamente en sus casas. Gunter me llamó la atención sobre un adulto que escapaba por un balcón. Con la caída parecía que se había hecho daño, porque le veía cogerse el tobillo. Un soldado se asomó y le disparó con su Mauser. No habría más de 15 metros, así que era difícil fallar. El hombre cayó desplomado. Tras los primeros disparos, empezaron a salir personas en dirección a la plaza. Gritaban algo, pero no les entendía. Además, no sabía checo, así que me daba igual. No importaba la edad o el sexo. Los S.S. les ametrallaban y luego un oficial, se aseguraba con un tiro en la cabeza. Se iba a necesitar mucha munición para tanta gente. Entonces me acordé de las personas que habían cargado en los camiones. Busqué con la mirada a través de los árboles y claros que las casas me dejaban ver. Gunter me hizo una señal y me señaló el claro al pié de la colina. Algunos camiones ya habían llegado y los habitantes empezaban a bajar. Un oficial parecía indicarles que se fueran al centro, pero no parecía tener mucho éxito. De repente sacó una pistola y les disparó a dos personas que había cerca de él. No sabría decir quiénes eran. Al instante, el resto del grupo empezó a chillar y caminar hacia el centro del prado. Se alejaron un poco. El oficial volvió a gritar y los dos camiones con el distintivo de las S.S. abrieron su portón trasero, dejando ver la mortal sorpresa. En cada uno, había colocadas dos ametralladoras MG-42 con un par de soldados cada una. Las “segadoras”, como las llamábamos, comenzaron a taladrar la quietud del prado. Los habitantes retrocedían ligeramente por el impacto para caer desplomados. Los más cercanos a una pequeña arboleda intentaron escapar, pero no les sirvió de nada. Las MG-42 ya habían dado cuenta del grupo principal y ahora barrían el perímetro, alcanzando a los últimos supervivientes. Todo fue bastante rápido. No creo que durara ni un par de minutos. El oficial al mando esperó unos momentos, ordenó algo y los camiones volvieron a cerrar su portón trasero. Se fueron. En ese instante me di cuenta que nunca tuvieron sus motores apagados. Supongo que el rugido de los diesel amortiguaría el sonido de las ametralladoras. Me quedé mirando al oficial rematar en el suelo a los muertos. Era como si estuviera viendo una obra en el teatro de la ciudad. Como si yo no fuera parte de aquello. Poco a poco fui tomando conciencia de lo que había visto y, por primero vez en la vida, sentí ganas de quitarme el uniforme que tan orgullosamente les había enseñado a mis padres el año pasado. Ahora entiendo porqué mi padre no quería verme mezclado con las S.S.

Miré a Gunter. Quizás él sentía lo mismo que yo. Ya había terminado su cigarrillo y se frotaba las manos al tiempo que les echaba el aliento para calentarlas. Ni un asomo de vergüenza o remordimiento. Indiferencia. Me miré la mano derecha. Mi cigarrillo se había consumido completamente entre mis dedos, provocándome una ligera quemadura.
-       Eso no te servirá ante un tribunal médico, niño. Si vas a hacerlo, hazlo bien. Pégate un tiro en la mano.
-       ¿Qué? –pregunté atónito. Mi mente seguía en otra época de mi vida.
-       Que esa quemadura no te servirá para irte a casita con papá y mamá.
-       No pretendo volver a casa
-       Mejor entonces –dijo mientras seguía soplando en el hueco de sus manos-. No hay nada como la seguridad de un buen camarada. Ya se retiran los nuestros. Prepárate que comienza lo bueno. Si tienes miedo, tápate los oídos.
-       No entiendo. ¿Por qué iba a taparme los oídos? –no me dio tiempo a esperar una respuesta. La artillería, de la que me había olvidado por completo, había empezado a disparar.
Las piezas de artillería y los panzers habían abierto fuego sobre el pueblo. Las primeras casas comenzaban a caer y un árbol de la plaza saltó en pedazos. La bandera del ayuntamiento, ahora roída y hecha girones, volaba sin rumbo entre la tempestad de humo, piedra y escoria fundida de la metralla. Al cabo de unos minutos, el pueblo era sustituido por una gran nube negra y marrón. El bombardeo duró varias horas. Cada cierto tiempo notaba como cambiaba el sonido de los proyectiles. Supongo que los panzers y la artillería se alternaban para recargar munición. Era una mañana fría, a pesar que el sol ya hacía un buen rato que había salido, y el vaho de mi boca, con el que jugaba intentando hacer anillos, lo demostraba.
-       Eh, mira allí –dijo Gunter en voz baja.
-       ¿Dónde?
-       Allí, junto al árbol caído que cruza el río –llegué a ver un bulto, de espaldas, agazapado junto al árbol. Parecía coger algo del suelo.
-       ¿Es… una mujer?
-       Si –susurró Gunter, mirándola sin perderla de vista, mientras se acercaba con la MP40 preparada.
Yo iba detrás de Gunter, con mi máuser. Ni siquiera estaba cargada. Supongo que mis pasos de novato no debieron ser muy sigilosos porque la mujer se paró y levantó la cabeza, como si nos hubiera escuchado. Gunter y yo nos paramos al instante. Luego volvió a bajarla para seguir haciendo… bueno, lo que fuera que estuviera haciendo. Gunter esperó un par de segundo antes de volver a caminar de nuevo. Yo me miraba los pies para no pisar nada que hiciera ruido. Entonces la mujer salió corriendo en dirección opuesta al rio, hacia el interior del bosque. Me pilló tan de sorpresa, que solo puede gritar: “Alto o disparo”, e intentar abrir el cerrojo de mi fusil. Pero Gunter, más espabilado y con más experiencia que yo, ya había salido corriendo. Se tiró y la logró alcanzar por los tobillos. Efectivamente era una mujer, no muy joven, quizás de unos 30 años. No sabría decirlo. La mujer forcejeó con Gunter y le dio una patada en la cara. Este, que ya estaba medio incorporado le dio un puñetazo en el estómago. Yo había recuperado la compostura, cargado mi fusil y me estaba acercando. Veía a Gunter encima de la chica forcejeando con ella. En un primer momento no me di cuenta, pero según me acercaba, vi que la mujer tenía la falda casi levantada y Gunter los pantalones medio bajados. La mujer gritaba y Gunter le intentaba tapar la boca. Fue entonces cuando sacó su bayoneda y se la puso al cuello. La mujer entendió perfectamente lo que Gunter le estaba diciendo, aunque dudo que supiera ni una palabra de alemán. La chica giró la cabeza mientras Gunter la violaba. Yo no sabía qué hacer. Si detenerlo, irme o pedir ayuda. Ni siquiera sabía si aquello era realidad o no. Gunter hacía el mismo sonido que mis cerdos en la granja. Intenté no tomar partido y permanecer al margen, pero mis ojos me obligaban a girar la cabeza. La mujer estaba allí, tendida, con ese cerdo inmenso encima, llorando en silencio, mientras la bayoneta juzgaba sobre su cuello si indultarle la vida. Volví a aborrecer mi cobardía y decidí girarme y cerrar los ojos. Ahora todo era oscuridad. Sí, así mejor… pero seguía oyendo el movimiento de las hojas en el suelo, aplastadas por los cuerpos de Gunter y la pobre mujer y el asqueroso ruido que estaba haciendo mi compañero. Hasta el débil gemido de la chica golpeaba mi oído como un tambor. De fondo seguía la orquesta tocando macabra música de réquiem por un pueblo. Durante unos segundos recuperé el valor. Decidí hacer lo que era correcto. Coger mi máuser y metérselo por el culo a aquel cabrón de Gunter, para luego abrir fuego. Abrí los ojos y me di cuenta que había estado caminando. Estaba cerca del árbol donde había estado agachada la mujer. Miré a la base del árbol y entonces los vi. Allí, mirándome fijamente, había unos ojos redondos y claros. Ojos que ocupaban un lugar predominante sobre un rubicundo rostro redondo. Rostro que, con expresión de miedo, miraba la escena que tenía ante sus ojos: dos hombres malos haciendole daño a su madre. Los ojos me miraban a mí. No parpadeaban. No sé cuánto tiempo mantuvimos la mirada. Pero los segundos que fuesen, a mí me parecieron años. Con mayor decisión me volví hacía donde estaban Gunter y la madre del pequeño. Mi compañero estaba de pié, con su pantalón subido, y limpiando su bayoneta con un trozo de la falda de la mujer. Me acerqué muy despacio. Tenía miedo de ver a la mujer muerta, aunque en mi interior sabía perfectamente que Gunter no iba a dejarla andando libre. Cuando estuve a la altura de mi compañero le miré a la cara. No recuerdo muy bien que me dijo. La verdad, ni lo sé, ni me importa. Quizás esos sean los dos principales problemas de este mundo: ignorancia e indiferencia. Solo sé que apoyé mi máuser en su pecho y abrí fuego. Gunter dio un paso hacia atrás por el empuje de la detonación. Podía ver el orificio de salida a través del tremendo agujero que la bala había abierto en su pecho. Mi compañero se puso blanco, cayó de rodillas y luego de cara al suelo. Podía haber participado con él, o mirado a otro sitio, o simplemente, haber informado a mi superior, pero no, había matado a un soldado alemán. Mi futuro más probable pasaba por un consejo de guerra y un pelotón de ejecución. En un par de horas, me había transformado de muchacho a hombre, y de hombre a… fiambre. Porque eso era en lo que me convertiría en cuanto me encontrara otra patrulla, que no tardaría mucho. Volví a cargar mi máuser. Apoyé la mano izquierda en la boca del cañón y apreté el gatillo. Sentí un gran fuego en la palma de mi mano y cuando miré, volví a ver ese agujero, ahora en mitad de mi mano. Parte de ella había desaparecido. Intenté vendarla como pude. Miré hacia el muchacho, pero ya no estaba. Se había ido. Quería pedirle perdón por no haber hecho nada antes. Perdía mucha sangre y después de un rato, comencé a marearme. Entonces escuché a una patrulla y, en un esfuerzo inmenso, logré pedir ayuda. Quizás fuera por la falta de sangre, o porque el recuerdo aún no había calado en profundidad, pero esa fue la única noche que pude dormir completamente feliz.