miércoles, 25 de abril de 2012

EL PASILLO


Aquél largo pasillo de mi casa condicionó mi infancia.
Todo ocurría allí. Mis juegos en las interminables tardes
de lluvia, las frías mañanas de domingo leyendo tebeos,
la pelota que iba y venía rebotando en la pared del fondo.
Mi abuela, con la fuente de croquetas en las manos, hacía
equilibrios sorteando los indios y vaqueros en permanente
lucha, ¡José, a comer!.
Yo amaba aquél pasillo durante el día, iluminado por la luz
que se filtraba desde la ventana del patio, meciéndose en
las baldosas con las sombras de la ropa tendida.
Pero por la noche, el pasillo era la cámara de los horrores.
Como no me dejaban encender la luz, la turbia oscuridad
se convertía en monstruos despiadados que me perseguían
implacables desde el baño hasta mi cama, arañándome la
espalda con su gélido aliento. Pero nunca me alcanzaron.

Cuando muchos años más tarde tuve la oportunidad de
visitar de nuevo la casa de mi niñez, el pasillo se había
convertido en dos metros de parquet que conectaban la
cocina con el salón. Simplemente.
Y ya ni el suelo estaba frío.
Y ya no había monstruos.
(Chiiiist… ahora los tengo en mi armario).
  

1 comentario:

  1. Me ha gustado, Jose Luis. Es un relato realiista con toques mágicos de ficción. Ten cuidado con los monstruos! Que a veces se rebelan. Jajaja...

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