domingo, 15 de abril de 2012

El pistacho.


“Sobre el frío y duro suelo de mármol yace la cáscara de un pistacho. Vacío ataúd que aún guarda el calor de la mano que lo derrotó.”


El Sr. Eckermann era un hombre rudo, que se había formado a sí mismo desde su adolescencia, tiempo en el que comenzó a fumar, y cuyo hábito no dejó hasta hace poco y solamente por prescripción médica: “Si no lo dejas, no pasarás de seis meses”, le atemorizó el doctor.

Puesto que ya no podía acallar su nerviosismo con cigarrillos, lo ahogaba con pistachos. Bolsas que compraba a diario en el quiosco de la esquina de su oficina. Si antes se fumaba dos paquetes al día, ahora se los comía.

Incluso cuando estaba hablando, ya fuese por teléfono, o en persona, seguía comiendo pistachos. Los masticaba de manera compulsiva. Cogía un puñado de la bolsa de su primer cajón y los depositaba en un pequeño recipiente ancho de cristal. Luego, depositaba las cáscaras en el cenicero. Donde antes se acumulaban cantidades insanas de colillas, ahora lo hacían cáscaras de pistacho. Cuando estas empezaban a rodar hasta el suelo, cogía el recipiente y lo vaciaba en la papelera, y vuelta a empezar.

Cierto día estaba tan liado contestando al teléfono y llenando de saliva y restos de pistacho la pantalla de su ordenador, que no se dio cuenta que su corbata estaba llena de babas y sobras. Puesto que más tarde tenía una reunión, decidió ir al baño para limpiarse un poco.

Se levantó y cogió un puñado de pistachos para el camino de ida y vuelta al servicio. Al sobrepasar su escritorio pisó una cáscara de pistacho y cayó, con un sonido seco y grave, dando con su rechoncho cuerpo contra el suelo. Intentó moverse, pero se dio cuenta que no podía. Sencillamente su cuerpo no le respondía, ya fueran las piernas, las manos… o incluso la boca. Notó como el pistacho que se estaba comiendo comenzaba a resbalarse por su inerte garganta. Poco a poco, fue sintiendo el ahogo y la falta de respiración. Intentaba, sin resultado, escupir el mortal elemento, que seguía taponando la única vía que le unía a la vida. Sus ojos se hincharon de tanto esfuerzo. Inútil.

Al final, solo queda un cuerpo que yace en el suelo, frio como el mármol, con una cáscara de pistacho aplastada a sus pies.

8 comentarios:

  1. Bonita, amarga y verde muerte.
    Perdona, me voy a echar un cigarrillo...

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  2. Para que luego digan que la fruta es buena.

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  3. Está muy bien relatado, me ha gustado mucho y el juego del primer párrafo con el último. De arriba a abajo el tono del narrador es genuino.
    Da la casualidad, además, de que hace un par de días que cambié los cigarrillos por las pipas y a todas partes me acompaña una bolsa de éstas.

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    1. Gracias. Me pareceía que hubiera quedado como un flash-back repetir el inicio y el final, así que pensé en darle otra vuelta de tuerca.

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  4. Pues a mi me pasa lo mismo con las palomitas cuando voy al cine,que se me quedan pegadas en el foulard, como prueba del delito. jajaja...
    Bueno, JM, aquí no veo yo que haya nada para mejorar.

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    1. ¿JM? Me parece que te has equivocado de relato, ;).

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    2. No. Me he equivocado de autor. Lo siento Daniel, creí que el relato era de JM! Pero me ha encantado igualmente.

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  5. buen relato, me ha gustado mucho "vacio ataud" y el empezar y finalizar igual. y la trama y la descripción. original.

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