miércoles, 25 de abril de 2012

LA CASONA COLOR CIELO



La casa estaba pintada   de azul claro, ligeramente desteñida por la lluvia y el paso del tiempo. Siempre que a Noemí le invadía la nostalgia, subía arriba de la colina, al lado del bosque de castaños y desde allí  podía entrever el color reconfortante y la alta chimenea escupiendo un denso humo blanquecino. Seguía esas formas imprecisa y temblorosas como si fueran las siluetas amadas de los suyos hasta que se fundía con la vegetación lejana. Luego regresaba lentamente a casa preguntándose cuando podría por fin volver, aunque fuera de visita...

 Era una caserón humilde, de campesinos. La parra americana, con sus tonos ferrosos, se elevaba enroscándose en la pared de la entrada principal. Lo hacia  con ternura como si la estuviera envolviendo en un intenso abrazo de amante. Crecía muy deprisa y ahora casi había llegado a los postigos del los 3 dormitorios. En la planta alta estaba la gran cocina y la chimenea siempre encendida. Ese era el lugar donde realmente se vivía, era el único lugar caliente de la casa. Allí se cocinaba, se comía,  se rezaba, y raramente se hablaba. A la derecha un salón amplio con una larga mesa de nogal que solo se utilizaba en bodas y funerales. Diminutos dormitorios, encalados cada primavera; en las paredes  toscos crucifijos y ramitas de olivo. La sonrisa de la abuela desgranando habas y guisantes para la menestra de la cena. Plato único con pan negro recién horneado y un vino bermellón para los mayores, que dejaba un resabio agreste. Postigos de madera de pino que se quejaban al abrirlos. Cada noche el rosario en absoluto silencio y en una  penumbra reconfortante, solo las ascuas del hogar refulgentes como una deidad pagana.

En el corral una veintena de gallinas pardas, un gallo muy orgulloso y unos cuantos conejos ajenos a su  inexorable destino. La huerta  siempre con  nuevos brotes de vegetales atravesando tímidamente la tierra, húmeda, agradecida;  como queriendo mirar a las alturas.

 Una casa color cielo: el lugar de la infancia perdida.


3 comentarios:

  1. Me encantó la descripción que haces de la casa, puedo imaginarla con todos los sentidos."Allí se cocinaba, se comía, se rezaba y raramente se hablaba", como diría Alejandro, con una gran economía de medios has dicho todo.
    Gustavo.

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  2. Cuando se desgrana la mazorca, los viejos se van quedando solos y los dormitorios se reducen, los postigos languidecen y el silencio roto por las oraciones añora el fuego hogareño.
    Allí, Noemí, inquieta nieta, redescubre la naturaleza de la familia y su infancia, entre la huerta, gallinas pardas e inocentes conejos.

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    1. Un relato precioso en el que los recursos literarios están bien conseguidos. Personificación de la chimenea, de la Parra, comparaciones, metáforas... Me ha encantado, ya te lo he dicho y eso es lo que tengo yo que aprender, a usar los recursos. Gracias por publicarlo.

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