sábado, 7 de abril de 2012

Lídice

Este relato está basado en un hecho histórico real, salvo por algunas licencias que me he tomado para que sea más completo el relato. Los acontecimientos que se narran son duros, por lo que pido perdón de antemano, por si alguna persona se sintiera ofendida. Gracias.


A veces me despierto en mitad de la noche y sigo viendo sus ojos. Mi padre luchó en la Gran Guerra y sus pesadillas duraron años, pero las secuelas duraron hasta su muerte. A mí, las pesadillas me perseguirán hasta mi muerte, y las secuelas… las padecerá mi país durante mucho, mucho tiempo. A veces me despierto en mitad de la noche, porque veo de nuevo, mirándome fijamente, aquellos ojos llenos de miedo y espanto. Aquellos ojos, en ese maldito día.

Tenía 16 años cuando me alisté en el Cuerpo de Ingenieros. Como mi padre no le tenía mucho afecto al Führer, me dijo que solicitase entrar en la Wermatch y no en las S.S., como deseaba mi madre. Por aquel entonces la guerra era buena y no nos iba nada mal… aún. El día que unos rebeldes Checos asesinaron al Coronel de las S.S. Reinhard Heydrich, en Praga, yo estaba destacado con mi regimiento en una localidad de la alta Silesia llamada Auswitch. La noticia corrió como la pólvora por nuestro campamento y el enfado general, especialmente de los mandos de las S.S. fue monumental. Yo sabía que la muerte del Coronel Heydrich tendría una respuesta muy dura por el Führer. Esta no se hizo esperar. El 4 de junio movilizaron a mi regimiento cerca de Praga, a unos 30 km al sur. Allí me encontré con la 12ª Panzer y la 43ª y 22ª de artillería. La cosa pintaba mal. Por todos lados corría el rumor de un escarmiento histórico a los checos, y viendo toda aquella concentración de fuerzas, la verdad, no me extrañaba en absoluto. Se lo tenían merecido por el asesinato. El Coronel era una buena persona que castigaba a los rebeldes y saboteadores, mientras premiaba el trabajo y el esfuerzo. ¿Dé donde, sino, iban a tener estos checos la calidad de vida que les brindaba el Reich?

La mañana del 12 de junio nos levantamos con la orden de ponernos en camino hacia una población llamada Lídice. Recuerdo aquel día perfectamente. Me tocó patrullar la zona. Mi única misión consistiría en recorrer una parte del bosque para evitar que escapara nadie al cerco. Ojalá hubiera sido tan sencillo. Comencé a caminar por la zona que nos habían asignado. Ese día mí compañero se llamaba Gunter, un veterano de 34 años que había servido ya en Polonia y Argel, y que había obtenido un traslado más cerca de casa. Después de un rato, hicimos un alto para fumarnos un pitillo y entrar en calor. Era un claro en la alta arboleda de viejos abetos, desde donde se podía ver la plaza del pueblo, la calle principal, el puente, y al fondo, el prado que daba a los pies de una alta y empinada colina.

A las 8:00 entraron en el pueblo los camiones que transportaban a las tropas de asalto. Tomaron la plaza del pueblo y empezaron a llamar por megafonía a los habitantes hasta reunirlos a casi todos en la plaza. Los dividieron en hombre, mujeres y niños. Luego se los llevaron en los mismos camiones. Las tropas que se quedaron en el pueblo, empezaron a registrar casa por casa, buscando rezagados y personas que se hubieran ocultado. Fue entonces cuando comencé a oír los primeros disparos. Los estaban matando directamente en sus casas. Gunter me llamó la atención sobre un adulto que escapaba por un balcón. Con la caída parecía que se había hecho daño, porque le veía cogerse el tobillo. Un soldado se asomó y le disparó con su Mauser. No habría más de 15 metros, así que era difícil fallar. El hombre cayó desplomado. Tras los primeros disparos, empezaron a salir personas en dirección a la plaza. Gritaban algo, pero no les entendía. Además, no sabía checo, así que me daba igual. No importaba la edad o el sexo. Los S.S. les ametrallaban y luego un oficial, se aseguraba con un tiro en la cabeza. Se iba a necesitar mucha munición para tanta gente. Entonces me acordé de las personas que habían cargado en los camiones. Busqué con la mirada a través de los árboles y claros que las casas me dejaban ver. Gunter me hizo una señal y me señaló el claro al pié de la colina. Algunos camiones ya habían llegado y los habitantes empezaban a bajar. Un oficial parecía indicarles que se fueran al centro, pero no parecía tener mucho éxito. De repente sacó una pistola y les disparó a dos personas que había cerca de él. No sabría decir quiénes eran. Al instante, el resto del grupo empezó a chillar y caminar hacia el centro del prado. Se alejaron un poco. El oficial volvió a gritar y los dos camiones con el distintivo de las S.S. abrieron su portón trasero, dejando ver la mortal sorpresa. En cada uno, había colocadas dos ametralladoras MG-42 con un par de soldados cada una. Las “segadoras”, como las llamábamos, comenzaron a taladrar la quietud del prado. Los habitantes retrocedían ligeramente por el impacto para caer desplomados. Los más cercanos a una pequeña arboleda intentaron escapar, pero no les sirvió de nada. Las MG-42 ya habían dado cuenta del grupo principal y ahora barrían el perímetro, alcanzando a los últimos supervivientes. Todo fue bastante rápido. No creo que durara ni un par de minutos. El oficial al mando esperó unos momentos, ordenó algo y los camiones volvieron a cerrar su portón trasero. Se fueron. En ese instante me di cuenta que nunca tuvieron sus motores apagados. Supongo que el rugido de los diesel amortiguaría el sonido de las ametralladoras. Me quedé mirando al oficial rematar en el suelo a los muertos. Era como si estuviera viendo una obra en el teatro de la ciudad. Como si yo no fuera parte de aquello. Poco a poco fui tomando conciencia de lo que había visto y, por primero vez en la vida, sentí ganas de quitarme el uniforme que tan orgullosamente les había enseñado a mis padres el año pasado. Ahora entiendo porqué mi padre no quería verme mezclado con las S.S.

Miré a Gunter. Quizás él sentía lo mismo que yo. Ya había terminado su cigarrillo y se frotaba las manos al tiempo que les echaba el aliento para calentarlas. Ni un asomo de vergüenza o remordimiento. Indiferencia. Me miré la mano derecha. Mi cigarrillo se había consumido completamente entre mis dedos, provocándome una ligera quemadura.
-       Eso no te servirá ante un tribunal médico, niño. Si vas a hacerlo, hazlo bien. Pégate un tiro en la mano.
-       ¿Qué? –pregunté atónito. Mi mente seguía en otra época de mi vida.
-       Que esa quemadura no te servirá para irte a casita con papá y mamá.
-       No pretendo volver a casa
-       Mejor entonces –dijo mientras seguía soplando en el hueco de sus manos-. No hay nada como la seguridad de un buen camarada. Ya se retiran los nuestros. Prepárate que comienza lo bueno. Si tienes miedo, tápate los oídos.
-       No entiendo. ¿Por qué iba a taparme los oídos? –no me dio tiempo a esperar una respuesta. La artillería, de la que me había olvidado por completo, había empezado a disparar.
Las piezas de artillería y los panzers habían abierto fuego sobre el pueblo. Las primeras casas comenzaban a caer y un árbol de la plaza saltó en pedazos. La bandera del ayuntamiento, ahora roída y hecha girones, volaba sin rumbo entre la tempestad de humo, piedra y escoria fundida de la metralla. Al cabo de unos minutos, el pueblo era sustituido por una gran nube negra y marrón. El bombardeo duró varias horas. Cada cierto tiempo notaba como cambiaba el sonido de los proyectiles. Supongo que los panzers y la artillería se alternaban para recargar munición. Era una mañana fría, a pesar que el sol ya hacía un buen rato que había salido, y el vaho de mi boca, con el que jugaba intentando hacer anillos, lo demostraba.
-       Eh, mira allí –dijo Gunter en voz baja.
-       ¿Dónde?
-       Allí, junto al árbol caído que cruza el río –llegué a ver un bulto, de espaldas, agazapado junto al árbol. Parecía coger algo del suelo.
-       ¿Es… una mujer?
-       Si –susurró Gunter, mirándola sin perderla de vista, mientras se acercaba con la MP40 preparada.
Yo iba detrás de Gunter, con mi máuser. Ni siquiera estaba cargada. Supongo que mis pasos de novato no debieron ser muy sigilosos porque la mujer se paró y levantó la cabeza, como si nos hubiera escuchado. Gunter y yo nos paramos al instante. Luego volvió a bajarla para seguir haciendo… bueno, lo que fuera que estuviera haciendo. Gunter esperó un par de segundo antes de volver a caminar de nuevo. Yo me miraba los pies para no pisar nada que hiciera ruido. Entonces la mujer salió corriendo en dirección opuesta al rio, hacia el interior del bosque. Me pilló tan de sorpresa, que solo puede gritar: “Alto o disparo”, e intentar abrir el cerrojo de mi fusil. Pero Gunter, más espabilado y con más experiencia que yo, ya había salido corriendo. Se tiró y la logró alcanzar por los tobillos. Efectivamente era una mujer, no muy joven, quizás de unos 30 años. No sabría decirlo. La mujer forcejeó con Gunter y le dio una patada en la cara. Este, que ya estaba medio incorporado le dio un puñetazo en el estómago. Yo había recuperado la compostura, cargado mi fusil y me estaba acercando. Veía a Gunter encima de la chica forcejeando con ella. En un primer momento no me di cuenta, pero según me acercaba, vi que la mujer tenía la falda casi levantada y Gunter los pantalones medio bajados. La mujer gritaba y Gunter le intentaba tapar la boca. Fue entonces cuando sacó su bayoneda y se la puso al cuello. La mujer entendió perfectamente lo que Gunter le estaba diciendo, aunque dudo que supiera ni una palabra de alemán. La chica giró la cabeza mientras Gunter la violaba. Yo no sabía qué hacer. Si detenerlo, irme o pedir ayuda. Ni siquiera sabía si aquello era realidad o no. Gunter hacía el mismo sonido que mis cerdos en la granja. Intenté no tomar partido y permanecer al margen, pero mis ojos me obligaban a girar la cabeza. La mujer estaba allí, tendida, con ese cerdo inmenso encima, llorando en silencio, mientras la bayoneta juzgaba sobre su cuello si indultarle la vida. Volví a aborrecer mi cobardía y decidí girarme y cerrar los ojos. Ahora todo era oscuridad. Sí, así mejor… pero seguía oyendo el movimiento de las hojas en el suelo, aplastadas por los cuerpos de Gunter y la pobre mujer y el asqueroso ruido que estaba haciendo mi compañero. Hasta el débil gemido de la chica golpeaba mi oído como un tambor. De fondo seguía la orquesta tocando macabra música de réquiem por un pueblo. Durante unos segundos recuperé el valor. Decidí hacer lo que era correcto. Coger mi máuser y metérselo por el culo a aquel cabrón de Gunter, para luego abrir fuego. Abrí los ojos y me di cuenta que había estado caminando. Estaba cerca del árbol donde había estado agachada la mujer. Miré a la base del árbol y entonces los vi. Allí, mirándome fijamente, había unos ojos redondos y claros. Ojos que ocupaban un lugar predominante sobre un rubicundo rostro redondo. Rostro que, con expresión de miedo, miraba la escena que tenía ante sus ojos: dos hombres malos haciendole daño a su madre. Los ojos me miraban a mí. No parpadeaban. No sé cuánto tiempo mantuvimos la mirada. Pero los segundos que fuesen, a mí me parecieron años. Con mayor decisión me volví hacía donde estaban Gunter y la madre del pequeño. Mi compañero estaba de pié, con su pantalón subido, y limpiando su bayoneta con un trozo de la falda de la mujer. Me acerqué muy despacio. Tenía miedo de ver a la mujer muerta, aunque en mi interior sabía perfectamente que Gunter no iba a dejarla andando libre. Cuando estuve a la altura de mi compañero le miré a la cara. No recuerdo muy bien que me dijo. La verdad, ni lo sé, ni me importa. Quizás esos sean los dos principales problemas de este mundo: ignorancia e indiferencia. Solo sé que apoyé mi máuser en su pecho y abrí fuego. Gunter dio un paso hacia atrás por el empuje de la detonación. Podía ver el orificio de salida a través del tremendo agujero que la bala había abierto en su pecho. Mi compañero se puso blanco, cayó de rodillas y luego de cara al suelo. Podía haber participado con él, o mirado a otro sitio, o simplemente, haber informado a mi superior, pero no, había matado a un soldado alemán. Mi futuro más probable pasaba por un consejo de guerra y un pelotón de ejecución. En un par de horas, me había transformado de muchacho a hombre, y de hombre a… fiambre. Porque eso era en lo que me convertiría en cuanto me encontrara otra patrulla, que no tardaría mucho. Volví a cargar mi máuser. Apoyé la mano izquierda en la boca del cañón y apreté el gatillo. Sentí un gran fuego en la palma de mi mano y cuando miré, volví a ver ese agujero, ahora en mitad de mi mano. Parte de ella había desaparecido. Intenté vendarla como pude. Miré hacia el muchacho, pero ya no estaba. Se había ido. Quería pedirle perdón por no haber hecho nada antes. Perdía mucha sangre y después de un rato, comencé a marearme. Entonces escuché a una patrulla y, en un esfuerzo inmenso, logré pedir ayuda. Quizás fuera por la falta de sangre, o porque el recuerdo aún no había calado en profundidad, pero esa fue la única noche que pude dormir completamente feliz.

7 comentarios:

  1. Una auténtica masacre,
    elocuente testimonio
    de una lacra y sus demonios.

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  2. Un realismo impresionante. Me has hecho vivir de nuevo ésa vergüenza que tantas veces hemos sentido de ser humanos, porque de una manera u otra, todos somos responsables de lo que pasa en éste planeta. Unos directamente y otros por no hacer nada. Y no tienes que pedir perdón, deberíamos enfrentarnos muchas veces más a éstos hechos.
    Ah, y muy bien escrito.

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  3. Gracias a los dos por el tiempo de lectura. Mejor no dejarse nada en el olvido.

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  4. Hemos leido muchas historias de este tipo, pero con tu relato me has sabido trasmitir ese miedo, verguenza y terror que produce una guerra.


    (lo único que me ha chocado algo .... si me atrevo a decirtelo es esta frase:
    el vaho de mi boca, con el que jugaba intentando hacer anillos, lo demostraba...). No se si querría estar jugando a hacer anillos con la que había montada...no sé me ha chocado algo... y eso que soy KiKa la escritora novata..)

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  5. Estás pensando como Kika, je, je. Hazlo como un muchacho alemán de 18 años que idealiza al Führer y al Reicht, y verás como cambia tu idea. El chaval sencillamente veía la situación como una obra de teatro de su pueblo. Estaba allí, sí, pero no iba con él.

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  6. Ya te he comentado este relato en otra web, me parece muy realista, muy bueno! lo has trabajado mucho....saludos, JM

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