lunes, 16 de abril de 2012

Por qué salen moscas cuando abres la boca.


Estoy sentado en el balcón con mis gafas de sol nuevas, relucientes. He querido preguntarme por qué me gusta hacer esto, dejar que el sol bañe mi figura, sentir el aire de la ciudad. He deseado fervientemente averiguarlo. Pero no lo he hecho, porque a veces la verdad resulta apabullante. En realidad creo que no me gusta sentarme en el balcón de mi casa, lo confieso, pero no ante nadie especialmente, ninguna persona necesita saberlo, y no se trata de un secreto, es difícil guardar un secreto hasta la muerte, qué sentido tendría, muchas veces resulta placentero desvelarse ante una persona, se experimenta cierto regusto en el interior de la médula, pero sí es cierto que provoca un alivio más intenso revelarse ante la verdad, y ante ella me confieso.
Quizás lo haga sólo por costumbre, o por esa regla de la genealogía que hace que uno actúe según las hábitos de otros. Correr la cristalera, dar el primer paso. Todo comienza cuando tomas conciencia de cada movimiento, te preguntas cuánto tiempo hace que adoptaste esa rutina. Ni siquiera me dedico a observar las calles, tampoco las paredes de ladrillo que se alzan ante mí. Me coloco las gafas, cierro los ojos y sólo me siento estar ahí aunque bien pudiera hallarme en cualquier otra parte, pese a que mi cuerpo, todo lo que el tiempo ha hecho de él, se encuentre aquí, en éste mismo balcón del piso que perteneció a mis padres, y antes que a ellos: a mis abuelos.
Casi siempre me quedo dormido. Es un sueño profundo, como los conductos ocultos que carcomen el subsuelo de esta ciudad, de pronto me despierto, salgo a la superficie y percibo el cielo, amoratado por la boina de polución. Cuando uno está sólo a veces no tiene más remedio que elevar la mirada al infinito por si todo hubiera podido ser de otra manera.
Esta ciudad es bella, elegante. A veces, al recorrer sus calles, uno experimenta esa sensación de juventud que se desvanece al pasar frente a una escuela o la propia universidad. Uno siente que se hace mayor, pero que sin embargo, la ciudad va creciendo con él, que los años no pasan inútilmente como podría hacerlo el sonido de los cláxones allá en las grandes avenidas.
¿Por qué continúo haciéndolo, por qué permanezco atado a esta sordidez inacabable? Por la mañana he regresado a casa con el periódico y la barra de pan bajo el brazo y cuando he ido a abrir la puerta de la calle para entrar se me ha ocurrido pensar por un instante si no sería capaz esta vez, por algún casual, de adivinar que saldría al balcón antes de que tal acción fuera ya irremediable. Difícilmente me creí capaz de hacerlo y, no obstante, he de admitir que no he sentido remordimiento alguno por mi parte. Todo está donde tiene que estar, incluso he llegado a pensar que a estas alturas de mi vida, muy probablemente, cualquier quebranto en la rutina a la que me someto como si de un tratamiento para curarme en salud se tratase, podría resultar subversivo.
No. No es éste el problema. Uno llega ya a una edad en la que no le estorban los días monótonos; enciende la televisión, se traga cierto programa sobre trucos de magia, sobre un joven que produce sombras chinas, una pareja que realiza grandes ilusiones y escenas de escapismo o un experto en ventriloquia seduciendo a su público con marionetas estúpidas. Es lo mismo. Saber disfrutar de las cosas pequeñas de la vida, como por ejemplo, salir a tomar el sol al balcón, ir a misa de una... Uno ni siquiera se pregunta si disfruta por hacerlas o si haciéndolas, simplemente es feliz.
Pero los días suceden a los días y luego a más y más días, y los meses a los meses también, hasta puede que pasen unos pocos años. Y como a mi difunta esposa allá en el cielo, también llegará el momento en que, al contrario que ahora, uno no tenga más remedio que inclinar la mirada abajo por si algo en este mundo que vivimos hubiera cambiado sin que se haya dado cuenta.
Llegado a este punto, podría reparar en que un balcón no es mal lugar para vivir. Al fin y al cabo, uno puede elegir mirar hacia arriba o mirar hacia abajo o, simplemente, no mirar (quedarse dormido).

1 comentario:

  1. Interesantes pensamientos! Lo tendré en cuenta cuando salga a mi terraza. jjajajj...

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