viernes, 1 de junio de 2012

LA SOLEDAD DE UN SILLÓN





           El día en que sonó el teléfono a altas horas de la madrugada no se asustó. De hecho, hacía meses que esperaba aquella llamada y por esa misma razón era incapaz de conciliar el sueño. Antes de acostarse, realizaba una serie de rutinas de las que nadie en la familia se había percatado . Una pequeña vuelta a la manzana para comprobar que, en el silencio de la noche, las baldosas de la acera seguían levantadas por las raíces de los árboles y crujían suavemente, que con la llegada del calor las cucarachas habían salido de sus escondrijos, que los vigilantes del centro comercial cumplían con su inspección rutinaria, que los jóvenes del skateboard habían vuelto a sus casas dejando las huellas negras de sus derrapes, que el descapotable azul de su vecino seguía aparcado en el mismo lugar de siempre. Unas palabras de buenas noches al conserje. Unas vueltas de llave a la cerradura. Un último vistazo a las habitaciones de los niños. Unos minutos para limpiar y tonificar esa piel que iba perdiendo su tersura. Y aquí es donde llegaba su momento cinematográfico, cuando la cámara entraría en la intimidad de su cuarto de baño enfocándola de espaldas y se acercaría lentamente hasta encuadrar su rostro reflejado en el espejo y ocupar la pantalla completa en un primer plano. 


      No le sorprendió. Eso era verdad. Sin embargo, el temido presentimiento que no había querido compartir con nadie por miedo a que se hiciera realidad, era ya una certeza. Y, mientras bajaba la escalera apresuradamente, un único recuerdo le vino a la mente. El recuerdo de aquella madre que se presentó sin cita a la puerta de su consulta con un aspecto derrotado. La hizo pasar y le ofreció una taza de té que por supuesto rechazo.  Se sentó lentamente en la silla mas incomoda de la habitación, como si fuera una anciana llena de dolores. Respiraba hondo, como si hubiera estado corriendo. La dejó hablar sin intervenir porque en ese momento lo único que ella necesitaba era un lugar donde soltar sus palabras. 


       Ahora, habían pasado ya seis meses desde el día en que sonó el teléfono para comunicarle la fatídica noticia de la muerte de su paciente y aun no había elaborado el duelo. Un sillón vacío, un marco sin foto y una pluma sin tinta era todo lo que quedaba. 

2 comentarios:

  1. ¿Sillón o banquillo?
    ¿Negligencia culposa?
    ¿Costosa indemnización?
    Un espejo sin rostro y un marco sin foto.
    Un incómodo sillón y una pluma muda.
    La tortura de un teléfono y una escalera depresiva.

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  2. Aunque te he comentado y corregido este relato con anterioridad, te digo otra vez que me gusta mucho, que cada vez haces mejores relatos, que no dejes de escribir, que además escribas poesía, que eres mucho mejor de lo que tu dices, y que eres una poeta(isa).

    Besos , José María

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