miércoles, 6 de junio de 2012

Una lágrima cayó en el café.

Solo y sentado en una mesa de un bar cualquiera, un hombre repasaba su cerebro en busca de información sobre los pasos que había dado en su caminar por el tiempo regalado. Recordó cuando era poderoso, cuando tenía la capacidad de decidir despedir a empleados argumentando motivos que no eran verdad. Recordó cuando pudo cambiar las normas para hacer a los ricos más ricos, las excusas que inventaba cuando era preguntado por soluciones para que la gente pudiera vivir, aunque fuese en modo subsistencia. Recordó cómo ofreció a muchos empleados trabajar sin darlos de alta en la Seguridad Social, y los pactos en caso de accidente laboral, cualquier percance había sido jugando al tenis o haciendo carrera maratoniana. Recordó su crueldad fría, su insolidaridad ante la necesidad de mucha gente a la que le quitó lo poco que tenía y los dejóa merced de instituciones que con las leyes que él había aprobado en la mano, cometieron barbaries sin el menor cargo de conciencia. Él y unos cuantos como él, mejor dicho, muchos como él, habían ido amasando medios de vida que si lo pensaban fríamente, no serían capaces de consumir. Y finalmente, se había quedado solo con sus riquezas. Los otros también aunque algunos habían pagado la factura definitiva y final hacía tiempo, otros aguardaban para pagarla, pero ellos no lo sabían. Suele suceder que la soberbia y el convencimiento de ser superiores, son atributos de los poderosos materialmente hablando. Y él no era una excepción. Él también se había considerado superior a la especie humana y exento de lo que pertenecer a esta especie subnormal conlleva. Pensaba si todo lo que había hecho merecía la pena, si mentir tanto había dado algún sentido a su tiempo, si apostar por lo material en vez de por la vida había sido un error. Pensaba, pero no encontraba ninguna respuesta. La voz seguía repitiéndose en su cabeza, con las mismas palabras que no podía olvidar. Y cada palabra recordada era una lágrima más en su café. De repente, todo había dejado de tener importancia y aunque pensaba en su vida y en sus acciones, era por las circustancias del momento presente. A fin de cuentas, nada podía ser cambiado.

Ahora estaba solo. Otra lágrima cayó en el café que no pensaba pagar. En su mano derecha llevaba un sobre que contenía su fecha de caducidad. El médico del hospital estaba totalmente convencido de sus palabras.

6 comentarios:

  1. Verticalidad sin horizonte,
    una lágrima caída,
    una sentencia seca.

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    1. Concuerdo en la setencia seca, una sentencia que nos llega a todos y que, contrariendo la visión optimista, yo lo veo como el final de los males y la justicia más directa que hay. No importa lo que hagas, al final, todo acaba algún día.

      Gracias Hugo, intentando volver de alguna manera...

      Por cierto, sé que he roto la cadena de letras al mar. Y tengo la poca vergüenza de decir que era consciente de ello. Pero ya había trabajos muy buenos y he abogado por la variedad.

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    2. Juanjito, muy bonito el relato, como ese personaje habrá ahora muchos sufriendo..
      Es verdad que nos has roto la serie sobre el mar, pero como administrador del blog yo te perdono, por ser Juanjo.

      Y ahora escríbenos algo del mar.

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  2. Me ha encantado, Juanjo. La verdad es que al final, y con suerte, solo nos llevaremos nuestros recuerdos. El resto se queda aquí. Saludos.

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    1. Gracias Daniel. Lo que has dicho es algo que sirve como una advertencia de saber aprovechar el tiempo. Sin embargo, yo creo que no nos llevamos ni eso, pues una vez dicho adiós, no queda nada y nada importa. Eso sí, durante el tiempo que tenemos los ojos abiertos, seria mejor dedicarse a vivir en paz. Pero a día de hoy, es una utopía.

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