lunes, 30 de julio de 2012

EL LUGAR DONDE TODOS LOS AZULES


Una ciudad que flota en el océano
Un océano de gente en sus calles
Unas calles que se abren a la claridad
Una claridad que se convierte en todos los azules
Todos los azules inventados
Todos los azules soñados
Todos los azules por crear

Y por imaginar,
Mientras escuchas las fuentes calladas
Perdida en tu laberinto de luz,
De los niños las miradas, de las mujeres el mirar
Marejada del vayven del mar, 
Desbordada de azul.
Plazas en sombra azulada
Olor a café y a sal
Tiendas de todo y de nada
Torbellino de pisadas, sin final.
No hay nada definitivo aquí
Que se acabe del todo,
Todo parece sin terminar,
Sin embargo todo es azul, y las calles mueren en el Mar
Sin querer morir, sin acabar.

Ciudad de azul
Plazas al Mar
Caras de gente
Caleta sin Sur,
Señoras sin edad
Velas al viento
Azul de horizonte
Azul te siento.

Colores tumbados al sol
Salitre para abrazar
Marejada a las dos
Azul, ciudad, soñar.

Veleros por la Calle Ancha
Oleaje de azules por San Agustín
Y en la Casa de las Cuatro Torres
Una marea alta, azul, sin fin.

Corrientes por levante
Brisa fresca pintada, de azul
Playa abierta, ciudad flotante
Niñas guapas, de cara azul, Cádiz, tú.

El sueño final de la Socorrito (parte IV)


La Socorrito, los doscientos gitanitos y los más de mil miembros de la secta sartorialista subían por la carretera de Ojén. Llevaban antorchas encendidas para iluminar su marcha y cantaban que se había acabado el desmadre y el pitorreo, que visto que las palabras no servían, habría de servir medidas más severas, tan severas como las que los poderosos querían imponer sin el permiso de nadie. Los niños de los gitanitos se habían aprendido la letra rápidamente y se habían unido a los sectarios en su canto. El papa Manolo que solo había nacido en su silla y de ahí no se había levantado, estaba tan rojo que brillaba más que las antorchas. Pronto llegaron a un terreno lleno de malezas donde había una gasolinera abandonada.
La Socorrito gritó un canto y se abrió una puerta de luz roja dentro de la gasolinera.
–Juanito, te chate de novia al demonio.
–Jay mi primo. Y yo que pensaba que más mieo que la soleta no me daba na…
Los miembros de Alba-Rizas clan fueron los últimos en entrar y porque la Socorrito los embrujó para obligarlos. De lo contrario, se hubieran tumbado en el suelo y echado a rodar hacia abajo para llegar antes que corriendo. 
A lo lejos se veía una especie de búnker de color plateado y un montón de brillitos pequeños. Nadie sabía qué eran. Excepto la Socorrito.
–Oídme todos —dijo—. Ahí adentro están todos los que tienen el poder para joder a la gente. Solo piensan en llenarse los bolsillos y en poner las cosas difíciles a todo el mundo. Esta el presidente, el que va a hacer el puerto y os va a echar de Hilltanic Town, los directores de las empresas de luz, de agua y las petroleras, los que dicen ahora sube la bolsa y ahora baja porque les da la gana y miembros de todos los bancos del país. Ahí adentro hay cincuenta personas que se van a hacer muy ricas a costa de matar de hambre a la mayoría de nosotros. Pero no lo van a conseguir. Nos matarán de hambre, pero ellos no van a disfrutar de ello. Les demostraremos que somos todos iguales…
Incluso los miembros de la secta sartorialista, que estaban acostumbrados a ver a la Socorrito durante sus sesiones de reverencias a las latas de atún, sintieron escalofríos en la piel. Fueron los niños de los gitanitos los que levantaron las herramientas que tanta alergia producía a sus padres y gritaron entusiasmados, como si fueran a una fiesta de cumpleaños con castillos hinchables y golosinas infinitas.
–Hay quinientos policías. Yo me encargo de ellos. Es posible que algunos de ellos se unan a nuestra causa. Ahora vamos a entrar ahí dentro y que no quede ni el recuerdo de los que están en el interior. Se ha intentado muchas veces dialogar, y gente como esa, protegidas por la altura de sus bastiones, se reían de las protestas. Salían en los medios diciendo que no les temblaría el pulso a la hora de joder la vida a las personas. Y ahora, a los que no nos va a temblar el pulso es a nosotros. Y a ellos le van a temblar hasta la última célula de los intestinos. Son unos cobardes. Vamos a salvar Hilltanic Town, vamos a salvar a muchas personas y vamos ahorrar muchos sueldos que dicen que tienen que ahorrar. ¡A por ellos!

viernes, 27 de julio de 2012

Aunque duela


Hoy se dice que todas sois iguales,
que compartir la vida es doloroso,
que el desencanto se hace poderoso,
y que sois las raíces de los males,

que me duela, mas quiero tus cristales,
que hagan sangrar mi mundo luminoso,
que siendo gris, tornaste tan hermoso,
como un fondo de mar entre corales.

Y si duele, más duele si no intento
que entiendas que tu sitio está a mi lado
aunque me soplen vientos de tormento.

Y aunque duela seguir enamorado,
quiero seguir sintiendo lo que siento
porque eres lo mejor que me ha pasado.

miércoles, 25 de julio de 2012

El sueño final de la Socorrito (parte III)



Las gafas del gato se tornaron rojas, como el fuego. Como la sangre.
 Rafaelito Sartorio miraba el mundo desde su nube y la Socorrito se dirigía hacia Hilltanic Town con el proyector que emitiría el vídeo que había grabado para alentar a la población gitana a defender lo que consideraban de ellos.
–Se acerca, Rafael —dijo el gato.
–Lo sé. Hago lo que debo hacer.
–Lo sé. ¿Habrá mucho dolor?
–¿Más del que han provocado ya? No lo creo. El ser humano tiene el don de joder todo lo que toca. Pero hay límites que ni siquiera los humanos más estúpidos serían capaces de traspasar.
–¿Qué es lo que ha pasado, Rafael?
–Que esta hornada de humanos son más que estúpidos. Esto no se ha visto nunca.

La Socorrito llegó sola a Hilltanic Town. El cojo que no era cojo y que daba los avisos si llegaba la policía se quedó paralizado ante la presencia de la Socorrito. Se quedó quieto, sin moverse, en contra de su voluntad. Quería intentar suicidarse para recuperar la cordura, pero el influjo de la Socorrito no le permitía mover un músculo. La mujer llegó donde un grupo de hombres, mujeres y niños esperaba con soletas, martillos, picos y palas, todas nuevas y sin estrenar en las manos. En el suelo había varias antorchas puestas en orden sobre una manta roja.
–Jay la paya. Ha venío sola. Y mira que llevamo sujetando la herramienta para que no no afecte, y la alergia no eche pa trá. ¿Unde está el dio de lus payo?
Una mirada de la Socorrito retorció la lengua de Juan Rodrigo, y, aún sabiendo que es el alma de la fiesta, el gitano se quedó callado un rato. El papa Manolo se adelantó.
–Agladecemos vuestla ayuda. Juan Lodligo no dijo que tlaeliais un plan.
La Socorrito puso el proyector en el suelo y de él salió un holograma que mostraba el vientre inmenso de algo que parecía una persona. La imagen mostraba una sotana abultada de color roja y un cinturón violeta. Una voz empezó a sonar sin que ninguno de los que había allí viera la boca que las pronunciaba.
–Os saludo. Alba-Rizas clan.  Mandasteis a un hermano vuestro a pedir ayuda y yo os la concedo. Varios de nuestros hermanos están ya protestando por el pisotón que dan los que se creen poderosos y yo os voy a decir lo que vais a hacer para que no os derrumben vuestras cosas, hagan el Carrefour más grande del universo, el puerto con más barcos de la costa y casas para que los paparazzi se bañen en la playa mientras a vosotros os quitan las vuestras. Ahora mismo, toda esa gente se dirige a un lugar escondido para hablar de cómo os van a echar de vuestro hogar. También hay gente con empresas y entre todos van a compincharse para que la luz, el agua, el aire sea más caro. También quieren que paguemos por ir a trabajar, en vez de que paguen por nuestro trabajo. Pero claro, eso a vosotros os da igual. Sois todos autónomos. Esta noche se va a establecer un plan que va a cambiar el mundo. Un mundo que quedará solo para los poderosos. Pero vosotros vais a evitarlo…
–Jay los payos —Juan Rodrigo gritó y la Socorrito lo miró sorprendida—. Ahora van a traé a los rarapachis a nuestras casas. Jaaaaaaaay. No señó, ni hablá. Y me van a hacé pagá por la chatarra que le robo a lus payos…
–Que no, Juan Rodrigo, que los putarachis no se meten en tu casa ni quemados, te lu digo yo, que son mu delicados —repuso Falito Cortés.
El papa Manolo puso orden y reunió a su gente en torno a una hoguera que hicieron inmediatamente. La Socorrito fue invitada a unirse pero ella lo rechazó, lo que provocó un suspiro de alivio unísono por parte de todos los que allí había.
–Aquí semos doscientos gitanitos. Cien de la vilgen y cien del señol. Y nos unilemos a lus payos pala defendel nuestlo hogal. Horacio, Falito, Juanito, vosotlos seléis los cabezas de selie y guialéis a todos contra lus payos que nus quielen echal de aquí.  Juanito dile a tu novia que nos diga el plan. Polque tú, con tus tontelías, ha intelumpio a dio de lus payos.
La Socorrito dio un paso hacia el frente. Eructó, giró la cabeza trescientos sesenta grados y miró, con una mezcla de lástima y de perversión a aquellas almas perdidas. Luego habló:
–Los poderosos tienen miedo. Van a reunirse en un lugar que ellos creen que es seguro con quinientos policías. Aquí hay doscientos gitanitos de la virgen y del Señor. Más de mil personas de la secta sartorialista van a luchar a vuestro lado. Son solo un grupo de cincuenta personas. No podrán escapar.
–¿Y los quinientos madelos? —Preguntó el papa Manolo.
–De esos, me encargo yo —dijo la Socorrito con una sonrisa diabólica en su rostro que acojonó hasta a las plantas de maría de Hilltanic Town y apagó las farolas llenas de empalmes, dejando como fuente de luz la hoguera que acababan de encender —. Van a subir la luz. Hay que ahorrar.

 
Continuará…

martes, 24 de julio de 2012

MASTICANDO PENSAMIENTOS


   
La terraza de Capriccio estaba esa noche más tranquila incluso de lo que había imaginado, a pesar de la fama de sus masas de pizza la gente no estaba por la labor, hay una competencia fiera entre las pizzerías de la ciudad, ofreciendo hasta tres por el precio de una a las familias en el Oro di Catania. Nicolás mintió ahí fácilmente al decir que su mujer y “su hijo” estaban al caer y que las fueran sirviendo, pidió tres calzoni al forno con extra de alcachofas y jamón ahumado que deglutió con un placer especial, lamiéndose a cada rato el bigote salpicado de queso parmesano fundido. Las alcachofas tendrían un efecto retardado muy calculado por Nicolás, y soltarían sus gases letales en unas tres horas, justo cuando la Felisa estaría cogiendo el sueño.

En la terraza de Capriccio había solo tres mesas ocupadas, unos monjas de Logroño en misión suicida, participantes en el Tour Cristianizante 2012 por la Costa del Sol  y Ceuta que pidieron un jarra de agua del grifo y un plato de espaguetti a la putanesca para compartir, dos rusas despampanantes con minifaldas de Dolce y Gabanna y el BMW descapotable en segunda fila, y en la tercera mesa un señor muy serio con gafas de pasta y absorto en las rusas, que cenó gratis amenazando con una reclamación porque la terraza no estaba protegida contra la humedad nocturna con el reglamentario toldo de teflón de 3 milímetros.

Nicolás cantó un O Sole Mío que aceleró las glándulas salivares de las monjitas suicidas, y ocupó discretamente su mesa en la oscuridad. Un chasquido de dos dedos y un gesto muy ensayado con la mano y la boca fue suficiente para hacer ver al encargado que el Gran Nicolás no canta sin antes tragarse una pizza de masa doble con abundante mozzarella. Ese era el pacto, canto de escuela y guitarra fina a cambio de una pizza margarita con tres ingredientes a elegir, y un refresco con gas. Más las propinas de los clientes.

Esa noche masticó lentamente y con placer un pensamiento que le rondaba desde la mañana, y que no se le iba de la cabeza por mucho espacio mental que ocupara la comida basura en su enorme cerebro. La mozzarella se había convertido ya en una masa compacta de chicle imposible de mascar, así que decidió cogerla con los dedos de una pieza entera, la enrolló como una tortita, le rellenó de alcaparras y salami y se la metió como un transatlántico blanco lleno de pasajeros (las alcaparras) y barquitas de salvamento (las rodajas de salami), introduciéndolo directamente en la garganta, para evitar la imposible deglutición.

Con un sonoro glup y el consiguiente eructo de tres segundos no solo consiguió que las dos rusas cambiaran de posición las piernas cruzadas, haciendo crujir las minifaldas de lentejuelas, sino que llegó al fondo del pensamiento que le atenazaba desde tan temprano: ¿es ó no es vida sacrificarse tan duramente por un cuerpo escultural y obsesionarse por la salud, matándose a correr y pedalear por el paseo marítimo, sudando inhumanamente a chorros, desayunando cereales de nombres escandinavos, bebiendo zumos de frutas inalcanzables, pagando cheques imposibles al naturalista y cantidades imprecisas al nutricionista, partiéndose en dos cada mañana con ejercicios criminales para el maldito abdomen, en definitiva para morirse todos por igual y sin aviso previo?.

En ese momento, en la pantalla extraplana de televisión instalada en la terraza, comenzó el ansiado telediario, España acababa de ser rescatada por una suma imposible de pronunciar y que pagaríamos indefectiblemente todos a tocateja, una Merkel sonriente y un Draghi desafiante daban una rueda de prensa en un plató en forma de plaza de toros montado para la ocasión por los odiados hermanos Lehman Brothers, y unos funcionarios de la comisión europea vestidos de gris tocando unas castañuelas de diseño. 

Nicolás esbozó una sonrisa con trozos de proscciutto podridos y atrapados entre los caninos desde la noche anterior, sacó su cajita de palillos de dientes de madera fina y desenfundó con garbo su teléfono móvil de primera generación (año 1987).

Marcó el número de su cuñado, el Manolo.

-Quillo, vete preparando la pasta que’acaban de rescatar a España- la salió en tono burlón.

-¿y tú cómo tanterao deso si tú no te cosca ni de con quién duerme tu Felisa?- le chuleó el Manolo.

-Meno mamoneo hihodeputa y lo quiero en billetes de 20 que me duran más, los tratos son los tratos, tú si qu’está empanao, ¿o egque no has visto el telediario?, ¡que esta misma noshe quiero los quinientos papeles soatontao, qu’as perdio la apuesta!

Mi Paseo Marítimo


El albero serpentea entre el terciopelo del atardecer,
acompañado por el aleteo de dos pájaros de sombra.
Un horizonte de niebla engulle el último hálito diurno, 
con risas de luna y suspiros de brisa.

Dejando sus huellas en la arena teñida de plata,
una mujer joven, ansiosa de mar y salitre,
camina silente vertiendo en las olas su viejo cansancio
y sus sueños de tierras lejanas.

El perro que ladra, un niño que llora, las luces del puerto,
el faro que late sediento de barcos,
sirenas lejanas que evocan dolor y tristeza,
la leve caricia del viento en mi cara.

Paseo marítimo de Marbella,
caracoleando por el silencioso transcurrir del verano. 
    

lunes, 23 de julio de 2012

EL DEVORADOR DE PENSAMIENTOS


       
Nicolás se sintió repentinamente un fracasado a los 12 años de edad, cuando la profesora le dijo, delante de los demás niños de la clase, que carecía de imaginación. Y ese sentimiento se fue enraizando año tras año, hasta llegar a hoy. Día en que Nicolás pesa 113 kilos, exhibe con orgullo un bigotazo negro que le tapa el labio superior, y su principal actividad es devorar pensamientos a una velocidad vertiginosa. Y cuando se siente bien divaga por las calles difundiendo su arte.

De la cocina solo vienen gritos y reproches en tonos insoportablemente agudos, su mujer le machaca continuamente, le es infiel por supuesto, y le prepara comida fácil de deglutir, grasienta y rápida de cocinar, para que coja ligerito la puerta.

-¡¡Nicolás!!- el grito electrizado atravesó el pasillo hasta alcanzar el baño.

-¡¡¿qué quieres ahora?!!- respondía simulando sorpresa, estaba concentrado en pasar la cuchilla de afeitar a un milímetro de la oreja.

-¡En qué coño piensas, que llegas tarde al trabajo! – subía el tono y además ese grito llegaba ya cargado de la pegajosa humedad propia del mes de julio, lo tenía muy calculado la Felisa.

-¡Que trabajo, si llevo cuatro años en paro!, ¡y cómo voy a pensar, si me estoy afeitando!.

-¡Nicolás, el chapú pal'que te llamaron ayer!, ¡¿es que no piensas ir?!- el gritó atravesó veloz el pasillo empujado por una ráfaga de aire caliente.

-¡¿Niña, tú estás esperando al electricista otra vez?!- rebufó con hastío.

-¡¡Nicolás no me tientes, que me conoces!! – subió el volumen varios grados y bajó el tono, más agudo ahora- ¡¡¿Qué electricista ni que niño muerto??!!-

-¡Pues quién va a ser hija, Salva, ese que viene a revisarte la caja de fusibles todas las semanas!, o es que te crees que no lo sé….- esto último ya le salió en voz baja, y esta vez no hubo grito de vuelta, solo un silencio recalentado por los trentaycuatro grados de temperatura, Nicolás terminó de afeitarse con una pasada limpia de cuchilla por el cuello, rodeando la nuez con perfección, mientras engullía los donuts del desayuno, y un pensamiento filosófico que le vino de sopetón.

Hoy sería un buen día, el débil sol de levante dibujaba, al atravesar los visillos de nylon, sombras caprichosas que bailaban sobre los azulejos blanco españa que rodeaban el water, ese era su gran momento del día, suspiró aliviado y más ligero. Se puso la americana azul marino bordada con el emblema de la casa real, metió los pies de un salto en sus chanclas hawayianas favoritas, se encajó coquetamente las Ray Bann que se encontró en un banco de la Alameda, y sonriendo por fin, se metió en el bolsillo de la chaqueta una porción de pizza margarita con doble de salami, que sobró de la cena.

Saldría a cantar y darle golpecitos rítmicos a la guitarra en la zona del paseo marítimo, había fichado una terraza nueva, Capriccio, en la calle trasera, a la sombra de los enormes eucaliptos del Skol, donde hacían las mejores masas de pizza de la ciudad. Como era nueva tenían poca clientela y podía dedicarse con más ahínco a su actividad favorita: mascullar pensamientos profundos mientras deglutía una pizza familiar.




domingo, 22 de julio de 2012

El sueño final de la Socorrito (parte II)



Juan Rodrigo llegó a la cueva del Acantilado del Atún en su dos latas robado del año 78. Había pensado en escapar del asunto de la demolición de Hilltanic Town,  de la Socorrito y del dios de la secta sartorialista. Pero sabía que no hubiese servido de nada. En Hilltanic Town estaban los mejores espías del mundo, como el cojo que fingía locura en la entrada del barrio cuando en realidad vigilaba la llegada de la policía y avisaba a los hermanos para que interrumpieran las clases de química avanzada. También, aunque esto no lo tenía claro, el papa Manolo lo recompensaría si conseguía que Socorrito impidiera la demolición del barrio para que los payos hicieran el puerto, el centro comercial y, en definitiva, se apoderaran de la zona. El papa Manolo tenía raíces profundas clavadas en aquella tierra.
            Juan Rodrigo se introdujo en la cueva y siguió el mismo itinerario que la última vez, con la esperanza de llegar al mismo sitio. Pero los pasillos laberínticos de la cueva hizo que dejara su suerte en manos del azar y de la intuición. Anduvo por las galerías durante diez minutos y al final del pasillo en el que se encontraba, pudo ver un resplandor luminoso. Llegó y se pegó a un costado de la piedra fría y rugosa. Socorrito llevaba una bandeja con varios paquetes de latas de atún en sus manos. Giró la cabeza trescientos sesenta grados y volvió a aparecer la pantalla de cuatrocientas cincuenta y ocho pulgadas.
            –No pienso ponerme esa mierda de gafas. Así que déjate del rollo de las 3D que solo estoy yo y no traigo noticias esperanzadoras.
            –Habla.
            –Todos los miembros de la secta se han ido a gritar al centro del pueblo. Dicen que están poniendo medidas muy duras que van a ser imposible que se pueda vivir. Están muy cabreados y, lo peor, están dispuestos a todo.
            –¿Por qué lo peor?
            –Porque perderemos súbditos. Nuestras fiestas perderán intensidad y dejarán de ser interesantes.
            –Cuéntame más.
            –Los servicios que prestaban van a quitarlos, no de golpe, pero casi. Van a poner las cosas más caras. Las empresas de luz, de agua y de todo eso sin lo que la gente ya no puede vivir, se están frotando las manos. Parece un compinche de todos ellos. Y nuestra gente dice que nanai, que si hace falta demostrar qué les ocurre a los que quieren pisar, ellos son los primeros en demostrarlo.
            –¿Las latas de atún también serán más caras?
            –Por supuesto.
            –Tenemos que hacer algo, Socorrito. Quizá sea hora de predicar con el ejemplo. Haz venir al gitano que nos está espiando desde la salida del pasillo trece.
            Juan Rodrigo se vio empujado por una fuerza invisible hacia el centro de la sala. Los focos de las luces de colores apuntaban directamente a su cara y tuvo que entrecerrar sus ojos para protegerse del brillo intenso que lo cegaba.
            Jay lus payos. Tambié son capace de sabé quién los espía…
            –Has tenido suerte Juan Rodrigo —dijo la voz desde la pantalla—. Os ayudaremos, si nos ayudáis.  Y estoy convencido que el papa Manolo no pondrá ninguna pega.
            –¿Una alianza con esta gente? No lo veo —dijo Socorrito.
            –Toda la ayuda es poca.  Tus poderes podrían hacer progresos interesantes contra los abusos de los que se creen que son poderosos,  cuando son la misma mierda que tú, que yo y sobre todo que Juan Rodrigo.  Pero no podemos dejar nada sin revisar y tampoco jugarnos todo a una carta. Hay que tener reserva escondida. Dar cosas por sentado es muy peligroso, deberías saberlo.
            Gracia, dio de lus payos. El papa Manolo se va poné mu contento.
            De la pantalla empezaron a salir muchos gatos atigrados, de ojos amarillos y tamaño considerable. El último que salió era el más grande de todos.  Y el que tenía la mirada más desquiciada y asustada a la vez. Socorrito lo cogió en brazos y lo mostró a Juan Rodrigo. Los rostros de los dos eran dos gotas de agua en cuanto a parecido y Juan sintió como su piel se erizaba de estremecimiento y miedo. Los gatos se fueron dirigiendo hacia una lata de atún gigantesca y empezaron a comer de lo que había dentro.
            –Ve y dile al Alba-Rizas clan que nos reuniremos con ellos mañana por la noche. Que aunque seáis todos alérgicos, tengáis preparadas herramientas y antorchas. Allí expondré el plan y me seguiréis, porque habéis acudido a mí para que os ayude. Tendréis que hacer lo que yo os diga.
            Ok, payo. Hasta mañana entonce.
Juan Rodrigo enfilo la galería de pasillos que lo separaban del exterior. Socorrito lo miraba con una expresión de incógnita en la cara. Volvió a girar la cabeza trescientos sesenta grados y la pantalla de cuatrocientas cincuenta y ocho pulgadas despareció. Los focos de colores desaparecieron cuando Socorrito eructó. La caverna tembló a cada paso que se escuchaba a lo lejos. Un hombre de cinco metros de altura y quinientos kilos de peso, se puso al lado de la Socorrito.
            –Se va a liar una buena, Socorrito
            –Se va a liar una buena, Rafaelito Sartorio.
            –No lo sabéis vosotros bien —dijo el gato más grande que se subía a la cabeza de Rafaelito Sartorio y al que de repente, unas gafas amarillas le cubrían los ojos.

Continuará...