viernes, 20 de julio de 2012

El sueño final de la Socorrito (parte I)


Era un secreto a voces y corrió como los atletas en las olimpiadas buscando el último oro en juego. Hilltanic town sería derribado para construir un centro comercial complejo, una zona de parques y un puerto que competiría a nivel mundial en el desembarco y afluencia de público. Y el motivo por el que no se había hecho oficial era que los recortes impedían ubicar a toda la población que había en el barrio. Y menos aún con las condiciones que actualmente existían. No había en el mundo un lugar con más empalmes de cables que salían del mismo sitio y abastecía de luz a todas las casas. No había en el mundo más bifurcaciones de tuberías ni más líneas de teléfono empalmadas directamente en los postes.
En una plaza al aire libre, ennegrecida por las hogueras ilegales que se hacían,  existía el laboratorio de química avanzada más grande del mundo. Un gramo de tiza se convertía en mercancía que alcanzaba en el mercado de contrabando valores que servirían para construir otro barrio de lujo. Pero los químicos con varios doctorados preferían seguir investigando cómo producir más con menos. Una vez alguien propuso agrandar la colonia y cambiarle el nombre por el de Palmilla’s town y lo ahorcaron de una planta de maría que había allí cerca, junto al bonsái donde ahorcaban a los payos que no pagaban la entrada.
Para tratar el asunto de urgencia inmediata, el papa Manolo reunió a los cabecillas del clan, con la esperanza de diseñar una estrategia que ayudara, al menos, a ganar tiempo. Juan Rodrigo tenía agujetas por las tres millones de reverencias que había hecho hacía unos días ante una lata de atún del Corte Inglés y Horacio Carmona y Falito Cortés tuvieron que llevarlo ante el papa Manolo en brazos. Cuando llegaron, aún no había acudido nadie y tiraron a Juan Rodrigo al suelo como si fuese un saco de patatas. Allí se quedó. Horacio y Falito liaban algo en una papelina y el papa Manolo fumaba en una pipa grande sin soltar su bastón de oro y rubíes. El papa sonrió brevemente cuando uno a uno, despeinados los más, afeitados los menos, y con los ojos desquiciados la mayoría, fueron llegando todos los miembros del Alba-Rizas clan.
Aquí semos doscientos gitanitos. Cien de la vilgen y cien del señol. Y lus payos nos quielen echal de aquí. Nuesto Hilltaní echao abajo pa sel un puelto. No señó, eso no lo poemos pelmití. Yo soy de Hilltani de toa la vida y aquí quielo molil.
Todo el Alba-Rizas clan vitoreó las palabras finales del papa Manolo.
Juan Lodligo, tú tenía una novia que daba má susto que las helamientas. Le tiene que decí que nos ayue.
–Jay el papa. La Socorrito es la lidé de una cesta de atunes en un acantaliao. Allí están tos locos. Son maricas y tienen un dios que no cabe en una pantalla que es tan grande como el puerto que quieren hacer. Yo no me vuelvo a acerca a la Socorro. Le escribí un poema con mi corazón y me puso alante una lata de atún a hacer flexiones. Jay. No me acerco más a la Socorro. Jaaaay.
–¿Un dio?
–Jay, y adivina el cupón de los ciegos. Dijo que entre lo cinco cero y lo cinco nueve, sale el número. El tío es mu listo.
–Papa Manolo —Horacio interrumpió—, ¿y si ponemos al dio hasta el culo pa que nos ayue?
–Es buena idea, Holacio. Llamad a los maestlos. Tenemos que conseguil que el dio mate a lus payos.

Juan Rodrigo, sintiendo las agujetas de las tres millones de reverencias frente a la lata de atún del Corte Inglés, se alejó con un plan nuevo, dejando atrás a Horacio y Falito con sus papelinas y al Papa Manolo mirando hacia el frente con su sombrero, su bastón de oro y rubíes y su pipa más grande que su cara.

Continuará…

1 comentario:

  1. Antes de que os riais de la foto, os diré que no está puesta al azar...

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