domingo, 22 de julio de 2012

El sueño final de la Socorrito (parte II)



Juan Rodrigo llegó a la cueva del Acantilado del Atún en su dos latas robado del año 78. Había pensado en escapar del asunto de la demolición de Hilltanic Town,  de la Socorrito y del dios de la secta sartorialista. Pero sabía que no hubiese servido de nada. En Hilltanic Town estaban los mejores espías del mundo, como el cojo que fingía locura en la entrada del barrio cuando en realidad vigilaba la llegada de la policía y avisaba a los hermanos para que interrumpieran las clases de química avanzada. También, aunque esto no lo tenía claro, el papa Manolo lo recompensaría si conseguía que Socorrito impidiera la demolición del barrio para que los payos hicieran el puerto, el centro comercial y, en definitiva, se apoderaran de la zona. El papa Manolo tenía raíces profundas clavadas en aquella tierra.
            Juan Rodrigo se introdujo en la cueva y siguió el mismo itinerario que la última vez, con la esperanza de llegar al mismo sitio. Pero los pasillos laberínticos de la cueva hizo que dejara su suerte en manos del azar y de la intuición. Anduvo por las galerías durante diez minutos y al final del pasillo en el que se encontraba, pudo ver un resplandor luminoso. Llegó y se pegó a un costado de la piedra fría y rugosa. Socorrito llevaba una bandeja con varios paquetes de latas de atún en sus manos. Giró la cabeza trescientos sesenta grados y volvió a aparecer la pantalla de cuatrocientas cincuenta y ocho pulgadas.
            –No pienso ponerme esa mierda de gafas. Así que déjate del rollo de las 3D que solo estoy yo y no traigo noticias esperanzadoras.
            –Habla.
            –Todos los miembros de la secta se han ido a gritar al centro del pueblo. Dicen que están poniendo medidas muy duras que van a ser imposible que se pueda vivir. Están muy cabreados y, lo peor, están dispuestos a todo.
            –¿Por qué lo peor?
            –Porque perderemos súbditos. Nuestras fiestas perderán intensidad y dejarán de ser interesantes.
            –Cuéntame más.
            –Los servicios que prestaban van a quitarlos, no de golpe, pero casi. Van a poner las cosas más caras. Las empresas de luz, de agua y de todo eso sin lo que la gente ya no puede vivir, se están frotando las manos. Parece un compinche de todos ellos. Y nuestra gente dice que nanai, que si hace falta demostrar qué les ocurre a los que quieren pisar, ellos son los primeros en demostrarlo.
            –¿Las latas de atún también serán más caras?
            –Por supuesto.
            –Tenemos que hacer algo, Socorrito. Quizá sea hora de predicar con el ejemplo. Haz venir al gitano que nos está espiando desde la salida del pasillo trece.
            Juan Rodrigo se vio empujado por una fuerza invisible hacia el centro de la sala. Los focos de las luces de colores apuntaban directamente a su cara y tuvo que entrecerrar sus ojos para protegerse del brillo intenso que lo cegaba.
            Jay lus payos. Tambié son capace de sabé quién los espía…
            –Has tenido suerte Juan Rodrigo —dijo la voz desde la pantalla—. Os ayudaremos, si nos ayudáis.  Y estoy convencido que el papa Manolo no pondrá ninguna pega.
            –¿Una alianza con esta gente? No lo veo —dijo Socorrito.
            –Toda la ayuda es poca.  Tus poderes podrían hacer progresos interesantes contra los abusos de los que se creen que son poderosos,  cuando son la misma mierda que tú, que yo y sobre todo que Juan Rodrigo.  Pero no podemos dejar nada sin revisar y tampoco jugarnos todo a una carta. Hay que tener reserva escondida. Dar cosas por sentado es muy peligroso, deberías saberlo.
            Gracia, dio de lus payos. El papa Manolo se va poné mu contento.
            De la pantalla empezaron a salir muchos gatos atigrados, de ojos amarillos y tamaño considerable. El último que salió era el más grande de todos.  Y el que tenía la mirada más desquiciada y asustada a la vez. Socorrito lo cogió en brazos y lo mostró a Juan Rodrigo. Los rostros de los dos eran dos gotas de agua en cuanto a parecido y Juan sintió como su piel se erizaba de estremecimiento y miedo. Los gatos se fueron dirigiendo hacia una lata de atún gigantesca y empezaron a comer de lo que había dentro.
            –Ve y dile al Alba-Rizas clan que nos reuniremos con ellos mañana por la noche. Que aunque seáis todos alérgicos, tengáis preparadas herramientas y antorchas. Allí expondré el plan y me seguiréis, porque habéis acudido a mí para que os ayude. Tendréis que hacer lo que yo os diga.
            Ok, payo. Hasta mañana entonce.
Juan Rodrigo enfilo la galería de pasillos que lo separaban del exterior. Socorrito lo miraba con una expresión de incógnita en la cara. Volvió a girar la cabeza trescientos sesenta grados y la pantalla de cuatrocientas cincuenta y ocho pulgadas despareció. Los focos de colores desaparecieron cuando Socorrito eructó. La caverna tembló a cada paso que se escuchaba a lo lejos. Un hombre de cinco metros de altura y quinientos kilos de peso, se puso al lado de la Socorrito.
            –Se va a liar una buena, Socorrito
            –Se va a liar una buena, Rafaelito Sartorio.
            –No lo sabéis vosotros bien —dijo el gato más grande que se subía a la cabeza de Rafaelito Sartorio y al que de repente, unas gafas amarillas le cubrían los ojos.

Continuará...

2 comentarios:

  1. Desde luego tu imaginación no tiene límites, has llevado a la Socorrito, nuestra Socorrito, por caminos insospechados. Y vaya clan que la rodea, que pandilla !

    Me he divertido leyendo esto !

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  2. A la Socorrito aún le queda un papel intenso que desempañar. Y pronto veremos el desenlace de su sueño.

    –Se va a liar una buena José María.
    –Se va a liar una buena Juanjo.

    Cuando dos cabezas se unen, el resultado puede prometer. En ello estamos... ^_^.

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