miércoles, 25 de julio de 2012

El sueño final de la Socorrito (parte III)



Las gafas del gato se tornaron rojas, como el fuego. Como la sangre.
 Rafaelito Sartorio miraba el mundo desde su nube y la Socorrito se dirigía hacia Hilltanic Town con el proyector que emitiría el vídeo que había grabado para alentar a la población gitana a defender lo que consideraban de ellos.
–Se acerca, Rafael —dijo el gato.
–Lo sé. Hago lo que debo hacer.
–Lo sé. ¿Habrá mucho dolor?
–¿Más del que han provocado ya? No lo creo. El ser humano tiene el don de joder todo lo que toca. Pero hay límites que ni siquiera los humanos más estúpidos serían capaces de traspasar.
–¿Qué es lo que ha pasado, Rafael?
–Que esta hornada de humanos son más que estúpidos. Esto no se ha visto nunca.

La Socorrito llegó sola a Hilltanic Town. El cojo que no era cojo y que daba los avisos si llegaba la policía se quedó paralizado ante la presencia de la Socorrito. Se quedó quieto, sin moverse, en contra de su voluntad. Quería intentar suicidarse para recuperar la cordura, pero el influjo de la Socorrito no le permitía mover un músculo. La mujer llegó donde un grupo de hombres, mujeres y niños esperaba con soletas, martillos, picos y palas, todas nuevas y sin estrenar en las manos. En el suelo había varias antorchas puestas en orden sobre una manta roja.
–Jay la paya. Ha venío sola. Y mira que llevamo sujetando la herramienta para que no no afecte, y la alergia no eche pa trá. ¿Unde está el dio de lus payo?
Una mirada de la Socorrito retorció la lengua de Juan Rodrigo, y, aún sabiendo que es el alma de la fiesta, el gitano se quedó callado un rato. El papa Manolo se adelantó.
–Agladecemos vuestla ayuda. Juan Lodligo no dijo que tlaeliais un plan.
La Socorrito puso el proyector en el suelo y de él salió un holograma que mostraba el vientre inmenso de algo que parecía una persona. La imagen mostraba una sotana abultada de color roja y un cinturón violeta. Una voz empezó a sonar sin que ninguno de los que había allí viera la boca que las pronunciaba.
–Os saludo. Alba-Rizas clan.  Mandasteis a un hermano vuestro a pedir ayuda y yo os la concedo. Varios de nuestros hermanos están ya protestando por el pisotón que dan los que se creen poderosos y yo os voy a decir lo que vais a hacer para que no os derrumben vuestras cosas, hagan el Carrefour más grande del universo, el puerto con más barcos de la costa y casas para que los paparazzi se bañen en la playa mientras a vosotros os quitan las vuestras. Ahora mismo, toda esa gente se dirige a un lugar escondido para hablar de cómo os van a echar de vuestro hogar. También hay gente con empresas y entre todos van a compincharse para que la luz, el agua, el aire sea más caro. También quieren que paguemos por ir a trabajar, en vez de que paguen por nuestro trabajo. Pero claro, eso a vosotros os da igual. Sois todos autónomos. Esta noche se va a establecer un plan que va a cambiar el mundo. Un mundo que quedará solo para los poderosos. Pero vosotros vais a evitarlo…
–Jay los payos —Juan Rodrigo gritó y la Socorrito lo miró sorprendida—. Ahora van a traé a los rarapachis a nuestras casas. Jaaaaaaaay. No señó, ni hablá. Y me van a hacé pagá por la chatarra que le robo a lus payos…
–Que no, Juan Rodrigo, que los putarachis no se meten en tu casa ni quemados, te lu digo yo, que son mu delicados —repuso Falito Cortés.
El papa Manolo puso orden y reunió a su gente en torno a una hoguera que hicieron inmediatamente. La Socorrito fue invitada a unirse pero ella lo rechazó, lo que provocó un suspiro de alivio unísono por parte de todos los que allí había.
–Aquí semos doscientos gitanitos. Cien de la vilgen y cien del señol. Y nos unilemos a lus payos pala defendel nuestlo hogal. Horacio, Falito, Juanito, vosotlos seléis los cabezas de selie y guialéis a todos contra lus payos que nus quielen echal de aquí.  Juanito dile a tu novia que nos diga el plan. Polque tú, con tus tontelías, ha intelumpio a dio de lus payos.
La Socorrito dio un paso hacia el frente. Eructó, giró la cabeza trescientos sesenta grados y miró, con una mezcla de lástima y de perversión a aquellas almas perdidas. Luego habló:
–Los poderosos tienen miedo. Van a reunirse en un lugar que ellos creen que es seguro con quinientos policías. Aquí hay doscientos gitanitos de la virgen y del Señor. Más de mil personas de la secta sartorialista van a luchar a vuestro lado. Son solo un grupo de cincuenta personas. No podrán escapar.
–¿Y los quinientos madelos? —Preguntó el papa Manolo.
–De esos, me encargo yo —dijo la Socorrito con una sonrisa diabólica en su rostro que acojonó hasta a las plantas de maría de Hilltanic Town y apagó las farolas llenas de empalmes, dejando como fuente de luz la hoguera que acababan de encender —. Van a subir la luz. Hay que ahorrar.

 
Continuará…

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