lunes, 30 de julio de 2012

El sueño final de la Socorrito (parte IV)


La Socorrito, los doscientos gitanitos y los más de mil miembros de la secta sartorialista subían por la carretera de Ojén. Llevaban antorchas encendidas para iluminar su marcha y cantaban que se había acabado el desmadre y el pitorreo, que visto que las palabras no servían, habría de servir medidas más severas, tan severas como las que los poderosos querían imponer sin el permiso de nadie. Los niños de los gitanitos se habían aprendido la letra rápidamente y se habían unido a los sectarios en su canto. El papa Manolo que solo había nacido en su silla y de ahí no se había levantado, estaba tan rojo que brillaba más que las antorchas. Pronto llegaron a un terreno lleno de malezas donde había una gasolinera abandonada.
La Socorrito gritó un canto y se abrió una puerta de luz roja dentro de la gasolinera.
–Juanito, te chate de novia al demonio.
–Jay mi primo. Y yo que pensaba que más mieo que la soleta no me daba na…
Los miembros de Alba-Rizas clan fueron los últimos en entrar y porque la Socorrito los embrujó para obligarlos. De lo contrario, se hubieran tumbado en el suelo y echado a rodar hacia abajo para llegar antes que corriendo. 
A lo lejos se veía una especie de búnker de color plateado y un montón de brillitos pequeños. Nadie sabía qué eran. Excepto la Socorrito.
–Oídme todos —dijo—. Ahí adentro están todos los que tienen el poder para joder a la gente. Solo piensan en llenarse los bolsillos y en poner las cosas difíciles a todo el mundo. Esta el presidente, el que va a hacer el puerto y os va a echar de Hilltanic Town, los directores de las empresas de luz, de agua y las petroleras, los que dicen ahora sube la bolsa y ahora baja porque les da la gana y miembros de todos los bancos del país. Ahí adentro hay cincuenta personas que se van a hacer muy ricas a costa de matar de hambre a la mayoría de nosotros. Pero no lo van a conseguir. Nos matarán de hambre, pero ellos no van a disfrutar de ello. Les demostraremos que somos todos iguales…
Incluso los miembros de la secta sartorialista, que estaban acostumbrados a ver a la Socorrito durante sus sesiones de reverencias a las latas de atún, sintieron escalofríos en la piel. Fueron los niños de los gitanitos los que levantaron las herramientas que tanta alergia producía a sus padres y gritaron entusiasmados, como si fueran a una fiesta de cumpleaños con castillos hinchables y golosinas infinitas.
–Hay quinientos policías. Yo me encargo de ellos. Es posible que algunos de ellos se unan a nuestra causa. Ahora vamos a entrar ahí dentro y que no quede ni el recuerdo de los que están en el interior. Se ha intentado muchas veces dialogar, y gente como esa, protegidas por la altura de sus bastiones, se reían de las protestas. Salían en los medios diciendo que no les temblaría el pulso a la hora de joder la vida a las personas. Y ahora, a los que no nos va a temblar el pulso es a nosotros. Y a ellos le van a temblar hasta la última célula de los intestinos. Son unos cobardes. Vamos a salvar Hilltanic Town, vamos a salvar a muchas personas y vamos ahorrar muchos sueldos que dicen que tienen que ahorrar. ¡A por ellos!

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