domingo, 8 de julio de 2012

Socorrito en 3D


Pasaron muchas lunas antes de que el Padre Gabriel cortejara al sacristán Boris y el sacristán Boris le tirara los tejos al cámara de telecinco, Nicolás, para dibujar el pentagrama pentagonal que libraría a Socorrito de su mal.

Socorrito siguió vomitando cuanto entraba en su cuerpo por obligación, siguió orinándose cada vez que Adelaida Tamayo entraba en la habitación a echar agua bendita, y mientras esperaban al padre Gabriel, volvió a soñar con Juan Rodrigo.

Jay, la paya. Mira que meterme en la cueva con la cesta de las hirramientas... Jaaay. Soy alérgico a ella. Cuando era un chirumbel, me pusieron un maltillo en la mano en deporte y lo tiré fuera el colegio, jay. Si me llegan a da una soleta la echo fuera el pueblo.

Juan Rodrigo caminaba asustado por las catacumbas tenebrosas a la luz de las cuatro velas que había en soportes bastantes altos para que ningún mangante de las llevara. Miraba los nichos con desconfianza, pensando que saldría de allí alguna cosa rara que le diera un susto. Intentaba no hacer ruido. Pero sus pasos se oían en el suelo de piedra. Pisó una roca afilada y sintió una punzada de dolor que lo hizo emitir una queja ruidosa. Jaaaay, me cagun tó.  Luego se quedó quieto. Desde algún lugar llegaban unos cánticos que ponían la piel de gallina. Siguió caminando, guiándose por el sonido con la esperanza de encontrar la manera de salir de aquel camposanto subterráneo. Estos seguro que son payos, cantan fatá y no entiendo ná de lo que dicen. Juan Rodrigo no llegó a ninguna salida. Llegó a una sala iluminada con luces de colores fluorescentes y allí estaba Socorrito, de pie frente a un grupo de personas que, arrodilladas, hacían reverencias hacia el frente. Encima de un atril muy alto, había un paquete de latas de atún del Corte Inglés. El cántico seguía fluyendo e hiriendo los oídos de Juan Rodrigo.

Jay los payos. Man salio delicaitos, con marcas y tó. Antonces el acantilao del atún era por esto. Y esta e la cesta sartorialista. Ma parece que esta gente compra donde e má caro, jaaaay, que suerte tienen alguno. A lo mejó son estranjero y sartorialista significa rico...Y mira la luce, esto parece una discuteca de marica.


De repente, todos se callaron. El silencio podía sentirse en la piel y cesaron las alabanzas a la lata de atún del Corte Inglés. Todos los que estaban arrodillados se pusieron unas gafas negras. Socorrito hizo lo mismo y girando su cabeza trescientos sesenta grados, eructando notoriamente y soltando una ventosidad que por poco no produce un terremoto allí dentro, hizo aparecer una pantalla LCD de cuatrocientas cincuenta y ocho pulgadas y proyección en 3D. Y algo apareció en ella, pero Juan Rodrigo no podía ver bien lo que era. Sin embargo, la voz se oía claramente, como si pudiera traspasar la piel e instalarse dentro del alma de los que seguían estando de rodillas, de Socorrito, de Juan Rodrigo y de los atunes que Dios sabría el tiempo que llevaban dentro de las latas.

Vengo a deciros vuestros números de la suerte. Me habéis invocado y yo os respondo. Si jugáis a la ONCE, entre el 00000 y el 99999 está la respuesta. Solo tenéis que buscarla. Y si jugáis a la Primitiva, seis serán los números que salgan, entre el uno y el cuarenta y nueve. No vayáis más allá. Yo os prometo que partir del cincuenta, no sale ninguno. 

Juan Rodrigo sintió unos dedos en su espalda y se sobresaltó.

—Hola guapetón. Ponte las gafas, macizo, que así no ves al maestro, Rafaelito Sartorio. Y toma papel para que apuntes sus enseñanzas.
—Gracia, payo, oye, que ropa má rara lleva, jay. 

Un hombre con la cara pintada de coloretes violetas, labios muy rojos y sombra de ojos azules, lanzó un beso al aire en dirección a Juan Rodrigo. Dio media vuelta y se alejó moviendo con salero las dos coletas en las que había recogido su pelo y la falda de un modo provocativo a los ojos de Juan Rodrigo, que poniéndose las gafas, vio en la pantalla a un hombre que no cabía en la pantalla y que llevaba un gato con gafas encima de la cabeza. Después de hacer una reverencia la pantalla se apagó y desapareció.

Jay, mira que no cabé en la peaso de pantalla... ese tio tiene que zamparse toas las latas de atún del mundo entero...

Se quitó las gafas y se encontró con unos ojos de muchos colores que lo miraban fijamente. Sintió que dos pares de brazos lo levantaban con violencia y que otro par más le ponía una túnica blanca y lo ataban a unas arandelas en posición arrodillado.

Bienvenido Juanito. Como rito de iniciación, tienes que hacer tres millones de reverencias para demostrar tu devoción. Ya puede empezar, nosotros vamos a coger una borrachera que nadie ha visto en la vida. Buena suerte.

La voz de Socorrito sonó distorsionada. Su aliento olía a ajo y atún y Juan Rodrigo pudo percibirlo cuando los labios de ella se acercaban peligrosamente a los suyos...

Cuando Socorrito despertó, el grito de espanto de Juan Rodrigo vibraba en su cerebro.

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