jueves, 30 de agosto de 2012

cena en verano entre poetas

Hoy hablan los poetas
de cosas tan excelsas,
las noche los abraza
en verdes recogidos;
dormita, sosegado,
el perro de la casa,
un suave resoplido
hace temblar su calma.
Ni el mas leve suspiro
se escapa de sus labios
los ojos encogidos
profundos en su asombro
el alma estremecida
en las oscuras sombras.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Vacío


La esperanza echó a volar
cuando era lo que quedaba
real dentro de mi mundo
y se llevó hasta la nada.
Ya no queda sensaciones
de vacío ni alabanza
para poderlas plasmar
con verbos de tinta blanca
sin significado alguno
para el vacío de mi alma.
Ya no queda ni lo absurdo
que maquillan las miradas
de los amores mediocres,
que gobiernan con su falsa
el valor que se ha perdido
y al que nadie da importancia.
Nadie, ni siquiera yo
que me sumo a la farándula,
viajando de flor en flor,
saltando de cama en cama
con el corazón vacío,
con su mirada cansada,
ojos que no pueden más,
ausencia plena de lágrimas.

jueves, 23 de agosto de 2012

Y después, el Otoño.


Nos sentábamos frente a frente en el borde del muro pintado de cal, entre dos enormes tiestos de geranios, un pié al aire y el otro sobre el terrazo. A pasar las últimas tardes de verano. La cancela abierta a nuestro lado, el terraplén polvoriento, el camino entre arenas y retamas, y al final la orilla.

Los días ya no eran iguales, el aire era más ligero, ya no estaban los primos de la ciudad, solo quedaban la abuela y su amiga inglesa que solía venir a España algunos veranos. Paquita la criada barría sin ganas la terraza.

La casa se quedaba vacía, abajo la playa callada se alisaba poco a poco, sin pisadas de bañistas. Pasábamos las tardes con miradas a los ojos, nos cogíamos las manos, inventando tonterías sin sentido. A nuestra espalda un cielo limpio y una luz de otoño nos avisaban de un final próximo.

La sombra de la palmera ya era oblicua y larga, ya no se proyectaba sobre el estanque, sino sobre el tejado. Otro aviso más que no nos importaba, a esa edad nada importaba, se acababa el verano y qué, se marchaban todos y qué, quedábamos tú y yo, ignorantes de todo.

Solo una vaga sensación de hacernos algo más adolescentes, los dos con la piel tostada, y los ojos claros. A ti ese verano te salieron pecas y yo me hice un hombre. Y nos atraíamos confundidos de pasión extraña.

Desaparecías entre las dunas blancas, yo te llamaba, la tarde callaba mientras las adelfas nos protegían de miradas. Yo te atrapaba y te cogía entre mis brazos, tú forcejeabas riendo a carcajadas, pero al final te rendías, quedabas atrapada entre mi cuerpo y la arena cálida.

Al otro lado el mar no nos podía ver. Y después, el otoño.

lunes, 20 de agosto de 2012

Un lugar, un libro, una mujer.


Se pasea a diario por la Rua de Santa María como sin quererlo, le cuesta avanzar por su empedrado, sabe que al final de la calle tendrá que girar hacia el puerto, y después la Bahía, la ciudad, y hasta la isla entera. Y puedo ver su cara de sorpresa cuando se asoma finalmente a la inmensidad del océano, sabiendo que lo tiene que recorrer todo también.

-Zé, lo acabo de ver asomándose por el campanario de Sao Tiago.
-Pues si corres a la ventana de la sala lo verás rebuscando debajo de los soportales del mercado.
-Lo sé, lo hace todas las mañanas. Pero solo por el lado de los pescadores.
-Claro, no querrás que le ilumine los cuatro costados, él solo aparece por el Este.
-No es por eso, es porque no quiere encontrarse de sopetón con todo el mar. No lo soportaría, lo conozco muy bien. Prefiere ir poco a poco por la parte baja de la ciudad.
-No me extraña que digas esas cosas, te pasas todo el día ahí asomado…..

Me da igual lo que me diga, desde la ventana de la Travessa do Forte lo veo ya de tarde, en el horizonte, fundiéndose en púrpuras oscuros y cielos lejanos, y por el Oeste la ciudad se oscurece en un mar de tejados rojos, entre las torres de Sâo Martinho, Santa Clara y la Sé.

Un día entraré en el bar que han abierto abajo, el cartel de madera dice “Tasca Literária, Dona Joana Rabo-de-Peixe”, sobre las nueve de la noche empiezan a llegar, yo bajo rápido y me hago el tonto apoyado en la puerta de la pasteláría, no pierdo detalle, veo a Dom Joâo Carlos, y después le siguen todos esos escritores vestidos de negro y con sombreros viejos, y hasta la poetisa Dona Arminda aparece con libretas y lápices para repartir ahí dentro.

Cuando ya han entrado todos me subo deprisa a la casa, nunca me pierdo como los acantilados gritan a la línea del horizonte provocando su carrera hacia ese lugar donde los barcos deciden desaparecer para siempre, detrás del mar, aún no sé para qué.

-¿Y este bar por qué se llama así?- le pregunté a un señor vestido de blanco.
-Esto no es un bar, chico, es una Tasca Literária.
-Lo sé, los veo entrar todos los martes por la noche, pero ¿por qué se llama así?
-Es complicado de explicar, ¿a ti qué más te da?
-Zé dice que hay en el barrio una mujer que la apodan la Rabo-de-Peixe, que todavía vive, y que se llama Dona Joana.
-Pues será.

Aburrido de intentarlo, levanto la cabeza y veo una farola atormentada por la soledad, apoyada en la esquina de la albergária, que apenas lanza más oscuridad sobre los empedrados, ya no distingo los negros de los blancos, y su sombra muere aplastada bajo las sombrillas de los bares, los gatos huyen asustados.

-Zé ¿por qué la llaman Rabo-de-Peixe?
-¿y tú por qué no sales a jugar con los demás chicos del barrio?
-Me ha dicho el panadero que la conoce, y que es por el culo tan bonito que tenía, me hizo así con las manos, dibujó una forma de sirena.

Los puedo ver al fondo de la tasca, están sentados en el enorme sofá de piel negra, rodeados de cachivaches, pinturas de africanas desnudas y estanterías con libros. Se lo pasan en grande, proclaman poemas, beben y toman tablas de queso, cacahuetes y cosas así. Se nota que el jefe es el poeta de melena y barba blanca, Dom Joâo Carlos Abreu.

-Pisss, pisss- me llama haciéndome gestos con la mano- entra, sí, tú, ven un momento.
-¿quién, yo?- entro y me tiemblan las piernas, el local está todo oscuro, huele a vino barato y madera, lo tengo que atravesar todo hasta llegar al sofá, que parece que se lo traga todo, hay cuatro escritores metidos en el, por lo menos, más cuatro o cinco alrededor.
-Me han dicho que vienes por aquí todas las tardes, ¿qué es lo que quieres saber?
-Solamente qué tiene que ver la mujer con la tasca, y por qué salís de aquí tan tarde, cantando a voces y atravesando la densa humedad de la madrugada, os veo desde mi ventana. Yo quiero ser poeta como usted.
-Toma este libro, anda, aquí hay historias del barrio, lo acabo de escribir.  

El libro cabe en la mano del poeta, es blanco y se titula Dona Joana Rabo-de-Peixe.

-Zé, ¿Cuándo volverán mis padres?
-Cualquiera sabe.

Entonces me parece que Funchal, que ya es como un cielo negro con miles de estrellas, se sumerge en el océano, y de la oscuridad del puerto salen veleros de papel, a estas horas ya es un puerto fantasma, negro, negro imposible de ver. Los barcos salen en silencio, atemorizados, se alejan de la ciudad, van hacia las Islas Desertas y allí se los traga la noche, el Universo das Memorias.

domingo, 19 de agosto de 2012

ANGIE y DOROTHY


     
                   ─¡Hala, fíjate qué cantidad hay hoy! ─dijo Dorothy.

                   ─¡Es verdad!, Chica, este año no se puede ni venir a 
          la playa, ─responde Angie─. ¡Mira, mira! ¡Es que está la arena invadida!

─¡Qué rollo, por favor! Con lo que me gusta a mí dar una vueltecita por la orilla…

─¡Fíjate, si hay un montón hasta en el agua! ─apunta  Dotothy─. Ten cuidado, que puede ser peligroso.

─¡Qué asco, de verdad!

─Bueno, ¿Qué hacemos? ─dice Dorothy.

─¿Vamos a picar algo? ─pregunta Angie.

─Vale, buena idea.

Y Angie y Dorothy, las dos bonitas medusas de color malva pálido, se aproximaron traviesamente a un ingenuo bañista...

lunes, 13 de agosto de 2012

EL SUEÑO DE FULVIA



A través del peristilium, se colaban los últimos rayos de sol de aquél hermoso atardecer romano en la villa de Salduba, sembrando el atrium de sombras doradas.
Fulvia Tertia dormía plácidamente, recostada sobre las telas de lino que cubrían el canapé de mármol. A sus pies, la túnica de seda descansaba en pliegues sobre las teselas del pavimento de terracota, mientras las espirales de los vapores de mandrágora que emanaban del pebetero, inundaban la estancia, narcotizando a la mujer y transportándola a un tiempo futuro, desconocido para ella, en el que hombres y mujeres, rivalizaban por broncear su piel con el color típico de los esclavos.
         En enormes y extraños templos de sanación, los pacientes recibían tratamientos para las oscuras y repulsivas manchas que salpicaban su quemada piel.

         Aquilia, su sierva, salió del triclinium y penetró en el aposento, portando en un ungüentarium de arcilla, una cremosa mezcla de leche de almendras, miel y aceite perfumado con sándalo.
         Despertó sutilmente a la patricia y comenzó a extender el cálido ungüento por su blanca e inmaculada piel.
         ─Aquilia ─susurró Fulvia─.  No puedes imaginarte  lo que estaba soñando ─se sentó, recogiéndose en una trenza su larga y negra cabellera─. Yo estaba inmersa en un fantástico mundo en el que las personas no respetaban al Sol y no amaban ni cuidaban sus cuerpos. Afortunadamente solo era un sueño, porque algo tan estúpido no es posible que pueda suceder, ¿Verdad?
         ─No, mi señora Tercia ─exclamó Aquilia─. No debe preocuparse. Solo era un sueño. En el futuro, los hombres seguirán conociendo, como nosotros, que el Sol es la fuente de la vida, pero que también puede ser, si se abusa de él, la fuente de la muerte.
       Fulvia,  deslumbrante, con la piel fresca e hidratada, vistiéndose la túnica de color marfil que yacía a sus pies,  se encaminó hacia el templo de la diosa Afrodita para brindarle su ofrenda semanal de almizcle y artemisa.

         En el camino al templo, a través de la fragancia de los jazmines en flor, rivalizando con el ocaso moribundo, una tímida luna sacaba destellos de nácar del níveo, diáfano y perfecto rostro de la patricia.

sábado, 11 de agosto de 2012

Un momento


El sol llegó a esconderse
para que nacieran besos
desde el faro de tu alma
y la luz que da tu cuerpo.
Noche de silencio cómplice,
lago de ardiente deseo,
de lazos que se apretaban
con lenguas de miel y fuego.
El sol no quiere salir,
lanza un desafío al tiempo,
para que el instante de amor
llegue al fin a ser eterno
y fundir el corazón
el tuyo, el mío y el nuestro.
No me cansa este camino;
de tus pies a tus cabellos
aunque quizá haga una pausa,
en el bosque de tu pecho
escuchando sus latidos,
quiero descansar en ellos.
La Tierra se ha detenido,
sigue oscuro nuestro cielo,
yo te tomo de la mano
y me invento un beso nuevo,
que te llega con el aire
respirado de tu aliento.
Ya no importa lo demás,
ahora eres mi universo;
nuestro cielo sigue oscuro,
nuestro amor no quiere tiempo,
y ha parado su reloj
y ha hecho eterno este momento.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Una casa con muebles grandes.


Hubo alguien, no sé quién, que me preguntó por la casa, mi casa, la que yo diría que es mi casa de toda la vida.  Y entonces recordé la Casa de mi infancia, la casa de todas las casas, en un ignoto lugar del Gran Buenos Aires.  Estaba en un barrio, que hasta unos pocos años antes que yo naciera aún era campo.
La casa de la que les hablo, y que por supuesto recuerdo con gran nitidez, era una casa con muebles grandes, enormes. Por ejemplo: la tapa de la mesa me llegaba, no exagero, a la cabeza.  Uno no podía subirse a una silla solo, se necesitaba ayuda. Nunca dejó de sorprenderme la nula funcionalidad de esos muebles, todos, pero todos, enormes.  Pero claro, ahora que lo pienso bien, los muebles eran grandes porque los cuartos, el salón, la cocina eran e-nor-mes. Por ejemplo (por dar sólo uno, pero que si me piden más, doy más), en la cocina cabían y sobraba espacio para: los indios, una diligencia corriendo a tope, bien a tope  y yo, por supuesto, galopando a caballo con mi fiel amigo Toro y a los tiros con los indios, y eso por lo menos como cinco minutos.  ¿Se dan cuenta: Cuánto mide una cocina así?
Después estaba la sala donde veíamos televisión, también con unos sillones como para veinte personas y el televisor con una pantalla enorme, pero enorme en serio.  No exagero pero esos de ahora, esos en HD, serían más o menos, calculo, como la mitad del de mi casa.  No entiendo porqué la gente no sigue comprando los de aquella marca, es cierto que se veía todo en blanco y negro, pero ni punto de comparación los programas que pasaba aquel televisor: El Llanero Solitario (ese era mi favorito), Lassie, aunque a mí me gustaba mucho más Rin Tin Tin, ese sí que era un perro.  Esos eran programas y no los de ahora, siete u ocho personas sentadas hablando y gritándose y que una le hizo no sé qué a la hermana del otro.
Pero yo  quiero hablar de aquella casa con los muebles grandes y no del televisor.  Otra cosa de aquella casa que no entiendo y que ya que me preguntan les cuento, era porqué si en mi dormitorio estaba fresco, en la habitación de mi hermano el mayor, siempre hacía tanto calor.  Recuerdo que golpeaba la puerta, como me había dicho mi padre que tenía que hacer cuando mi hermano estaba con la novia, y él salía traspirado y con la camisa a medio abrochar y todo nervioso, qué calor que pasaba el pobre y yo lo más fresco.
Tendría que hablarles del jardín, de los árboles, bueno casi casi un bosque, como comprenderán, pero tampoco quiero agobiar a la gente del blog que tan gentilmente me ha cedido este espacio.  Así que dejo por aquí y luego, a lo mejor después de recordar aquellos juegos, sigo escribiendo.

Gustavo.


martes, 7 de agosto de 2012

Poemas de Levante. (Soy nada)

Marcho 
dejando mi ausencia
sombra de lo que era
huida al fin de la presencia.
Aire en silencio
vapor tibio 
del cuerpo que fue
y ahora es mirada.

Esencia de todo
ausencia de nada
puro viento, ausente
orilla mojada.

Me evado, vuelo
vivo, me olvido
y mañana, la nada.

Veleta de mi existencia

(Hasta el 20 de agosto, que rolará a Poniente)

Intenta olvidar


Hay un estanque de estrellas
llorando abandonado en la memoria
en el jardín que sellas.
Apagada la euforia,
se cuenta otro capítulo sin gloria

con vacíos, sin sueños,
como un zumbido de la pleamar
ahogando los leños
que alumbraba el hogar
de un suspiro que hoy quiere olvidar.

domingo, 5 de agosto de 2012

Cometas locas de atar.




Me siento a tomar notas, bajo una sombrilla azul que parece parte de este cielo intenso. Lo primero que hago siempre al llegar a esta playa es buscar Tanger en el Sur, pero hoy no lo encuentro, ni veo el minarete de la mezquita nueva, lo busco y no lo veo, o no se quiere mostrar. Hoy solo es una raya evaporada sobre la bruma del Estrecho.

La chica morena, parece gitana, recorre esta ensenada interminable de lado a lado, cargada con una caja de poliestireno blanco, cogida en un abrazo a pesar de tener asas, llena de bebidas frías. No deja dormir la siesta con su canto repetido una y otra vez, como un arranque flamenco, intentando provocar la sed. Su canción me engancha de tanto repetirla, y no me puedo concentrar en la escritura al repetirla yo mentalmente.

Hoy nada parece suceder del todo, el minarete no se acaba de ver, la mujer no acaba de vender, el poniente no entra como se esperaba. Ella no parece preocupada, “ya venderé”, dice su cara.

-¿Qué miras de esa manera?
-Solo el horizonte.
-¿Y qué escribes en esa libreta?
-Todo lo que no puedo ver, y tú ¿qué vendes?
-Todo lo que no oyes de mi canción, esaborío.

Se aleja hacia el oeste, se hace más negra en la distancia, se me pierde entre el gentío de la orilla. Su canto deja de oírse ya, “amoha la rica cocacola a la cerveza al agua fresquitaaA, llevo fanta limón fanta narahaaA”.

El viento hoy es cálido, del noroeste, racheado, y va a más, algunas sombrillas empiezan a temblar y una incluso vuela, pero la gente duerme la siesta ahora, por la ausencia de la vendedora, y la sombrilla se pierde en el pinar.

No puedo escribir más, se me cierran los ojos, cuando un golpe de aire fresco me despierta, es el poniente que aparece por el oeste y trae de vuelta el canto del agua y a la mujer detrás, que me parecían perdidos para siempre. Y en este momento surge, doblando por la Sierra de la Plata, un majestuoso velero blanco, con las velas cazando el viento de través, inclinado sobre las olas enormes del Atlántico. Blanco sobre azul, nubes sobre cielo, más poniente fresco, vuelan todas las sombrillas, naranjas, azules a rayas, rojo chillón, en un despliegue de colores.

Aparecen más veleros para unirse a la fiesta, se descorre hacia el Este la calima, brilla la duna de amarillo intenso, y se distingue por fin la mezquita. Quema la arena, quema la madera de la pasarela, quema la mirada de tanta luz, Bolonia me quema y me atrapa a la vez, maldita Bolonia que me quita el sueño cuando no estoy allí.

A mi espalda las ruinas vibran de calor, la aldea se desvanece, pienso que aquí en Cádiz nada importa demasiado, aquí hasta lo importante acaba por sucumbir al viento y la luz. Hay cuerpos desnudos junto a las rocas, esbeltos y brillantes de crema solar, se exhiben con orgullo, sin nada que ocultar. Y al otro lado cuerpos exuberantes, blandos, masas de carne deforme, caen rodando por la duna y acaban tirados sin vergüenza alguna, adobados de arena y sal.

Y se acaba el día lentamente, las cometas silban locas de atar, los perros ladran sedientos junto a la orilla, los granitos de arena vuelan junto a mí corriendo hacia el Sur, agolpados en un caos de Fuerza 6. Cuando por fin un cuerpo conocido, negro abrazado a una caja blanca, cruza mi línea de horizonte, desplegando toda su presencia, desafiando el viento y calmando al mar.

- ¿Qué miras, el pesquero de la orilla?
- No, estoy absorto en el carguero de altamar.
- Pues a mí me fascinan los veleros que aparecen de repente, por Punta Camarinal.

Y siguió su camino por una playa vacía, sin mirar para atrás.

sábado, 4 de agosto de 2012

Música enamorada


Esta música nació
desde el fondo de mi alma
con acordes de los bosques
donde bailan las baladas
entre brisas de jazmín
y entre nubes de palabras
que susurran a tu oído
el lenguaje de las hadas.
Sus voces te están contando
que es diamante tu mirada,
y las diosas de sus templos
tienen formas de tu cara.
Esta música nació
bajo el cielo de una playa
de finos colores púrpuras
de fina arena dorada,
de olas hechas con espuma
de acordes compuestos de agua.
Y aparecen las sirenas
cada vez que tú te bañas
en este sagrado mar
que en tu suave piel resbala.
Esta música nació
en un sueño de montaña,
acordes de lira y piano
acompañan a ese arpa
que está tocando el viento
del jardín de rosas blancas,
llevando las melodías
al amor de tu ventana
para hacerte sonreír
que te hace aún más guapa,
para conseguir que sueñes
con el ritmo de la magia
de latir pausado y lento
añadiendo la nostalgia
de tu bello suspirar
que ilumina mi mañana.

viernes, 3 de agosto de 2012

Conversación bajo las palmeras


Eran los dos escritores, abrumados por el tórrido verano, con ganas de huir ya de la ciudad pero con pocas posibilidades reales de hacerlo; la crisis, las obligaciones familiares, y todo lo demás. La mañana era muy calurosa, humedad sobre humedad, aplastante, las temperaturas escalando y batiendo records, la gente arrastrándose por unas aceras pegajosas y cubiertas de bruma marina y salada.

Sin más alternativa vital que mantener una conversación en voz baja para hacer correr esa mañana insana y volver a casa sin perder la cabeza, y contarles a sus respectivas que la mañana había ido fantástica, un cliente nuevo, varias llamadas de interés, planes de futuro a corto y medio plazo, ¿qué hay de comer? Espaguetti bolognesa, y de postre plátanos, gracias cariño, de nada y pon la mesa, en seguida que me ponga ropa seca, pues la pasta ya está lista es que has llegado tarde es que dónde has estado es que siempre lo mismo no me digas que otra vez tomando café fantaseando con ese escritor??, no cariño (joder). Un beso con sudor en los labios, sin mirar a los ojos para evitar la tensión, pues tu verás porque esto ya está abre el queso rayado retira la sartén saca el colador quita el fuego joder que calor, vapor de espaguetis huyendo de la cacerola.

Y allí están, huidos, fugitivos de la recesión, los dos autónomos de cartón piedra, hombres de negocios, una sombra de si mismos, disueltos por los 34 grados de un maldito dos de agosto, aplastados por una prima de riesgo sin escrúpulos, desmoronados por una bolsa de valores sin piedad, dócilmente sentados bajo las palmeras de la plaza de una ciudad invadida por turistas sin dinero.

Dos cafés por favor, un momento es que no doy abasto, acaso no ven cómo me arrastro? bueno bueno, uno con leche con azúcar moreno y un ristretto clasico, da igual como los pidan se los traeré idénticos, hoy no estoy para pijadas, que llevo tres horas sudando. Les sirve dos Santa Cristina con sabor a rayos y ardiendo. Ocupan abatidos la única mesa libre, debajo de una diminuta palmera cuya sombra se empeña en abandonar la terraza en dirección a la Milla de Oro.

¿Qué has escrito últimamente?, nada, no me sale nada con este calor, la mente se me disuelve y solo me salen discusiones con mis hijos, esas son peores que con tu mujer eh?, mucho peores, con la mujer al menos son robotizadas y automáticas, sí sí y siempre de los mismos temas, claro y a la misma hora, ya ya y al final se acaban nombrando a la suegra, siempre igual, si pero queman eh?.

¿Y tú que escribes?, poesía atormentada, vaya vaya, sí sí, qué quieres en agosto y sin dinero, claro claro los poemas son más ligeros y salen como si nada, pues nada como te decía poesía atormentada, de tormenta con aparato eléctrico, si?, sí, jaja. 

Una calima ondulante y espesa avanzaba y ocupaba lentamente la plaza, el camarero derrotado salía y entraba con bandejas ardientes cargadas de croiassants venidos a menos, la conversación se iba aflojando, los temas cada vez más banales, intrascendentes, hablaban de café de calidad, Segafredo? Illy? que va que va Lavazza, y qué más da, eso qué más da, con el calor que hace.

Caían ya las gotas de sudor por las frentes brillantes, bajaba el volumen de la conversación, se evaporaba el aliento, no quedaba café en las tazas, y la maldita bruma oscurecía una ciudad que apestaba a una mezcla de crema solar, asfalto caliente y rescate inminente. 
Y de repente la idea genial, irrebatible, irrealizable claro está. Una librería, ya está, montarían una librería, con cafetería y prensa, aire acondicionado, ah ah eso por supuesto, en la avenida no que es muy cara, sí carísima mejor en una lateral, sí sí, ya ya, y con sillones de orejas para leer a tu antojo, ojo ojo que se sentarán los caraduras a leer, ya ya, sí sí, y venderemos libretas pero de calidad, eso eso, para que venga toda la ciudad hay que ofrecer calidad, eso te ha salido con rima, claro que esperabas yo soy el poeta, claro y yo el relatista, jaja, jaja, que bueno jaja, joder que calor, sí sí que no se va esta mierda de calima, mira mira esa como se arrima, seguro que es su maromo, si pero uf, sí sí uf que buena está, uf sí, uf que calor, oye pero y la librería?, ah sí la librería esa será un éxito de tomo y lomo. 

Y por fin se levantó la bruma, salió el sol y se evaporó la humedad. Una racha de poniente fresco hizo volar la factura, bajó la temperatura, las palmeras se estiraron con pereza, y el camarero les hizo una reverencia. 
-Bueno y mañana dónde? 
-Pues en la Venencia, 
-Claro para que te rime no?
-No no es por el local del al lado.
-Cual, el vacío?
- Sí sí, 
-Claro, claro 
-Que también se vive de la utopía!.
-¡Ah si, la librería!.

jueves, 2 de agosto de 2012

Una casa con muebles grandes




Recuerdo la Casa de mi infancia, la que sería parafraseando a Cortázar “Todas las casas, la casa”, en un ignoto lugar del Gran Buenos Aires.  Estaba en un barrio, que se esforzaba por ocultar el campo que había sido hasta unos pocos años antes que yo naciera.
La casa de las que les hablo, y que por supuesto recuerdo con gran nitidez, era una casa con muebles grandes, enormes. Por ejemplo: la tapa de la mesa me llegaba, no exagero, a la cabeza.  Uno no podía subirse a una silla solo, se necesitaba ayuda. Nunca dejó de sorprenderme la nula funcionalidad de esos muebles, todos, pero todos, enormes.  Pero claro, ahora que lo pienso bien, los muebles eran grandes porque los cuartos, el salón, la cocina eran e-nor-mes. Por ejemplo (por dar sólo uno, pero que si me piden más, doy más), en la cocina cabían y sobraba espacio para: los indios, una diligencia corriendo a tope, bien a tope  y yo, por supuesto, galopando a caballo con mi fiel amigo Toro y a los tiros con los indios, y eso por lo menos como cinco minutos.  ¿Se dan cuenta: Cuánto mide una cocina así?
Después estaba la sala donde veíamos televisión, también con unos sillones como para veinte personas y el televisor con una pantalla enorme, pero enorme en serio.  No exagero pero esos de ahora, esos en HD, serían más o menos, calculo, como la mitad del de mi casa.  No entiendo porqué la gente no sigue comprando los de aquella marca, es cierto que se veía todo en blanco y negro, pero ni punto de comparación los programas que pasaba aquel televisor: El Llanero Solitario (ese era mi favorito), Lassie, aunque a mí me gustaba mucho más Rin Tin Tin, ese sí que era un perro.  Esos eran programas y no los de ahora, siete u ocho personas sentadas hablando y gritándose y que una le hizo no sé qué a la hermana del otro.
Pero yo  quiero hablar de aquella casa con los muebles grandes y no del televisor.  Otra cosa de aquella casa que no entiendo y que ya que me preguntan les cuento, era porqué si en mi dormitorio estaba fresco, en la habitación de mi hermano el mayor, siempre hacía tanto calor.  Recuerdo que golpeaba la puerta, como me había dicho mi padre que tenía que hacer cuando mi hermano estaba con la novia, y él salía traspirado y con la camisa a medio abrochar y todo nervioso, qué calor que pasaba el pobre y yo lo más fresco.
Tendría que hablarles del jardín, de los árboles, bueno casi casi un bosque, como comprenderán, pero tampoco quiero agobiar a la gente del blog que tan gentilmente me ha cedido este espacio.  Así que dejo por aquí y luego, a lo mejor después de recordar aquellos juegos, sigo escribiendo.


miércoles, 1 de agosto de 2012

Envidio


Envidio la palabra del valiente
que llega sin temblar hasta el oído
de manera clara, sin hacer ruido
y emerge un sentimiento de repente.

Envidio la palabra del ausente
que escapa de caer en el olvido
y aún sabiendo que la guerra ha perido
mantiene la cabeza alta, de frente.

Envidio las palabras que te llegan,
la mirada que como premio sueltas
porque logran hacerte sonreír.

Y maldigo las tintas que no riegan,
emociones que siguen dando vueltas
y se niegan por completo a partir.