martes, 11 de septiembre de 2012

El Puerto.



Uno de mis lugares favoritos para visitar, relajarme y disfrutar de la vista es el puerto; en concreto, el pantalán donde atracan los barcos. Desde pequeño me gustó ver dormir a los barcos sobre la mar. Todos en línea, atracados, con su sereno vaivén al son de la marea. Soñaba con que algún día tendría uno; uno de madera, como los antiguos, pero con motor que eso de estar subiendo y bajando velas no es lo mío; cansa mucho. Había uno así, cerca del pequeño faro de la entrada. Me solía sentar a verlo, sentado sobre las rocas, soñando con crecer para tener uno, con la brisa del atardecer acariciando mi pelo. Si, por aquel entonces tenía pelo... y unos cuantos años menos.

Ahora ya no tengo pelo y mis sueños han cambiado. Han pasado de salir a la mar, a cobrar a final de mes para pagar la hipoteca. En fin, si supiéramos de pequeños lo dura que puede llegar a ser la vida, ¿quién querría crecer? Y encima ya no está el barco en el puerto. Se ve que lo embargaron por no pagar su hipoteca. No obstante, alguna tarde se me puede ver sentado en primera línea de atraque tomando café y soñando despierto.

Fanathur.
"Historias que nunca ocurrieron"
 

3 comentarios:

  1. ¿Seguro que nunca existieron esas historias?

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  2. Ja, ja. Yo, personalmente, conozco a uno muy cercano que le pasó.

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  3. Pienso igual, que esta historia existe. Y que cada uno de nosotros tiene una en su leyenda personal.

    Pero también pienso que es triste abandonar todos los sueños. Aunque la vida te acune en su realidad, en lo que es innegociable, en lo que no puede esperar a mañana. Los sueños, los deseos que enriquecen a la vida, esos sí pueden esperar, hasta que las cosas cambien, hasta que la mente quiera... Pero, repito, me parece triste o será que soy demasiado estúpido y aún quiero creer...

    Tu texto lleva a recordar los atardecer tranquilos de la infancia, donde efectivamente, aquellos comederos de tarros nos parece hoy ridículo. Y sin embargo, en aquel tiempo... parecían insalvables. Dicen que hay una edad para todo. Y creo que la edad de aprender el valor de las cosas, es siempre.

    Muy bien escrito e interesante tu relato. Como acostumbras. Enhorabuena.

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