lunes, 29 de octubre de 2012

Sábado, Lpaza de la Iglesia

Sábado, Plaza de la Iglesia de la Encarnación
Un día como los demás de la primavera,
con tantos cambios bruscos, la vida misma.
El comienzo llovioso del Alba, furioso, por qué razón, no lo sabía.
Y nosotros, todos, debajo de los naranjos –
que venga el día, la mañana y el ánimo siguen grises…
Mientras esperamos que salga el sol,
entra en la plaza de la Iglesia un coche cubierto de flores,
detrás una muchedumbre en negro, cara triste.
Un ramo de silencio cubre los naranjos.
De la Iglesia se oye el coro, voces lentas y la paz inunde el aire.
Salen, y el coche brillante se aleja lentamente.
La lluvia ya llovizna, quita la última tristeza.
Viene otra gente, vestida de gala.
Una abuela, orgullosa, abraza con mucho cariño una ovillo de bordados y seda.
Un bautizo, sonrisa en blancos encajes, alegría multicolor.
El sol ya se asoma detrás de las nubes.
Manda rayos transparentes y esperanzados.
Otra niña vestida de esperanza.
Los familiares de las pequeñas se cruzan con otra gente vestida de gala,
otra alegría en los ojos, de la boda.
Ya es mediodía caluroso.
El ruido de las voces está en otra ola, de la alegría.
De los callejones de alrededor entran mujeres vestidas de lunares,
flores grandes marcan el día de Romería…
El sol - buscando la sombra.
La lluvia y el calor juegan al escondite con el viento,
un pajarillo, un  pequeño punto negro, canta en la sombra de la palmera.
           
              25.05.2012, Marbella

domingo, 28 de octubre de 2012

El balcón de la Virgen




Hay una calle en Marbella
que serpentea entre flores
que asoman por los balcones
y se suben a los montes
de los tejados torcidos
que el sol teje de faroles.
El empedrado se empina
en adamascados soles
de grises y de morados
topándose con las tiendas
que se cubren de colores.
Unas mesas bien vestidas
sientan a su alrededor
gentes de todas las lenguas
que comen mientras departen
y disfrutan de esta tierra
que les ofrece su arte.
Al ascender, mas arriba
donde la calle se abre
a su izquierda en otra calle
se convierte la pared
en un mágico jardín
en ofrenda de la Virgen
que al balcón viene a asomarse
sonriendo a un pueblo hermoso
que le hace este homenaje.

viernes, 26 de octubre de 2012

La Calle de los Zócalos Azules



Es la calle de todas las calles, es la que corre de la montaña al mar, es la calle de las esquinas de sal, la calle de las callejuelas de albero, la de los zócalos azules, la de los pasadizos con misterio.

La número seis se aprieta a gusto entre fachadas altivas, le gusta intimar con un sol que se posa sobre sus tejas a dormir la fría siesta de marzo. Es coqueta y se sienta junto a la tarde, se la pasan mirándose a los ojos hasta que se les va la luz. Con su alero bobo, del que cae un trocito cada día, desde hace ya más de mil mañanas, con un portón tan  simple que no se deja ver, de pura timidez, y una sola ventana enrejada que lleva años de charla con un naranjo enano que no quiere crecer, para tenerla de frente.

A esta calle no sube el rumor de la Alameda ni llega el traqueteo de los coches de caballos, aquí es donde el sol siempre da de lado y el viento entra frio y envalentonado, por eso me gusta apoyarme en su fachada tibia a pasar las horas muertas con mi libreta roja, que se llena de sensaciones pilladas al vuelo, mientras miro a los niños mirar y las viejitas pasar, con sus sombras pegadas al suelo.

Espero pacientemente a que salga ese hombre de pueblo, con su cigarro y su sombrero, pero lo único que pasa es un perro ciego, guiado por dos palomas cansadas, y una pareja discutiendo tanto que al final de la calle ni es pareja ni es nada.

Que no le llamen casco antiguo, 
que le llamen pueblo, 
me dijeron las viejas, 
porque en los pueblos 
las mañanas son claras 
como las de antes, 
y las tardes se llenan de verdes 
que bailan con el Levante.

Cuando más abajo la calle impone su silencio, los turistas solitarios buscan algo que mirar, mientras el sol atraviesa limpiamente el naranjo, yo cierro los ojos para olerlo, y pensarlo, y pienso que no es casco que es pueblo, porque aquí se oyen gritos de niños, se escucha la radio por las pequeñas ventanas, los guisos del mediodía se escapan por los patios con todo su aroma, y si pasas la mano por las fachadas se arrugan las grietas de cal.

Y blanco es el azulejo, 
con el número 6 de añil, 
un blanco pintado a mano, 
de mano de viejo, 
el día ya hace su guiño, 
que se tiene que ir.

Los zócalos azules se vuelven violeta, poco a poco, juegan conmigo al engaño, lo hacen todas las tardes para que vuelva a escribir sobre de ellos, para que señale al alero con mi lápiz, para que mande recuerdos a la plaza con el viento de la esquina.

Y por fin, cuando ya me marcho, la noche de marzo abre su puerta, sin luz para iluminar la figura, yo sé quien es aunque no lo vea, es el viejo del pueblo con su cigarro y su sombrero, pero yo camino de vuelta, con mi literatura, con el naranjo que ya no huele y el empedrado que brilla en lo oscuro, como el acero.




jueves, 25 de octubre de 2012

Paseando con un fantasma

Cuenta la leyenda que hace muchos años, cruzaba por la calle Viento un fantasma.  Según los que le vieron, no tenía pies y cubría su etéreo  cuerpo con una larga sábana blanca,  coronando su  cabeza con unas velas mortuorias.

 Al atardecer, cuando caía la noche,  salía sigiloso. Dicen que pasaba por delante  de la iglesia de la Encarnación y  alcanzaba las rejas de la Virgen donde da comienzo la calle Viento.  Y allí, se persignaba, avanzando calle abajo como alma que lleva el diablo.

 En su carrera, asustaba a todo aquel que había osado salir de su casa con un grito desgarrador.  Ya no  jugaban los niños en la calle Viento. Los padres asustados  los escondían en sus casas, por temor a que el fantasma se los llevara.

A nuestro osado espíritu, los encalados muros de la calle  le saludaban bien entrada la noche, iluminados por las velas que  en su cabeza portaba.  Las  imágenes religiosas  alojadas en las murallas,  le veían pasar como una exhalación, siendo  testigos mudos de su paseo fantasmal.

Pero ni la Virgen del Rocío, ni Nuestra Señora de Triana ni siquiera Jesús del Gran Poder, consiguieron aplacar  a esa alma en pena que vagaba por la calle Viento.

¿De quién huía ese espectro inquieto? ¿A quién buscaba ese ser atormentado? ¿Por qué atravesaba todas las noches ese pasadizo  dejando tras de  sí chillidos de espanto  de todos aquellos  que osaron desafiarle?

Una preciosa noche,  un valiente le siguió. Escondió un estilete en su capa y  en el callejón se adentró  persiguiendo al fantasma.

Y así relata la leyenda  lo que contó de su  hazaña: “Una bella y  joven amante, sin sábana, le esperaba con ansía  al final de la calle, desapareciendo los dos  tras el gran portalón de su morada"
KPSolero
OCTUBRE 2012

jueves, 18 de octubre de 2012

Quién


Quién fui quién soy quién quisiera
Quién pudiera entender que te quiero
Qué poemas saldrían certeros
Qué otoño calmaría mi deseo.

Quién quiso quererte y no supo
Quién eres tú sin tu ego
qué quieres que yo te componga
Un poema, un beso, el fuego?

El beso que no supe darte?
el poema que no te escribí?
Qué quieres qué buscas, qué?
Si no me deseas, si ya te perdí.

martes, 16 de octubre de 2012

Impresiones de Nueva York

New York, salgo de Macy's. Las 6 de la tarde, una marea de colores cambiantes, los taxis amarillos fluctuando, empujándose en ambas direcciones; la ambulancia blanca y azul de silbido ululante, dejando una raya entre un  tráfico denso, desordenado, salvaje. Los hombres y mujeres, ajenos a la presencia compulsiva de los otros, en su andar decidido hacia un destino que solo ellos conocen. Y yo con mis bolsas, que me tiran de los brazos y el asombro suspenso del extraño. Cambio. Delante de la puerta, una bicicleta que tira de unos asientos tapizados en un cuero apagado cubiertos por un techo abovedado, se ofrece con un conductor, que no es musculoso sino hábil. Rezo cuando se adentra en la 5ª Avenida sorteando. Y disfruto feliz de haberme integrado.

GLOSARIO DEL TERRITORIO





Troño: nombre de niño, en el aldeo gustaban de mezclar el antiguo Tron con el más reciente Toño, y les divertía el resultado. Pero marcaba a la criatura.

Descolgar: de colgar o pender, dar a nacer, parir, caer al mundo criaturas de manera brusca, sin miramientos.

Tracamenta: tormenta con traca, violenta y de las que meten miedo por el cuerpo. Se aprovechaban para organizar las juergas más gordas del lugar.

Terrujón: mezcla de terruño y cagajón, de porquería que había esparcida en el aldeo, era una palabra aplastante y pestilente, y se quedó en el vocabulario.

Semarranas: semanas lentas y húmedas, de puercos y marraneras, más propias de animales que de humanos.

Mesendarios: Meses y meses, no cabían en el calendario de tantos queran. Los aldeanos gustaban desta expresión por el sentido común que tenía.

Fostias: cuando llovía tan fuerte que hostias parecían de lo que dolía, y si caían de cuña, todavía más. Y no había término medio, orbayaba o fostiaba.

Cuñadas Majeadas: eran las que ya quedaban de sobra, ya magreadas y sin alternativas. Daba pena verlas.

Feronastros: hermanastros desheredados, feroces y temidos por eso mismo, cargados de odio.

Toporculos Lejanos: parientes de muy lejos que solo aparecían para dar por culo. Aparecen cuando menos te los esperas, como cuando nació el Troño.

Prechatos: nacidos antes de tiempo (pre) y de nariz corta, motivo de guasa en la comarca.

Raiztrancados: medio humanos medio jumentos, que tenían los genes equivocados y atrancados. Eran de temer por su dificultad de razonamiento.

Casitontos: de razón frenética, eran los concebidos a la carrera, al tun tun, sin ton ni son, y así salían. Unos pocos se corregían en los años bisiestos.

Ociópedos: la mayoría, los que no tenían nada que hacer, pasaban el día mirando, comiendo y peyendo.

Follitrear: joder sin apasionamiento, mecánicamente, follar por tríos, como los marranos del abuelo de Troño.

Acequiar: inventar historias, lanzar rumores a ver qué pasa, para que corrieran por la corriente. Por gusto de acanalar y hacer daño. Por envidia mayormente.

Susobicho: mezcla de susodicho y bicho, vocablo neocatecumenal de una lógica fatal, que se impuso por el uso, porque le cogieron el gusto y ya está.

Troncual: que comía cual bestia sin serlo, zampando como un tron, o más. Vocablo muy repetido que se quedó.

Remulo Zahareño: mulo silvestre pero redomado, sus coces hacían temblar al más valiente, originario de Zahara de la Sierra.

Ventoscos: viento del interior, asco de remolino, de aire putrefacto, expulsado de manera osca e intestinal. Manera de respirar cuando se tiene la boca cerrada, como las burras viejas de la comarca.

Borraciños: se comían de pura gula, mezcla de borrachuelos y pestiños, con efecto ventocular inmediato capaz de asfixiar a un casitonto o a un prechato.

Deglutar: tragar sin deglutir, directamente al bafio.

Trocos: trozos de carne de oso: t r o c o s. Crudos y sin deshuesar, sin pasar por fuego ni cazuela.

Enordables: una enormidad formidable, sólo vista muy de vez en cuando por los viejos.

Rabear: chupar y sorber un hueso hasta convertirlo en un rabo largo y maleable. Dejaba exhausto y era pasatiempo muy popular en las ferias.

Mustia: vieja de tetas como pimientos, de carnes blandas y piel de cebolla, pero eran listas las jodías.

Fustio: animal de andar libre, de montes altos, desabrido y malencarado, y en edad de fermentar y descolgar.

Zafisgar: actividad propia de las zafias mustias, entre fisgonear y acequiar.

Jumento: medio humano medio jamelgo, criatura de tamaño deformado de tanto deglutamiento.

Hostiormento: el mismísimo momento del golpe, el instante de la hostia. La palabra más popular en la zona. Provocaba ahogamientos por descojone.

Mulzampos: antiguos pedregales inservibles, arados y sembrados por mulas zahareñas.

Desventolar: despegar de la tierra a animales rastreros y peligrosos, aire malsano con efecto de lanzamiento.

Tracamar: dícese de la acción de lanzar tracas por el mero gusto del destrozo, descuartizando todo lo que pilla alrededor. Práctica ancestral de los Toporculos y los Raiztrancados.

Maños: de la lejana y odiada región de la maña, siendo las Rueñas las odiadas suegras de los maños, y los Moños los coños de la suegras de los maños.

Trizar: es el vicio de la comarca, comer por comer, sin hambre ni ganas ya, por no dejar de masticar. Rumiar imitando a las bestias de cuadra, zampar por hastiamento.

Fregua: el resto de la familia, la manada, los inútiles.

La Troña: el maldito huracán que envía el Atlántico cada Otoño.

Zuruño: un terruño alto, como los montes de la Zubia, en desuso y habitado por los fustios y algunos remulos asilvestrados. Evitado por las bestias de cuadra, por los ociópidos y los feronastros.

Trascular: dícese de la acción, muy común en la zona, de andar patrás por equivocación o por falta de hacer algo en concreto, por gastar el tiempo. Muy común.

Perniarse: perderse por piernas, salir del aldeo andando y no volver hasta el día siguiente, o más, con el sentido perdido y muerto de hambre, origen de la acción de Trizar para luego Ventoscar.

Proturvia: era la provincia donde quedaba el aldeo, la más turbia y sucia de la región.

Vieja Comulga: la que se pasa el día rezando, por los aldeanos, por las bestias y por las cosechas. Después se iban a acequiar.

Mujeroncia: mujer grande, procedente de fermento de troncia y jumento, poderosa y de manos grandes. Gustosa de las buenas fostias, y de follitrear con Zultios y Enjiñados.

Decumanal: de las que leen la cartilla al esposo una vez y no más, muy temidas por su pasado de Putrarcas, esto es putonas que leían a filósofos desconocidos. Buenas para redomar remulas zahareñas.

Pedoncos: pedos como truenos, de los de arrancar troncos, resonaban por la comarca a diario, especialmente potentes después de devorar Trocos y de Rabear huesos.

Zultios y Manchurreros: eran primos hermanos, gentes deformes que bajaban de la Zubia, venían en carros de mulas en época de ferias, expertos en churros. Por lo demás eran criaturas inútiles y apestados.

Enjiñados: objeto de burla general, los cagados, los muertos de miedo, los que se perniaban cuando bajaban los fustios, los que se escondían cuando sonaban pedoncos. Se mezclaban con los Casitontos para evitar las iras.

Remustiar: revolverse despanto, emitiendo gruñidos y eructos intensos con posibilidad de Desventolar.

Despavotar: huir en desbandada, en caos, sin orden ni dirección concreta.

Miérdago: un miedo de órdago, de los que se meten por los huesos y te hace temblar. Muy normal entre los Enjiñados.

Magra y Retriesca: mujeroncia de las de cuidar corral y cuadras con mano grande y dura, temidas por los esposos y muy buscadas por los Trasmurcios.

Trasmurcios: decíase de los de más allá de Murcia, llegaban a Los Territorios trasculando penosamente durante mesendarios. Pestilentes.

Fumentos: bestias de cuatro patas.

Acabalgar: recorrer las tierras chulamente y con desafío para adueñarse. Follar de a dos.

Ñapañar: apañar con saña, intensamente. Por ejemplo las marraneras.

Desfangar: separar sin asco la paja del fango, quitar la mierda a la Fregua.

Nomesticar: era la misión en la tierra, dar nombre y domesticar.

Encojonamiento: encogerse de miedo. Propio de casitontos y enjiñados.

Mostrarco: un pariente como un potranco, de los de formar Fregua potente de juntarse con una jumenta de la Alta Friturgia.

Zonzón: doblemente negro, tizón, sureño. Extraño, Gentuza.

Capimulo: bebé recién caído, parido, ya grande y con mirada de troncual.

domingo, 14 de octubre de 2012

Más palabras


Nació rubio y bizco, y lo llamaron Toño, llovió sin cesar en el terruño por días, cayeron fostias de cuña. Y de qué manera creció la criatura que sus creadores solo trabajaban para panes y decuños, y venían a verlo cuñadas, hermanastros y morcillos, todo chatos, todos pretos y partideros, de los que se follitrean de tres en tres. Pero no iba en broma el susodicho, comía como un torcual, como un mulo zahareño, y así que dormía de lado y mascullaba pestiños y tragaba barcios como caños, de los que se malean y retuercen, hasta reventar.

El día que apareció el abuelo a contemplar al tal Toño, llamó a la abuela, ven acá coño, que desto no se parió nunca, ni bestia rala ni fustia rotunda se vieron jamás desta ralea en el aldeo. La vieja se ladeó para poder afisgar algo y perdiendo el equilibrio se descornó el tazo del golpe.

Llegó como tal el Otoño, sin presentarse, para qué, destrozando trachos y cosechas, desventolando culebras y levantando faldas, tracamando moños, maños y rueños. Más paró de trizar el niño, respiró hondo la fregua, y aprovecharon padres y fermanos para tricar carne sobrada y sentarse risueños, pero tuvo que venir la Troña, la que jode todo en el Otoño, barrancó cantos de murcianos y torció voluntades y madroños, abrió boquetes como pozos ciegos y lanzó al niño hasta un zuruño, al más alto, al que nadie jamás trasculó, ni osó siquiera perniarse, el más apestoso y recomido de húmedas setas, el zuruño mas rancio de toda la proturvia comarcal.

Pero hay Dios que lo vió, como hay viejas comulgas que bajó el Toño triunfal, bajó al aldeo de la mano de una mujeroncia de la Alta Friturgia, decumanal y grasienta. Volvió con sus zampas, eructos y pedoncos, y lo vieron bajar todos, los mancos, los zultios y los manporreros, cagados a los lados de camino, enjiñados en los balates, hasta las burras en parto gimieron, y se remustiaron los terneros desparramados, despavotadas huyeron las bestias, y los ahumados incluso lloraron de puro miérdago.

Asentose el brutal, con su parienta magra y retriesca, los dos fumentos acabalgadon tierras, apañaron marraneras y desfangaron estiércol. Ñomesticaron a los vecinos y comiéronse a las bestias. Ya mudaron los tiempos, y enmudecieron los comarcanos de puro encojonamiento.

Y ya todo fue orbayo, y más que hubo de orbayar, que cayó una tormenta despanto, el mostrarco fermentó a la parienta en mitad de una matraca de jarcias y rayos, y a los nueve meses la magra descomulgó una criatura primigenia, un trasmurcio más grande que un castaño, con cuernos y bizco como el Toño, pero negro tizón como un sureño. Y cayó el capimulo al mundo, junto al tranco, con el sonido sordo de un leño. 

martes, 9 de octubre de 2012

LA PLAZA DE LOS NARANJOS



Es verano. La Plaza de los Naranjos habla inglés y huele a sobremesa.

Jirones de siesta se escapan de las ventanas abiertas, enredándose con las ramas de los árboles que acunan sus frutos, todavía inmaduros.

Una mujer de ropas arreboladas cruza presurosa la plaza, con un trozo de África prendido en su mirada. Me sonríe, le sonrío, y sigue caminando.

Lucas, el camarero, pasa el trapo con desgana, sobre la mesa de al lado.
¡Qué pesada está la mosca!

Otro sorbo de café y enciendo un cigarrillo. El humo, liberado, sube a jugar con la aguja del reloj de sol, que marca descarada, una hora imaginaria.

Las campanas de La Encarnación dan las cuatro, haciendo alzar el vuelo a inexistentes pájaros.

Pasa mi amigo José María en su bicicleta roja. ¿O esto lo he soñado?

Mi alma aletargada se confunde con las sombras, huyendo de la luz implacable que abrasa los adoquines, impacientes de pisadas.

Y, a pesar de la mosca, me siento feliz.

Pago lo que debo y me levanto.

El eco de mis pasos rebota en la pared de la calle del Carmen y sube reincidente hacia el castillo.

Llego a la plaza de la Iglesia. Me paro un rato y percibo, adherida a las piedras de la muralla, la presencia intangible de mi amiga Mimi.

viernes, 5 de octubre de 2012

Rodrigo y el mar



Rodrigo es un jubilado que cada mañana de domingo, baja hasta el puerto para dar de comer pan seco a los peces. No es ni muy viejo, ni muy bajo, ni muy lento. Es, sencillamente, otro jubilado más en el paseo marítimo, con negra boina en su cabeza y curvado cayado en la mano. Esta costumbre de dar pan seco a los peces, la cogió de joven, trabajando en un restaurante junto al puerto. Cada noche, si no acababa muy cansado, tiraba el pan duro en pequeños trozos al agua, acudiendo al instante una muchedumbre de sombras submarinas.

Cierto día de otoño, estando de charla con sus peces, se acercan curiosos un padre y su pequeño, que están de paseo. El niño, pensativo, le pregunta a Rodrigo por qué tira pan al agua.
-       Para que puedan comer mis peces -contesta sonriendo-. Los he criado desde que nacieron.
El niño, no muy convencido, se queda mirando a los enormes peces y vuelve a preguntar: “¿Y cómo se llaman? ¿Quién los ha traído?”. Rodrigo pausa, le responde con un montón de nombres que el niño da por buenos y termina contándole la increíble historia acerca del origen de los peces en el puerto. Desde entonces, el niño arrastra a su padre cada domingo, para ver comer a los peces.

Hace ya muchos años que Rodrigo murió, pero sus peces aún comen ahí. Matías sigue fiel a su cita semanal, acercándose cada domingo al puerto para dar de comer pan a los peces, y contarle a su pequeño hijo Rodrigo, fantásticas historias sobre quién los puso ahí. De vez en cuando, el niño, algo incrédulo, le pregunta. “¿De verdad te sabes todos los nombres todos de los peces, papa?”