viernes, 26 de octubre de 2012

La Calle de los Zócalos Azules



Es la calle de todas las calles, es la que corre de la montaña al mar, es la calle de las esquinas de sal, la calle de las callejuelas de albero, la de los zócalos azules, la de los pasadizos con misterio.

La número seis se aprieta a gusto entre fachadas altivas, le gusta intimar con un sol que se posa sobre sus tejas a dormir la fría siesta de marzo. Es coqueta y se sienta junto a la tarde, se la pasan mirándose a los ojos hasta que se les va la luz. Con su alero bobo, del que cae un trocito cada día, desde hace ya más de mil mañanas, con un portón tan  simple que no se deja ver, de pura timidez, y una sola ventana enrejada que lleva años de charla con un naranjo enano que no quiere crecer, para tenerla de frente.

A esta calle no sube el rumor de la Alameda ni llega el traqueteo de los coches de caballos, aquí es donde el sol siempre da de lado y el viento entra frio y envalentonado, por eso me gusta apoyarme en su fachada tibia a pasar las horas muertas con mi libreta roja, que se llena de sensaciones pilladas al vuelo, mientras miro a los niños mirar y las viejitas pasar, con sus sombras pegadas al suelo.

Espero pacientemente a que salga ese hombre de pueblo, con su cigarro y su sombrero, pero lo único que pasa es un perro ciego, guiado por dos palomas cansadas, y una pareja discutiendo tanto que al final de la calle ni es pareja ni es nada.

Que no le llamen casco antiguo, 
que le llamen pueblo, 
me dijeron las viejas, 
porque en los pueblos 
las mañanas son claras 
como las de antes, 
y las tardes se llenan de verdes 
que bailan con el Levante.

Cuando más abajo la calle impone su silencio, los turistas solitarios buscan algo que mirar, mientras el sol atraviesa limpiamente el naranjo, yo cierro los ojos para olerlo, y pensarlo, y pienso que no es casco que es pueblo, porque aquí se oyen gritos de niños, se escucha la radio por las pequeñas ventanas, los guisos del mediodía se escapan por los patios con todo su aroma, y si pasas la mano por las fachadas se arrugan las grietas de cal.

Y blanco es el azulejo, 
con el número 6 de añil, 
un blanco pintado a mano, 
de mano de viejo, 
el día ya hace su guiño, 
que se tiene que ir.

Los zócalos azules se vuelven violeta, poco a poco, juegan conmigo al engaño, lo hacen todas las tardes para que vuelva a escribir sobre de ellos, para que señale al alero con mi lápiz, para que mande recuerdos a la plaza con el viento de la esquina.

Y por fin, cuando ya me marcho, la noche de marzo abre su puerta, sin luz para iluminar la figura, yo sé quien es aunque no lo vea, es el viejo del pueblo con su cigarro y su sombrero, pero yo camino de vuelta, con mi literatura, con el naranjo que ya no huele y el empedrado que brilla en lo oscuro, como el acero.




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