martes, 9 de octubre de 2012

LA PLAZA DE LOS NARANJOS



Es verano. La Plaza de los Naranjos habla inglés y huele a sobremesa.

Jirones de siesta se escapan de las ventanas abiertas, enredándose con las ramas de los árboles que acunan sus frutos, todavía inmaduros.

Una mujer de ropas arreboladas cruza presurosa la plaza, con un trozo de África prendido en su mirada. Me sonríe, le sonrío, y sigue caminando.

Lucas, el camarero, pasa el trapo con desgana, sobre la mesa de al lado.
¡Qué pesada está la mosca!

Otro sorbo de café y enciendo un cigarrillo. El humo, liberado, sube a jugar con la aguja del reloj de sol, que marca descarada, una hora imaginaria.

Las campanas de La Encarnación dan las cuatro, haciendo alzar el vuelo a inexistentes pájaros.

Pasa mi amigo José María en su bicicleta roja. ¿O esto lo he soñado?

Mi alma aletargada se confunde con las sombras, huyendo de la luz implacable que abrasa los adoquines, impacientes de pisadas.

Y, a pesar de la mosca, me siento feliz.

Pago lo que debo y me levanto.

El eco de mis pasos rebota en la pared de la calle del Carmen y sube reincidente hacia el castillo.

Llego a la plaza de la Iglesia. Me paro un rato y percibo, adherida a las piedras de la muralla, la presencia intangible de mi amiga Mimi.

2 comentarios:

  1. me gustan "los jirones", "un trozo de africa" _y "adherida a las piedras...."
    mezclas poesia con lo mas cotidiano, me gusta

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  2. Hola, Jose Luis,
    Me alegro ver que y a ti te gusta esa plaza, yo pase el verano pasado allí, todo el tiempo disfrutando, no importaba ni la hora , ni la temperatura, siempre es una felisidad estar allí. Lo leo y me encuantro debajo de los naranjos , escucho la mosca u noto el humo de tu cigarillo,
    Bello, Mimi

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