jueves, 29 de noviembre de 2012

MICRORRELATO CON 100 PALABRAS


Una, dos, tres, cuatro, uff, no sé qué poner. Cien palabras ha dicho José María. No se me ocurre nada. Un relato con cien palabras. ¡Qué difícil! ¿Y si me faltan dos o tres, qué hago? ¿Me invento palabras así porque sí? No sé si seré capaz. ¿Qué harán los demás? ¿Sobre qué escribirán? Porque si tienes una idea buena para un relato, con cien palabras no te llega. Y si no la tienes, cien palabras es una cantidad enorme. Me parece que voy a dejarlo. Aunque, espera, a ver: noventa y cinco, noventa y seis… Ah, ya está: cien.

La Leyenda del Camino de la Media Luna (2)

No era cojo, pero renqueaba, y arrastraba levemente la pierna izquierda. No era mudo, pero era duro de hablar, de lengua árida. Tampoco era ciego, pero era raro verle la mirada negra, solo abría los ojos de noche y frente a la lumbre, como si lo visto en sus ochenta y tres años fuera más que suficiente.

Su difícil lenguaje le venía de la zona de las montañas del norte de la provincia, de donde vinieron sus abuelos huyendo del polvo y del hambre. Hablaba un andaluz arcilloso, con algo de portugués alentejano, mezclado con gemidos roncos que se le escapaban involuntariamente por la boca. 

Todos los leños ardían ya, y el resplandor titubeaba sobre la piel de barro de las mulas, así que el Cojo se arrancó a contar. Removiendo lentamente las ascuas como si se tratara de pitanzas para un guiso, y con la mirada clavada en el fuego, comenzó a relatarme la historia del camino.

-Esa Luna estraña tiene maldición, te digo niño –sentenció con ojos de negro y fuego – ya pa’ntonces se dicía que las pessoas no volverían nunca de tanta lejanía. Juhhh –emitió su primer resoplido.

-¿Quieres decir la Media Luna? – me salió como un suspiro.

“Sí, el camino de la Media Luna, ese que sale por detrás da iglesia y baja pal‘río por las marraneras. Por el Cristo de Moclín que ni los animales lo quieren andar, que se les mete frio nas entrañas y reculan p’atrás. Jamás vieras a naidie por ahí, te digo niño. Mis agüelos ya referían de un hoyo que se lo tragaba to: canes, bestias ralas y pessoas enteritas, juhhh”. 

           -Pero es que alguien de tu familia desapareció por allí?.
           -¡Dios no lo quiera señorito! – el Cojo soltó su vara, se santiguó y se le estremeció el cuerpo con un breve temblor que me contagió a mí – ¡naidie de mi familia marchara jamais por ese sitio, por la virgen!, no miente usted esas cosas ni de broma, que aluego ocurren verdaderamente!.
           -¿Ycómo lo sabes entonces, Juanillo?

“Pos siempre sa dicío que ese camino llegaba demasíado lejos, que non tiene fin, y que una vez que se cruza la Trampa ya está uno perdío. Que los campos que atraviesa no benefician, de pura pedregosa y matas secas, do nunca gente puso pies ni mirada”.

“Se contaba que lo usaban los frailes d’aquí ha ya muitos siclos pa subir a la ermita da Sierra Perdida, que ya en aquellos tiempos de cristianos no volvían todos los que marchaban juhhh, y entonces ya empezaron las habladurías”.

Por la manera en que el Cojo movía los troncos con sus tenazas presentí que esa historia no iba a ser como las demás que corrían por el valle. Yo no me atrevía a moverme de la silla pero él se sacó un paquete de tabaco negro y se encendió un cigarro arrimándose un ascua con las tenazas, después de una lenta y profunda bocanada, y antes de soltar la humareda, me dirigió la primera mirada. Yo me removí en mi asiento.

“Desapareció muitaa gente por ese camino, jornaleros que se iban a robar ceituna a los olivares abandonados, cazadores en busca de zorzales que se alejaban y se les echaba la noche encima, caballos o canes que se escapaban y se los tragaba el hoyo...ese hoyo de arenas movidizas que puso ahí el mismo diablo juhhh”

“Cucha que te diga niño, tu’scuchao hablar de los Ranranes?, pos eran familia rancia, de cante y guitarra pa llorar, por eso mismito les disían ranran. Sobrevivían como una tribu, en las cuevas altas del pueblo, eran mitad germanos fríos mitad gitanos de algarabía, y lo mismito que te montaban una juerga flamenca subían en cuadrillas a varear olivos, eran duros, os que mais rentaban, pero solo cuando querían, los jodíos”.

“Yo conocí a la Frasquita, la enviuda del Miguelito el Ranran, más güena qu’era la condená, pero dura y carcomía como un jierro de chimenea, y su pessoa misma me lo contó toíto. Cosa triste señorito, pero triste, que naidie quisiera falar desto en la cortijada, que’s la liyenda mas negra que se enrumorea, en’deque desapareció la Frasca nos cayó la helá nel cortijo”.

            -He oído hablar de los Ranranes, y del Miguelito, mi padre lo conoció y nos contó cosas...pero nunca que hubiera desaparecido, y su viuda tampoco.... –  me desconcertó ese cambio de tema, de la leyenda del camino a la viuda del Ranran... y noté como el Cojo se alteró y tiró el cigarro al fuego con rabia.

          -¡Cago’ndios que me he'ío de la lengua, juhhh!, ¡que d’eso non se fala cojo, que te lo tienen dicío!

PALABRAS SIN VOZ

Donde se fueron las palabras, qué enemigos encontraron para irse tan lejos; a quién se han enfrentado que han preferido la derrota, la huida al mundo del silencio, donde quedarán encerradas para siempre, dónde se volcarán asustadas buscando  un nuevo lugar desde el que poder reinar.

Un  silencio sordo, vacío, dolorido,  llenado con  suspiros rotos, ruidos de tazas viudas,  pasos apresurados;  palabras en equilibrio, en movimiento, colgadas de un precipicio abismal.

Volved, os echo de menos.

Kika PSolero

Nov.2012

sábado, 24 de noviembre de 2012

La leyenda del Camino de la Media Luna






Recién cumplidos los 17 años me dio por vivir despacio, explorar a pie las montañas cercanas, disfrutar con cada minucia inútil que se me cruzara, por tomar notas y charlar con los desconocidos y chalados.


Precisamente desconocidos y gente extraña no faltaban en ese campo quieto y torturado por las estaciones, de modo que de repente me encontré, sin necesidad de viajar, en el paraíso de las historias inventadas. 


Las venía oyendo desde pequeño, así que muchas ya me sonaban, las escuchaba de mis primos mayores durante los largos paseos a caballo. Las relataba el tractorista, el Moro, ese personajillo con piel de reptil y desdentado, mientras revisaba el motor de su tractor. 


También se relataban en esos cuartos desnudos y con pequeñas chimeneas de esquina, que tanto abundaban por la cortijada, y que me atraían poderosamente desde pequeño. Historias de cortijos fantasma, de gentes desaparecidas, de muertos que aparecieron vareando olivos. Eran el tema favorito de conversación de Angustias, la cocinera, con su vecina la Jaima, deslenguada y siempre lista para saltar como una víbora, y otras desoladas viejas de los caseríos más altos, que al caer la noche bajaban como grupos de cucarachas a las casas cercanas al rio.


Yo me solía hacer el ausente, pero estaba atento a los detalles, los nombres, los sitios, qué tragedia, quién murió, a quién se le disparó la escopeta, qué caballo se escapó.


Una noche heladora de enero, eché una mano a Juanillo el Cojo, mientras él recogía a las bestias y las iba repartiendo por las cuadras, yo esparcía paja en el suelo con el rastrillo grande, para que los animales no durmieran encima de las piedras desnudas. De todos los personajes de la cortijada, el Cojo era el más siniestro, el de lenguaje más difícil de entender y el de mirada más nublada.


Entre los dos encendimos la pequeña chimenea al fondo de la cuadra principal, donde dormían las mulas pardas, y recuerdo que me contó la única historia que no he necesitado apuntar para tener que recordarla: la leyenda del Camino de la Media Luna. Recuerdo que me metió tanto miedo en el cuerpo que ni me atreví a salir al patio oscuro a por más leña. Recuerdo que era una noche quebrada y que el valle gritaba su silencio....



                                                                       

sábado, 17 de noviembre de 2012

La petite Helene



La llegada de la primavera y la aparición del buen tiempo, son causa de gozo entre los parisinos, quienes no dudan en salir, cuando sus obligaciones así se lo permiten, a pasear, bailar o simplemente disfrutar de un buen vino. Cierto día, están Pierre y Jean Paul sentados en una mesa del merendero de la Galette, disfrutando de la calidez de la tarde y de un rato de vino y charla amena, cuando el segundo, como quién se acuerda de repente de algo que olvidó, dice:
-          Mi querido amigo, Pierre. ¿Cuándo me harás un retrato?
-          ¿Un retrato, Jean Paul? –se sorprende-. ¿Y para qué lo quieres?
-          Deseo pasar a la historia –responde decididamente.
-          ¿En tan poco estimas tus versos que pretendes servirte de mi arte?
-          Tan acertado como siempre, querido Pierre. Bueno, ya está terminado. Aquí tienes los versos que te prometí. ¿Y mi dinero? –sonríe Jean Paul.
-          Cuando mi talento sea reconocido, mi impaciente amigo. Mira, allí vienen Margueritte y Juliet.
-          Ah, mi hermosa Juliet –suspira-. Si tan solo me atreviera a mirarla a los ojos, Pierre.
-          Eso tiene solución. Dile que este poema es para ella.
-          ¿Cómo? El poema y Juliet no tienen nada en común.
-          Por favor, Jean Paul, eres poeta. ¡Algo se te ha de ocurrir, mi buen Romeo!
-          Ay, qué mal presentimiento tengo sobre esto –se lamenta meneando la cabeza.
-          Calla, que ya llegan.
-         
-          Buenas tardes, caballeros –saludan Margueritte y Juliet tras acercarse.
-          Buenas tardes, señoritas –responden ambos artistas-. Nos encantaría disfrutar de vuestra compañía en nuestra mesa. ¿Aceptáis?
-          Uhm, no sé, Sr. Renoir. Unas señoritas como nosotras con unos caballeros como ustedes… -alega, haciéndose de rogar.
-          Por favor, señorita, Juliet. Me haría muy feliz –insiste Jean Paul.
-          Hagamos un trato –ofrece Pierre-. Si mi buen compañero os seduce con un poema dedicado a vosotras, os sentareis sin rechistar.
-          Bueno, siempre puede intentarlo. Pero os advierto, mi buen Jean Paul, que somos muy críticas y exigentes con la poesía –advierte Juliet al tiempo que el tímido Jean Paul carraspea.
-       Estos versos me fueron revelados cuando la hermosa Helena de Troya me inspiró en una noche cálida, paseando yo por el nuevo barrio de Montmartre. Escuchad:
A orillas del río Sena
y llorando sus amores,
se encuentra la bella Helena,
con sus doradas melenas,
entre tomillos y flores.
-       Es muy bonito. Solo se olvida usted un pequeño detalle. Ja,ja. ¡Pero Jean Paul, ni Margueritte ni yo nos llamamos Helena!
-       Lo sé, pero sois igual de hermosas que ella. ¿Verdad, Pierre? –responde sonrojándose.
-       Cierto, querido amigo, cierto.
-       ¿Y ahora aceptaréis sentaros con nosotros? –insiste Jean Paul.
-       No sé. Nuestra institutriz es muy estricta respecto a sentarnos con caballeros  -expone Margueritte al tiempo que se apoya junto a Pierre.
-       ¿Y qué puedes esperar de una solterona alemana? –ríe alegremente Juliet.
-       No hay manera de quitarnos de encima a estos prusianos –suspira Jean paul.
-       ¡Ya, sé! Jean Paul, por favor, compón algún ripio para nuestra germana institutriz, ja, ja.
-       ¡Brindemos por ello al son de la música! –cantan todos al unísono excepto Pierre, que observa lentamente a su alrededor.
-       ¿Qué ocurre amigo, Pierre?
-       Oh, nada mis queridos compañeros. Solo pensaba que este momento sería estupendo para uno de mis cuadros, con esta luz atravesando los árboles, la parejas bailando, los niños corriendo y la música sonando.
-       Ja, ja ¿Y cómo pintarás la música? –se burla Jean Paul.
-       Un buen pintor no pinta la música, querida amigo, sencillamente hace que suene directamente en la mente del espectador.

Relato basado en el cuadro Baile en el Moulin de la Galette, de Pierre A. Renoir.

¿A que huele esa naranja?

Huele a amarillo picante,
a verde recién cortado
a abejas hilando flores,
que derraman sus olores
y lentamente impregnando
cada rincón de mi olfato,
me transportan a otros mundos
de infancia, de amor, de antaño
y tiran de mi nostalgia
rompiéndola en mil pedazos
estallando en alegría
de cosquilleos desgranados.

viernes, 16 de noviembre de 2012

O soño do Manuel

Me despido de mi mujer y mis hijos, que se quedan resguardados en el umbral de la puerta. Qué lástima me dan, todavía tienen cara de sueño, los pobres. Saludo a José y guardo la maleta en el coche, para luego sentarme calentito dentro. Siempre viene con la calefacción a tope. Este no termina de adaptarse a nuestro clima. De nuevo el mismo ritual de cada temporada: la despedida de mi familia, el frio camino hasta el puerto, en silencio, la eterna espera apoyado en la barandilla. Me gusta quedarme en cubierta observando el puerto, sus pesqueros, la bocana, el faro… Hasta que todo eso no es más que un gran punto amarillo en el horizonte y entonces, balanceado por el oleaje de pleamar, me dejo arrastrar hasta al camarote, donde me fumo un pitillo con mi compañero.

Pero esta vez ha sido distinto. José se cayó por las escaleras y está en la enfermería. Nada grave, pero no tengo por compañero de vicio más que el humo, que se queda arremolinado junto a mi cabeza, buscando como ave en celo, un lugar donde anidar. Ya es hora de ir desempacando mis cosas. Abro la vieja maleta de mi padre. Cuantos mares habrá visto ya este cajón. Es viejo y huele a humedad, pero lo guardo porque en el fondo soy un sentimental y su olor me recuerda a mi viejo. Cuelgo mi ropa y mis escasas pertenencias en el estante. Me parece que he traído pocas cuchillas de afeitar. Bueno, me volveré a dejar barba. Total, aquí no hay nadie a quién besar. He puesto mi tableta digital sobre el cajón de mi padre. Qué contraste: lo viejo y lo moderno. Si no fuera por este invento, me aburriría como una ostra, porque una vez en alta mar solo me queda la televisión del comedor o la música tecno de José. ¿Cuánto hace que partimos? ¿Tan poco? Hoy es sábado, así que los niños deben de estar todavía sobando en la cama grande, con mi mujer. Quién fuera niño otra vez. Bueno, a lo mío. Voy a ver quién anda por ahí fuera ahora que el tiempo lo permite, porque las nubes que había cuando salimos estaban muy rojas.

Me he cruzado con José que venía de la enfermería. Qué cabrón, dos días en cama con la pierna tiesa. Después de ayudarle a entrar en el camarote me he recorrido el barco saludando al personal. En el puente me he encontrado con el capitán que está de muy buen humor. Dice que esta temporada los caladeros están rebosando. La verdad, hasta que no vuelva a pisar puerto y vea la pasta, no me lo creo. Mira por donde hay uno nuevo: el radio. Bueno, técnicamente se llama operador de radio, pero aquí todo lo abreviamos. ¡Qué jodio el Tiago! Mira que tocarle la lotería. Desde luego con dos millones de euros, yo no volvería aquí. Lo tengo claro: montaría una pescadería en la lonja. Ahora, que este tiene menos pinta de hablar español que yo de dar misa. Se llama Yuri no-sé-que-más-kov. Le dejo tocando botones a lo loco. Yo eso no entiendo. A lo máximo que llego es a encender la tableta que me regaló mi mujer y que me enseñó a manejar mi mayor. Si no fuera por ellos, iba a estar yo aquí, aislado del mundo tanto tiempo. Todo sea porque tengan un buen futuro y no acaben como yo. Vuelvo a bajar y casi me resbalo por la escalera yo también. Mira que si acabo como José, en cama dos días. Menudo fumadero de maría íbamos a montar ¿Dónde estará el maricón de Mohamed? Le voy a comprar algo ahora que luego sube el precio. Je, je, ni que fuera un jeque vendiendo gasolina, el tío.

Mañana temprano comenzamos la faena. No llegaremos al caladero hasta dentro de un par de días, pero hay que ir preparando los arreos y demás. Ya me conozco la rutina. Por suerte, no hay prisa hasta que lleguemos, así que me enrollaré hablando con Gabriel. Su mujer ya debe de haber dado luz. Está buena la tía, aunque no está bien que lo diga, porque es mi prima, pero ya se sabe el refrán: “a la prima, se le arrima”. Espero que haya ido todo bien, porque la última vez que les vi juntos, la cosa no estaba muy católica. Que si lo iba a dejar otro, que si no la entendía como antes. En fin, cosas de mujeres. Lo malo es lo del Cristobal. Mira que meterse en el contrabando. Pobre, le van a caer unos cuantos años. Menos mal que tiene a la Catuxa, que no será guapa, pero vale una mina ¡Qué tia! Bueno, cambio horario, o como dicen los pijos de Madrid, el “Ye lá”, que me voy a dormir y soñar un rato. Esto de ir por delante del sol es un rollo.

CERRAR EL PASADO


 

       - Buenas tardes Juan.  Entre y cierre la puerta,- dijo  mientras se servía  una taza de café del termo que tenía siempre en la mesita suplementario de su despacho. Su mano tembló al hacerlo.
 
     - Digame Señor Joaquín ¿Necesita algo?, mientras se sentaba en la vieja silla de cuero verde ya cuarteado con los años.

 -  ¿Cuántos años lleva Vd., en la empresa? , le preguntó encendiendo un cigarrillo. Tenía que dejarlo se dijo, mientras su mechero Dupont  de oro realizaba su función con un ligera y azulada llama.
 
- Pues llevo cincuenta años. Entré con su padre, de botones, desde abajo, se acuerda. Al final toda una vida Señor Joaquín, toda una vida, trabajando. Y sabe Vd. ya llevo siete años  llevando la dirección comercial de la empresa, aunque han cambiado muchos las cosas claro decía aceptando el cigarrillo que le ofrecían. Antes todo era más fácil y la gente más formal claro….

 -  Perdone  Juan, le interrumpió suavemente el Señor Joaquín. Escúcheme por favor. Con la crisis, no están cuadrando los números y he tenido que tomar medidas urgentes e inmediatas.  Sus ojos verdes, escondidos detrás de unos cristales de miope dirigieron su mirada a la locomotora del primer  tren que su padre fabricó y que presidía su mesa de trabajo. Aún conservaba ese color verdoso metalizado  y negro carbón cansado. En un lateral, escrito en letras rojas, se podía leer: J.Velarde I

 Continuó hablando:

 -Estoy cansado de luchar con los bancos y tengo problemas para afrontar los pagos desde hace ya casi dos años.

-          Pero D. Joaquín, no me diga, exclamó levantándose del asiento muy nervioso.  ¡Nunca pensé que hubiera problemas de tesorería ¡  ¡No puedo creerme lo que me está contando!  Sé que llevamos dos años malos, que no he conseguido cubrir los objetivos de ventas marcados, pero siempre confié en que la empresa tendría un buen colchón después de tantos años de ganancias. ¿O estaba completamente equivocado Don Joaquín? Dígame por favor.

-   Pues sí, continuó Don Joaquín, levantándose también y acercándose a la ventana.
 
     Miraba esa calle, en el viejo Madrid, esa calle donde su padre había comenzado el negocio justo después de la guerra, en un viejo almacén y fabricando él mismo los trenes. En aquellos día fue cuando llegó su fiel Juan, al que le dió con quince años, el puesto de botones de la empresa, función que ejerció durante años de forma eficaz y con mucha dedicación.

-          Durante estos dos últimos años, hemos tirado de ese colchón como Vd. Le llama, continuó. Realmente, hemos cubierto a duras penas los gastos.  Incluso, tuve que bajarme mi sueldo para seguir aguantando. Pero ya se acabó.  Quiero que convoque una reunión general con todos los empleados.   Tengo que comunicarles que cierro la empresa. Ya no tengo liquidez y los bancos no me dan más crédito.  Sencillamente, no creen en el futuro de nuestro producto.  Los trenes de juguete ya no se venden. Han pasado a la historia, concluyó retorciéndose las manos de forma compulsiva.

    Se acercó a Juan,  que seguía de pie. Éste había envejecido de repente.  Las mangas del traje que llevaba le tapaban prácticamente las manos y solo acertó a decir:

-          Enseguida Don Joaquín, lo que usted diga. Y salió arrastrando los pies, caminando lentamente, despidiendo cada loseta que pisaba con un quejido.

La fábrica se levantó en la calle Arenal en Madrid después de la guerra. La familia Montalvo siempre había  pertenecido al gremio de los jugueteros. Cuando murió dejó la fábrica en manos de su único hijo, Joaquín.

Los trenes de juguete eran el regalo más solicitado el día de Reyes por todos los niños de España. Eran años de ilusiones, años donde muchos emprendedores comenzaban sus negocios a base de esfuerzo y trabajo.

Cuando murió Don Anselmo, su hijo cogió las riendas intentando que no cambiara ni el funcionamiento de la fábrica ni el rendimiento de su personal.  Para él, un soltero entregado a su trabajo, la fábrica era su vida.

Pero la crisis había hecho mella. Llevaba años aguantando, sabiendo que tenía que haber reconducido su producto adaptándolo a una época distinta y moderna, una época donde los juguetes habían pasado de ser manuales a simplemente, audiovisuales.

Juan, el botones, era casi como su hermano, aunque seguía llamándole de Vd, habían crecido juntos, con los años y con el negocio. Ahora todo había terminado. Se sentía vacío. En cinco minutos iba a transmitir el cierre de la empresa a sus empleados. Algunos habían sido padres y abuelos allí, pero la vida seguía.
 Sin embargo, el  tren de su vida había llegado a una estación con las vías cortadas por el dolor. De todo ello, solo le quedaba esa pequeña locomotora.

 

EPSolero
Octubre 2012

 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Punto de No Retorno (2), el Café de las Identidades Perversas



Esa noche cerramos el local con nuestra charla interminable sobre el azar y sus casualidades. Al pisar la acera, con los camareros acechando desde dentro, tú parecías haber entendido algo y sin embargo mostrabas cierta preocupación, inseguridad más bien, en tu manera de caminar. El vértigo, intuí.

No era vacilación, porque siempre fuiste segura, era más bien una perplejidad, una fría agitación en tu cuerpo, una vibración humedecida por el convencimiento de haber penetrado en un saber desconocido a tus cincuenta y tantos años. Tú, que lo sabías todo, entonces pude sentir tu miedo a conocer lo desconocido. El maldito Turning Point que te quise explicar inútilmente.

Mientras andábamos solitarios, mirabas furtivamente hacia los árboles negros, enfurecidos por un aire fantasmal, mientras yo gesticulaba vehemente, inventando argumentos convincentes. Y así fue como salimos del Café de las Identidades Perversas, donde a pesar de todo volvemos una y otra vez, a pesar de ser objeto de afiladas miradas, que se cruzan de pared a pared envalentonadas por esos espejos barrocos que mandó poner el dueño del local, el Canalla.

Ese Canalla que no quiere bebedores lentos, de largos cafés que se enfrían delante de conversaciones intangibles, sobre  asuntos interminables que no pueden ni siquiera cotillear los camareros, adiestrados por el jefe para aligerar las mesas pero no para entender murmullos de poetas, o de intelectuales solitarios. Solo quieren bebedores de espressos, de dos sorbos, a lo sumo tres, vividores y metálicos profetas de barra. 

Ese Canalla oscuro, que se dedica a lo que todo el barrio sabe, que cuando caiga en su abismo, cuando se descuelgue por el vacío de su Punto de No Retorno, nos pedirá lloroso una explicación de nuestra teoría alternativa, porque ya es nuestra y no solo mía. Pero ya será tarde, para él, y nosotros nos daremos media vuelta intentando no sonreír, ni pisar por el borde de ese acantilado resbaladizo.

Ya rozaba la madrugada y una interminable nube negra se arrastraba por las últimas plantas de los edificios de la avenida, figuras esqueléticas de antenas de televisión agitaban sus brazos para llamar nuestra atención, y se inclinaban a nuestro paso intentando captar la lúgubre conversación, para radiarla al amanecer por las ondas gratis de alta definición digital, el mundo feliz de los desheredados.

Entonces el eco de un claxon perdido llegó a nosotros rebotando por escaparates, un coche siniestro con amarillos cromados, un Toyota matrícula de Madrid, se nos paró justo delante. La conductora, de negra mirada y pelo amenazante, alzó una mano, un iphone tembloroso le iluminaba el rostro, y tú entendiste la señal. Ahora o nunca. Te abrió una amable puerta sugiriendo que con ella te salvabas, como siempre hacen las buenas amigas: que a donde ella te llevara no habría sorpresas, todo estaba controlado, todo en orden, el feliz y esperado Turning Point de tu vida, perdona que me ria.

Bon Voyage te deseé con un gesto, una mueca de cinismo más bien, y sé que lo leíste en mis labios, temblabas cuando ella bajó el seguro de las puertas. Hasta mañana. En el Café de las Identidades Perversas.  

sábado, 10 de noviembre de 2012

One57


OneFiftySeven, acabas de cumplir 57 años y tu vida es una mierda, OneFiftySeven repites mentalmente. Su sandwich de pepino y rúcola señor Freeman, ¿le puso mozzarella?, sí señor Freeman, es un dólar cincuenta y siete centavos. OneFiftySeven, eres obsesivo, las vistas al East River quitan el aliento, pero tu vida es una mierda. Solo queda una hora y 57 minutos para el fin de semana, OneFiftySeven, por qué te compraste esa oficina en la 157 oeste, hoy no quieres zumo y pides una Miller’s fría. El ipad encendido, conectado al localizador de vuelos del JFK, es un viernes soleado. Señor Freeman, ¿si?, John Siccone trajo la fianza. OneFiftySeven, iréis a la casa de tus suegros en Vermont, interestatal 1, salida por la estatal 57. No, mierda. Sue ¿cuánto ha depositado el cliente?, Uno con cincuenta y siete señor. ¿Millones de dólares Sue? sí señor. Joder eso es mucha pasta, OneFiftySeven exactamente.
Posas el dedo en el ipad.

Jose María Sánchez Alfonso. 157 palabras, OneFiftySeven. 


viernes, 9 de noviembre de 2012

Marejadas y Mentiras


Contándolo ahora puede dar la impresión de que ocurrió hace mucho tiempo, a veces me parecen siglos, pero solo sucedió hace 15 años. Recuerdo el invierno de 1987 como el más crudo de nuestra vida, el año que nos llevó al límite de las ganas de vivir y al borde mismo del abismo.

Y no todo fue por culpa de las tormentas, aunque solo con ellas hubiera sido suficiente para que se nos derrumbara el mundo, las mentiras también tuvieron mucho que ver para hundirnos, y para salvarnos. No se recuerdan dos años seguidos de un Noroeste tan violento, que parecía mandado por alguien que odiaba la presencia de seres humanos en esta costa. El viento se alió con un océano que pareció volverse loco, un desconocido por completo para nosotros, y a punto estuvieron de hacernos naufragar.

Para colmo a esto se sumó la escasez de pesca en los caladeros donde los hombres de esta zona han pescado toda la vida. Pero esto ya venía de atrás, fueron realmente varios años de escasez en el mar y de pasar necesidades.
Y solo hicieron falta algunas conversaciones en el bar del puerto, en voz baja con esos hombres de fuera. Y los mismos malditos otra vez rondando a Cristóbal en sus horas bajas, esperándolo en la soledad del muelle. 

Lo sabían desolado y sobrevolaban sobre él como buitres carroñeros, esperando pacientemente que su víctima cayera de rodillas, parecían oler desde las alturas un simple un gesto de desesperación. Esos colombianos mal nacidos supieron tentarlo pillándolo por sorpresa en las esquinas ventosas del pueblo o en sus solitarios paseos nocturnos de vuelta del puerto a casa.

Hasta que lo atraparon, y al Antón lo cazaron también. Pobres tontos, con dos buenas traineras de tamaño medio y motores de 300 caballos tenían suficiente. Con el patrón manejado como un pelele y dos buenos marineros por barco ya tenían el equipo, los muy cabrones. Unas buenas comisiones y un plan de trabajo sin complicaciones ni riesgos, todo muy fácil, fueron suficientes.

Después del primer invierno de tormentas se formó la primera gran mentira. La Catuxa se convirtió en la tonta de la casa, me lo tragaba todo, o eso aparentaba por el bien de la familia. Cuando el dinero empezó a correr con tanta alegría ya le empecé a preguntar y él empezó a mentir como un bellaco.

- ¿Es que mejoraron los caladeros o qué?– le preguntaba yo sin ganas mientras terminaba la cena y él se sacudía la humedad del mar en la chimenea.
- Que si Catuxa, que ya te dije que esto va para arriba otra vez– siempre fue de pocas palabras, como todos los marineros, así que yo lo dejaba en paz. Pero los niños si querían saber.
- Padre, si hay más peixes entonces habrá para bicicletas en Reyes?.
- Ahora sí, y habrá para más.
- Y para mí, que ando deslomada de restregar ropa, una lavadora d’esas, no?– me atrevía a decir inocentemente, sin intuir siquiera a esas alturas que habría para mucho más.
- Esto va a cambiar, el Mingo, que lo sabe todo de marinería, díjome que vienen años de Noroeste calmo y mais peixes no mar do Anxo– lo decía sin mirarnos a la cara, con los ojos fijos en el fuego, y frotándose fuerte las manos, para convencerse a si mismo que no estaba mintiendo.

Fueron 18 meses de salidas discretas al caer la tarde, hasta los domingos marchaban, al mar bajo de Anxo decían, y perdíanse de la vista por el Cabo da roca soltando dos hilitos de humo negro que se fundían con la niebla. Nada de mar de altura ni grandes olas, decían, solo pegados a la costa .

Regresaban silenciosos a la madrugada, con el ronroneo de la vergüenza estrellándose contra los muros de la escollera. Se acercaban al puerto como dos lobos que vuelven al monte con los ojos brillantes y la boca humeante de sangre fresca, y con la panza de las traineras llenas de dios sabe que.

Pero la gente no tardó en darse cuenta de que algo raro pasaba, el Antón iba a ver a sus suegros a Muxia cruzando el pueblo sin disimulo, con su BMW nuevo. Mi Cristobal bajaba al bar del puerto con su todoterreno rojo a estrenar. Mis hijos pedaleaban por las calles enseñando unas bicicletas demasiado caras. Y la Martiña y la Catuxa fueron las últimas en enterarse de los detalles, tontas de nosotras con la mentira delante, y no la veíamos de lo cerca que la teníamos y de lo grande que era. O no la queríamos ver.

Una tarde bajó a mi casa la Martiña con cara de muerta y respirando a duras penas, parecía ahogarse, no hizo falta que abriera la boca, lo leí todo en esa mirada de loca. La agarré del brazo y nos metimos deprisa en el lavadero del corral, para que pudiera hablar, lejos de las lenguas de las vecinas, y de los oídos de la abuela.

En la oscuridad del cuartito nos hinchamos de llorar, nos desahogamos en un abrazo largo, pero por más que llorábamos no veíamos la salida a una mentira tan gorda. Se rumoreaba en el pueblo que la Guardia Civil rondaba a los maridos, que andaban detrás de ellos y los vigilaban, que estuvieron preguntando a los marineros en el bar, y se decía hasta que anduvieron por la cofradía para hablar con el Mingo.
En el mercado nos dirigían miradas como cuchillas. El silencio, cuando cruzábamos la plaza, quemaba como el fuego. Los cuchicheos resonaban dentro mi cabeza como gritos de viejas locas que señalaban con el dedo.

Meigas de aldea vestidas de negro me rodeaban en sueños oscuros y se reían de mí a carcajadas hasta hacerme despertar sudando, y en la soledad de la cama esperaba asustada hasta oír, ya de madrugada, el esperado ronroneo lejano, navegando pesado y lento sobre las olas del dinero, y solo entonces respiraba tranquila.

Me di cuenta entonces de que esto acabaría muy mal sin posibilidad de evitarlo, y al menos, pensé, debería saber cuándo vendrían a por nosotros para tenerlo todo preparado, para evitar que los niños y la abuela presenciaran algo tan humillante para la familia.

Al día siguiente me presenté en el cuartelillo de Castredo dispuesta a hablar con Tiago que llevaba años allí destinado como sargento, sabía que él no me negaría información, desde niños estuvimos muy unidos, yo siempre fui su prima favorita y a pesar de no habernos visto desde hace unos años, él no me dejaría tirada al borde de la ruina, no sin al menos haberme echado una mano.


- Catuxa, no me pidas eso, por favor, sabes que pongo en riesgo mi puesto– le planteé el asunto por sorpresa y sin rodeos, él se quedó en blanco al escucharme y se puso cruzar las piernas de un lado y otro, nervioso.

- Tiago, primo, no me dejes tirada, esto es lo más duro por lo que he pasado en mi vida– yo intentaba controlarme y mantener un mínimo de dignidad en mis palabras, pero él se dio cuenta inmediatamente de mi desesperación.

- Prima pero ¿no te das cuenta de que me pides información secreta de un asunto bajo investigación?– me miraba intensamente a los ojos, se pasaba nervioso las manos por la cabeza, sudaba por todos los poros, el pobre lo estaba pasando peor que yo.

La conversación no duró mucho, la relación que nos unía tuvo más fuerza que la amenaza para su carrera profesional. Solamente me dijo que vendrían a por Cristóbal en dos semanas, exactamente el martes 1 de noviembre, fiesta de los difuntos, porque sabrían que ese día nadie salía a “faenar”. Y vendrían a la hora de la siesta, porque a esa hora lo pillarían seguro, y desprevenido, los fillos de puta.

No tenía tiempo que perder, a la desesperada me puse a montar una mentira más grande aún, que tapara a la anterior, como cuando una tormenta devastadora borra las huellas que una anterior que ya causó daño haciendo parecer que no pasó. Y para urdir mentiras a las mujeres no hay quien nos gane, así que me puse manos a la obra, junto con la abuela.

- Mi hermano Cristóbal, ah, sí sí, mi hermano, cómo está mi hermano.....Cristobal?– recostado en su cama con la mirada perdida en los montes sembrados de eucaliptos, no me había conocido todavía.

- Xurxo, mírame bien, soy tu cuñada, la Catuxa– hacía años que no nos veíamos, siempre lo tratamos como un mueble inútil en la familia, vivía por su cuenta de lo que pillaba, nunca estuvo del todo con la cabeza en este mundo – te veo muy bien, no has envejecido para nada– le mentí para intentar ganármelo.

- La Catuxa.....coño! la Catuxa, ya te recuerdo, ¿qué se te perdió en Corrubedo?, ¿cómo demonios encontraste la casa?... – ahora sí me clavó la mirada, tenía las mismas facciones, los ojos iguales a los de su hermano, idénticos, la misma mirada profunda y azul que me provocó un leve  temblor de emoción.

- Xurxo, escúchame bien, Xurxo ¿me estás escuchando?......– Se lo conté todo al detalle, no me quedé con nada, me desahogué esa tarde. Estuve con él hasta que se echó la noche y no me fui de allí hasta que no estuve segura de que lo entendió todo, hasta que no se hizo a la idea de la gravedad de la situación de su hermano y su familia. Me volví a casa conduciendo por esas carreteras de dios, con el corazón en un puño, con la duda metida como la humedad en el cuerpo.

Mi primo Tiago dio en el clavo, un furgón de la Guardia Civil subía por la cuesta del puerto hacia nuestra casa a la hora de la siesta, yo estaba apoyada en la ventana de la salita que daba a la calle, temblando como un rodaballo recién pescado, muerta de miedo y agarrándome fuertemente al respaldo del sofá. No saldría, no podía salir, mi plan iba a fallar porque todo fue una ilusión fruto de la desesperación, tonta de Catuxa al borde del derrumbe y de las lágrimas, con la cara demacrada y huesuda, te lo habías ganado por haber escondido la mentira tanto tiempo, todo se iba al carajo. Dos guardias se bajaron del furgón verde y cruzaban la calle en dirección a mi puerta. Cristóbal, todo inocente, se echaba agua en la cara para irse al bar del puerto a pasar la tarde, y ya se le oía bajar por las escaleras.

En ese momento, justo cuando los civiles tocaban el timbre de la puerta, a menos de un metro de mí, y el Cristóbal ponía los pies en el rellano de la escalera, se oyó el claxon de un coche aparcando junto a nuestra puerta. Era el Ford fiesta azul de Xurxo, que me vio antes de salir y me saludó con la mano. Los dos guardias se giraron hacia el coche al ver a mi cuñado, le hicieron bajar del coche y le pidieron la documentación, le hicieron gestos para que los siguiera y lo introdujeron en el furgón. Entonces ya me fallaron definitivamente las piernas y me derrumbé junto al sofá.

Ahí se llevaban a un hombre inocente, un pobre desgraciado al que los médicos habían regalado seis meses más de vida, y que nació unos segundos antes que su hermano.