jueves, 1 de noviembre de 2012

Calle San Lázaro - El Estrecho



Es bastante común que en las ciudades, las avenidas importantes reciban, a lo largo de su extenso recorrido varios nombres.
Pero en cambio son pocas las calles que, siendo pequeñas, tienen dos nombres.  Yo esta tarde me quiero referir a una en particular.  No quiero complicarme la existencia diciendo que si una calle tiene dos nombres, no se trate tal vez de una sola calle, sino en realidad de dos. Si así fuese, una es la que lleva el nombre oficial: “San Lázaro” y la otra la que tiene el nombre que le dio el uso cotidiano o popular, un nombre de ficción: El Estrecho.
No creo que sea necesario y menos aún, que yo sea el más indicado para decirles, a vosotros vecinos de Marbella que hablo de una calle del Casco Antiguo, otrora intramuros.
Lo que sí quiero contarles, muy brevemente no se preocupen, es que yo soñé con esa calle de ficción que es el Estrecho, hace ya muchos años,  en una ciudad muy lejana, muy grande y muy al Sur.
Soñé exactamente con esas mismas paredes blancas, con las macetas colgantes, las farolas antiguas, canteros, los escaparates, vidrieras y el angosto camino serpenteante entre mesitas, taburetes y toneles.
Soñé que era niño y que el ruido de mis zapatos de cuero con suelas de goma, mientras corría, retumbaba en las paredes.   La voz de mi padre, clara, clarísima, como la luz que inunda El Estrecho a mediodía, pidiéndome que no apurara tanto el paso.  El perfil de mi madre, mirando el escaparate de la esquina de Fortaleza.  Y al mismo tiempo, mis hijos, que mis padres no llegaron a conocer, con sus risas infantiles poniendo un color particular a cada una de las flores de la calle.
Quizás por esto prefiera El Estrecho a San Lázaro. Porque en El Estrecho, en esa calle de sueños y de ficción,  estuvimos todos juntos realizando ese paseo imposible.
Gustavo.

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