viernes, 16 de noviembre de 2012

CERRAR EL PASADO


 

       - Buenas tardes Juan.  Entre y cierre la puerta,- dijo  mientras se servía  una taza de café del termo que tenía siempre en la mesita suplementario de su despacho. Su mano tembló al hacerlo.
 
     - Digame Señor Joaquín ¿Necesita algo?, mientras se sentaba en la vieja silla de cuero verde ya cuarteado con los años.

 -  ¿Cuántos años lleva Vd., en la empresa? , le preguntó encendiendo un cigarrillo. Tenía que dejarlo se dijo, mientras su mechero Dupont  de oro realizaba su función con un ligera y azulada llama.
 
- Pues llevo cincuenta años. Entré con su padre, de botones, desde abajo, se acuerda. Al final toda una vida Señor Joaquín, toda una vida, trabajando. Y sabe Vd. ya llevo siete años  llevando la dirección comercial de la empresa, aunque han cambiado muchos las cosas claro decía aceptando el cigarrillo que le ofrecían. Antes todo era más fácil y la gente más formal claro….

 -  Perdone  Juan, le interrumpió suavemente el Señor Joaquín. Escúcheme por favor. Con la crisis, no están cuadrando los números y he tenido que tomar medidas urgentes e inmediatas.  Sus ojos verdes, escondidos detrás de unos cristales de miope dirigieron su mirada a la locomotora del primer  tren que su padre fabricó y que presidía su mesa de trabajo. Aún conservaba ese color verdoso metalizado  y negro carbón cansado. En un lateral, escrito en letras rojas, se podía leer: J.Velarde I

 Continuó hablando:

 -Estoy cansado de luchar con los bancos y tengo problemas para afrontar los pagos desde hace ya casi dos años.

-          Pero D. Joaquín, no me diga, exclamó levantándose del asiento muy nervioso.  ¡Nunca pensé que hubiera problemas de tesorería ¡  ¡No puedo creerme lo que me está contando!  Sé que llevamos dos años malos, que no he conseguido cubrir los objetivos de ventas marcados, pero siempre confié en que la empresa tendría un buen colchón después de tantos años de ganancias. ¿O estaba completamente equivocado Don Joaquín? Dígame por favor.

-   Pues sí, continuó Don Joaquín, levantándose también y acercándose a la ventana.
 
     Miraba esa calle, en el viejo Madrid, esa calle donde su padre había comenzado el negocio justo después de la guerra, en un viejo almacén y fabricando él mismo los trenes. En aquellos día fue cuando llegó su fiel Juan, al que le dió con quince años, el puesto de botones de la empresa, función que ejerció durante años de forma eficaz y con mucha dedicación.

-          Durante estos dos últimos años, hemos tirado de ese colchón como Vd. Le llama, continuó. Realmente, hemos cubierto a duras penas los gastos.  Incluso, tuve que bajarme mi sueldo para seguir aguantando. Pero ya se acabó.  Quiero que convoque una reunión general con todos los empleados.   Tengo que comunicarles que cierro la empresa. Ya no tengo liquidez y los bancos no me dan más crédito.  Sencillamente, no creen en el futuro de nuestro producto.  Los trenes de juguete ya no se venden. Han pasado a la historia, concluyó retorciéndose las manos de forma compulsiva.

    Se acercó a Juan,  que seguía de pie. Éste había envejecido de repente.  Las mangas del traje que llevaba le tapaban prácticamente las manos y solo acertó a decir:

-          Enseguida Don Joaquín, lo que usted diga. Y salió arrastrando los pies, caminando lentamente, despidiendo cada loseta que pisaba con un quejido.

La fábrica se levantó en la calle Arenal en Madrid después de la guerra. La familia Montalvo siempre había  pertenecido al gremio de los jugueteros. Cuando murió dejó la fábrica en manos de su único hijo, Joaquín.

Los trenes de juguete eran el regalo más solicitado el día de Reyes por todos los niños de España. Eran años de ilusiones, años donde muchos emprendedores comenzaban sus negocios a base de esfuerzo y trabajo.

Cuando murió Don Anselmo, su hijo cogió las riendas intentando que no cambiara ni el funcionamiento de la fábrica ni el rendimiento de su personal.  Para él, un soltero entregado a su trabajo, la fábrica era su vida.

Pero la crisis había hecho mella. Llevaba años aguantando, sabiendo que tenía que haber reconducido su producto adaptándolo a una época distinta y moderna, una época donde los juguetes habían pasado de ser manuales a simplemente, audiovisuales.

Juan, el botones, era casi como su hermano, aunque seguía llamándole de Vd, habían crecido juntos, con los años y con el negocio. Ahora todo había terminado. Se sentía vacío. En cinco minutos iba a transmitir el cierre de la empresa a sus empleados. Algunos habían sido padres y abuelos allí, pero la vida seguía.
 Sin embargo, el  tren de su vida había llegado a una estación con las vías cortadas por el dolor. De todo ello, solo le quedaba esa pequeña locomotora.

 

EPSolero
Octubre 2012

 

3 comentarios:

  1. Me duele la triste realidad del relato, pero es así. A veces, no te queda más que decir: "No doy un paso más. Se acabó."

    Por suerte, a tí no te ha llegado el momento y sorprendiéndome con estos relatos. Tú sígue así.

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  2. Coincido con Daniel en que mejoras en cada relato, a ver si nos sorprendes en el próximo....ya me tienes intrigado esperando a ver que escribes. Le das un aire misterioso a tus textos, intriga y callejeo, lugares, personajes singulares, etc.

    Jose María

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