jueves, 29 de noviembre de 2012

La Leyenda del Camino de la Media Luna (2)

No era cojo, pero renqueaba, y arrastraba levemente la pierna izquierda. No era mudo, pero era duro de hablar, de lengua árida. Tampoco era ciego, pero era raro verle la mirada negra, solo abría los ojos de noche y frente a la lumbre, como si lo visto en sus ochenta y tres años fuera más que suficiente.

Su difícil lenguaje le venía de la zona de las montañas del norte de la provincia, de donde vinieron sus abuelos huyendo del polvo y del hambre. Hablaba un andaluz arcilloso, con algo de portugués alentejano, mezclado con gemidos roncos que se le escapaban involuntariamente por la boca. 

Todos los leños ardían ya, y el resplandor titubeaba sobre la piel de barro de las mulas, así que el Cojo se arrancó a contar. Removiendo lentamente las ascuas como si se tratara de pitanzas para un guiso, y con la mirada clavada en el fuego, comenzó a relatarme la historia del camino.

-Esa Luna estraña tiene maldición, te digo niño –sentenció con ojos de negro y fuego – ya pa’ntonces se dicía que las pessoas no volverían nunca de tanta lejanía. Juhhh –emitió su primer resoplido.

-¿Quieres decir la Media Luna? – me salió como un suspiro.

“Sí, el camino de la Media Luna, ese que sale por detrás da iglesia y baja pal‘río por las marraneras. Por el Cristo de Moclín que ni los animales lo quieren andar, que se les mete frio nas entrañas y reculan p’atrás. Jamás vieras a naidie por ahí, te digo niño. Mis agüelos ya referían de un hoyo que se lo tragaba to: canes, bestias ralas y pessoas enteritas, juhhh”. 

           -Pero es que alguien de tu familia desapareció por allí?.
           -¡Dios no lo quiera señorito! – el Cojo soltó su vara, se santiguó y se le estremeció el cuerpo con un breve temblor que me contagió a mí – ¡naidie de mi familia marchara jamais por ese sitio, por la virgen!, no miente usted esas cosas ni de broma, que aluego ocurren verdaderamente!.
           -¿Ycómo lo sabes entonces, Juanillo?

“Pos siempre sa dicío que ese camino llegaba demasíado lejos, que non tiene fin, y que una vez que se cruza la Trampa ya está uno perdío. Que los campos que atraviesa no benefician, de pura pedregosa y matas secas, do nunca gente puso pies ni mirada”.

“Se contaba que lo usaban los frailes d’aquí ha ya muitos siclos pa subir a la ermita da Sierra Perdida, que ya en aquellos tiempos de cristianos no volvían todos los que marchaban juhhh, y entonces ya empezaron las habladurías”.

Por la manera en que el Cojo movía los troncos con sus tenazas presentí que esa historia no iba a ser como las demás que corrían por el valle. Yo no me atrevía a moverme de la silla pero él se sacó un paquete de tabaco negro y se encendió un cigarro arrimándose un ascua con las tenazas, después de una lenta y profunda bocanada, y antes de soltar la humareda, me dirigió la primera mirada. Yo me removí en mi asiento.

“Desapareció muitaa gente por ese camino, jornaleros que se iban a robar ceituna a los olivares abandonados, cazadores en busca de zorzales que se alejaban y se les echaba la noche encima, caballos o canes que se escapaban y se los tragaba el hoyo...ese hoyo de arenas movidizas que puso ahí el mismo diablo juhhh”

“Cucha que te diga niño, tu’scuchao hablar de los Ranranes?, pos eran familia rancia, de cante y guitarra pa llorar, por eso mismito les disían ranran. Sobrevivían como una tribu, en las cuevas altas del pueblo, eran mitad germanos fríos mitad gitanos de algarabía, y lo mismito que te montaban una juerga flamenca subían en cuadrillas a varear olivos, eran duros, os que mais rentaban, pero solo cuando querían, los jodíos”.

“Yo conocí a la Frasquita, la enviuda del Miguelito el Ranran, más güena qu’era la condená, pero dura y carcomía como un jierro de chimenea, y su pessoa misma me lo contó toíto. Cosa triste señorito, pero triste, que naidie quisiera falar desto en la cortijada, que’s la liyenda mas negra que se enrumorea, en’deque desapareció la Frasca nos cayó la helá nel cortijo”.

            -He oído hablar de los Ranranes, y del Miguelito, mi padre lo conoció y nos contó cosas...pero nunca que hubiera desaparecido, y su viuda tampoco.... –  me desconcertó ese cambio de tema, de la leyenda del camino a la viuda del Ranran... y noté como el Cojo se alteró y tiró el cigarro al fuego con rabia.

          -¡Cago’ndios que me he'ío de la lengua, juhhh!, ¡que d’eso non se fala cojo, que te lo tienen dicío!

2 comentarios:

  1. Me gusta esta segunda parte, sobre todo la idea que subyace tras la leyenda. Me da a mí que hay una amante muerta por ahí. Bueno, ya veremos por donde sale el cojo.

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    1. Gracias Dani, a tí se te dispara la imaginación al leer historias de estas, espera un poco que la tercera parte está en el horno ya, jeje.

      Saludos.

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