miércoles, 7 de noviembre de 2012

Supongamos que hablo de Marbella

Me gusta adentrarme en mi ciudad cuando aún está dormida. Es entonces cuando parece desvelar sus rasgos más auténticos.


Tomo la Calle Velázquez. A los lados buganvillas azafrán y granate, cipreses altivos a pesar de la prolongada sequia. Llego a la Plaza Picasso y sigo un estrecho camino donde varios pinos están apresados por un suelo de cemento y flanqueados por  muros que escudan villas señoriales. Ahí está el mar, lo entreveo mientras desciendo los desgastados escalones que desembocan en el albero. Esta mañana no hay apenas oleaje. El color del agua es una mezcla de gris ceniza y blanco de zinc. Una  niebla suave envuelve el paseo marítimo. Parece un paisaje fantasmagórico, envuelto por una etérea sustancia blanquecina, como una nube de tabaco rubio... Los hombres de la mar le llaman Taró. Gradualmente desvanece y deja entrever un sol tímido, tan pálido y plateado que parece una luna asustada.

En la playa Casablanca,  una pareja de viejecitos, cogidos de la mano y ayudándose mutuamente, van pisando con cautela la arena húmeda. Dejan sin embargo unas huellas  extrañas... grandes aves en vía de extinción, torpes y solitarias. Luego se sientan en un banco y parecen escudriñar el horizonte. Ella de reojo observa su reloj de pulsera y se quita restos de arena de los tobillos. Él sigue contemplando el mar donde ahora una manada de gaviotas busca alimento.

Me acerco a los servicios pero aun están cerrados. Claro, todavía es pronto. En Marbella hasta las diez, todo calla. Solo los que trabajan en  bancos y  oficinas madrugan. 

Justo debajo del pantalán de madera, en frente del Marbella Club, veo a alguien durmiendo. Al acercarme  me percato que son dos los cuerpos enlazados. Unas veinteañeras enroscadas una con la otra, duermen plácidamente sobre una toalla a rayas multicolor. Parecen un reflejo de "Las dos amigas" de Courbet. Pero estas llevan ropa. La morena,  short vaquero desgastado,  camiseta de tirantes y  zapatillas blancas. La pelirroja,  pareo de flores azules y  pies desnudos. Parecen contener en su abrazo todo un mundo secreto.

Un kiosco, en la esquina de Puente Romano, empieza a exponer su mercancía mientras en la radio suena la   voz desgarrada y única de Chavela Vargas.

Un perro cojo merodea por las desteñidas hamacas. Al rato y con un aire entre avergonzado y cauteloso, deja su huella en la base de la sombrilla de esparto. La arena absorbe rápidamente el liquido, solo queda una elipse opaca. 

Llego hasta Víctor Beach y me doy la vuelta. No hay nadie en las máquinas para fortalecer el cuerpo. En el suelo una sudadera rosa de niño. La recojo y la extiendo en la barandilla oxidada. Una brisa ligera agita las hojas de  los eucaliptus con sus altos troncos argentados.

En mi paseo de regreso compruebo que las dos amigas ya no están. Percibo una ligera cavidad en la arena, la huella de un encuentro estival o quizás de algo más duradero.

 En el aire flota un agradable aroma perfumado que me transporta a la madera del sándalo. Ahora recuerdo, cuentan que Alfonso de Hohenlohe, el fundador del Marbella Club, sugirió plantar árboles y plantas exóticas para aquel hotel tan exclusivo.

La pareja de ancianos tampoco sigue en el banco. En su lugar un hombre atlético y piel bronceada está haciendo unos estiramientos. Seguidamente empieza a correr , primero despacio y progresivamente  más rápido. No puedo evitar fijarme en sus glúteos firmes y trabajados que el ceñido y corto short deja vislumbrar.

El perro continua en la playa, ahora se ha acercado a la orilla y  parece estar descansando, mientras los aun débiles  rayos de sol acarician su lomo pardo.

Me gusta mi ciudad cuando está a punto de despertar, porque está más presente.

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