domingo, 4 de noviembre de 2012

TERROR EN LA NOCHE DEL QUINCE


Curra la tendera  había sido hallada muerta en la parte de de atrás de su tienda de ultramarinos. La  policía descubrió el cadáver debajo de una lona en ese cobertizo sucio y oscuro donde solo guardaban latas caducadas y enseres en mal estado. Se hallaba en una postura grotesca, pintado de rojo la mitad y la otra en verde.  Pero lo más terrible era,  que habían  aserrado las  piernas del cuerpo, convirtiendo el hallazgo en un macabro cuadro.   La foto había aparecido en el periódico creando gran alarma entre la población.

Ana y yo lo comentábamos en el Asador de Paco,  tomando una  ensalada de pasta de colores  y un entrecot de corte argentino regado con un buen vino de rioja.  

No podíamos entender, quién podía haber hecho una cosa. El pueblo de Luminoso era tranquilo, solo tenía  ciento dieciocho habitantes y nunca pasaba nada.  Además, Curra era una mujer, que nunca había dado que hablar.  Solterona, regentaba su tienda  desde que sus padres se la habían dejado muchos años atrás.  Vivía sola y no le gustaban las personas.

Prefería a  los gatos, por lo que un Policía tuvo que llamar  a la Liga de Protección de Animales para que recogiera a los ocho gatos que vivían con ella.

Nos parecía hasta de mal gusto estar cenando mientras hablábamos de ese espantoso suceso  pero estábamos a quince los quince de cada mes, celebrábamos nuestra cena de amigas desde hacía ya diez años. Eran sagradas.  Manuela vivía en el  pueblo de al lado, a ocho kilómetros del mío y su trabajo como maestra y sus cuatro hijos, no le dejaban mucho tiempo para vernos.

El camarero, un hombre alto, joven, de grandes patillas negras y una pulsera negra muy curiosa con el dibujo de una serpiente, les sirvió el café.

Cuando acabamos, salimos y la calle. Ya no se veía a nadie.  Eran las doce y media de una noche oscura y sin estrellas. Nos dirigimos hacía el parking del restaurante. Quedaban solo tres coches.  Nuestros tacones rompían la quietud de la noche.  Ana no  paraba de hablar con evidentes muestras de nerviosismo.
-No deberíamos caminar  solas por aquí,  me dijo, buscando muy alterada las llaves del coche en gran bolso.
- Si la verdad, es que me está entrando miedo -  comenté yo cogiéndola del brazo para anduviera  más rápido.

En ese momento, cuando estábamos  girando la esquina de la plaza, algo enorme,  se abalanzó sobre nosotras tumbándonos en el suelo.  El vino se me revolvió en el estómago, la oscuridad me envolvió. Oía gritar a Ana. Algo nos arrastró.


Kika P-Solero

Octubre 2012

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