lunes, 17 de diciembre de 2012

Retazos de una tarde inolvidable

Érase una vez, en un pasado cercano, una reunión de un grupo de personas que convocaron un acto literario para hablar de una ciudad, de cuyo nombre no quiero acordarme.

La hora llegó rápido. A las seis de la tarde comenzaba el ensayo de empinar el codo. Y fue un éxito rotundo. Y a las ocho, dio comienzo el recital de relatos que tocaron muchas de las tradicciones y riqueza histórica del lugar. También su geografía, microclima y oferta hostelera. 

El ejercicio de empinar el codo fue un bálsamo para los nervios, porque el grupo dialogaba unos con otros y otros con los demás y los demás con todos. Los rostros se mostraban sonrientes y relajados a pesar de la expectación que aumentaba directamente proporcional al número de personas que iban ocupando las sillas escasas vacías que quedaban. La terraza donde se desarrollaría el acto se iluminó con luces pequeñas que atenuaba la oscuridad de la noche urbana.

Me situé detrás de todos, para tener una visión amplia de lo que iba a suceder en la esquina donde habían ubicado la mesa que servía de púlpito oratorio. Y desde allí la visión de la actuación era excelente. No así el sonido.

El presidente del grupo tomó la palabra e hizo una presentación general y una pregunta que no recuerdo. Un autobús pasó en ese momento y ahogó su voz. Varias personas miraron hacia la derecha, maldiciendo el motor de varios cientos de caballos. Aunque creo que preguntó que qué ocurriría si el Corte Inglés se llenará de poetas, o algo así. Sinceramente, si esa era la pregunta, la respuesta es que algo grave ocurriría. La bohemia que se le supone a un escritor de versos hace difícil imaginar una escena semejante. Poco tiempo después del autobús, dos motos competían por ver cuál de sus conductores era mas estúpido y volvió a ahogar el sonido de la voz del que intentaba hablar. La sonrisa se empezaba a esfumar y en una muestra de la educación exquisita que existe en ninguna parte, un teléfono móvil sonó para terminar de desconcetrar al que hacía los honores de presentar al grupo. Si hubiese echado espuma por la boca, la niña del exorcista se hubiera quedado en pañales a su lado, pero por fortuna, las palabras acudieron a su auxilio y el acto continuó...

Qué razón tienen aquellos que dicen que el silencio es el andamio de la concentración. Porque supongo que esto lo ha dicho alguien. Miraba a mis conocidos que lo estaban haciendo muy bien. Nos describieron la Plaza de los Naranjos, el Barrio antiguo, parte del Mar... También nos contaron conversaciones de padres e hijos sobre la pesca y una leyenda que se inventaron para acojonar a los niños y a los no tan niños y que resultó ser que un amante clandestino necesitaba ocultarse entre unas sábanas de los chinos para cometer sus fechorías. También hablaron de un balcón donde la Virgen aguantaba estoicamente a que los clientes ruidosos de los bares se fueran a dormir y reinara el silencio. 

Pero algo no iba bien... Los coches, motos, autobuses y demás objetos del mobiliario urbano no iban a permitir una audición adecuada. Hasta los chuchos que acompañanaban a sus dueños dando un paseo parecían querer participar de la vida. La concentración del público, en caso puntuales, se centraban en el rojo de la fachada de enfrente. La señora de mi lado contemplaba el muro con la devoción con la que se contempla la figura del redentor en una iglesia gótica. Pero bastaba el ladrido de un chucho o el rugido de un motor para que el cuello girara e intentará ver hacia el exterior. Y sin embargo, daba la sensación de que si le dabas un golpe centero, su vista no cambiaría de dirección y continuaría embriagándose del color rojizo de la fachada de en frente. Un par de filas por delante, un par de hombres parecían inmersos en una clase de meditación trascendental, hasta que los sonidos semejantes a ronquidos, me indicaron que simplemente, se habían quedado dormidos. Es algo que menciono porque es de mérito dormirse en medio de tanta algarabía motorizada y chuchorizada. 

Los relatos se sucedieroy los que escuchaban y estaban pendiente al grupo de los literatos, pudieron disfrutar de una compilación de relatos en prosa y en verso variada e interesante. Escucharlos no era imposible, por mucho que los chuchos y los motores se empeñaran en silenciar sus voces. Estuvieron sueltos en el escenario y las miradas atentas de otros que no mostraban interés por fachadas rojas ni por sueños atrasados no los intimidaron. Quizá el simulacro de espuma que apagó el sonido del móvil que quiso interrumpir el comienzo del acto, borró todo resquicio de nerviosismo que pudiera haber. Los literatos leyeron sus textos sin más incidentes que el ruido ambiental; los que quisieron escuchar, escucharon y el público estalló en un aplauso largo y sincero.

 

2 comentarios:

  1. Buenas noches, me ha gustado tu composición.
    ¡Poetas en el Corte Inglés! ¡Con el típico que le escriben un libro como al periodista de turno! Buena compañía de personas y versos, es un relato que me ha llenado y pacificado.

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  2. Juanjo, aunque ya te comenté este escrito (creo) cuando lo mandaste por mail, te repito que me gusta, que reflejas con un sentido irónico lo que pasó esa noche. Ahora entiendo porque te sentaste allí detrás. querías ver el acto con perspectiva !

    Un abrazo y que tengas felices fiestas! a ver si en enero reavivamos el Club.

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