lunes, 15 de abril de 2013

¿A qué huele un recuerdo?


Azahar: Flor de naranjo, aroma de Sevilla, llave de mis recuerdos.

Al calor del sol de primavera, la calle entera se llenaba del embriagador azahar, tapizando el suelo con su nacarado color. Los naranjas, rebosantes en sus copas, hacían de munición en nuestras guerras de cuento, donde de paso, alguno que otro nos sollábamos las rodillas contra el duro albero.

Recuerdo que cuando esto pasaba, subía lentamente las cuatro plantas que había hasta mi casa, con cuidado de no rozar la herida con el pantalón. Sí, cuatro plantas y sin ascensor. Eran otros tiempos, claro. Al llegar, mi madre ya estaba esperándome en la puerta.
-       Ay, Diós mío –imploraba mi madre- ¡¿Qué te ha “pasao”!?
-      “Ná”. Que me “e caío” –respondía con lágrimas contenidas. Pero contenidas, porque los machotes no llorabamos, ¿eh?
-       Anda, tira “pá entro” –y me arrastraba hasta el baño.

Para llegar hasta él tenía que atravesar el hall, el salón-comedor y el pasillo interior, en resumen, un interminable camino. Sin embargo, ahora que ya no soy un niño, aquellos escasos seis o siete metros se me antojan pequeños. Cuestión de perspectiva… o de años.

Ya en la sala de curaciones traumáticas, mi madre me ponía alcohol, yo gritaba y siempre, siempre, siempre, me respondía: “No seas quejica.” Ah, el baño, qué lugar tan interesante donde tanto he aprendido. El único sitio de la casa donde nunca me molestaban. La de horas que abré pasado allí leyendo tranquilamente, ya fuera la enciclopedia Espasa de 12 tomos o las novelas de mi hermana. Un sitio pequeño, sí, pero completito. Tanto, que hasta tenía un altillo para meter las cosas de la playa. ¿Cuántas veces abre soñado con esconderme dentro?

Sin embargo, el eje de mis recuerdos era el cuarto de mi hermana. No, no, por favor, no piensen mal. Es que tener una hermana diez años mayor tiene el beneficio que cuando se casa, luego te deja su habitación, que suele ser la más grande. Pues eso, cuando me tocó el turno, pude tener mi propia habitación... ¡qué gustazo! Me había dejado el tocadiscos, por lo que podía escuchar tranquilamente el único disco que era mío. A veces, cuando llegaba el verano y caía el sol, me acostaba con la ventana abierta, escuchando la dulce melodía de los Dire Straits y su Money for Nothing. Estaba tan a gusto, que incluso el ruido de fondo del tráfico sonaba como los coros.

Y allí estaba yo, tendido sobre mi cama, con la cálida brisa veraniega, mirando las estrellas por la ventana abierta y pensado en cómo sería el futuro, al aroma del azahar que ascendía acariciando las fachadas.

1 comentario:

  1. Bienvenido al mundo de la prosa poética. Menuda borrachera de azahar!. Muy bien Dani muy valiente por haberte decidido.

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