viernes, 21 de junio de 2013

Algarabía en el desierto

Erase una vez un Badawí rubio, de la antigua Hamada de la Granática, supuesto amante de la poesía y los cuentos, de la elocuencia y la semántica, un tuareg sin turbante, pero con tribu y harén, con camellos y hasta con media luna colgante.

Y érase que montó una jaima sin desierto, igual que un descanso sin sombra, un caravasar sin duna, que se instaló un atardecer en una colina romántica.

Unas telas ocres cubrían un cielo boquiabierto, en lo que parecía ser una puesta de cuento, y como en todos los cuentos la tarde enmudeció lentamente, igual que avanza la arena con el viento. Cuando se alzó la noche ya estaba reunida la gente de asombro, y con todas las estrellas brillando apareció el gran Badawí rubio, con su mirada azul y su halcón al hombro.

Revoloteó el bicho a contraluz de los presentes, llenando la tienda de quieta magia. Nadie sabía a qué venía, ni quién presintiera todo lo que sabía, por ser un beduino inescrutable, porque ya antes de empezar era tal la algarabía, que se corrió la voz de que quería hacernos soñar con la historia de otro momento, de un extraño lugar ausente.

El solitario soñador se tocó la barba en señal de felicidad, y empezó a relatar y hacer aspavientos, hasta quedarse sin aire porque no pudo abarcar todo lo que tenía dentro. Habló y habló, de la ausencia de enemigos, del riesgo del artista, de la escritura contra nadie, de las noches sin tormenta, de los capítulos pares e impares, incluso de los relatos que avanzan lentos como una duna con mucho aire.

Embobó a una tribu ya atribulada, y nos acabó convenciendo de que soñando se vive, de que los durmientes solo destilan realidades, y que solo sueñan los seres del desierto, los que permanecen alerta y despiertos, y que por eso mismo quiere a su gente con los ojos grandes.

Y para demostrar sus descubrimientos, a la luz de una luna que ya flotaba como una sombra sobre la jaima inmensa, el de la mirada bruma tiró unos dirhams sobre la alfombra, y ante la incredulidad de sus seguidores amenazó, a todo aquel que se atreviera a soñar con el dinero, con una eterna existencia, de olvidos y anomias, de pura ataraxia y vida aparente, envuelta por el tedio de calimas y nieblas.

Porque el metal solo compra poder, pero no sueños, y qué sería del mundo sin espejismos de palmeras, sin noches de brisa fresca, y cómo avanzaría la caravana sin el poder del sueño.

Súbitamente, tres miserables que se escondían entre bultos se lanzaron a por las monedas y, ante el asombro de la tribu y la plácida sonrisa del gran Badawí de la antigua Hamada de la Granática, los tres se evaporaron como humo de esencias, quedando en el suelo un charquito, un oscuro sueño, un oasis de agua enigmática.

8 comentarios:

  1. ¡Que divertido! ¿No podríamos hacer que esto funcionara con nuestros políticos?

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    1. Gracias JL. Ojalá funcionara esa magia con todos y no solo los políticos, la vida sería más llevadera

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  2. Me encanta su ensoñación. O ¿acaso era cierto?

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    1. Es verdad, en la ficción todo es verdad, al contrario que en la realidad.

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  3. Qué cierto lo de Jose Luis, ojalá se pudiera te comento: me ha encantado porque he podido disfrutar de imágenes que me han gustado muchísimo como la de "descanso sin sombra". Espero seguir leyendo relatos como éste Jose Maria! Un fuerte abrazo y mis felicitaciones!

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    1. Gracias Jorge. Me alegra que te haya gustado leerlo porque en definitiva escribimos para liberar el alma: la nuestra y la de los demás.
      Un abrazo y que sigas escribiendo como lo haces porque tu mejora es increíble!

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  4. Jose María, me encantan la descripción del badawi y su sueño, un relato para soñar y no le sobran palabras, ni es rebuscado. De relatos tuyos, que mas me han gustado.

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    1. Gracias Kika, con lectores así da gustito escribir, jeje.
      Un beso y nos vemos

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