miércoles, 17 de julio de 2013

LA LITERATURA DE TU CUERPO


Encontré una leyenda en el fondo de tus ojos
y un soneto de amor enredado en tu cintura.
Tus labios me contaron un cuento de piratas
y un verso palpitó, jugando con tus pechos.
Una canción erótica en la curva de tu espalda
mezclada con la prosa de tus finos cabellos.

Y al final me dormí en la rima de tus muslos,
sobre el negro misterio de tu vientre.

   

viernes, 12 de julio de 2013

EL PORTON DE MI CASO




EL PORTON

Lo último que recuerdo antes de desmayarme fue la puerta. Una puerta de madera, desvencijada, cansada de ver pasar el tiempo, con unas tachuelas que adornaban el portón como los botones de un traje ya viejo y oxidado. Pero revestida de dibujos, de signos de colores, de grafitis hechos en noches de luna llena por  jóvenes artistas callejeros.

 Algo desconocido me esperaba cuando cruzara su umbral.  Mi plan seguía adelante y mi papel  desde hacía un año como infiltrado haciéndome pasar por un drogodependiente, también.

Era noche cerrada y allí había quedado con un camello que iría acompañado por su jefe. Ese, al que llevaba persiguiendo casi un año. Le llamaban "El manco", pues le faltaban dos dedos de su mano derecha.  Le iba a proponer una compra de cocaína  importante, para la que el camello no tenía respuesta, por lo que el interlocutor había cambiado. Y eso es lo que él buscaba. Por  lo que esperaba cogerle allí mismo, cuando atravesara esa puerta de arte moderno,  papel en blanco de quejas de adolescentes a veces perdidos.  

Los refuerzos ya estaban avisados. No tardarían en llegar.

Divisé el portón.  Pasé por delante del bar de artistas y escritores “La Polaca" en un pasadizo sombrío a estas horas. Lo toqué. Y sentí una astilla clavándose en mi mano. Tenía una cadena con un candado ya abierto. Con un chirrido a madera inflada y corroída lo abrí con todo el cuidado que pude.  Crucé su umbral y lo único que pude sentir fue un golpe en la cabeza y la oscuridad me envolvió. 

 
Kika PSolero
Junio 2013





viernes, 5 de julio de 2013

Palabras Desteñidas




Ella  aspira con desesperación callada el enésimo pitillo de la mañana. Engulle el humo blanquecino con la mirada perdida en la callejuela solitaria. Con cada inspiración intenta rellenar esa brecha que se ha abierto desde hace tres meses, esa mañana en que empezó  todo: así lo siente ella, o eso  es lo que dejó escrito en este diminuto cuaderno arrugado, con palabras desteñidas, que yo encontré entre las flores marchitas de las adelfas.

¿Quién dijo que los quince años son el momento mejor de la vida? Yo también tenía prisa por crecer, quería tener vello en las axilas y utilizar Tampax, como Anastasia, como Delfina. Deseaba que los chicos se fijaran también en mí... Era doloroso sentirse transparente y no reconocerse en la mirada del otro. 

Empecé rellenando  el sujetador de algodón rosa. Marqué mi talle con cinturones de cuero cada vez mas apretados. Acorté la falda jeans. Me compré una barra de labios color sangre de Chanel... Bueno, como no me alcanzaba el dinero, la deslicé con cautela en el canasto de la compra, aprovechando que la dependienta estaba distraída. Para disimular, pregunté de nuevo cuanto costaba, y dije que volvería con mi madre.

Esa fue la primera vez que robé algo. Me sorprendió descubrir lo fácil que era y sobre todo esa sensación que sentí en el estomago y un poco más abajo... un cosquilleo delicioso. Burbujas estrellándose en la noche, luciérnagas atrapadas por el ámbar de mi premura. También fue la primera vez que percibí una mirada distinta hacia mí, me refiero a que por fin alguien me miró con deseo. Vi el brillo en sus pupilas dilatadas y sus labios húmedos entreabiertos.

Aquí faltan varias páginas, parecen haber sido arrancadas con prisa o rabia, bordes irregulares y manchados de carmín. En la tapa trasera consigo descifrar algo escrito con una letra distinta: Concurso relatos breve, menos de 16...

jueves, 4 de julio de 2013

DETRÁS DE LA PUERTA

Ya llevaban seis años reuniéndose en La Polaca todos los miércoles a las seis de la tarde. Mientras se tomaban un café, los seis hablaban de poesía, comentaban libros, leían relatos.
     Cuando hacía frío se metían dentro, en la esquina calentita donde estaba la pequeña mesa camilla con faldones. Pero con el buen tiempo salían al callejón de la parte de atrás del bar.
       María era la que siempre llevaba la iniciativa en el club. Su dinamismo y su vitalidad la habían convertido en líder del grupo y todos la adoraban. Cuando hablaba, los seis la escuchaban en un completo silencio, seducidos por sus palabras.
       Sí, he dicho los seis, porque había alguien más que asistía a esas reuniones sin estar invitado. Muy quieto, detrás de la vieja puerta del muro junto a los veladores, un fascinado Azazel absorbía insaciable la voz de María, impregnándose de su sensualidad y su embrujo.
     A medida que se desgranaban los miércoles de esos seis años, María iba experimentando una atracción cada vez más irresistible por la vieja puerta, ahora toda cubierta de graffitis incomprensibles.
       Y aquel miércoles día tres de julio, no pudo contener más sus ansias y tomó la decisión que hacía ya varios meses venía posponiendo.

       −¿No vienes, María?
−No, yo me quedo un rato a esperar a mi hermana. ¡Hasta otro día, chicos!...

Eran ya casi las diez y estaba anocheciendo. Esa tarde la reunión se había alargado más que de costumbre y no quedaba nadie en las mesitas del callejón.
María sacó de su bolso los relucientes alicates que había comprado esa tarde en la ferretería y se aproximó al pequeño rectángulo de madera carcomida. Si los latidos de su corazón no hubieran sido tan fuertes, habría percibido el ligero roce de unos pies que se apartaban de la parte trasera de la puerta.

Con gran dificultad, cortó uno de los eslabones de la pequeña cadena. Guardó los alicates y empujó levemente la puerta, que chirrió en un lamento largo tiempo contenido.
Penetró rápidamente en la ansiada negrura. La puerta se cerró tras ella, tal vez empujada por un viento inexistente esa noche.  
Sus ojos se fueron acostumbrando poco a poco a la oscuridad del recinto, y entonces lo vio.

El miércoles siguiente, todos se extrañaron de que María no hubiera asistido a la reunión del club. Era la primera vez que faltaba en seis años.
A las seis en punto, Pedro recibió un mensaje en su móvil.

“Empezad sin mí” decía el escueto texto.

−Es un mensaje de María, creo –dijo Pedro−. Pero qué curioso, me lo envía desde un número de teléfono rarísimo.
−¿Ah, sí? –pregunto Silvia−. ¿Y qué número es ése?

−El 666



lunes, 1 de julio de 2013

Credo quia absurdum

CREDO QUIA ABSURDUM:

Porque creo: bajo la parsimonia de tus labios
tal vez nadie esté herido de por vida o muerte;
otras, me malcrío a imagen y semejanzas
suyas. Me tienes como un ingenuo ilusorio.

Aristófana herida se besará de drama
en mayor tragedia del amar sin ser amado,
en Partenón de escultura tuya, porque creo.
Dios, tu lengua parece socrática ironía.

Tierra es un caramelo y cielo su envoltura
-de amor ebrio con que vagabundos ya no juegan-,
la cual abro, para saber a qué sueños sabe.

No comprendo su astro dialecto, pero no importa.
Porque creo en el lenguaje donde casi nada
materia: voy pisando a Dios en cada quimera