jueves, 4 de julio de 2013

DETRÁS DE LA PUERTA

Ya llevaban seis años reuniéndose en La Polaca todos los miércoles a las seis de la tarde. Mientras se tomaban un café, los seis hablaban de poesía, comentaban libros, leían relatos.
     Cuando hacía frío se metían dentro, en la esquina calentita donde estaba la pequeña mesa camilla con faldones. Pero con el buen tiempo salían al callejón de la parte de atrás del bar.
       María era la que siempre llevaba la iniciativa en el club. Su dinamismo y su vitalidad la habían convertido en líder del grupo y todos la adoraban. Cuando hablaba, los seis la escuchaban en un completo silencio, seducidos por sus palabras.
       Sí, he dicho los seis, porque había alguien más que asistía a esas reuniones sin estar invitado. Muy quieto, detrás de la vieja puerta del muro junto a los veladores, un fascinado Azazel absorbía insaciable la voz de María, impregnándose de su sensualidad y su embrujo.
     A medida que se desgranaban los miércoles de esos seis años, María iba experimentando una atracción cada vez más irresistible por la vieja puerta, ahora toda cubierta de graffitis incomprensibles.
       Y aquel miércoles día tres de julio, no pudo contener más sus ansias y tomó la decisión que hacía ya varios meses venía posponiendo.

       −¿No vienes, María?
−No, yo me quedo un rato a esperar a mi hermana. ¡Hasta otro día, chicos!...

Eran ya casi las diez y estaba anocheciendo. Esa tarde la reunión se había alargado más que de costumbre y no quedaba nadie en las mesitas del callejón.
María sacó de su bolso los relucientes alicates que había comprado esa tarde en la ferretería y se aproximó al pequeño rectángulo de madera carcomida. Si los latidos de su corazón no hubieran sido tan fuertes, habría percibido el ligero roce de unos pies que se apartaban de la parte trasera de la puerta.

Con gran dificultad, cortó uno de los eslabones de la pequeña cadena. Guardó los alicates y empujó levemente la puerta, que chirrió en un lamento largo tiempo contenido.
Penetró rápidamente en la ansiada negrura. La puerta se cerró tras ella, tal vez empujada por un viento inexistente esa noche.  
Sus ojos se fueron acostumbrando poco a poco a la oscuridad del recinto, y entonces lo vio.

El miércoles siguiente, todos se extrañaron de que María no hubiera asistido a la reunión del club. Era la primera vez que faltaba en seis años.
A las seis en punto, Pedro recibió un mensaje en su móvil.

“Empezad sin mí” decía el escueto texto.

−Es un mensaje de María, creo –dijo Pedro−. Pero qué curioso, me lo envía desde un número de teléfono rarísimo.
−¿Ah, sí? –pregunto Silvia−. ¿Y qué número es ése?

−El 666



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