martes, 27 de agosto de 2013

Patrias de estio



Quién podría adivinar sólo hace dos meses que el verano se acabaría derrumbando ante el empuje de una seseante ola del norte, cuando solo en sus comienzos las temperaturas permitían levantar con energía los pies de la acera. Quién dijo que iba a ser el verano más feliz del siglo, quizá difundieron el bulo desde la Royal Meteo Agency de Gibraltar para que los habitantes de la costa nos ablandáramos y nos pudieran llevar como pollos rendidos o drogados hasta el matadero, y entonces entrar ellos a saco, con la Navy detrás, a ocupar más territorio de nadie, sin escrúpulos ni peros ni por qués. “Y mirános ahora”, me dijo Paulo, el argentino que prepara las mejores pizzas artesanales en su bareto del barrio de la Fontanilla, Pizza Pizzuela, “mirános” con el acento en la á de Buenos Aires, repitió. Ya ves, mientras yo me parto el culo amasando para que estos tipos se zampen mis pizzas en treinta segundos, ehhhh. Un momento, le dije, a vosotros como os fue con las Malvinas?, pero de qué coño me hablas!, de las Malvinas le repetí. “No piensa uno en las Malvinas cuando se pasa todo el puto día con la cabeza metida en este horno de mierda”. ¿Es que vos no te diste cuenta de la invasión que hubo este verano? Mejor dicho de las invasiones del verano?, ¿te refieres a las cacas de perro que cubren las calles? ¿los perros mismos?, ¿los madrileños dueños de los perros?, ¡No boludo! ¿Vos no viste la de rusos abusones nuevos ricos que cagan oro y que nos tratan como lacayos, perdón lacaSHos?. 

No lo soporto, no lo soporto cuando me habla marcando esas LLs o Ys argentinas y se calienta la sangre él solo, hasta llegar a escupirme cuando me dice a la cara que mi fugazzeta está lista. Le digo adiós y me llevo el cartón con mi cena dentro. Me siento en tres centímetros libres de un banco del paseo apocalíptico, abro la caja con la fugazzeta humeante y se está poniendo el sol por los Reales (siempre se pone el sol por los Reales, algún día me iré a vivir a Estepona, ¡si solo está a treinta kilómetros!), sonrío casi, casi, feliz mientras segrego saliva por efecto de la abundancia de cebolla horneada. Dios que momento, me digo para mis adentros, que momentazo. Pero tuvo que ocurrir que unos de los niños de la familia sevillana que no paraba de gritar y escupir cáscaras de pipas, y que ocupaba el 95 por ciento del banco. Digo que el maldito niñato me dio un codazo tan bien dado que lanzó mi fugazzeta, con caja y todo el equipo, y aterrizó en una de las mesas del Da Bruno Sul Mare, y los comensales se la zamparon en menos de lo que dura un pensamiento, creyendo que era la entrada, questo sono gli antipasti nel sorpasso dil messogiorno dalla Spagna, pensaron que la cena se la lanzó un camarero iracundo al final de su contrato de trabajo de cuatro horas, era uno de los cien mil empleos creados en el nuevo milagro económico español. Ya se relamían los cerdos alemanes cuando yo les miraba con todo el resentimiento del que me pude armar teniendo en cuenta mi estado anímico depresivo.

De un salto, de un absurdo e increíble salto sobre la corriente humana del paseo, me planté en la playa con el día ya despareciendo, habiéndome perdido la más mística puesta de sol, habiéndome quedado sin la deliciosa fugazzeta, habiendo sido humillado por dos policías locales que me llamaron la atención, delante de la muchedumbre, por el absurdo y arriesgado salto, “un salto hacia la nada, imbecil” me gritaban los policías a la vez que soplaban con veraniega rabia el asqueroso silbato de plástico hecho en China por chinos sudorosos en camisetas de tirantes, en jornadas extenuantes y absurdas (como mi salto) de 17 horas, solo una hora más que los cien mil famosos empleados en la Spaga dil Sorpasso de 2013, en las que probablemente fabricarán doscientos silbatos a la hora (solo cinco silbatos más que en España). Y para colmo de mi estado anímico humillado se trataba de los mismos dos policías locales que esa mañana me habían multado por haber (dicen ellos) atropellado con mi bicicleta a dos viejas escandinavas, que ya estaban a punto de morir de todas formas según mi criterio de cálculo a ojo. ¡Doscientos euros por dos viejas a punto de morir!, “¡cien euros por cada maldita vieja noruega!”, “¡pero si una fugazzeta de Pizza Pizzuela cuesta siete euros!”, “¿en serio me van a crujir cien euros por cada vieja a punto de morir?”.

Y rompí a llorar, ¿qué otra cosa podía hacer?, no me pude controlar, uno lloriqueo ridículo e incesante me perforó el alma pegajosa y agotada de finales de agosto, sentado en una arena que no es arena sino, maldita sea más lágrimas, tierra sucia que sobra de Gibraltar.

Con las manos enterradas entre colillas de cigarros apagados con saña por veraneantes que llenan los hoteles con desesperadas ofertas de última hora, horas trabajadas a destajo y sin descanso por los cien mil hijos de Rajoy, y de pensarlo di un aullido de dolor. Lloraba con el rugido de fondo, no del mar como yo hubiera querido, sino de la marabunta comedora de pipas y que pegaba ansiosos lengüetazos a los helados de dos euros (¡diez veces menos que las dos malditas viejas escandinavas!, y ese increíble pensamiento me hizo sollozar más).

Tumbado boca arriba, extenuado, con las piernas y los brazos abiertos, en estado de postración, con los ojos sanguíneos contemplando las estrellas de la noche. En ese abismo de final de verano, con la mente acalorada y completamente solo, en un ataque de poesía.