viernes, 27 de septiembre de 2013

A quién interese, parte 3 de 3.

Día 26º
Hace días que no sabemos nada de los informáticos. Solo contactábamos por el sistema interno por si necesitaban algo, pero ya ni eso. Por orden del Comandante tenemos cortadas las comunicaciones por si nos espían con los terminales. Por cierto, no lo he escrito pero es el médico. El caso es que se ha planteado públicamente el tema de la comida porque ya estamos con la purificación de nuestra orina. No imaginé tener que usar las pastillas de cloro. Esto parece el siglo XX.

Día 28º
Hemos realizado acopios de los cuerpos de nuestros compañeros muertos, pero no hemos encontrado a todos. Parece que a los informáticos les está pasando lo mismo. Más zonas están cerradas. Los indicadores de oxígeno están bajos. Eso significa que “sobra gente” y nos estamos preparando para lo peor. Casi siempre llevamos nuestros trajes de exploración y las puertas que conducen a la zona de los informáticos están soldadas, de modo que no puedan sellarnos y dejarnos sin soporte vital. Presiento una confrontación. Karen está preocupada porque no habría medicinas suficientes.

Día 29º
El jefe de comunicaciones, el líder de los informáticos, ha venido a vernos. Una temeridad por su parte, pero supongo que un acto de buena voluntad. Como Karen es también la ayudante del comandante, he tenido acceso a la conversación: están igual que nosotros. Otra vez tengo que dejarlo por escrito aunque no me guste: han decidido eliminar a varios personas por grupo. De este modo nos aseguramos mantener el Status Quo, comida y oxígeno. Creo que es necesario, porque solo tenemos alimentos para uno o dos días más. Y eso que los hemos estado estirando, porque nadie quiere tocar a los muertos. Ahora la pregunta es ¿quién se va?

Día 30º
Nuestro comandante a pedido a siete miembros, la mitad del grupo, que sirvan de avanzadilla para avisar y asegurar la supervivencia del grupo frente a un ataque a los sistema vitales. Tras la visita de ayer, nadie ha hecho preguntas. Se han ido sin comida y sin que nadie les despida. Todo muy natural, salvo para los que sabemos la verdad. Karen se ha quedado mirándome. Me ha parecido ver en sus ojos una pregunta: “¿Lo vamos a permitir?” No tengo ni fuerzas, ni coraje para impedirlo; sencillamente me dejaré llevar hasta donde pueda. Me parece que no saldremos vivos.

Día 31º
Efectivamente ha habido un ataque y nuestros compañeros han caído. Creo que en el fondo todos han entendido lo que ha pasado: selección natural, dirían antiguamente. Asesinato en masa digo yo. Ahora volvemos a tener algo más de comida, pero ¿hasta cuándo? ¿Cuándo será el próximo “ataque”? Hoy casi nadie se ha movido o hablado. Ni siquiera nos hemos molestado en recoger los cadáveres. No tengo fuerzas para seguir escribiendo.

Día 33º
Todos estamos muy excitados porque la tormenta ha cesado. ¿Bajo cuanta arena estaremos? Los informáticos nos han invitado a unirnos a ellos y hemos accedido a un acuerdo común, porque suponemos que vendrán a rescatarnos y no sabemos cómo explicar todo esto. No queda comida, pero el final de la tormenta nos anima a pasarlo por alto.

Día 35º
Ha sido una tarea titánica para nuestras fuerzas, pero hemos logrado abrir un hueco. Tenemos un metro de arena sobre nosotros. Hemos tenido que reabrir en parte el hangar para poder sacar una antena al exterior que transmita que estamos vivos. De cerca de cuarenta personas que habíamos, solo quedamos doce.

Día 36º
Nos han escuchado y han lanzado un lote de comida. A pesar del mal estado de la maquinaria y lo extenuado de nuestras fuerzas, hemos recogido el material. Ahora volvemos a tener agua, comida y medicamentos. Aún no les hemos dicho nada. Cuando llamaron les dijimos que había habido algunas bajas, pero ¿cómo explicar lo ocurrido? ¿Cómo contarles que en pleno siglo XXI hemos actuado como neandertales? La naturaleza humana siempre está oculta bajo una sedosa vestidura de sociedad, dispuesta a rasgarla y mostrarse brutalmente a los demás. A última hora la Mars Observer ha comunicado que mañana mandarán un transporte para devolvernos a la tierra y nos hemos quedado en silencio mirándonos. El médico ha repartido entre todos unas pastillas para ayudar a dormir y  Karen me ha pedido que nos la tomemos y que no me preocupe: "Mañana todo estará solucionado". Este diario a llegado a su final. Lo voy a dejar junto a la consola del Comandante de la Base con el título “A quién interese”.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

A quién interese, parte 2 de 3.

Día 11º
El médico y la enfermera están repartiendo ansiolíticos y calmantes entre los casos más graves. De momento la tensión continúa y el comandante, bajo consejo del psicólogo, ha empezado a diseñar ejercicios en grupo para mantener nuestra mente ocupada.

Día 13º
Nuevos golpes provenientes del hangar han hecho revivir el miedo y la tensión del otro día. Por suerte, solo era un anclaje del hangar que se había soltado y caído contra un vehículo. Nadie había vuelto al hangar desde el incidente y la nueva imagen, todo cubierto de polvo, nos ha devuelto a la realidad del exterior. Incluso si sobrevivimos a la tormenta, podríamos estar bajo algunos metros de arena. Sería como rescatar a alguien de una avalancha. Más tiempo aún solos. Nadie lo ha dicho, pero se ve en las caras.

Día 15º
Estoy harto de los ejercicios. Son tediosos y no hace más que recordarnos que estamos atrapados. Se empiezan a formar claramente grupos. Distingo tres o cuatros e incluso yo mismo estoy por unirme a alguno de ellos. La culpa es del comandante, que se ha demostrado débil e inseguro. No está capacitado para el mando en una situación como esta.

Día 16º         
Estoy decidido. Me he unido a un grupo de siete hombres y mujeres. Casi todos biólogos o médicos. Creo que el mejor grupo, el más preparado para sobrevivir si se complica la cosa, porque tenemos con nosotros al único miembro que ha servido en el ejercito. Es verdad que no hay armas pero no importa, cuando se sabe, cualquier cosa sirve.

Día 18º
Los grupos ya son declarados públicamente. Solo el comandante y algunos miembros siguen “neutrales”. Supongo que serán los primeros en caer, porque ya hemos dejado de colaborar entre nosotros. Es increíble la facilidad con que retrocedemos 10.000 años de sociedad humana.

Día 19º
Una de los sistemas de mantenimiento del taller ha fallado, provocando que salte una válvula de aire comprimido. El impacto ha dejado a un miembro de los informáticos con dos dedos menos. A pesar de sus ruegos, el médico y la enfermera han dudado en ayudarle. Los dedos no lo pudieron salvar, pero cortaron la hemorragia. Está vivo, pero la situación ha demostrado que no colaboramos juntos. Me pregunto que hacía ese informático en el taller, si es un área cerrada.

Día 20º
El incidente de ayer ha hecho que hagamos acopio de materiales no comestibles. Cada grupo se ha reubicado en algunas zonas del complejo que aún están operativas. El grupo de los geólogos será el primero en caer, lo sé. Son solo cuatro, están mal ubicados y no tienen de nada. Me temo que los informáticos están en la mejor posición. Dominan los sistemas vitales del complejo y nadie sabe lo que han ido recopilando en todo este tiempo. No quiero dejarlo por escrito, pero si algún día salgo de aquí, quizás esto ayude: ayer encontramos en una de las habitaciones de la zona cerrada a una geóloga muerta; la habían atado y estaba desnuda, de modo que no hacía mucha falta que el médico diagnosticara que había sido violada. Estaba más congelada que un iceberg. A pesar de los esfuerzos del comandante por investigar, nadie habla. Ha perdido por completo su autoridad y las mujeres han empezado a ponerse nerviosas. Todo apunta a esos malditos informáticos.

Día 21º
Ayer apareció muerto el comandante, con un destornillador en la nuca. Todos estábamos reunidos salvo el grupo de geólogos. Los ánimos se han disparado y hemos ido como salvajes a ajusticiarlos  Solo ha hecho falta que tuvieran una caja de herramientas para que los condenásemos sin juicio. Les apaleamos con todo lo que encontramos, los arrastramos hasta el hangar y ya inconscientes, les arrojamos dentro. Cayeron amortiguados por la inmensa capa de arena, levantando un polvo a su alrededor que les acogió en su frío descanso eterno. Allí se quedaron, cada uno en una postura más extraña.

Día 23º
Nadie se acuerda ya de la tormenta. Nadie pregunta y los alimentos han desaparecido. Hoy a última hora, varias personas sean unido al grupo. Ahora todo está polarizado entre nosotros y los informáticos. Estamos organizando un orden al margen de ellos. Tenemos turnos, jerarquía de mando y estamos repartiendo la comida con sumo cuidado.

Día 24º

Me he tirado a la enfermera Karen durante la guardia. Nos teníamos ganas desde hace tiempo y, psicológicamente, creo que es bueno que podamos confiar el uno en el otro. Supongo que será enamoramiento. Ha salido por si solo, pero ¿qué haremos cuando no haya comida?

domingo, 22 de septiembre de 2013

A quién interese, parte 1 de 3.

Buenas compañer@s. Os dejo la primera parte de una historia que, por su extensión, será mejor digerida en varias entregas. Espero que os guste.



Ocurrió durante la primavera de 2044. Hacía mucho frío y el viento estaba azotando la base desde hacía días, sin tregua. La estación en órbita, Mars Observer, había informado de una tormenta descomunal que tendía a convertirse en una de esas de tamaño planetario y todos conocíamos el peligro que conllevaba: aislamiento. Se habían dado casos de tormentas planetarias de un mes que cubrían de arena y polvo todo el planeta, pero estábamos preparados para este tipo de problemas. Un aislamiento de veinte o veinticinco días era un caso que ya habíamos ensayado.

La mañana del 6 de junio (primavera marciana), la estación orbital nos confirmó la mala noticia. Se cortarían los suministros por que la tormenta estaba encima y hacían inviables sus envíos. Nos lo tomaríamos como unas vacaciones resignadas. Sin poder salir al exterior a trabajar, nos encontraríamos durante las próximas semanas de descanso. El frente tormentoso primero nos dejó ciegos. Efectivamente se trataba de una tormenta planetaria que cubría desde el Hellas Planitia hasta el Monte Olimpo y gran parte del hemisferio norte, y no tenía pinta de detenerse. Así que nos dedicamos a hacer limpieza, organizar los materiales y revisar las entradas del complejo. Aunque presurizado, el polvo entraba sin problemas y todos los días se sumaba la limpieza a nuestras tareas cotidianas.

El tercer día empezaron a golpearnos los remolinos, suave al principio, pero que fueron incrementando su fuerza conforme pasaba el tiempo: 80, 120, 160, 220. Al quinto día, la velocidad llegó hasta los 235 km/h y con ella el infierno. Las balizas empezaron a moverse con tanta violencia que dejaron de transmitir información de superficie y la del satélite llegaba rara vez. Una de las balizas chocó contra la protección de la sala de antenas destrozándola y dejándonos sin comunicación con el exterior. Sordos y ciegos estábamos a merced de la tormenta.

Pero lo peor llegó luego. Algunos comenzaron a ponerse nerviosos y al octavo día, otra baliza o lo que fuese, porque ya no lo podíamos saber, chocó contra la sala del generador; la protección vibró y los sensores dieron la voz de alarma. El grupo de ingenieros de mantenimiento salió disparado hacia la zona del hangar, descubriendo con preocupación que el compartimento del generador tenía una brecha que permitía la entrada masiva de polvo y arena, bajando la temperatura a gran velocidad, por lo que el generador fallaría en las próximas horas. Sin poder salir al exterior, la única salida era la reparación desde dentro, lo que obligaba a sellar el hangar para que pudieran abrir la puerta que comunicaba con la sala del generador. Nos pusimos manos a la obra y en poco tiempo todo estaba listo para la operación. Dejamos a los ingenieros, vestidos con los trajes de exploración, dentro del hangar sellado y atados a los anclajes de seguridad. La puerta del generador se abrió y el diferencial de presión los empujó hacia la habitación. Poco a poco, el polvo comenzó a oscurecer el ambiente, de modo que después de un rato se hacía difícil verlos por las cámaras de seguridad. La temperatura comenzó a bajar y los materiales del hangar a crujir. Justo cuando llegaban a la brecha y colocaban el mamparo para soldarlo, el generador falló y cayó la iluminación. El grupo de informáticos desapareció de la sala y al rato la iluminación volvió a su nivel normal: habían cerrado algunas secciones, privándolas de energía y oxígeno, y activando el generador auxiliar. Mientras tanto, los ingenieros, a oscuras, seguían con su trabajo aunque no teníamos ni idea de cómo lo harían. Acababan de soldar los cuatro puntos básicos y uno de ellos avisó por radio que soltaba la placa para ayudar en la soldadura. No sabemos si fue por su culpa o por un golpe de viento, pero la placa saltó por los aires aplastando a uno contra el generador. Vimos su rostro aplastado y supimos al instante que, o por el golpe, o por la rotura de su casco, estaba muerto. Al mismo tiempo, los bordes soldados de la placa habían producido la amputación de la mano de otro de los ingenieros, que se agachaba gritando. El que llevaba la soldadora de plasma corrió en su ayuda, resbaló y cayó sobre la carga de gas. La explosión nos cegó, ensordeció y llenó de restos humanos parte del hangar. Todo se había acabado. Estábamos tan callados como el canal abierto de los ingenieros. Solo entonces fuimos conscientes que nuestra situación acababa de dar un giro mortal.

Sin el grupo principal de energía, ni ingenieros, ni siquiera el hangar con la maquinaria, cuyos cristales aparecían algunos dañados, solo quedaba esperar a que nos rescatasen. Éramos náufragos en la superficie de Marte. El miedo saltó en el grupo. Los nerviosos se pusieron estéricos, los inestables nerviosos y todo el día fue una locura, hasta que el comandante de la misión pudo contener al grupo.

Había que sopesar la nueva situación. Teníamos comida, pero el problema era ahora la energía que nos calentaba e iluminaba. Organizamos la base para todas las nuevas circunstancias, cerrando las habitaciones y zonas de trabajo para ahorrar oxigeno y energía, trasladando los colchones al comedor, y así fuimos durmiendo en el suelo todos juntos, bajando la temperatura un poco para ahorrar algo más de energía.

Día 10º
Todos vivimos, comemos y dormimos juntos, lo que comienza a generar algunos problemas de convivencia, a pesar que superamos los correspondientes test de psicología y estrés. Esta circunstancia es real y por lo tanto, difícil de manejar. Nadie va a abrir la puerta, encender las luces y decirte que estás fuera del proyecto, si algo va mal. Aquí, si abres la puerta te congelas en un minuto.

continuará ...


jueves, 19 de septiembre de 2013

Facinación




La puerta se abrió despacio, enmarcando en su dintel una ventana a un jardín verde con manchas rosas arropada en terciopelo azul zafiro,  un piano con los reflejos dorados del otoño bailando sobre él, cuyas teclas parecían acariciar los dedos estilizados de una mujer, el pelo esparcido por la espalda en rizos de grueso oro entretejido de cobre, los ojos azul acuoso donde la música se baña imprimiéndole vibraciones de color, los labios prestos al beso, flor del momento deseado, del ensueño, del sueño de la ilusión. Sobre una mesa, olvidada, una bandeja de plata con te y pastas y fresas con nata blanca, que se derrite formando los caminos de una flor. La alfombra hace arabescos granate, verde y marrón. Un reloj solemne y sabio, imperturbable, hace sonar seis campanas cuyo eco va al cristal de los cuadros, de las vitrinas, que guardan con tesón de carceleros porcelanas de otras tierras y hasta la mujer que toca y hasta el hombre, que en el umbral de la puerta ha congelado su ser volcado hacia  esa escena, embebido en la mujer.

Acertijo

¿Si algo se rompe en pedazos,
pierde con ello su ser;
son los pedazos su parte
o son nuevos en su ser,
y si se rompe de nuevo
y se rompen otra vez
el que era se va perdiendo
o va naciendo otra vez?

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Poemas en Dublín

Tras mi estancia allí, los tres poemas que he escrito durante ese periodo -exceptuando un trabajo que aún no está terminado-. Disfrutadlos y gracias.

POEMAS EN DUBLÍN:

I
Fue Dublín con su noche vertical y quimérica,
Sus límites del mundo en cada esquina infinita,
Y sus diosas pálidas como cualquier astro,
Que con omnipotencia leónica en sus ojos
Es una mordedura contemplarlas, quererlas.

Fue Dublín un voluble olimpo en cada suspiro
Moldeando mi aliento a sus geometrías.
Tropecé cada aire que su historia guardaba.
Y con labios como ascuas de rozar tanta vida
Que no es mi vida, quise resistir a su beso.

Fue Dublín donde ansiaste sueño alguno, poeta,
-Aquello que a la vida cantas mismo estribillo
Silba tu muerte. Como un eco, de igual herido.
Fue Dublín con su noche crepuscular de tráfico.

II
Porque no te he pronunciado te silbo perdida,
porque no te he pronunciado mírame abatido,
pues no he muerto suficiente ni veces la vida,
pues no he muerto tanto como para haber vivido,
pero aquí sigo, a un pie tan raso de la herida,
y me duele el corazón desde cada latido,
pero aquí quedo, bajo otro con que huyo,
y me hieres de nostalgia como de murmullo.

III

Si partieran el cielo en dos mitades, que lo abran,
encontrarán aquello y cuanto sin ti me falta.

De lo que nunca has sido: yo la sombra y tú todo.
Nunca podré decir la belleza de tus ojos,


el cómo me atraviesan la luz y la distancia.
Si partieran el cielo, derramarían tu alma.

Sin más suerte o castigo que haberte conocido,
no te perdí ni tuve. Y tal vez te he querido.

Firma: Jorge Villalobos Portalés

lunes, 9 de septiembre de 2013

Estilo: el ADN del escritor.

¿Qué es el estilo de un escritor? Todos sabemos lo que es aunque no podamos explicarlo. Somos capaces de saber quien ha escrito una novela con solo leer un capitulo e igualmente sabemos como será un libro con solo conocer a su autor.

El estilo es la forma que cada escritor tiene de ver el mundo; su manera de mostrarnos a los personas, sus circunstancias y la trama de sus invenciones.

Ahora bien, como el estilo define a cada escritor, es pues, personal e intransferible. Y aunque algunos traten de cambiarlo, se enfrentan a un enemigo invencible, ya que volverá a su estado natural. El estilo evoluciona con cada relato, cada persona, cada palabra; solo así varia.

Luego si no podemos modificarlo, ¿significa eso que el estilo condiciona nuestros relatos? ¿Estamos avocados a ser esclavos de una forma? No. Vivimos en simbiosis con este ser oculto que habita en nuestro interior y a través del cual se nos reconoce.


¿Te atreves a reconocerme tú?

domingo, 8 de septiembre de 2013

Entre mazurcas y mazorcas



Tendría entonces unos siete años, o quizás seis. Era una noche de finales de noviembre, estaba con mi madre en la habitual reunión  de limpiar  mazorcas. No quise ponerme la vieja chaqueta heredada de mi hermana mayor porque había que darle varias vueltas a las mangas y era de lana amarillo canario, color que siempre he detestado. Ahora estaba titiritando y había que disimular, sino madre empezaría con la letanía: " Eso por no hacerme caso". 

Estoy harta de vestir prendas de segunda mano, esta vida no es para mí... Tan pronto como pueda voy a dejar  este pueblo resignado y opaco. Yo seré una mujer independiente, como la tía Julia, con ropas caras, perfumes franceses, hablando otros idiomas y viviendo en una ciudad extranjera... Londres, París o inclusive Nueva York.

Estaban todas las mujeres casadas  de la aldea: La Reme, con los hoyuelos rojos por su afición al tinto; la Tuerta; la Lupe con su mirada torva y las manos enormes para su altura de un metro cuarenta; y también la Abelarda,  hermana del cura, con su cara devastada por la viruela. La única mujer guapa era mi madre: cuerpo esbelto, piel color caramelo y mirada franca. Una mirada detenida en  los confines del valle.

Una radio marrón, de las que ya no se fabrican, emitía una mazurca.  Mi madre adoraba bailar y cuando soltera no se perdía ninguna fiesta de los pueblos cercanos. Lo irónico fue que eligiera a mi padre, completamente sordo a cualquier ritmo que no fuera el del mitin comunista. En el pueblo le habían puesto el apodo de Stalin.

—Sube el volumen Abelarda—Dijo mi madre con tono de voz un tanto culpable.

A pesar del trabajo monótono me gustaban esas veladas con olor a vainilla oxidada y a palabras prohibidas. Sobre todo por las historias tan inusuales que se contaban. Lo mejor llegaba muy tarde, cuando bajo los efectos del orujo, las mujeres se desinhibían y hablaban sin pudor. Yo a veces fingía estar dormida... de esa forma sus lenguas se hacían aun más descaradas y mi imaginación galopaba a toda furia.

De todas las historias que se contaron allí, en ese granero húmedo con ventanucos sucios, hay una que no he conseguido olvidar, ni escribir, como he hecho con las demás, reunidas en mi libro" Evocando el ayer".

Recuerdo que fue la Lupe quien empezó a narrarla con su voz ronca, casi de hombre:

"Era una muchacha muy singular, de piel blanca como la nieve que contrastaba con la melena cobriza y ondulada. Sus ojos eran oscuros y asustados. A pesar de una ligera cojera, ejercía una  atracción inexplicable en todos los habitantes del pequeño pueblo. De pocas  palabras y  aun menos  amistades.

Cuentan que una noche de diciembre fue llevada al bosque. Allí la ataron a una encina, después de obligarla a quitarse  la ropa... Cuentan que la dejaron toda la noche  en la floresta... Que larga tuvo que ser esa noche... Dicen que era una noche de luna llena. Los lobos merodeando hambrientos... Cuentan que con el reflejo de la luna su piel parecía de plata. Cuentan que una lechuza con un ojo herido, se enredó en sus bucles y se quedó la noche entera apoyada en su hombro".  

 Aquí Lupe se detuvo. Se sirvió despacio otro orujo y se estiró las gruesas medias de color ceniza. Parecía no tener ninguna prisa en seguir. Sacó del bolsillo del mandil un paquete arrugado de Pueblo y se lio un pitillo. Lo hacía con soltura. Se notaba que disfrutaba por las pupilas dilatadas y un brillo nuevo en su mirada.

Dos gatos famélicos, con manchas amarillas y rojas, se habían acurrucado a mis pies. El más menudo estaba ronroneando, pero yo muy despacio le di con el talón, seguro estaban llenos de pulgas. Como rallos huyeron al fondo de la mesa.

"Cuentan que fue un castigo de la familia por negarse ella a decir quien le quitó la "flor". En el pueblo hubo quien rumoreaba que el culpable era alguien de los suyos, el que con más insistencia aplicó el castigo. Se dijeron muchas cosas...  inclusive que fue el mismo que le dio la vida. Pero nunca  se supo la verdad".

Ahora vivo en un ático, en el centro de esta ciudad que soñé de niña. Desde mi ventanal veo el reflejo  de la  torre sobre las aguas del Sena. Calzo zapatos de 300 euros. Han transcurrido veinte años desde que deje  la aldea, una mañana con niebla. Este cuento va dedicado a todas ellas, las narradoras de historias.

sábado, 7 de septiembre de 2013

DESDE LA OSCURIDAD

Me he despertado súbitamente y no sé dónde estoy. Todo está oscuro y tengo en la boca un regusto acre, como de yeso. Me viene a la memoria la embarazosa escena de anoche, cuando se abrió de repente la puerta del dormitorio y el marido de Diana apareció en el umbral. La situación era ridícula.
    Nosotros sin ropa y en una postura vergonzante.
    El doctor Rodríguez, mirándonos.
    Y no sé cómo definirlo, pero parecía que en su rostro se dibujaba una cínica sonrisa.

    Lo último que recuerdo es el bote de spray que él tenía en las manos y con el que nos estaba rociando. Una fina lluvia humedecía nuestros cuerpos desnudos y culpables.

    Aún no consigo saber dónde estoy. Siento una gran opresión en el pecho. Sólo puedo mover el dedo gordo del pie izquierdo y mi mano derecha. ¿Qué me pasa?
    Ahora siento en la mano como un cosquilleo y sí, parece que son unos dedos que están acariciándome. ¡Dios mío! ¿Pero dónde estoy? ¿Y quién está a mi lado?

    Y, de repente, se hace la luz en mi cerebro.
    Un grito de terror se gesta en mi garganta, pero no consigo expulsarlo.

    En su despacho, el doctor Rodríguez pasa una mano por la pared que está en el fondo, tras su sillón de cuero negro, y comprueba que ya está casi seca.
    Toma de la superficie de la mesa un martillo y una escarpia, y clava ésta en la pared, algo más arriba de la altura de su cabeza. Deja el martillo y coge el cuadro que descansa sobre el suelo, apoyado en el costado del escritorio.
     Lo levanta y lo cuelga de la escarpia.
    Retrocede unos pasos, sonríe satisfecho y se vuelve hacia la puerta. 
    Apaga la luz y sale del despacho.


  En la pared del fondo, que aún huele a pintura fresca, el cuadro “Los amantes”, de René Magritte, parece titilar en la penumbra.


jueves, 5 de septiembre de 2013

EL SECRETO

Acechaba en la esquina de la calle frotándose las manos. La nieve había dejado de caer hacía un rato.  Se puso  unos guantes de piel de cabrito. El cartel en forma de libro indicando el nombre de la antigua  librería “El Soneto,  se balanceaba arrancando un ligero gemido a las cadenas que lo sujetaban. Sus colores en oro y plata centelleaban al sol invernal.
Entonces le vio. El nuevo propietario y heredero, salía de la tienda con paso renqueante. La campanita de la entrada le despidió  con un alegre tintineo cuando cerró la puerta tras de sí.
Arrastraba su bastón de forma extraña, sin encontrar todavía el apoyo necesario para calmar el dolor de su pierna rota. Todavía podía oír el ruido de huesos rotos  cuando le estrelló con todas sus fuerzas la barra de hierro en la rodilla. Cubría su cuello con un gran foulard a cuadros escoceses y llevaba gafas oscuras, todo ello imaginaba, para disimular las señales que pudieran quedarle de la reyerta del otro día.
Era su turno. Salió de su rincón. Se deslizó y entró por la parte de atrás, la del almacén. Era su última oportunidad. T Debía encontrarlo. Ya había registrado casi toda la tienda antes de que el nuevo propietario le pillara con las manos en la masa. Pudo escapar gracias a la barra de una tubería rota que apareció en una esquina y que le sirvió para parar en  seco a su oponente.  Solo le faltó mirar en la estantería de los libros de “Viajes de ensueño”. Era una balda solo,  con gruesos libros. Se había fijado.  No emplearía mucho tiempo.
Sacó la copia de la llave que hizo. La introdujo en la cerradura esperando que el anti óxido hubiera hecho su trabajo. Se ajustó a la cerradura como un guante.
Estaba oscuro. La luz de la tienda llegaba a intervalos  dependiendo de los caprichosos deseos del sol. Agazapado,  entró en la tienda. No se oía nada. El cartel de cerrado estaba puesto. Se incorporó con tranquilidad.

Buscó la balda. Sacó el primer tomo, revisó bien todas sus hojas. Y el segundo, el tercero y así sucesivamente. Nada. Solo quedaba un pequeño y grueso libro de viajes. La piel de cuero de su portada estaba cubierta por una ligera capa de grasa. Las esquinas dobladas y despellejadas. El título: “Viaje por España” por Baron Charles Davillier. Ediciones Castilla. 1957. Pasó las primeras hojas con cuidado. El papel era suave y muy ligero. Sus bordes rosas, creaban un extraño contraste en el canto del libro. La letra, pequeña. Unas curiosas ilustraciones a plumilla se abrían a doble página en cada capítulo, recordando tumbas ilustres y bailes regionales. Con cuidado pasó las páginas, lo sacudió con delicadeza  y, como la hoja de un árbol en otoño, un documento doblado en cuatro y amarilleado por el tiempo, cayó al suelo.
Su corazón se aceleró. Lo había encontrado. Su madre antes de morir,  le dijo que si buscaba, hallaría una respuesta. Ella siempre había llevado al viejo dueño en el corazón a pesar de que la había abandonado a su suerte cuando le anunció su futura maternidad. Luego él murió y ella quiso seguirle también en la distancia.
Miró de nuevo el documento. Era su partida legal de nacimiento, la verdadera. Se guardó el papel con dedos temblorosos y salió dejando atrás sus años de penurias y desvelos.
KIKA PSolero
Septiembre 2013