domingo, 8 de septiembre de 2013

Entre mazurcas y mazorcas



Tendría entonces unos siete años, o quizás seis. Era una noche de finales de noviembre, estaba con mi madre en la habitual reunión  de limpiar  mazorcas. No quise ponerme la vieja chaqueta heredada de mi hermana mayor porque había que darle varias vueltas a las mangas y era de lana amarillo canario, color que siempre he detestado. Ahora estaba titiritando y había que disimular, sino madre empezaría con la letanía: " Eso por no hacerme caso". 

Estoy harta de vestir prendas de segunda mano, esta vida no es para mí... Tan pronto como pueda voy a dejar  este pueblo resignado y opaco. Yo seré una mujer independiente, como la tía Julia, con ropas caras, perfumes franceses, hablando otros idiomas y viviendo en una ciudad extranjera... Londres, París o inclusive Nueva York.

Estaban todas las mujeres casadas  de la aldea: La Reme, con los hoyuelos rojos por su afición al tinto; la Tuerta; la Lupe con su mirada torva y las manos enormes para su altura de un metro cuarenta; y también la Abelarda,  hermana del cura, con su cara devastada por la viruela. La única mujer guapa era mi madre: cuerpo esbelto, piel color caramelo y mirada franca. Una mirada detenida en  los confines del valle.

Una radio marrón, de las que ya no se fabrican, emitía una mazurca.  Mi madre adoraba bailar y cuando soltera no se perdía ninguna fiesta de los pueblos cercanos. Lo irónico fue que eligiera a mi padre, completamente sordo a cualquier ritmo que no fuera el del mitin comunista. En el pueblo le habían puesto el apodo de Stalin.

—Sube el volumen Abelarda—Dijo mi madre con tono de voz un tanto culpable.

A pesar del trabajo monótono me gustaban esas veladas con olor a vainilla oxidada y a palabras prohibidas. Sobre todo por las historias tan inusuales que se contaban. Lo mejor llegaba muy tarde, cuando bajo los efectos del orujo, las mujeres se desinhibían y hablaban sin pudor. Yo a veces fingía estar dormida... de esa forma sus lenguas se hacían aun más descaradas y mi imaginación galopaba a toda furia.

De todas las historias que se contaron allí, en ese granero húmedo con ventanucos sucios, hay una que no he conseguido olvidar, ni escribir, como he hecho con las demás, reunidas en mi libro" Evocando el ayer".

Recuerdo que fue la Lupe quien empezó a narrarla con su voz ronca, casi de hombre:

"Era una muchacha muy singular, de piel blanca como la nieve que contrastaba con la melena cobriza y ondulada. Sus ojos eran oscuros y asustados. A pesar de una ligera cojera, ejercía una  atracción inexplicable en todos los habitantes del pequeño pueblo. De pocas  palabras y  aun menos  amistades.

Cuentan que una noche de diciembre fue llevada al bosque. Allí la ataron a una encina, después de obligarla a quitarse  la ropa... Cuentan que la dejaron toda la noche  en la floresta... Que larga tuvo que ser esa noche... Dicen que era una noche de luna llena. Los lobos merodeando hambrientos... Cuentan que con el reflejo de la luna su piel parecía de plata. Cuentan que una lechuza con un ojo herido, se enredó en sus bucles y se quedó la noche entera apoyada en su hombro".  

 Aquí Lupe se detuvo. Se sirvió despacio otro orujo y se estiró las gruesas medias de color ceniza. Parecía no tener ninguna prisa en seguir. Sacó del bolsillo del mandil un paquete arrugado de Pueblo y se lio un pitillo. Lo hacía con soltura. Se notaba que disfrutaba por las pupilas dilatadas y un brillo nuevo en su mirada.

Dos gatos famélicos, con manchas amarillas y rojas, se habían acurrucado a mis pies. El más menudo estaba ronroneando, pero yo muy despacio le di con el talón, seguro estaban llenos de pulgas. Como rallos huyeron al fondo de la mesa.

"Cuentan que fue un castigo de la familia por negarse ella a decir quien le quitó la "flor". En el pueblo hubo quien rumoreaba que el culpable era alguien de los suyos, el que con más insistencia aplicó el castigo. Se dijeron muchas cosas...  inclusive que fue el mismo que le dio la vida. Pero nunca  se supo la verdad".

Ahora vivo en un ático, en el centro de esta ciudad que soñé de niña. Desde mi ventanal veo el reflejo  de la  torre sobre las aguas del Sena. Calzo zapatos de 300 euros. Han transcurrido veinte años desde que deje  la aldea, una mañana con niebla. Este cuento va dedicado a todas ellas, las narradoras de historias.

9 comentarios:

  1. Precioso relato, te va enganchando de principio a fin. Un abrazo!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegra que te haya gustado. Abrazos fuertes.

      Eliminar
  2. sos una bestia escribiendo.me encantó.
    lo de la luna, que la hacía plateada.
    la flor.
    te felicito.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Agradezco tu apreciación. ¡Muchas gracias!

      Eliminar
  3. Bonito relato, aunque me haya costado asociarte al mismo. Como de costumbre, tus gatos nunca faltan. Saludos.

    ResponderEliminar
  4. Aunque ya te lo dije en persona, muy muy bueno.
    Deberías atreverte con algo más largo.

    ResponderEliminar
  5. Ame a vida e os bons amigos, pois a vida é curta e os bons amigos são poucos.
    Te desejo um ótimo fim de semana beijinhos.

    ResponderEliminar
  6. ya me gustó en su momento Mina ¡¡¡ escribe más ¡¡

    ResponderEliminar