jueves, 19 de septiembre de 2013

Facinación




La puerta se abrió despacio, enmarcando en su dintel una ventana a un jardín verde con manchas rosas arropada en terciopelo azul zafiro,  un piano con los reflejos dorados del otoño bailando sobre él, cuyas teclas parecían acariciar los dedos estilizados de una mujer, el pelo esparcido por la espalda en rizos de grueso oro entretejido de cobre, los ojos azul acuoso donde la música se baña imprimiéndole vibraciones de color, los labios prestos al beso, flor del momento deseado, del ensueño, del sueño de la ilusión. Sobre una mesa, olvidada, una bandeja de plata con te y pastas y fresas con nata blanca, que se derrite formando los caminos de una flor. La alfombra hace arabescos granate, verde y marrón. Un reloj solemne y sabio, imperturbable, hace sonar seis campanas cuyo eco va al cristal de los cuadros, de las vitrinas, que guardan con tesón de carceleros porcelanas de otras tierras y hasta la mujer que toca y hasta el hombre, que en el umbral de la puerta ha congelado su ser volcado hacia  esa escena, embebido en la mujer.

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