jueves, 31 de octubre de 2013

No quiero ser poeta


Poeta rima con teta
y con más que no me gustan
que me insultan o me asustan,
es cateta o metralleta.
No quieren contar historias
que alimenten la experiencia
o eliminen la creencia
de que tienen más memoria
que los vinos de una noche
cuando falla la sentencia
de cualquier premio comprado
y celebran el derroche
que ellos mismos han montado.
¿De verdad sirve el lenguaje
poético o complicado
para hacer algo más bello
esta mierda de viaje?
¿No será mejor decir
para pincharte a María,
que su piel es melodía
que no puedes describir?
¿Qué cara pondrá la dama,
si impresionarla pretendes
con cosas que no se entienden?
Al final, sola en su cama,
tú con velas en los dientes.
¿Por qué complicarse tanto
si los grupos de poetas
cuando empinan la probeta
conversan en esperanto?
Ante la oportunidad,
de lo femenino encima,
los que quieren libertad
como locos buscan rimas.
Déjenme con mis locuras
que mis versos no son versos
para los juicios perversos
del que cree que tiene cura
para toda la ignorancia
maquillada de arrogancia.
Yo prefiero las leyendas,
y no quiero ser poeta,
yo no quiero las recetas
si no hay quien las entienda.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Concurso de Relatos


(este es un ejemplo de lo que se puede hacer en una ciudad gracias a la cooperación entre asociaciones, sin depender de las instituciones públicas)


Sólo la cultura te salvará. Ni se te pase por la cabeza que lo hará la tecnología, ni siquiera todo el poder que fueras capaz de acumular. Ni todo el dinero del mundo te salvaría.

Sólo la cultura, la lectura y la escritura, vendrán al rescate de todos aquellos que se verán en las cunetas de la vida cargando con sacos repletos de posesiones, pero perdidos, sin rumbo y sin saber a dónde ir. En serio.

Los socios de Marbella Activa, que somos así de raros, estamos empeñados en sacar la cultura de nuestra ciudad a la luz pública, desempolvar nuestros monumentos, e imaginar cómo será la ciudad dentro de unos años. Queremos, ¡incluso!, que se proteja lo poco que nos queda de naturaleza en nuestro municipio. Y para eso te pedimos que escribas. Sólo eso. ¿No te lo crees?

Pues muy bien, y si te dijeran que escribiendo un relato estarías ayudando al rescate de la memoria de tu ciudad, o a proteger su patrimonio histórico, o que estarías echando una mano en el diseño de la Marbella que tú quieres. ¿No escribirías?

De acuerdo, ¿y si para forzarte a escribir un simple relato te tuvieran que incentivar con premios como una tablet electrónica de siete pulgadas y 8 GB de memoria valorada en 130 Euros, o un lector de libros electrónicos de última generación, o incluso un tercer premio de cincuenta pavos para gastar en lo que quieras en el store de Fnac , ni siquiera por eso lo harías? ¡Vamos ya!

¿O acaso es que no te atreves?

(Si estás matriculado en 4º de ESO o en Bachiller, mira las bases por favor, y no te hagas de rogar, ¡tienes una eternidad para mandar el relato, hasta el 12 de enero!)

martes, 29 de octubre de 2013

TRES METROS


 Su cuerpo se puso en movimiento sin entender cómo sus piernas le obedecían. Quedaban unos tres metros.  La mochila prestada le quemaba en la espalda y a su nuca estaban llegando gotas de sudor temerosas de ser vistas.  El flequillo cortado al estilo de Katie Holme su actriz favorita se le pegaba a la frente como una cortina mojada. Una larga y gruesa trenza le rozaba el final de la espalda.

La mente se aferraba al recuerdo de Mario, a esas noches de pasión en el bungalow de una playa paradisiaca y a esa promesa hecha entre olor a marihuana y sabanas revueltas.

Dos metros ya.  Trataba de sonreír pero casi no podía mover la cara.  Sentía que una parálisis facial le iba a llegar en cualquier momento debido al brutal estrés al que estaba sometida.

Domínate, se dijo. No queda nada. Tranquila. Eres una chica joven, normal, que vuelve a su país después de unas largas vacaciones en Tailandia visitando ruinas,  templos milenarios y la playa de Ao Nang.

Un metro. Comenzó a quitarse el cinturón de tachuelas regalo de su madre estas navidades. Las Adidas rosas y blancas le pesaban como si llevara colgando dos bolas de plomo. Se quitó la mochila y la colocó junto al reloj y el cinturón en una bandeja. También dejó la blackberry y el colgante con una cruz de oro que llevaba al cuello. Llegó el momento crucial. Miró al agente que le indicaba que avanzara. Sus pertenencias entraban ya por el escáner. Su corazón casi dejó de latir. Pasó el arco del control de metales  y… nada le detuvo. No sonó ni ocurrió nada. Recogió su bandeja y casi sonrió al pasar junto al agente  sintiendo como los músculos de la cara se le relajaban al fin.

Se colocó de nuevo la mochila a la espalda.  Con paso tranquilo se acercó a las mesas donde se deposita la bandeja y allí, sin mirar  atrás, se puso el colgante y el cinturón con dedos temblorosos  y avanzó despacio hacía la salida, hacía un futuro nuevo.

Mario le estaría esperando. Un ligero temblor le sacudió el cuerpo. ¿Qué sería lo siguiente?  Se quitó ese pensamiento negativo de la cabeza. Estarían juntos  ¿Pero por cuánto tiempo? ¿Qué otros favores debería realizar para él? Ya había traspasado  la línea roja. Su vida ya nunca sería la misma pero sabía que siempre le acompañaría la suerte. ¿Siempre? Volvió a espantar esos pensamientos y salió a la luz del día.

Se tocó la cabeza.  Oculta bajo esa peluca con un flequillo a lo katie Holmes y una pesada trenza, estaba la cocaína.

 

KIKA PS OCTUBRE 2013

Respuestas de repuesto.



Está bonita la plaza
este anochecer de invierno.
En el banco frío y blanco,
me acompaña tu recuerdo
y en su vuelo, la hojarasca
está rompiendo el silencio.
Aún sigue la corteza
con las marcas de tus dedos
que relucen esta noche,
que quiere atrasar el tiempo.
No me quiero levantar,
a pesar de que mis huesos
son mordidos de reúma,
mas no es más que otro lamento
ligero si lo comparo
a guardar los sentimientos.
Cuántas palabras callé
cuando tú eras el lucero
que daba luz a esta plaza,
a los árboles, al cielo,
a la estatua y a los bancos,
todo, menos a mí miedo
que seguía acompañándome
sin maneras de romperlo.
Hoy sólo quedan farolas
para alumbrar el desaliento
que produce tantas dudas
sin respuestas de repuesto.

miércoles, 16 de octubre de 2013

sábado, 12 de octubre de 2013

El Gran Salto

Los ferries viajan al vaivén de las corrientes, entran y salen del puerto de Tarifa a un ritmo de tango lento, y estremecen el aire con un bufido hondo de animal marino. Apenas cogen velocidad cuando salen al océano abierto, dejando una estela de espuma revuelta, y se pierden con sigilo por la bruma del Estrecho.

“Mira, parece que no se mueven” me susurra Arturo, que se sienta a mi lado para contemplar los barcos con sus prismáticos. Con solo cinco años y una limpia sonrisa de ojos achinados ha venido con el grupo de adultos a contemplar como miles de aves migran desde el norte hacia el invierno del sur más remoto. La diferencia de edad no impide que nuestras miradas se crucen, y en ese instante hay un destello consciente de sabernos protagonistas, de la certeza de estar sentados en un lugar estratégico del planeta, donde todo parece confluir finalmente, el encuentro de dos mundos diferentes. Venimos a contemplar un espectáculo único en la naturaleza, el Gran Salto.

Es mediado de septiembre, primeras horas de la mañana de un luminoso día con aire de otoño nuevo, y hemos dejado los coches en la cuneta del camino, en una colina con la vegetación exhausta después de tres meses de verano. Ahí fuera hay un silencio estruendoso que nos obliga a bajar la voz. La vastedad del horizonte que se abre a nuestro alrededor es tal que me hace pensar que ya no estamos acostumbrados a estas extensiones de mundo sin urbanizar. Quizá, y solo en la lejanía, esa virginidad se pierde por la presencia de los molinos de viento que, con los brazos abiertos, parecen esperar a un poniente que no acaba de entrar desde el oeste, o por los caseríos desdibujados por la sombra mortecina de eucaliptos derrotados.

Un grupo de personas ataviadas con ropas de campo se refugia bajo un cañizo construido al mismo borde de un montículo. Murmuran entre ellos en diversos idiomas y otean el cielo con reverencia mientras manejan con naturalidad una parafernalia de cámaras réflex, prismáticos, e intrigantes telescopios montados sobre trípodes.
Nuestro guía, Antonio, se lanza entusiasmado a informarnos de las especies de aves que probablemente veamos a lo largo del día. Armado con una guía de aves y una mochila llena de pasión por la naturaleza, nos reúne en círculo para hablarnos de las águilas culebreras, los halcones abejeros, milanos, águilas calzadas, y buitres leonados. Nos describe en detalle cada ave para que luego las podamos localizar en el cielo. Pronto nos trasmite su pasión por estos “bichos”, como los llaman los ornitólogos, de los que habla con una cariñosa cercanía. Y mientras nos explica cómo se preparan las aves para comenzar el viaje desde Europa, a su espalda, y sin que él se dé cuenta, van emergiendo como colosos oscuros las montañas de Marruecos. Son moles imponentes que parecen flotar sobre las nubes paradas del estrecho. Tras esas montañas, el desierto, y la selva después, espera a las miles de aves que han conseguido llegar a este rincón de la Península Ibérica.

A este lado, contra la extraña negrura del otro continente, se recortan las siluetas de caballos y árboles solitarios, inmóviles, que parecen ser la última señal de vida antes de que este lado del mundo se sumerja en el Atlántico. Produce cierto desasosiego contemplar la vasta soledad con la que esta naturaleza sobrevive sobre las colinas resecas donde muere Europa. Pero nosotros hemos venido a rebuscar el cielo con nuestra mirada, donde ya se agrupan las águilas culebreras con sus cuerpos anchos, alas moteadas y cabezas de color chocolate.
Salen de la nada para formar remolinos de diez o quince individuos, vuelan en espiral para ascender lentamente aprovechando las corrientes térmicas. Aletean cogiendo altura suficiente para después lanzarse a planear sobre el mar. El cielo se va llenando sin darnos cuenta de aves de distinto tamaño y colores; más oscuras cuanto más del norte de Europa.

Hemos pasado de no ver nada a no saber dónde mirar por la repentina aparición de decenas de halcones abejeros que se dirigen con determinación hacia las montañas perdidas del sur, aleteando sobre la costa con una determinación y energía que las hace desaparecer en segundos por el horizonte. Tenemos que manejar los prismáticos con rapidez para poder ver con nitidez a ese numeroso grupo de halcones luchando por mantenerse juntos y protegidos a tanta altura sobre la desnuda inmensidad azul.

Mientras tanto, ajena a lo que ocurre por el cielo, la Isla de las Palomas se va envolviendo lentamente en esa ambigua niebla que avanza liviana y muda sobre el océano. Incluso Tarifa va desapareciendo como una isla amurallada, de la que solo quedan visibles el castillo y las torres de San Mateo y San Francisco. Tánger desapareció ya completamente, tragada por la titubeante línea del horizonte.

Un grupo de cuatro alimoches juguetea sobre nuestras cabezas, cantan y vuelan de forma agitada, caótica, quién sabe si excitados por nuestra presencia. Exhiben con orgullo sus contrastes blancos y negros, y sus pollos, completamente negros, aprenden a volar recortándose nítidamente contra la claridad del cielo. Antonio divisa hacia las montañas del interior una formación de cigüeñas negras, y parece, por la manera en que habla de ellas, que estas aves eran especialmente esperadas. Aparecen como diminutas motas oscuras en la lejanía, y en pocos segundos son ya más de una treintena de aves majestuosas que con un aleteo cadente, amplio y elegante están ya sobrevolando la calima del estrecho.

“Son como fantasmas, porque aparecen de la nada. Y como fantasmas se van, si no sois rápidos con los prismáticos ni siquiera las veréis pasar, ¡mirad ahora!” y cuando termina de decirlo ya son cientos de aves las que alzan el vuelo cubriendo el cielo a nuestro alrededor en una explosión de vida. Este por fin debe de ser el espectáculo que vinimos a ver, tiene que serlo porque nuestro guía señala ya en todas direcciones con sus dos manos, gira sobre sí mismo tratando de abarcar con su mirada, y hasta con sus brazos, a una Naturaleza que se despliega con todo su poder.

Hacia el oeste, un solitario sol de atardecer parece suspendido sobre la vastedad del Atlántico, y el poniente que gira suave por Punta Camarinal riza el agua de la ensenada de Bolonia, haciéndola aún más verde. Las últimas bandadas de aves se alejan de nosotros, viajando hacia África con una precisa sabiduría animal que les hace saber exactamente el rumbo, les hace volar en grupo para protegerse, sin necesidad de plantearse el por qué de su viaje. Esa misma sabiduría que teníamos nosotros y que estamos enterrando bajo toneladas de tecnología y progreso. Ese mundo sabio, en forma de mancha gris que ondula lenta en el cielo africano, desaparece ante nuestra mirada de asombro, y se difumina hacia el sur aleteando con decisión. Es el Gran Salto.

(Y las aves seguirán navegando por sus océanos de cristal, los peces sabrán que surcan cielos reflejados en su mar, y los hombres... pensarán que cruzan los estrechos, en ferries que bailan tangos con bufidos de animal)

José María Sánchez Alfonso. Octubre de 2013

jueves, 10 de octubre de 2013

LA FICCIÓN SUPERA A LA REALIDAD


       «De repente lo veo aparecer por la esquina y me pongo a correr como no he corrido en mi vida.
Salgo a toda velocidad de la plaza y me adentro por las callejuelas del Trastevere. Oigo sus pisadas detrás de mí, me está alcanzando, no puede ser, no puedo caer de nuevo en sus manos, acelero todo lo que puedo pero mis piernas empiezan a dolerme, ahora me arrepiento de no haber ido a esas clases de gimnasia que me aconsejó Francesca.
Doblo una esquina y él también lo hace, siento sus pisadas cada vez más cerca, ¡Dios mío, ayúdame, no dejes que me alcance!
Vittorio me grita: Carlo, sei morto!
Entonces oigo un disparo y siento una punzada en el centro de mi espalda y un chasquido como de astillas fragmentándose. La vista se me nubla, se me doblan las piernas y caigo, caigo, caigo…

Oigo una voz como muy lejana. Entreabro los ojos. Hay algo borroso sobre mí. La imagen se va haciendo nítida y veo un rostro de enorme tamaño. Se está quitando las gafas


−Bueno, la novela no vale mucho, la verdad, pero por lo menos el final está bien –dice la enorme cara a alguien que está a la izquierda y que yo no veo−. ¡Vaya balazo que le mete en la espalda! –echa una carcajada−. ¡Y el tío cae al suelo como un saco de patatas!


«No me lo creo, ¿cómo es posible? ¿Yo soy un personaje de una novela? ¿De una novela que ese tío de la cara gorda ha terminado de leer ahora mismo?


Y entonces, cierro los ojos y me muero.»


Un mundo sencillo


El mensajero viene en ocasiones
y ha puesto entre mis manos muchas cosas;
con el mismo remite oliendo a rosas
y tu letra pequeña, a trompicones.

Hoy me viene un CD con tus canciones,
con acordes de tardes presurosas,
que duran poco pero son hermosas
y letras que reflejan emociones

que no me gustan porque ahora veo
un mundo donde todo es más sencillo
que los soles oscuros que mencionas.

Enséñame más mundo en lo que leo
pero no llames negro a lo amarillo
porque no hace más bello lo que entonas

miércoles, 9 de octubre de 2013

Vaivenes

Acaricio dos rosas de luz verde
y pétalos de trenzas,
lo suficientemente largos
para abarcar la noche de reposo
que precisa el renacimiento
de la esperanza.
Mi mente perdida se para
ahora en el andén de tu sonrisa,
donde espera el vagón
que la lleve al comienzo del camino,
después de la frontera de los golpes
que hallé en mis pasos inseguros
buscando el equilibrio.
La puerta del vagón se abre y olvido
el pasado besando su carne tibia y suave,
dejándome llevar
por la calma que olvida que mañana,
la moneda podrá cambiar de cara
y mostrarse de otra manera
y en otra dirección que escapa de la sonrisa
perenne de tus labios de nácar y ambrosía.

martes, 1 de octubre de 2013