jueves, 7 de noviembre de 2013

Iniciación.



Cuando aquella mañana desperté no reconocí el lugar dónde me encontraba, pero aún así tenía la certeza de saber dónde estaba.

Recuerdo que sencillamente me desperté y abrí los ojos, quedándome inmóvil algún tiempo, intentando recordar el dolor de mis heridas, pero nada; ninguna de mis escarificaciones se hacían de notar. Entonces pasó, peregrino, un pensamiento que me desanimó: ¿Y si todo hubiera sido mentira, un sueño? Así que alcé los brazos. No, no había sido un sueño. Seguían estando en su lugar, magníficamente cicatrizadas, recubiertas de una crema transparente, dándole a la piel un tono rosáceo. Inconscientemente bajé la mano hasta mi frente; la última cruz seguía allí, inmóvil y pringosa, pero sin dolor.

Todavía hoy me pregunto si la ausencia de dolor era consecuencia de la magnífica cicatrización o de algún calmante que dejó mi boca pastosa y con sabor a chocolate. Fuera como fuere, seguía vivo y en buen estado, lo cual solo podía significar que lo había conseguido, que ya no habría más pruebas que pasar, ni fe que demostrar. Tras meses de espera y noches sin dormir, por fin había acabado todo. Sentí una tranquilidad que nunca había conocido. Me descubrí pensando en mis compañeros y comprendí que con la última prueba, me había desprendido de mi egoísmo. Me sentí en un plano superior de existencia, como si hubiera soltado un lastre que me impedía respirar.

Comencé a fijarme en los detalles de alrededor: el camisón de lino, las sábanas blancas, el bordado del palio de la cama. Poco a poco, logré sentarme en el borde y poner los pies en el suelo: estaba cálido, pulido, sólido. Intenté levantarme, pero mis piernas no me obedecieron y tuve que esperar a que mi cerebro pudiera volver a conectar sus funciones. Mientras tanto, seguí descubriendo el entorno con nerviosismo e ilusión, cada nuevo detalle, sonido o sentimiento que era capaz de captar: el olor a jazmín de las flores, el maravilloso diseño de las puertas o el sonido de las conversaciones que se colaba por las ventanas. Todo me maravillaba.

Tras un par de minutos pude alzarme y caminar con paso seguro por la habitación. Decidí mirar por la ventana para saber más sobre este lugar: sobre mi cabeza ví una oscura bóveda y a mis pies unas calles cubiertas por telas que ataban unos edificios a otros; de ahí que el ruido viniera contenido. No me importó. Elevado sobre mi miseria anterior, lavada mi sangre obscena, acogido en una nueva familia, dónde no se me juzgaría por mi pasado, sentía renacer toda una nueva vida que aprender; y en mitad de mi reflexión, la alegría impactó con toda su fuerza, obligando a la tensión a huir. Me dejé caer al suelo y lloré como un niño.

5 comentarios:

  1. qué lindo. el final no me lo esperaba.
    es raro lo de sentirse "nuevo", por que es solo una sensación, tan frágil como eso. uno ya tiene caminos andados.
    saludos me gusta pasar por acá.

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  2. La manera de que no te juzguen por tu pasado es comenzar en otro lugar. Pero ¿qué ocurre cuando tu pasado no te es desagradable pero la gente no lo admite? No es el caso de nuestra historia, aquí se aprecia un deseo de renacimiento y el camino elegido para hacerlo es tan bueno como otro. Iniciando la vida nueva.

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  3. ´Gracias, queridos compañeros, por vuestros comentarios.

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  4. Me ha gustado mucho y, no sé por qué, lo he ubicado en Toledo.

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    1. Je, je, pues no. Pero ahí está la magia de la novela: con solo unos trazos, cada lector imagina su propio entorno. Gracias.

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