miércoles, 22 de enero de 2014

Ellos, Escarlata (El, Blanco)

Anoche se durmió con un suspiro agónico, arrastrado, seguido de una exhalación tibia, pensé por un momento que se me moría. Solo Dios conocerá sus sueños, yo los intuyo. Él, Blanco, envuelto en su sábana de lino blanco, se agita en sus sueños como un barco pequeño en un mar enfurecido. Yo lo observo delirar desde mi sumisión, sentada en la penumbra junto a su cama de príncipe, desde el absoluto silencio de una esclava. A mi espalda, una ciudad ya en la oscuridad plena, se obstina en desobedecerle, y hasta peca con furia. Y cuando ya la negrura de las farolas ni siquiera alcanza Su habitación, me retiro ligera con miedo a las sombras.
Huyo.

Atravieso con prisa las salas, seis en total, hasta llegar a mí reducida habitación, sé que me observan y me siguen con la mirada Ellos, los antecesores de Blanco, los que hicieron sufrir a la ciudad. En cada salita a varios, y todos me preguntan, me persiguen, me clavan los ojos de la condena, sus ropajes hinchados los convierten en seres mágicos, como de otros tiempos, pero sus cuerpos agrietados ya descansan en las tumbas de los sótanos del palacio. 
El infierno.

Y yo me pregunto una y otra vez: ¿quién me alivia a mí? Él, blanco, sufre, muere en privado. Y finge que sufre, que muere, ante el mundo que lo aclama. Mi sufrimiento no existe, es más humano, es una crucifixión callada, de sierva sin palabras.
No muero.

Hoy es domingo y Le vestiré con sus mejores ropas para que lo bajen al templo. Ahí se sentirá poderoso, un Dios todo de blanco, un blanco teologal, infinito, y hablará en el idioma en que se entienden sus hombres de Escarlata, el latín. A la vuelta subirá acompañado por uno de los suyos, el designado, se recluirán en la salita que abre su ventana a las colinas y pasarán el resto del día aquí arriba, en el Apartamento. Yo me haré la sorda, y el mundo seguirá pecando y Él seguirá sufriendo, muriendo, arrastrando sus pies por la antesala de la eternidad, su blanca y suave eternidad. Ya conoce cada peldaño de las escaleras de piedra que desembocan en los sótanos donde descansan los Otros. El los acompañó allí abajo, uno a uno, todos blancos. Con sus zapatos de cordones, y piel negra abrillantada.
Santos.

Y volverá a caer la tarde opaca, como acaban cayendo todas las cruces clavadas en los camposantos. Volverá a llegar la gran noche, la que teme Blanco, la que yo espero en silencio. Y gemirá en su cama de lino, se retorcerá ante mi mirada, suspirará con suspiros de muerto, los que espera la ciudad.

Los Escarlatas, ronroneando como viejos cuervos, esperan su amanecer helado, arrastrando sus ropajes de seda sobre los temidos suelos de los soportales. Con los mismos zapatos negros, asomando sus puntas brillantes. Van por parejas, velando sus almas desaparecidas, esperando ser llamados para ocupar el Apartamento y sus seis salas llenas de fantasmas. Y aquí les esperaré yo. 
Sin morir, callada.

2 comentarios:

  1. Me gusta la ambientación misteriosa que envuelve el relato, las sombras de las habitaciones, el silencio de la sierva que sin embargo es la que habla, porque el texto no contiene diálogos. Los escarlatas parecen seres que ya no están, pero a veces parece que sí están, y le causa una respeto temeroso a esa persona que parece que cuida del blanco.

    Blanco contra escarlata, o con escarlata. Batallan o hablan en latín. Esperan el escarlata manchar el blanco con un acusativo de la tercera declinación.

    La poca claridad de sentido que tiene el texto, como si estuviese empezando una novela que desvelará sus misterios en las páginas finales, se ve compensado por la intriga de la escritura y las palabras utilizadas. Así que yo me inclino a pensar que la batalla entre el blanco, los escarlatas y el silencio, tiene más ingredientes que aparecerán próximamente. O así lo entiendo.

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  2. Realmente increíble esta segunda mitad, misteriosa, llena de metonimias insinuantes. No nos equivocamos en nuestras anteriores deducciones. Mi enhorabuena.

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