martes, 6 de enero de 2015

La historia de becerro man.

Dicen que un hombre es un trozo de carne con dos ojos, dos piernas, dos brazos y un cerebro. A mí me llaman becerro porque eso último no lo tengo. De aquí en adelante, diré que ese es mi nombre. Menos mal que los ordenadores corrigen lo que se escribe, porque de lo contrario no entenderías esto. Soy más flojo que la cuerda del trapecista y he intentado hablarle al trasto este y que el mensaje se escribiera solo. No sé si es que no he puesto el micrófono o que mi voz no traspasa esta caja negra que tengo llena de polvo porque no me sale del centro del cuerpo limpiarlo. Me he puesto a darle leñazos a las teclas y así le doy uso, porque quiero contar mi vida, una vida que merece la pena conocerse si estás aburrido y en la tele sólo pasan el partido del fútbol de turno o esas mierdas en las que todos se ponen a parir estando todo pactado de antemano y los cheques cobrados. Joder, lo bien que me vendría a mí un cheque de esos, con la de cosas que he hecho para aparecer en la tele y nadie se ha dado cuenta...
Empezaré por el final, porque yo lo valgo y para que voy a hacer una cosa bien si la puedo hacer mal. Así soy yo. No entiendo como sucedió, bueno, en realidad no entiendo ni como uno más uno es dos, pero esto menos, y resulta que una noche de verano me vi en un bar de la piscina municipal de Marbella poniendo tapas y cerveza, de las cuales cada dos que servía, yo me tomaba tres y los clientes, casi todos fracasados que no querían llegar a casa para abrazar a la soledad y decirle buenas noches a la pared, no protestaban. Mi jefa, a la llamé la abominable mujer de los phoskitos, no me decía nada y así, sin saber cómo había acabado allí, al día siguiente me vi de nuevo. Me daba una propina de 50 euros por tomarme la cerveza de los clientes y además los dos paquetes de tabaco que me hinco diariamente. Al tercer día, su hija me dijo que su madre se había enamorado de mí. Lo tomé normal, que la abominable mujer de los phoskitos se enamore en tres de días de un hombre que se afeita una vez al mes, que no le sale de los huevos cuidar su aspecto ni su higiene y que es más bruto que la bomba de Hiroshima, es algo absolutamente normal. Supongo que también es normal que esa hija me pusiera. Una mujer de 33 años, bonita, con un imán especial para encontrar a cabrones que la habían dejado preñada dos veces y hecho abortar una, que la dejaban tirada, incluso que le habían dado algo más que caricias, pues sí, también es normal que me pusiera. Su madre enamorada de mí tras tres días, ella me ponía desde la primera vez que la vi y yo, de la noche a la mañana, me vi con un suelo extra, mi vicio fumador satisfecho y mis borracheras pagadas. El verano entraba, las noches se hacían más calurosas y el bar se llenaba cada más en las noches, de personas que buscaban el aire acondicionado porque eso de la subida de la luz no lo llevaban bien. Y yo salía salía cenado, con 50 euros en el bolsillo y mis dos paquetes de tabaco para el día siguiente que luego compartía con el gitano y el gitano conmigo. Ah, por supuesto, mi fluido vital era una mezcla de sangre y alcohol.

Cuando llegó el otoño, yo ya había hecho bueno ese dicho de a falta de pan, buenas son tortas y tenía la llave de su casa. Pero vivía en la mía. Mírame, joder, y pensar que hace un año apenas llegaba a pagarme los vicios, que mis deudas dejaban la cartilla del banco pelada antes incluso de cobrar y ahora, gracias a esta mujer, Teresa, pero por dentro la sigo llamando la abominable mujer de los phoskitos, mi vida ha cambiado tanto que parezco otro, pero por supuesto, no lo soy. Yo seguía tirándole los tejos a la Vane, y a la Vane parecía irle el rollo hasta que la Vane decidió ir a Tenerife a por un tío que le había dado una somanta palos y se había ido. Ella fue a por él y él, viendo normal que una mujer a la que había maltratado se montara en un avión para ir a verlo y pedirle que volviese con ella, aceptó y regresaron los dos. Pero yo seguía en mi empeño de cepillarme a la Vane y a la Vane cuando vio que el cani que había rescatado era un gemelo mío, pero más flojo todavía, pues me siguió el juego. No le he dicho a nadie si la Vane pasó por la piedra, realmente no lo sé, quizá una noche de borracheras, quizá nunca. El bar ya cerraba las noches de invierno, pero la Vane me recogía, a veces con su madre, e íbamos a hacer la compra. Mi nevera se llenó como nunca antes se había llenado y mi cuenta del banco no veía los efectos que una buena compra genera. Pero a mí me importaba más ver a la Vane que el hecho de que la calidad de mi vida hubiera aumentado de un modo decididamente increíble. Por las mañanas mi “guasa” no paraba de funcionar, el gitano estaba de mi tono de aviso “hazme casito, hazme casito que soy un mensajito” hasta el mismísimo culo y cuando llegábamos a la nave, entre él y el calvo ese que pone algo de orden entre el almendrita y nosotros, gastaban unas bromas muy crueles sobre mi comportamiento. Joder, que quiero tirarme a la hija de la mujer que se ha enamorado de mí y me ha arreglado la vida ¿tan malo es eso?
-Aaaaayyyyy, Juanjo, estoy del mensajito hasta las pelotas.
-Lo que le hacía falta al becerro era internet en el móvil y la hija de la novia aburrida. ¡El señor nos libre, Juano! Ya verás la que se va a liar cuando explote todo.

Valiente dos cabrones. No tienen sentimientos ninguno como animales, bueno, como yo. Menos mal que por las tardes, a Teresa le dio por renovarme el armario. Y me llevaba a Primax, en Fuengirola, y allí teníamos que contratar un camello para que llevara las cosas. Llegó Navidad pronto y en mi vida he visto tantos regalos juntos. Los pocos ratos que pasaba con ella y su familia, eran especiales, me sentía acompañado y de vez en cuando le decía al calvo que Teresa era una buena mujer, porque aunque no tiene luces ninguna, es el que más entiende de los cuatro que estamos en el almacén. Y él me decía que lo que tenía que mirar es que yo estuviera bien. Y lo estaba, más que nada porque me estaba viendo con una mujer de 40 años, de muy buen ver, chilena y sola, que dice que le gustaba mi compañía. Ahora, me afeito dos veces al mes, he mejorado, es el doble de lo que lo hacía y la mejora de mi aspecto da sus frutos. Con Teresa, que es muy buena persona, tengo todo cubierto y con Marcela, tengo el instinto cubierto. Es normal, tiene que ser normal. El calvo me dijo que hiciera lo que me hace feliz y esto me hace feliz. Y como dije al comienzo, mi ausencia de cerebro, me impide ver el daño que mi comportamiento puede hacer. Y pasó el tiempo y llegó mi cumpleaños y me regaló una cama completa que cuesta 500 euros, no sólo tengo el mejor armario de mi vida sino que ahora también tengo la mejor cama que he tenido y mejor que la de mucha gente. Por mi cumpleaños, la vida me regaló la rotura de mi móvil y más tardó el móvil en romperse que Teresa en comprarme uno nuevo. Y yo seguía llamando a Marcela, guaseando con la Vane, e ignorando las llamadas de Teresa. Una noche, después de siete llamadas perdidas de Teresa, me llamó la Vane. ¡Bien! Por fin ha comprendido mis encantos, sé que Marcela lo entenderá.
-¿Qué pasa, Vane?
- No, Pepe, no soy Vane, ¿por qué no me coges el teléfono?
-Estaba con mi paisano tomando café y estoy llegando a la casa, te iba a llamar ahora.
-Ábreme la puerta, anda, sé que estás en tu casa ya. Quiero hablar contigo.

Abro la puerta esperando ver una furia hecha mujer, pero sólo veo a una mujer más anciana que cuando la conocí, una persona que lleva la carga de los años con dignidad, pero que estos últimos acontecimientos han supuesto una carga que no puede soportar.

-No hace falta que mientas.
-Es que me agobias con tantas llamadas.
-Coge el teléfono, dime que estás bien y ya me quedo tranquila.
-Tere, tengo a otra.
Tere se me queda mirando, sonríe y dice que no es verdad. Intenta quitarme una mancha blanca del labio y la detengo. Estoy cansado, a mí nadie me controla. El calvo dice que en el amor, hay que cambiar algunas cosas, porque compartes tu vida, pero a mí no me controla ni mi padre, y si quiero salir con mis amigas a tomarme una copa, y a bailar a la feria, no hay Dios en el mundo que me lo impida. Eso es normal, ¿tan difícil es de entender?
-Es cierto que tienes a otra.
-Sí.
Se va llorando. Yo cierro la puerta.

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